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Relatos Ardientes

El reciclador del barrio me vio por la ventana

Tengo treinta y cuatro años y vivo solo en un departamento de planta baja, en un barrio tranquilo del sur de la ciudad. Esto que voy a contar pasó hace algo más de un año, todavía con las calles medio vacías y la gente entrando y saliendo sin mirar demasiado a los costados. Para mí, esa quietud fue una bendición.

Desde adolescente me gusta vestirme con ropa de mujer cuando estoy solo. No es algo que haya hablado con nadie. Tampoco es algo que vea como un problema. Me depilo las piernas y la zona del culo cada quince días, y tengo un cajón con bombachas, ligas, medias de red, dos camisones de seda y una peluca rubia que casi no uso. Cuando llego del trabajo y cierro la puerta, soy otro. O más bien soy yo en una versión que afuera no puedo mostrar.

Lo que más me prende es ver penes eyaculando. Tengo carpetas enteras de videos cortos guardados en el celular, y un dildo de silicona color piel, de unos dieciocho centímetros, que uso casi todas las noches. La idea de ser visto siempre me dio vergüenza y morbo en partes iguales. Vergüenza por lo que pensarían los vecinos. Morbo porque alguna vez fantaseé con que alguien, sin querer, mirara por la ventana y se quedara duro mirándome.

Por la cuadra pasaba todas las tardes un hombre que juntaba el cartón y el plástico que la gente sacaba a la vereda. Le calculé sesenta y pico, flaco, no muy alto, con una gorra raída y la cara curtida por el sol. No daba lástima. Daba la impresión de alguien que trabajaba lo suyo y no molestaba a nadie. A veces me cruzaba con él cuando salía a tirar la basura y nos saludábamos con la cabeza, nada más. Se llamaba Ernesto. Eso lo supe después.

Un martes de finales de octubre llegué temprano del trabajo. Habían cancelado una reunión y me dieron la tarde libre. Saqué del cajón el camisón corto, el más cortito, el rosa con encaje en el pecho. Me puse las medias hasta el muslo. Me até el pelo con una hebilla y me pinté los labios con un brillo apenas perceptible. Empecé por lo aburrido: ordené, lavé los platos, puse una tanda de ropa.

La cocina de mi departamento da a la calle. La ventana es grande y queda justo arriba de la pileta. Tiene cortinas finitas, blancas, de esas que cuando hay sol del otro lado se transparentan bastante. De noche no se ve casi nada, pero a la tarde, con la luz del día todavía afuera y la cocina iluminada, alguien parado en la vereda podía sacar un dibujo claro de lo que pasaba adentro.

Yo eso lo sabía. Y aun así me calenté.

Agarré el dildo, lo apoyé sobre la mesa con la base bien pegada, le tiré un poco de lubricante, me trepé y me senté encima dándole la espalda a la ventana. Empecé despacio, subiendo y bajando, sosteniéndome con las manos en el borde. La sensación me cerró los ojos. Encontré ese ritmo en el que el cuerpo se olvida del resto y solo busca lo siguiente.

No sé cuánto tiempo pasó. Cinco minutos. Diez. Sentí el peso de una mirada antes de entenderla. Es difícil de explicar. La piel te avisa. Giré la cabeza hacia la ventana y ahí estaba él.

Ernesto, con su gorra y su bolsa de plástico al hombro, parado del otro lado del vidrio, mirándome. No con asco, ni con burla. Mirándome como se mira algo que uno quiere para sí. Le sostuve la mirada un segundo, congelado, con el dildo todavía adentro. Él sonrió apenas, levantó un poco la mano como diciendo «tranquilo», y siguió caminando.

Me bajé de la mesa de un salto. Cerré las cortinas con las manos temblando. Me senté en el piso de la cocina, con el corazón a mil. Pensé en todo lo malo a la vez: que iba a hablar, que iba a contar, que iban a saber, que iba a tener que mudarme. La paranoia me duró dos días enteros. No salí ni siquiera a comprar pan.

***

Pasaron dos semanas. Empecé a calmarme. A las tardes lo veía pasar por la cuadra, juntando sus botellas, y él levantaba la vista hacia mi ventana, una sola vez, breve, sin detenerse. No saludaba, no hacía señas. Como si quisiera recordarme que estaba ahí, y nada más.

Un jueves volví del trabajo cerca de las nueve de la noche. Estaba reventado. Me duché caliente, me sequé y me puse el conjunto más cómodo que tenía: la pijamita corta de algodón rosa que usaba para dormir. Iba a hacerme un té cuando golpearon la puerta. Tres golpes, no muy fuertes, espaciados.

Pensé en no abrir. Pero las luces estaban prendidas, y desde afuera, por la ventana de al lado, se notaba que había alguien adentro. Me puse un pantalón de joggings encima rápido, me até el pelo y bajé.

Era él.

—Buenas noches, putita —dijo, sin saludo previo, con una voz tranquila que me cortó la respiración.

No supe qué contestar. Él esperó.

—Si no querés que tus vecinos se enteren de lo que hacés con ese juguete adentro de la cocina, vas a tener que dejarme pasar esta noche.

Lo dijo así, sin levantar la voz, como quien pide algo razonable. Yo no pensé. Lo tomé de la mano y lo metí adentro. Cerré la puerta con dos vueltas de llave.

Adentro me miró de arriba abajo. Tenía la camisa marrón un poco gastada, las uñas cortas y limpias, los ojos claros. Olía a colonia barata, de esas de farmacia, pero olía bien. No tenía el aspecto de alguien que duerme en la calle. Tenía el aspecto de un hombre que vive solo y que un día decidió que iba a juntar plástico para no aburrirse.

—Sacate eso de arriba —me dijo, señalando los joggings.

Obedecí. Quedé con la pijamita rosa, las piernas al aire, las medias que me había puesto adentro para sentirme más yo. Él me miró sin apuro. Después se desabrochó el cinturón y se bajó el pantalón hasta las rodillas. Lo que sacó me dejó la boca seca: una verga gruesa, oscura, casi negra en la punta, con el vello canoso enredado en la base. Diecinueve, veinte centímetros tal vez. Las venas marcadas.

—Vení —dijo, y se sentó en el sillón.

Me arrodillé entre sus piernas. Le agarré la verga con las dos manos. Pesaba. Le pasé la lengua por toda la cara de abajo, despacio, desde la base hasta la punta. Él respiró por la nariz, profundo.

—Así, despacio —susurró—. No tenés apuro, ¿no? Mostrame qué sabés hacer.

Me la metí entera, todo lo que pude. Llegué hasta donde la garganta me dejó, después retrocedí y volví. Subía y bajaba la cabeza con un ritmo lento, deteniéndome de vez en cuando para chupar solo la punta o para pasarle la lengua por los testículos. Ernesto me apoyaba la mano sobre la nuca, sin empujar, solo guiando.

—Qué bien la chupás —dijo en algún momento—. Cualquiera diría que esta es tu casa.

Yo le sonreí con la verga adentro. Estaba dura como una piedra. Sentía el latido de él contra mi lengua. Me chorreaba la saliva por los muslos, y a él no le importaba; al contrario, parecía gustarle.

Después de un rato me apartó con suavidad.

—Levantate y poné las manos sobre la mesa. Date vuelta.

Hice lo que me pidió. Me bajé yo mismo la bombachita rosa, despacio, hasta los tobillos. Sentí el aire fresco en el culo. Él se acercó por atrás. Me apoyó la verga entre los cachetes y empezó a moverla de arriba a abajo, sin meterla, rozándome el anillo cada vez. Yo respiraba fuerte, con la cara contra el mantel.

—Decime que la querés.

—La quiero —murmuré.

—Más fuerte.

—La quiero, papá, metémela.

Sentí cómo escupía en la palma, se mojaba la verga, y después algo frío entre los cachetes, lubricante o saliva, no sé. Apoyó la cabeza contra el ojete y empujó.

Entró de a poco, milímetro a milímetro. Me ardió. Apreté los dientes. Después la primera mitad pasó, y el dolor cedió, y empezó otra cosa, esa sensación rara de estar lleno, de tener algo que no es tuyo y que sin embargo te calza. Me quedé quieto, esperando que mi cuerpo se acostumbrara.

—Bien, putita —dijo él, sin moverse—. Respirá.

Cuando lo sintió flojo, empezó a embestir. Despacio al principio, después con más fuerza. La mesa golpeaba contra la pared a cada estocada. Yo gemía contra el mantel, sin importarme nada. Ya estaba ahí, ya estaba pasando, no había vuelta atrás.

—Esto querías, ¿no? —decía él, sin parar—. Esto pensabas mientras te montabas el juguete.

—Sí —contestaba yo—. Sí.

***

Después de unos diez minutos así, me sacó la verga, se sentó otra vez en una silla de la cocina y se señaló la falda.

—Ahora castigate vos. Sentate y movete.

Me trepé. Lo encaré, le acomodé la verga y me dejé caer despacio. Esta vez entró más fácil. Cuando lo tuve hasta el fondo, abrí las rodillas y empecé a subir y bajar, las dos manos apoyadas en sus hombros. Él me miraba la cara, no el cuerpo. Me pellizcaba los pezones con dos dedos, despacio, mientras yo me clavaba en él.

—Mirame —me dijo.

Lo miré. No podía decirle nada. Estaba transpirado, con el flequillo pegado a la frente, las piernas temblando. Él me sostuvo la mirada y me clavó las uñas en la cadera para marcarme el ritmo.

En algún momento me cargó. En serio, me levantó como si yo no pesara, con la verga adentro todavía, y me tiró de espaldas sobre la mesa. Me agarró de las dos pantorrillas, me puso las piernas contra su pecho y volvió a embestir, esta vez sin contención, con la cara seria, concentrado.

—Me voy a venir adentro —dijo, casi como un aviso.

—Vení —le contesté—. Vení adentro.

Sentí el primer chorro. Después el segundo. Después el resto, que fueron muchos. Él se quedó quieto, con los ojos cerrados, los dientes apretados, exprimiéndose adentro mío. Yo lo miré sin parpadear.

Cuando salió, me cayó un hilo tibio por el muslo. Él se dejó caer encima mío, me lamió un pezón, después el otro. Después me llevó la verga a la boca, todavía húmeda. Yo se la limpié con la lengua, sin asco, hasta dejarla seca. Le gustó. Me lo dijo.

Se vistió rápido. Antes de salir, me dio una palmada en el culo, fuerte, que me dejó la mano marcada.

—Esta no es la última vez, putita —dijo—. Volvés a abrir la cortina, y vuelvo.

Cerré la puerta. Me quedé apoyado contra ella un rato largo, escuchándolo bajar la escalera. Después caminé hasta el baño y me miré en el espejo. Estaba colorado, despeinado, con la boca hinchada. Me sonreí.

Esta noche dormiste mejor que en años, pensé.

Vino otras veces. Muchas. A veces dos por semana, a veces se desaparecía un mes. Nunca avisaba. Tocaba la puerta y yo le abría. Nunca volvió a hablarme de los vecinos, ni hizo falta. Los dos sabíamos que esa primera amenaza había sido una formalidad. Yo lo quería ahí desde el segundo día.

Hace un par de meses me preguntó si me animaba a recibir a un amigo de él, un tipo de la edad suya, un poco más gordo, que también andaba solo. Le dije que sí, sin pensarlo. Pero esa noche, esa, la cuento en otra.

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Comentarios (4)

Nico_cordob

que relato!!!! me saqué una carcajada al final, no me lo esperaba para nada jajaja

MarcoBaires

Muy bien escrito, me enganche desde el principio. Una segunda parte por favor!

TintoNocturno

Lo furtivo de la situacion tiene un morbo especial... bien jugado, muy bien jugado.

Carlos_night

tremendo momento el de la ventana!!! jaja

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