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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi hermanastro aquel fin de semana

Cuando mi padre y su mujer se fueron de viaje aquel fin de semana largo, me dejaron a cargo de la casa. Yo no vivo allí desde hace años, pero la mía queda a tres calles y siempre estoy entrando y saliendo. La rutina era simple: pasar un par de veces al día, darles de comer a los gatos, regar las plantas del patio y comprobar que todo estuviera en orden.

El único que se quedaba dentro era Adrián, mi medio hermano mayor. Ocupa la planta de arriba desde hace tiempo, una especie de loft que él mismo armó cuando se separó. Tiene cuarenta y un años, la piel muy blanca, el cuerpo cuidado de alguien que entrena sin obsesión, y casi nada de vello en el pecho. Es callado, reservado, un poco distante. Siempre me dio una curiosidad rara, una que no sabría explicar bien.

Quizá era esa forma suya de hablar bajo, de mirar de reojo, de esa sonrisa breve que se le escapaba cuando algo le interesaba de verdad. Yo nunca le había dicho una palabra de aquello, ni a él ni a nadie. Lo dejé enterrado en el lugar donde uno guarda lo que cree imposible.

El sábado llegué a eso de las seis y media de la tarde. La casa estaba en silencio. Les di de comer a los gatos, abrí las ventanas para que se ventilara el living y me serví un vaso de agua en la cocina. Desde el piso de arriba se escuchaba música baja, una de esas listas de jazz que él pone cuando quiere estar solo.

No me escuchó entrar, o eso creí. A los pocos minutos sentí sus pasos en la escalera. Bajó en toalla, recién duchado, con el pelo húmedo cayéndole sobre la frente y una sonrisa que no le conocía. Olía a jabón de glicerina y a algo más, algo que tardé en identificar y que después entendí que era whisky.

—¿Qué haces apareciéndote a esta hora? —dijo, apoyándose en el marco de la cocina.

—Vine a darles de comer a los gatos. ¿Hace cuánto que estás tomando?

—Un rato. ¿Tienes algo que hacer ahora?

—Nada. En mi casa tampoco hay nadie.

Me miró un segundo más de lo necesario. La toalla le caía a la altura del ombligo, atada con un nudo flojo. Yo trataba de no mirarle el pecho y él lo sabía.

—Sube un rato. Tengo una botella abierta arriba.

Sabía que no debía subir.

Subí igual.

El loft estaba tenue, con una lámpara de pie encendida en el rincón y el ventilador girando despacio. Adrián sirvió dos vasos de whisky con hielo y me pasó uno. Se sentó en el borde de la cama, todavía en toalla, y me señaló la silla de mimbre que tenía al lado. Yo me senté. Brindamos sin decir nada.

—Pasa al cuarto, ven. Quiero contarte una cosa.

El cuarto era el mismo lugar, técnicamente, pero al cruzar la puerta entendí que estaba entrando a otra parte. Cerró detrás de mí, sin trabarla todavía, y se sentó en la cama.

—¿Te acuerdas de Carolina? —me preguntó.

Carolina es prima mía, no de él. Habían tenido algo el verano pasado, una historia corta, intensa, que terminó mal según contaron por ahí. Le dije que sí, que me acordaba.

—Tengo ganas de volver a verla —dijo—. No sé si está bien, pero tengo ganas.

—¿Y por qué no la llamas?

—No sé. Hay algo que me detiene.

Mientras hablaba, se aflojó la toalla sin darse cuenta —o haciendo como que no se daba cuenta— y se le abrió por el muslo. Yo bajé la vista un segundo y la volví a subir. Él lo registró. Vi cómo lo registró: una sonrisa mínima, casi invisible, en la comisura del labio.

—¿Quieres saber qué hacía yo con ella? —me preguntó, esta vez en otro tono.

No le contesté. Me lo quedé mirando, atónito, sin saber qué decir. Adrián se puso de pie, caminó hasta la puerta y la trabó con el pestillo. Volvió y se paró delante de mí. La toalla cayó al piso sin que él hiciera nada por sujetarla.

Quedó desnudo a un metro de mí. La tenía dura, rosada, con esa forma recta y limpia de los hombres que se cuidan. Sentí un cosquilleo eléctrico bajándome por la nuca y abriéndome el pecho por dentro.

—Muéstrame —dije, y me arrepentí de la palabra apenas la pronuncié, porque no era lo que quería decir, o sí lo era, pero no en voz alta.

Adrián me agarró suave por la nuca y me hizo bajar de la silla. Quedé arrodillado entre sus piernas. Él no decía nada. Acercó la pelvis. Yo abrí la boca.

***

La primera vez que tuve la verga de un hombre dentro de la boca fue la de mi hermanastro, y eso es algo que voy a llevar conmigo el resto de la vida. No por lo simbólico, sino por lo concreto: el sabor a piel limpia, el peso, la forma en que se le marcaba la vena del costado, el modo en que él respiraba cada vez que yo bajaba la cabeza hasta el final.

Le toqué los testículos con la mano izquierda, despacio, mientras le chupaba el glande. Adrián soltó un gemido bajo, casi un suspiro. Me apoyó la palma en la coronilla, sin presionar, solo para guiarme.

—Más despacio —dijo.

Obedecí.

—Así. Justo así.

Se sentó en el borde de la cama y yo lo seguí, sin sacármela de la boca. Lo chupé un rato largo, sin apuro, escuchando cómo se le iba acelerando la respiración. Cada tanto me detenía, levantaba la vista y me lo encontraba mirándome con una intensidad que no le había visto nunca. Después bajaba otra vez.

—Sácate los pantalones —dijo.

Me puse de pie y me los bajé. La camisa también. Quedé en bóxer. Adrián tiró del elástico y me los bajó él mismo, con una calma deliberada que me puso más nervioso que cualquier otra cosa.

Abrió el cajón de la mesita de luz, sacó un preservativo y un sachet de lubricante. Me miró.

—¿Es tu primera vez?

—Sí.

Asintió, sin sorpresa. Como si lo hubiera sospechado desde el principio, como si todo el cariño de esa noche, los whiskies, la conversación de Carolina, el nudo flojo de la toalla, hubieran sido parte de un cálculo paciente del que yo recién me daba cuenta.

—Vamos despacio, entonces.

Me acostó boca abajo primero. Sentí el lubricante frío en la piel, los dedos entrando uno a uno, una urgencia rara en el cuerpo que no sabía si era miedo o ganas. Eran las dos cosas. Adrián no tenía apuro. Se tomó su tiempo. Me hablaba bajo, me decía que respirara, que me relajara, que avisara si algo dolía.

Cuando entró del todo, agarré las sábanas con las dos manos. Dolió un instante. Después dejó de doler. Empezó a moverse despacio, sosteniéndome la cintura con las dos manos. Yo veía nuestra imagen reflejada de costado, en el espejo del placard, y eso me excitaba todavía más: ver a mi hermanastro encima de mí, con los músculos tensos, mordiéndose el labio, brillando un poco de sudor en los hombros.

—Date vuelta —dijo después de un rato.

Me di vuelta. Quedamos cara a cara. Me agarró las piernas y se acomodó. Cuando volvió a entrar, fue distinto, más directo, con una mirada que no se desviaba. Le toqué el pecho con la palma abierta. Tenía la piel tibia, los pectorales firmes, los pezones chicos y rosados. Olía a transpiración limpia y a deseo.

—No sabes cuánto tiempo —le iba a decir, pero no terminé la frase.

Él me apretó la mano contra su pecho y siguió moviéndose, más rápido ahora, mirándome a los ojos sin pestañear. Yo no podía sostenerle la mirada. La cabeza se me iba para atrás cada vez que empujaba hondo.

—Mírame —dijo.

Lo miré.

—Voy a terminar adentro.

—Sí.

Apretó la mandíbula, soltó un gemido grave que me hizo apretar las piernas contra su cintura, y se vino. Yo le acariciaba el pecho mientras temblaba. Después se quedó quieto, todavía dentro de mí, con la frente apoyada en mi hombro y la respiración entrecortada.

***

Pasaron unos minutos en silencio. Se retiró con cuidado, se sacó el preservativo y lo tiró en el cesto. Yo me quedé acostado, mirando el ventilador del techo, sintiendo una mezcla de cansancio físico y una calma extraña, como si algo que llevaba años esperando hubiera terminado de llegar.

—Ven —dijo, palmeando el lugar a su lado.

Me acerqué. Apoyé la cabeza en su pecho. Le sentí el corazón todavía acelerado bajo la oreja. Le pasé la mano por el abdomen y se la agarré otra vez, ya más blanda, y se la chupé un rato más, no con intención de nada, solo porque no quería separarme.

—Quieto —se rió bajito—. Mañana otra vez si quieres.

Subí hasta su boca y no nos besamos. Eso no.

Nos quedamos así un rato largo, sin hablar. Después me vestí. Él se puso un short y una remera y bajamos juntos hasta el coche. Me llevó a mi casa en silencio, las luces de la avenida cruzándole la cara. Cuando frenó frente a mi edificio, no apagó el motor.

—Esto lo sabemos tú y yo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —le contesté.

Me bajé. Lo vi alejarse por el espejo del portón.

***

Volvimos a estar juntos dos veces más esa misma semana, en el loft, siempre de noche, siempre sin decirnos casi nada. La cuarta vez ya no hubo. Mi padre y su mujer volvieron del viaje, la casa se llenó de gente y Adrián me empezó a evitar la mirada en los almuerzos del domingo, exactamente como antes, pero por otra razón.

Al mes me avisó por mensaje que se iba del país. Una oferta de trabajo, decía. Lo despedimos en familia, abrazos rápidos, un café en el aeropuerto. Cuando me tocó a mí, me dio la mano y me la apretó un segundo más de lo necesario.

—Cuídate —me dijo.

—Tú también.

De vez en cuando me escribe. Foto de un puente en alguna ciudad europea, una frase corta, nada concreto. Yo le contesto igual. Aquella semana no volvió a aparecer en ningún mensaje, en ninguna llamada, en ninguna conversación cara a cara. Pero está ahí, en ese cuarto cerrado de la cabeza, y a veces, cuando estoy solo y la casa de mi padre está vacía, subo a la planta de arriba a regar las plantas y me quedo un rato parado en la puerta del loft.

Algún día, capaz, vuelve.

Mientras tanto, recuerdo.

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Comentarios (4)

DiegoZ91

buenisimo!!! desde el primer párrafo enganchado, no pude soltar el celular

JorgeLP

Por favor hacé una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber que paso después

lector_oculto

Muy bien narrado, se siente real y cercano. Me gustó mucho la forma en que construis la tension al principio. Gracias por compartirlo.

martin1010

tremendo relato, me dejó sin palabras jaja

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