Esa noche escuché a mi padre desde mi cuarto
Aquel verano sevillano no daba tregua. Junio había caído sobre el barrio como una manta de plomo, y desde primera hora la calle del Horno Andaluz se llenaba de mujeres con vestidos ligeros, escotes profundos y esa manera de apoyarse en el mostrador que parecía calculada para volverlo loco. Marcelo llevaba veintidós años amasando pan en aquel local, pero ninguno como este. El calor le pegaba la camiseta a la espalda, la barba rubia se le humedecía y, por debajo del delantal, su polla no encontraba un momento de descanso.
—Marcelo, una barra bien larga, anda, que tengo invitados —le pidió una clienta nueva, una morena con los hombros desnudos.
—Lo que tú quieras, Reme.
Sonreía como sonreía siempre, con esa manera relajada de quien lleva media vida detrás de un mostrador. Pero los vaqueros, debajo del delantal blanco, le apretaban como si fueran dos tallas menos. Cada vez que se agachaba a por una hogaza, sentía la presión exacta del bulto contra la tela y le entraba la risa floja. Como sigas así, Marcelo, te despides del delantal y sales en pelotas.
El divorcio de Inmaculada había sido limpio, sin gritos, pero le había dejado una sequía de tres meses larga. Tres meses sin tocar a nadie que no fuera su propia mano, y eso pasaba factura cuando el termómetro pasaba de los treinta y ocho y las clientas entraban en sandalias. Aguantaba como podía. Aguantaba bien, todo había que decirlo. Pero a las dos de la tarde, cuando bajó la persiana metálica de la panadería y subió los tres pisos hasta el ático, ya era otro hombre.
Iván estaba en el sofá, en calzoncillos, con un bocadillo apoyado en el pecho y una serie americana en la tele. Veintidós años, cuerpo largo y enjuto de nadador, hombros marcados de tanto largo en la piscina del barrio, la piel ya morena de las primeras tardes de mayo. Llevaba viviendo solo con Marcelo desde que su madre se mudó al piso de la abuela. Habían encontrado un equilibrio raro y cómodo, de dos adultos compartiendo techo y nevera.
—Joder, hijo, cómo está la calle —dijo Marcelo, dejándose caer a su lado.
—Aquí también, papá. He puesto el ventilador al máximo y nada.
Iván le miró de reojo. No fue una mirada larga, pero le bastó para fijarse en lo que se le marcaba a su padre debajo del vaquero. Disimuló bebiendo del vaso de agua que tenía en la mesilla, pero la sonrisa se le escapó.
—Oye, papá.
—Dime.
—Que llevas un paquete que no es legal.
Marcelo se miró abajo, soltó una carcajada y se llevó las manos a la cara.
—Hostia, chaval, qué bocazas eres.
—Es que se ve, papá. No es que esté mirando, es que no se puede no mirar.
Marcelo se descojonaba ya con ganas, dándole una palmada en el muslo a su hijo. Esa era la dinámica entre ellos desde hacía años: dos tíos compartiendo casa, sin pudor ni cuentos. Hablaban de mujeres, de fútbol, de la primera vez que Iván trajo a una chica a dormir. Nunca se habían cortado.
—Es el calor, hijo. Y las clientas. Hoy he servido a la Reme con una camiseta de tirantes que no te explico. Y a la chica nueva del cuarto, la pelirroja, que se ha presentado a comprar magdalenas a las once de la mañana en pantalón corto. Llevo desde las ocho con la verga así. No te miento.
—Pues mira, papá, lo digo en serio —Iván dejó el bocadillo en la mesa y se giró un poco hacia él—. Si estás salido, te pelas en casa y ya. No tienes que aguantarte por mí. Somos adultos, vivimos solos. Si te entra el calentón, te encierras en tu cuarto y a tomar por culo.
Marcelo se quedó mirándolo. La risa le aflojó la cara, pero por dentro algo se movió. Que su hijo le hablara así, con esa naturalidad de hombre a hombre, le tocó algo que no sabía nombrar.
—Cabrón, mira lo que dices.
—Lo digo en serio. Llevas tres meses haciéndolo a escondidas, papá. Te oigo bajar al baño de noche y sé perfectamente a qué bajas. No hace falta. Esta es tu casa también.
—Joder, Iván.
—Joder nada. Tú vas a tu cuarto, te cascas tranquilo y mañana eres otra persona. No me cuentes milongas.
Marcelo se rascó la barba, se pasó la mano por el pecho sudado y asintió. Iván tenía razón. Llevaba semanas encerrándose en el cuartito de baño de la panadería, abajo, antes de subir a comer, solo para llegar al ático limpio de tensión. Era ridículo. Era propio de un quinceañero, no de un padre de cuarenta y cinco años divorciado.
—Vale, chaval. Tienes razón. Esta noche me desfogo como Dios manda. Pero te aviso una cosa.
—¿Qué?
—Que cuando me suelto, soy un escandaloso.
Iván se rio fuerte y se llevó una mano a la frente.
—Pues nada, papá, pones la tele alta y ya está.
—Trato hecho.
Comieron juntos en la mesa de la cocina. Marcelo en calzoncillos también, porque a esas alturas el orgullo se había evaporado con el sudor. Hablaron de la final que jugaba el sábado, de la beca que Iván estaba esperando, de la cuñada Beatriz que volvía de Tenerife la semana próxima. Por dentro, a los dos les dio tiempo a olvidarse de la conversación. Por fuera, también. La tarde la pasaron cada uno a lo suyo, Iván en su cuarto con los apuntes, Marcelo durmiendo una siesta larga en el sofá, con el ventilador apuntándole directo a la cara.
***
A las once de la noche el piso seguía pareciendo un horno. El asfalto de la calle devolvía el calor del día y por las ventanas abiertas entraba el ruido lejano de una terraza. Marcelo se metió en su cuarto, se quitó la camiseta de tirantes con la que había cenado, se quitó los calzoncillos y se tumbó encima de la sábana, desnudo. Dejó la puerta entornada, no por descuido sino porque cerrarla con ese calor era un suicidio. Si oye el chaval, que pase lo que tenga que pasar.
Empezó despacio. La mano derecha, grande y de palma callosa de amasar, le rodeó la polla y la fue moviendo despacio, con la calma del que sabe lo que se trae. Tenía la verga gorda, venosa, de las que pesan en la mano antes de ponerse duras. El glande le asomó rojo enseguida y Marcelo cerró los ojos.
Pensó primero en la Reme, en la camiseta de tirantes, en cómo se le marcaron los pezones cuando le pidió la barra grande. Pensó en la pelirroja del cuarto, en cómo se inclinó sobre el mostrador para coger el cambio. Pensó en su mujer de hacía diez años, cuando todavía dormían sin sábana y todo era fácil. La mano fue subiendo el ritmo sola. La polla latía contra la palma y la respiración se le quebraba en el pecho.
Y entonces, sin querer, le vino otra imagen. Iván, en el sofá, en calzoncillos, mirándole el bulto y sonriendo. La forma exacta en que su hijo había dicho «se ve, papá». Marcelo abrió los ojos un segundo, intentó apartar la idea, pero la mano ya iba sola y la idea se quedó pegada como el calor a la espalda.
—Joder —murmuró.
Aceleró. Las piernas, fuertes de subir y bajar escaleras todo el día, se le pusieron tensas. El sudor le caía por la frente y se le metía en los ojos, le picaba la barba mojada. Empezó a hablarse a sí mismo, bajito, porque siempre lo había hecho.
—Ay la madre, así, así, dale.
Subió el tono sin darse cuenta. El cuarto era pequeño, las paredes finas. Cualquier cosa que dijera por encima del susurro se oía desde el pasillo. Y Marcelo, con el calor, con tres meses de hambre acumulada, con la cabeza llena de mujeres y la imagen del hijo metida sin permiso entre todas ellas, ya no susurraba.
—Hostia, qué gusto, joder, qué gusto.
***
En el cuarto de al lado, Iván llevaba un rato sin pasar página del libro. Estaba tumbado en la cama, con la luz de la mesita encendida y la novela abierta sobre el pecho, pero no leía. Había oído cuando su padre cerró la puerta. Había oído el crujido del somier. Y al principio había sonreído, como diciéndose que por fin le había hecho caso. Pero los primeros «joder» de Marcelo se le metieron por el oído izquierdo y le bajaron a la entrepierna en menos de lo que tardó en darse cuenta.
—Madre mía.
Se quedó muy quieto, conteniendo la respiración para oír mejor. La voz grave de su padre se filtraba a través del tabique como si estuviera al lado. Iván nunca se había planteado esto. Nunca. Su padre era su padre, punto. Pero el sudor que tenía pegado al cuerpo, la imagen del bulto en el sofá, la voz ronca soltando guarradas en la habitación de al lado, todo eso se le juntó en la polla sin pedirle permiso.
Se metió la mano por debajo del calzoncillo casi sin darse cuenta. Se la encontró ya dura, latiendo. No, qué cojones, esto no. Pero la mano siguió. La fue subiendo y bajando despacio, con el ritmo de lo que oía al otro lado de la pared. Cuando Marcelo gemía más alto, él aceleraba. Cuando bajaba el tono, él bajaba también. Era un baile raro, completamente involuntario, y Iván tenía los ojos clavados en el techo y las mejillas ardiendo.
—Ay, qué guarro, joder —se decía, mordiéndose el labio para no soltar nada.
***
Al otro lado del tabique, Marcelo ya no se controlaba. La mano iba como un pistón, la polla se le había puesto del color del vino, y notaba la presión justo donde tenía que notarla, ahí abajo, en la base, como un nudo a punto de soltarse. Las piernas se le abrían solas. Le entraron temblores en los muslos y en la espalda.
—Voy, voy, voy, joder, ya voy.
Y se corrió. Se corrió como no se había corrido en años. El semen le salió en chorros largos y le salpicó el pecho peludo, la barriga, hasta la barba mojada. Soltó un gemido largo, ronco, que retumbó en el cuarto y atravesó el tabique como si nada.
—Ah, hostia, qué gusto, qué descanso, joder.
Se quedó quieto, jadeando, con la mano todavía apretada y la respiración entrecortada. Le dio la risa floja. El chaval tenía razón. Tres meses para esto. Cerró los ojos y se rio bajito, todavía sintiendo cómo la polla le palpitaba en la mano, ya sin prisa.
***
Al otro lado, Iván no aguantó ni dos segundos más. El gemido de su padre le entró por el oído y le salió por la verga. Se corrió encima del estómago, sobre la novela cerrada que tenía al lado, en silencio absoluto, mordiéndose el dorso de la mano para no soltar un solo ruido. Se quedó congelado, con los ojos muy abiertos y la respiración cortada.
Esperó. Contó hasta veinte. Oyó cómo su padre se levantaba, cómo abría la puerta del cuarto, cómo iba al baño a lavarse. Oyó la cisterna. Oyó los pasos de vuelta. Oyó el silencio que siguió.
Se incorporó muy despacio, fue al cuarto de baño él también, se limpió, se cambió de calzoncillos y volvió a la cama. Se quedó mirando el techo un rato largo, con el corazón todavía a mil. Si supiera lo que acaba de pasar aquí.
Por la ventana abierta entraba un poquito de brisa, la primera de toda la noche. La temperatura del piso bajaba por fin un grado, dos, tres. Iván se durmió sin saber muy bien cuándo. Soñó cosas raras, mezcladas, calientes, que por la mañana no recordaría del todo pero le dejarían una sensación pegada al cuerpo durante varios días.
***
Al día siguiente, en la cocina, Marcelo le sirvió a su hijo un café con leche y unas tostadas con tomate. La radio sonaba bajita, daban las noticias del tiempo: otro día por encima de los treinta y ocho.
—¿Has dormido bien, chaval?
Iván levantó la vista del móvil, le sostuvo la mirada un segundo, y respondió con la misma cara de póker con la que su padre le había dado los buenos días.
—De maravilla, papá. Como un tronco.
—Yo también.
Los dos sonrieron a la vez, sin mirarse, y siguieron desayunando como si nada. El verano sevillano apenas empezaba, y aquella pared fina entre los dos cuartos iba a tener mucho trabajo por delante.