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Relatos Ardientes

La iniciación que mis compañeros me prepararon en casa

Mudarme a Rosario no había sido idea mía. La empresa me transfirió con dos semanas de aviso y un sueldo apenas mejor, y mis primeras noches en el departamento alquilado las pasé mirando el techo y escuchando a los vecinos discutir. Soy bastante introvertido. Siempre lo fui. En el trabajo cumplía, saludaba, contestaba si me preguntaban, pero no me animaba a sumarme a las conversaciones del café ni a los chistes que hacían mis compañeros en la cocina. Me daba miedo decir algo equivocado y quedar señalado como el raro del piso. Así que callaba y observaba.

Llevaba casi un mes así cuando empecé a notar que cada viernes los cuatro del equipo de sistemas se iban juntos. Salían pasadas las seis, vestidos diferente, con esa energía de quien sabe que la noche recién empieza. Yo me quedaba ordenando mi escritorio fingiendo que me importaba algo, esperando que alguno me incluyera. Nunca pasaba. Volvía caminando hasta el departamento, abría una cerveza tibia y prendía el televisor para que algo hiciera ruido en la sala vacía.

Aquel viernes pensé que sería igual. A las seis menos cuarto ya estaba calculando qué iba a cenar cuando Andrés se acercó a mi escritorio.

—¿Vas a hacer algo esta noche? —me preguntó, apoyándose contra el separador.

—No, nada —respondí, tratando de que no sonara desesperado.

—Vente con nosotros. Vamos a tomar algo en un bar acá cerca y después vemos qué hacemos.

Dije que sí antes de pensarlo. Apagué la computadora con las manos un poco temblorosas y los seguí hasta la puerta. Eran cuatro: Andrés, el más extrovertido del equipo; Tomás, que tenía siempre una sonrisa medio burlona; Iván, alto y callado, con barba de tres días; y Lucas, el más joven, con un piercing en la ceja que se notaba poco. Pidieron una jarra de cerveza para empezar y comenzaron a hacerme preguntas. De dónde era, por qué me había mudado, si tenía novia, si extrañaba a alguien. Contesté lo justo. Reía con sus chistes. Por primera vez en semanas me sentía parte de algo más grande que un escritorio y una pantalla.

Después de la segunda jarra, Iván propuso seguirla en el departamento de Lucas, que vivía a tres cuadras. Compramos más cerveza en una tienda de la esquina y subimos los cuatro pisos por la escalera porque el ascensor estaba roto. El departamento era chico, con un sillón gastado, un televisor apagado y una mesa baja llena de marcas de vasos. Nos sentamos en círculo, ellos en el suelo y yo en el sillón. La conversación giraba sobre mujeres, sobre fútbol, sobre algún partido reciente que comentaban con detalle. Yo no entendía mucho de fútbol, tampoco me decía gran cosa lo que comentaban de las chicas que conocían, pero sonreía y asentía y bebía.

—¿Y tú? —me preguntó Tomás en un momento—. ¿Cómo te sientes con nosotros?

—Bien —dije—. Gracias por invitarme. La verdad es que me venía sintiendo un poco aislado.

Hubo un silencio raro. Andrés me miró fijo. Los otros tres bajaron la vista a sus latas, como si supieran lo que iba a pasar y prefirieran no mirarme todavía.

—Mira —dijo Andrés—. Nosotros somos un grupo bastante cerrado. Si te queremos sumar de verdad, hay una prueba.

Me reí. Pensé que era una broma de bienvenida. Algo de tomarse un trago raro, hacer una vuelta en la calle desnudo, lo que se le ocurre a la gente cuando bebe.

—¿Qué prueba? —pregunté, todavía riéndome.

—Tienes que chupárnosla a los cuatro —dijo Andrés sin cambiar el tono—. Hasta que nos vengamos. Y te lo tragas todo.

Me quedé sin aire. Esperé que alguno se largara a reír, que me dijera que era broma, que ya estaba, bienvenido al grupo. Pero ninguno se movió. Iván me sostuvo la mirada con una calma que me asustó. Lucas se mordió el labio.

—Es eso o te vas —agregó Tomás—. No hay drama si te vas. Pero no vuelves a salir con nosotros. Y en la oficina seguimos como hasta ahora.

Quise reírme y no pude. Me acordé del mes que llevaba mirando el techo. De las cervezas tibias. De los sábados sin que sonara el teléfono. De caminar diez cuadras hasta el supermercado solo para escuchar voces humanas que no fueran las de la televisión. De la idea de levantarme el lunes y volver a fingir que estaba bien.

—No sé —murmuré—. Nunca hice algo así.

—Mejor —dijo Andrés, y se puso de pie.

No te vayas. No te vayas. No te vayas.

Esa frase me daba vueltas en la cabeza, pero no sabía a quién se la decía: a ellos o a mí mismo.

Andrés se desabrochó el cinturón despacio, mirándome todo el tiempo. Bajó el pantalón hasta los tobillos y se quedó parado frente a mí. Tenía el pene grueso, más ancho que largo, con la piel pálida y un par de venas marcadas que latían apenas. Los otros tres se levantaron sin decir nada y se acercaron. Tomás tenía uno más fino y alargado, con la cabeza descubierta y enrojecida. Iván era el más oscuro de los cuatro, con una mata de vello negro alrededor y los testículos pesados. Lucas era el más chico, casi imberbe, pero ya estaba duro y le temblaba apenas la punta.

Se pararon a mi alrededor. Sentí el calor de los cuerpos, el roce de un muslo contra mi hombro. El olor a transpiración apenas disimulada con desodorante, a cerveza, a algo más íntimo que me llegaba a la nariz y me aceleraba el pulso. Andrés me apoyó la mano detrás de la nuca sin apretar. Solo la dejó ahí, recordándome que estaba.

—¿Te quedas o te vas? —repitió bajito.

Abrí la boca para hablar y no salió ninguna palabra. Andrés interpretó el silencio como respuesta y me acercó la cabeza a su pelvis. Su pene me chocó contra los labios. Tibio. Más suave de lo que esperaba. Probé a apartarme, pero la mano de Andrés presionó apenas y yo, por algún motivo que después no supe explicarme, dejé de resistir. Abrí la boca.

Entró despacio. Sentí el sabor salado, el roce de la piel contra la lengua. Esperaba el asco, las ganas de vomitar, algo que me empujara a frenar. No pasó. Pasó otra cosa: una claridad rara, como cuando uno cruza un umbral y de golpe entiende que ya no hay vuelta atrás. Empecé a moverme. Lento al principio, después con más ritmo. Andrés gimió bajo y me empujó la cabeza, llevándome a un fondo que no sabía que tenía. Su vello púbico me hizo cosquillas en la nariz. Apenas lograba respirar entre embestida y embestida, pero me obligué a aguantar.

—Trágatelo todo —murmuró cuando se vino.

El chorro me llenó la boca y bajó por la garganta. Caliente, espeso, con un sabor que no se parecía a nada. Sentí que se me caían dos o tres gotas por la comisura y las recogí con la lengua mientras Andrés se retiraba. Me dijo, casi tierno, que le dejara el pene limpio, y obedecí. Le pasé la lengua por toda la longitud hasta que asintió, satisfecho, y se hizo a un lado.

Lucas fue el que vino después. Como tenía el pene pequeño me costó menos al principio, pero entró completo enseguida. Lo chupé con más decisión, casi con ganas, sorprendido de mí mismo. Se vino rapidísimo, con un quejido agudo, llenándome la boca otra vez. La segunda parte fue limpiarle también, lamiéndole la cabeza hasta que se la apartó de un tirón sensible.

Después se acercó Iván y me hizo abrir la boca con los dedos. Su sabor era distinto, más amargo, más fuerte. Tardó más en venirse. Empujaba con la cadera, me agarraba el pelo con las dos manos, me decía cosas al oído que mezclaban groserías con elogios. Que estaba aprendiendo rápido. Que tenía buena boca. Que era mejor que el último que habían sumado. Cuando terminó, me cayó semen por el mentón y por el cuello. No me lo limpié.

Tomás fue el último. Su pene fino entraba más adentro, casi sin esfuerzo, casi hasta hacerme cosquillas en algún punto que no sabía dónde estaba. Me hizo apoyar las manos en el sillón y se paró por encima de mí. Cuando se vino, lo hizo en chorros largos, parte en mi boca, parte en mi cara, parte en mi cuello. Yo respiraba por la nariz con los ojos cerrados, sintiendo cómo los cuatro me observaban en silencio. Sentía el pulso en las sienes. Sentía algo nuevo que no sabía cómo nombrar.

***

—Ya está, hermano —dijo Andrés después de un rato—. Ya eres parte.

Me ayudaron a levantarme. Tomás me alcanzó una toalla del baño y me limpió la cara como si fuera una cosa íntima, casi tierna. Después me dieron, cada uno, un beso en la boca para sellar el ingreso al grupo, así me explicaron. El de Andrés fue corto. El de Lucas fue largo. El de Iván tenía la lengua adentro antes de que yo decidiera nada. El de Tomás me dejó las rodillas blandas.

—Pero no creas que la fiesta termina acá —dijo Andrés sonriendo—. Acá no chupa uno solo. Acá chupamos todos.

Me sentaron en el sillón y entre dos me bajaron el pantalón. Mi pene ya estaba duro desde antes, sin que me hubiera dado cuenta. Los cuatro se arrodillaron frente a mí y empezaron a turnarse. La boca de Lucas era pequeña y cálida. La de Andrés más experta, sabía exactamente cuándo apretar y cuándo aflojar. Iván usaba más la lengua, lenta, casi paciente. Tomás me miraba a los ojos mientras me la chupaba, como si quisiera grabarse mi cara para siempre. Me corrí en menos de tres minutos, con un grito que no me reconocí, y siguieron como si nada. Cuando me vine la segunda vez, casi sin aviso, Tomás me pasó el semen boca a boca a Lucas, y de Lucas a Iván, y de Iván a Andrés. Los miré hacer eso y pensé que jamás iba a olvidar esa imagen.

***

Hace seis meses de aquella noche. Sigo trabajando en la misma oficina. Sigo siendo el callado del equipo durante el día, el que apenas habla en las reuniones. Pero cada viernes, sin excepción, terminamos en el departamento de Lucas. A veces somos los cinco. A veces se suma alguno más, otro tipo nuevo que Andrés decidió incorporar, y yo participo del lado de los que esperan, de los que prueban, de los que reciben al recién llegado. La ciudad dejó de pesarme. Aprendí dónde se compran las mejores empanadas a las tres de la mañana. Aprendí qué cervezas aguantan mejor con cigarrillo. Y aprendí, sobre todo, que el sexo entre hombres no necesita más explicación que el deseo de los hombres que lo viven.

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Comentarios (5)

Felipe_Cba

Buenísimo!! espero la continuación, quede enganchado desde el principio

LoboNocturno_ar

Se me hizo muy corto, quiero mas. Cuando sale la segunda parte?

GatoSolitario22

Me llegó al corazon, hay algo muy humano en la forma que lo contás. Seguí escribiendo!

Lautaro_M

tremendo relato jaja, lo disfrute un montón

NightRiderX

Increible como describís las emociones, se siente auténtico. Me recordó a mis primeros tiempos en una ciudad nueva, esa sensacion de estar rodeado de gente pero completamente solo.

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