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Relatos Ardientes

Las clases prohibidas con mi vecino del barrio

El verano de aquel agosto cayó sobre Lavapiés como una losa. Madrid se cocía a fuego lento entre el asfalto y los balcones, y la panadería La Espiga de Oro no descansaba ni un solo día. Mateo, el panadero, llevaba veinte años amasando detrás de aquel mostrador, y nunca había visto un calor tan bestia. Las baguettes salían del horno como brasas, las clientas pedían pan con el escote brillándoles del sudor, y los vecinos del barrio se asomaban a media tarde solo por el frescor del aire acondicionado.

Mateo tenía cuarenta y seis años recién cumplidos, rubio, barbudo y con piernas de futbolista que nunca dejaron de serlo. Llevaba el negocio solo desde que su padre se jubiló, y aquel verano le estaba pasando factura. Su hijo Iván, que entonces andaba por los veinte, le ayudaba en el mostrador por las tardes, pero las madrugadas las hacía él solo. Y madrugadas largas: amasar, hornear, cargar bandejas, limpiar el obrador antes de abrir. Llegaba al mediodía con los riñones rotos y la cabeza nublada.

—Papá, necesitas a alguien —le decía Iván cada dos por tres—. Te vas a quedar tieso entre dos sacos de harina.

Y tenía razón. Una tarde, después de servir a una clienta en bikini que entró a comprar pan para la piscina, Mateo notó cómo se le empalmaba bajo el delantal sin venir a cuento. No era solo el calor: era el agotamiento, la falta de sueño, todo aquello que se acumula cuando llevas meses sin descansar. Si no busco a alguien, voy a perder el negocio o la cabeza, pensó.

Yacine vivía en el portal de al lado. Marroquí, treinta y cinco años, casado con una mujer guapísima de pelo rizado, dos crías pequeñas correteando por el descansillo. Mateo lo veía cada mañana cargando sacos en una obra cercana, los brazos como troncos, la barba negra y espesa, la piel morena pegada a la camiseta empapada. Era buen hombre, de los que saludan con la cabeza y nunca alzan la voz. Sabía cuatro palabras de español: «hola», «pan», «sí» y «gracias».

—Yacine, ¿buscas curro extra? —le preguntó un día en el portal, gesticulando como un mimo.

—¿Tú… panadero? —dijo él, señalándolo.

—Sí. Por la madrugada. Pago bien.

Le mostró con los dedos el horario y la cifra. Los ojos de Yacine se iluminaron, asintió varias veces y le dio un apretón de manos que casi le partió los huesos. Al día siguiente empezaron.

Iván, cuando lo conoció, soltó una sonrisa de aprobación.

—Buen fichaje, papá. Parece un toro. Con esos brazos amasará como un campeón.

Y vaya si amasaba. Yacine aprendía rápido todo lo que no hacía falta hablar: pesar la masa, marcar las baguettes, calibrar el horno, limpiar las bandejas. Pero el idioma era una barrera dura. Pasaban cuatro o cinco horas juntos cada madrugada, los dos solos en el obrador, y el silencio se hacía denso. Mateo empezó a enseñarle palabras para matar el rato.

—Esto es «harina» —le decía, señalando el saco.

—Ha-ri-na —repetía él, pronunciando cada sílaba con cuidado.

—Esto es «horno».

—Hor-no.

Una madrugada, después de un par de semanas, Mateo decidió gastar una broma. Estaban esperando a que subiera una tanda de bollería, sentados en dos taburetes con sendos cafés en la mano. El aire del obrador olía a mantequilla y a sudor.

—Yacine, atento. Esto —dijo, señalándose el paquete por encima del delantal— es «polla».

Él parpadeó un segundo, procesando. Luego soltó una carcajada grave que rebotó en las paredes de azulejo.

—¿Polla? —repitió, todavía riendo.

—Polla.

—Po-ya.

Mateo se rio con él. La barrera del idioma se rompió por ahí, por el sitio menos elegante. A partir de aquella noche, las clases siguieron por el camino guarro: «huevos», «culo», «pajearse», «correrse». Yacine las repetía con su acento árabe arrastrado, partiéndose el pecho cada vez que captaba el significado por los gestos. Era una manera estúpida de hacer las horas más cortas, pero funcionaba. Salían del obrador a las siete de la mañana llorando de risa.

***

La madrugada del jueves siguiente fue distinta. Madrid llevaba tres días con la alerta roja por calor, y dentro de la panadería se respiraba un aire pegajoso que ni el ventilador del techo aliviaba. Yacine llegó con la camiseta blanca pegada al pecho antes incluso de empezar. Mateo lo vio quitársela y colgarla del clavo de la pared sin decir nada, quedándose con la camiseta interior de tirantes. El pecho moreno y peludo le brillaba del sudor.

—Joder, qué calor —murmuró Mateo, sin pensar en quién oía o no.

—Calor… mucho —contestó él, sonriendo.

Pasaron la primera hora amasando en silencio. Mateo notaba la mirada de Yacine yendo y viniendo, deteniéndose en sus brazos cuando metía las bandejas, en su espalda cuando se agachaba a coger un saco. No era nada que pudiera señalar con el dedo. Era solo una sensación, un peso, una corriente que iba y venía entre los dos. Y su cuerpo respondía sin pedir permiso. Bajo el delantal empezó a tensarse algo que no debería tensarse a las tres y media de la mañana de un jueves cualquiera.

—Yacine —dijo, intentando volver al juego de siempre—, repite: «tengo la polla dura».

Lo soltó a la ligera, como las otras veces. Él levantó la cabeza, lo miró fijo y se llevó la mano al bulto de los pantalones de chándal. Con la palma abierta, sin disimulo, se ajustó algo que estaba claramente despierto.

—Ten-go la po-ya du-ra —repitió, despacio.

Mateo tragó saliva. La broma se acababa de torcer. O quizá llevaba semanas torciéndose y solo ahora se daba cuenta. Yacine no había apartado la mano. Seguía allí, mirándolo con una media sonrisa que no había visto antes en su cara.

—Tú también —dijo, señalándole el delantal con la barbilla.

Mateo bajó la vista. El bulto era evidente. Toda la harina del mundo no lo iba a tapar.

—Sí, joder —admitió, riendo nervioso—. Yo también.

Se quedaron en silencio unos segundos. El horno zumbaba a su espalda, un reloj viejo daba las tres y treinta y siete en la pared, y los dos respiraban un poco más fuerte de lo normal. Yacine fue el primero en moverse. Se desató el cordón del chándal, se bajó la cintura hasta los muslos y sacó su sexo sin ceremonia.

A Mateo se le cortó el aire. No tanto por la situación, que también, sino por lo que tenía delante. Era una polla gruesa, morena, surcada de venas, con un glande grande y pesado coronando la punta. Más gorda que la suya, sin discusión. Le colgaban unos huevos enormes bajo el pubis oscuro, apretados por el calor.

—Po-ya du-ra —repitió Yacine, mirándolo a los ojos.

—Hostia —murmuró Mateo.

No supo cómo responder, así que respondió con el cuerpo. Se desabrochó el delantal, lo dejó caer al suelo, se bajó el pantalón blanco de cocina y sacó la suya. La tenía rígida, marcando la curva habitual hacia la izquierda, latiéndole contra la mano. Era larga, fina, muy distinta a la del marroquí, y se le sacudía con el pulso. Yacine la miró un segundo y asintió, como si aprobara una pieza de pan recién horneada.

—Bonita —dijo, en su español torpe.

—Gracias, cabrón —contestó Mateo, riendo sin querer.

Empezó a meneársela despacio, con la mano callosa de tantos años amasando. Yacine lo imitó, abriendo bien la palma, dejándose el prepucio recorrer el glande con una lentitud que le hizo apretar los dientes a Mateo. Estaban los dos de pie, separados por menos de un metro, con el obrador caliente alrededor y solo el zumbido del horno acompañando la respiración.

—Despacio —dijo Mateo, marcando el ritmo con su propia mano—. Así.

—Despacio —repitió él.

Mateo lo enseñó a alargar la cosa. A no acabar a los dos minutos como críos. Le marcó con el cuerpo cómo apretar el puño cerca de la base, cómo aflojar al subir, cómo entretenerse en el glande. Y él, que aprendía rápido todo, también aprendió aquello. Sus ojos no se apartaban del sexo del panadero, y los del panadero no podían apartarse del suyo. La presión iba creciendo, en el ambiente y en las pelotas.

—Más rápido —ordenó, al cabo de un rato.

—Más rápido —repitió Yacine, acelerando.

La mano grande del marroquí subía y bajaba con un ruido húmedo que se mezclaba con el chasquido del horno. Tenía la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados. Mateo notaba el calor concentrándosele en las ingles, las piernas tensas, los huevos apretándose contra la base.

—Me voy a correr —dijo, casi sin voz.

—Yo también —contestó él, sorprendiéndolo por la claridad de la frase.

Llegaron casi al mismo tiempo. Yacine soltó primero, con un gruñido grave que le subió desde el pecho, y unos chorros espesos saltaron lejos, salpicando el delantal que tenía a los pies. Mateo se vino detrás, apretando los dientes para no gritar, descargando contra la pata de la mesa de trabajo. Las rodillas le temblaron un segundo y tuvo que apoyarse en el saco de harina más cercano.

Se quedaron jadeando, las pollas todavía en la mano, el aire del obrador llenado de un olor pesado que no era de pan. Yacine soltó una risa baja, sacudió la cabeza y se ajustó el chándal.

—Buena lección —dijo, sonriendo.

—Buenísima —contestó Mateo, y se rio también, sin saber muy bien qué acababa de pasar.

***

Limpió el obrador en diez minutos. Hay cosas para las que un panadero está entrenado, y disimular un desastre es una de ellas. A las siete entró Iván a echar una mano, ajeno a todo, y el día siguió su curso normal: clientas con cestas, baguettes calientes, monedas tintineando en la caja. Cuando su hijo le preguntó si había dormido algo, Mateo contestó que sí, que aquella noche había rendido como pocas, y se metió detrás del mostrador antes de que se le notara la sonrisa en la cara.

Yacine y él no hablaron del tema durante el resto de la semana. Siguieron amasando juntos, repitiendo palabras de panadero, riendo de cuando en cuando. Pero la siguiente madrugada de jueves, sin previo aviso, el marroquí se quitó la camiseta interior nada más entrar y la colgó del clavo. Lo miró con esa media sonrisa nueva. Mateo cerró la puerta del obrador con pestillo, cosa que no había hecho nunca, y supo que aquella sería la primera de muchas clases que no estaban en ningún programa.

Madrid seguía cociéndose fuera. Dentro de la panadería de Lavapiés, las madrugadas se ponían calientes por otras razones, y nadie en el barrio sospechaba lo que pasaba entre el horno y la mesa de trabajo cuando el resto del mundo dormía.

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Comentarios (4)

LectorNocturno7

Dios mio que relato... me quede sin palabras!!!

Lucho_cba

Necesito la segunda parte urgente, no puede terminar asi

Zornot

Muy bien escrito, se nota que hay sentimiento detras. No cualquiera logra eso con este tipo de historias

MarcosMdq

La tension que describe al principio me recordó a una situacion que yo vivi hace años con un vecino. Esas cosas quedan grabadas

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