Lo que descubrí en el club gay de la Americana
Esta es la mejor experiencia gay que viví en años, y todavía me cuesta creer que pasó un martes cualquiera, en pleno horario laboral.
Trabajaba desde la oficina, encerrado entre planillas, cuando el calor de la tarde me ganó. Abrí una app de citas para ver quién andaba cerca, no encontré a nadie que me prendiera y decidí cambiar de plan. Hacía semanas que venía leyendo en Twitter comentarios sobre Eclipse, un local en la Colonia Americana, en Guadalajara. Cien pesos la entrada, ambiente gay, y la regla que más me prendió: adentro podías andar como quisieras, incluso desnudo. Siempre me gustó saberme observado con poca ropa, y la idea de cruzar esa puerta sin saber qué iba a pasar me apretó el estómago de pura ansiedad.
Llegué a las cinco de la tarde. La entrada estaba escondida entre dos locales cerrados; ni cartel, ni cola, ni nada. Pagué en efectivo, recibí una pulsera, una toalla y un casillero. Me desvestí en el vestuario, doblé la camisa con cuidado por costumbre y dejé todo guardado. Me quedé en bóxer y tenis. Que se note el bóxer ajustado, pensé. Salí al pasillo principal sintiendo el aire frío de los ventiladores rozarme la piel.
El sitio era más bonito de lo que esperaba. Limpio, oscuro, con luces tenues color ámbar y música de fondo que apenas se escuchaba. Había varias salas tematizadas: una con paredes de espejos, otra con sillones bajos, otra que imitaba un sauna. Caminé sin rumbo, mirando a los demás y dejando que me miraran. Algunos pasaban totalmente desnudos, otros andaban con calzoncillo, y un par llevaba arnés de cuero. Nadie me apuraba. Nadie hablaba mucho. Había una especie de código tácito en cada cruce de miradas.
Encontré una sala chica donde proyectaban porno gay en una pantalla amplia. La luz parpadeaba sobre los cuerpos de los que estaban adentro. Dos chicos cogían sobre un colchón de gomaespuma, sin urgencia, casi en silencio. Otros dos se masturbaban en distintos sillones, observándolos. El aire olía a sudor y a lubricante. Me apoyé contra la pared y sentí cómo se me ponía dura solamente de mirar. Esa fue mi primera erección de la tarde, y supe que no me iba a ir tan rápido como había planeado.
Salí del cine improvisado y bajé por un pasillo angosto. Ahí fue cuando lo vi. Un chico de unos veinticinco, delgado, con un tatuaje de líneas finas en el costado de las costillas. Lo crucé dos veces antes de que él diera el primer paso. Me apoyó la palma en el pecho, sin pedir permiso, y me empujó con suavidad contra la pared.
—¿Te gusta? —me preguntó al oído.
—Mucho —respondí.
Bajó la mano por mi abdomen hasta la cintura del bóxer y me lo bajó apenas lo justo. Yo hice lo mismo con él. Nos masturbamos un rato así, parados, frente a frente, mirándonos a los ojos. Después me agaché y empecé a chupársela. Tenía el sabor justo: limpio, salado, recién lavado. Él me sostenía la cabeza con una mano firme pero sin presionar. Después me levantó y se arrodilló a devolverme el favor. Su lengua sabía exactamente dónde detenerse para que no me viniera todavía.
—Ven —me dijo.
Me llevó a una sala que yo no había explorado. Había una camilla baja con un reposapiés acolchado que dejaba las piernas abiertas, como si fuese una mesa de obstetra reformada para otro fin. Me acosté boca arriba y él me acomodó las piernas. Cerré los ojos cuando sentí su lengua. Nadie me había comido el culo así nunca. Lentamente al principio, después con un hambre que no parecía actuada. Yo gemí más fuerte de lo que pensaba.
***
Mis gemidos no pasaron desapercibidos. La sala era pequeña y la puerta estaba apenas entornada. Cuando abrí los ojos, había cinco o seis tipos asomados, mirando. Algunos se acariciaban por encima del bóxer. Otros no llevaban nada. La situación me prendió todavía más. Sentirme observado, expuesto, abierto, con la lengua de un desconocido entre los muslos y la atención de media docena de hombres sobre mi cuerpo, fue una de esas cosas que no sabes que quieres hasta que pasan.
El chico levantó la cabeza, se limpió la boca con el dorso de la mano y me dijo, casi con vergüenza:
—No se me para. Ya vine dos veces hoy. Perdón.
—Tranquilo. Está bien —le contesté.
Volvió a bajar la cabeza. Yo seguí ahí, expuesto, mientras él me chupaba. Y entonces entró el señor. Cincuenta años, calvo, panza apenas marcada, con una verga que parecía esculpida en mármol. Gruesa, oscura, dura sin necesidad de manipularla. Se acercó al borde de la camilla y me la acomodó sobre los labios. Abrí la boca sin pensar. La chupé como si llevara semanas en abstinencia.
Escuché que le preguntaba al chico:
—¿Puedo?
—Va, dale —contestó el otro, sin levantar la cabeza.
Sentí cómo el señor rodeaba la camilla. Mis piernas estaban abiertas, mi culo expuesto, ya dilatado por el rato largo de lengua. Cuando me penetró, lo hizo de una sola vez, sin pausa, sin pedirme permiso, pero sin lastimarme tampoco. Entró completo. Yo solté un grito ahogado contra la verga que tenía en la boca. Me cogió durante minutos largos, con embestidas profundas y parejas. Los mirones seguían en la puerta. Algunos se habían acercado más.
El señor se retiró sin venirse. Me palmeó la cadera, me dio las gracias en voz baja y se fue. El chico del tatuaje también se incorporó, se inclinó y me dio un beso en los labios.
—Gracias —le dije.
—Gracias a ti —contestó.
***
Caminé desnudo por el pasillo. Llevaba la toalla colgada del brazo, sin molestarme en cubrirme. Estaba en ese estado raro en el que el cuerpo ya cruzó cierto umbral y todo lo demás se siente más liviano. Pasé por la sala de los espejos y ahí lo vi al segundo. Cincuenta y pico, mucho más feo que el primero, con una cara dura y los ojos hundidos. Pero tenía algo entre las piernas que no se podía ignorar. Veintidós centímetros, calculé después, y un grosor que daba vértigo.
Me arrodillé enfrente sin decirle nada. Le saqué la verga del calzoncillo con dos dedos y me la metí en la boca todo lo que pude. No entraba ni la mitad. Le escupí, la masajeé, la besé, le pasé la lengua desde la base hasta la punta. Sentí cómo se le iba poniendo más dura todavía. Cuando me pareció que estaba en su punto, me incorporé y le dije:
—Ven. Acompáñame. No te vas a arrepentir.
Me siguió sin hablar. Lo llevé a un cuarto chico, con una cama doble y una luz roja de bajo voltaje. Cerré la puerta detrás de nosotros. Lo empujé contra el colchón y me arrodillé entre sus piernas. Volví a chupársela, esta vez sin público, sin apuro. El señor empezó a gemir bajito, una especie de gruñido contenido.
Me trepé a la cama, me acosté boca arriba y le abrí las piernas. Le pedí que me la metiera. Costó. Era demasiado gruesa, demasiado larga, y por más dilatado que ya estuviera, mi cuerpo se resistía. Insistimos. Lubricante, paciencia, respiración. De un solo movimiento entró completa. Grité. No de dolor, no del todo. Era una mezcla extraña de placer y de pánico.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sigue —pedí.
Me cogió quince minutos largos. Sentía que esa verga me iba a partir en dos, y al mismo tiempo no quería que se detuviera. Cuando finalmente paró, me besó la rodilla y me dijo:
—No me quiero venir todavía.
Se vistió y se fue. Yo me quedé acostado en la cama, todavía respirando agitado.
***
No habrán pasado diez segundos cuando entró al cuarto. Lo había visto un rato antes, cruzando el pasillo. Joven, no más de veintisiete, con la cara de un actor de catálogo: mandíbula marcada, pelo castaño revuelto, ojos verdes con esa mezcla de inocencia y picardía que hace estragos. Me sentí ridículo de seguir tirado en la cama mientras él me miraba desde el umbral.
—¿Te puedo acompañar? —preguntó.
Le hice un gesto con la mano. Cerró la puerta y se acostó a mi lado. Me besó largo, sin apuro, lengua adentro, con una entrega que no había visto en los anteriores. Dejé que me besara hasta perder la noción de cuánto estuvimos así. Después él bajó a mi verga y yo bajé a la suya. Era simétrico, casi coreografiado: los dos chupando, los dos gimiendo bajito, los dos buscándonos las manos en el medio.
Me incorporé un poco y le abracé la cabeza con las piernas. Él entendió. Me penetró despacio. Esta vez no había prisa, no había público, no había gemidos teatrales. Era otra cosa.
—¿Vamos a un privado de los grandes? —me dijo al oído.
—Va, bebé. Quiero que me cojas rico —contesté.
Nos vestimos a medias, salimos al pasillo de la mano como si fuéramos pareja. Pagamos un suplemento por el cuarto grande, el que tenía luz regulable y un espejo en el techo. Nos encerramos. Nos besamos contra la puerta. Nos desvestimos del todo.
—¿Cómo quieres cogerme? —pregunté.
—Voltéate. De perrito.
—Va, papi.
Me puse en cuatro patas, apoyado en los codos, ofrecido. Él me sostuvo de la cadera con las dos manos y me cogió a un ritmo que parecía estudiado para volverme loco. Acelerando, desacelerando, deteniéndose justo cuando yo estaba por venirme. Sentí que ya no aguantaba más.
—Acuéstate —pidió.
—¿Así?
—Sí. Quiero verte la cara.
Me dejé caer de espaldas. Me levantó las piernas, me apoyó los tobillos contra sus hombros, volvió a entrar. Y entonces le pregunté lo que se me venía a la cabeza desde hacía rato.
—¿Te puedes venir adentro?
—Ufff, sí. Te lo iba a pedir yo. Prepárate.
Apretó los dientes. Empezó a moverse rápido, profundo, como si quisiera atravesarme. Lo oí soltar un «ay, ya va» entrecortado y sentí cómo se vaciaba dentro de mí en oleadas largas. Yo me agarré la verga y me masturbé con dos golpes secos. Me vine sobre mi propio abdomen. Él se quedó quieto, todavía adentro, mirándome con una sonrisa floja.
Nos besamos un rato largo, sin hablar. Después se vistió, me dejó un beso en la frente y se fue.
Salí del club a las nueve de la noche. Crucé la Avenida Chapultepec caminando, con el cuerpo todavía pulsando, sin acordarme de la oficina ni del informe sin terminar. Esa tarde aprendí que el deseo no necesita pedir permiso, y que un martes cualquiera puede dejar marca para toda una vida.