Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que ese desconocido me hizo camino a casa

Hay recuerdos que uno guarda en un cajón cerrado con llave y solo los saca cuando está solo, con tiempo y sin culpa. Este es uno de ellos. Ocurrió hace más de doce años, cuando yo tenía veintitrés y todavía no sabía bien qué hacer con ciertas partes de mí mismo. Lo cuento ahora porque creo que la única manera de darle sentido a algo así es nombrarlo.

Era una tarde de miércoles, sin nada especial que la distinguiera de cualquier otra. Salí del trabajo a las seis y media, tomé el autobús de siempre y me bajé tres paradas antes de casa, como solía hacer cuando necesitaba caminar un poco para dejar el día atrás. El barrio estaba tranquilo a esa hora: familias volviendo a casa, algún niño corriendo en la vereda, el olor a comida escapando por las ventanas de los edificios.

Llevaba quizás dos cuadras caminadas cuando un hombre se acercó por mi izquierda.

—Disculpa —dijo—, ¿sabes dónde queda la calle Hernán Cortés con la avenida del Río?

Lo miré. Tendría unos treinta y cinco años, tal vez algo más. Iba bien vestido para ser alguien que andaba perdido: camisa oscura de manga larga arremangada hasta el codo, pantalón de tela, zapatos que no eran baratos. Tenía el pelo corto con algunas canas en las sienes y una forma de mirarme que no era intimidante, pero tampoco era exactamente neutra. Había algo calculado en esa calma.

Le indiqué el cruce que conocía, a unas seis cuadras de donde estábamos. Él escuchó con atención, asintió, y luego miró en esa dirección como considerando la distancia.

—Yo voy para ese lado de todas formas —dije, sin saber bien por qué lo dije—. Puedo acompañarte hasta la mitad del camino. Después yo doblo por otro lado.

—Te lo agradezco —dijo.

Y empezamos a caminar.

No sé por qué lo hice. Supongo que era una de esas tardes en las que uno agradece no tener que ir solo, o en las que el cuerpo decide antes de que la cabeza lo autorice.

***

Los primeros minutos fueron los de cualquier conversación entre desconocidos: el trabajo, el barrio, la distancia entre las cosas en esa ciudad. Él hablaba con calma, sin apuro, como alguien acostumbrado a que los extraños se sientan cómodos con él. Me preguntó en qué trabajaba, cuánto tiempo llevaba viviendo por la zona. Yo respondí sin pensar demasiado, dejándome llevar por el ritmo de la conversación y el ruido de la calle.

Después hubo un silencio breve, y él lo rompió de una forma que no esperaba.

—Te voy a contar algo que me pasó hace un tiempo —dijo—. No tiene que ver con nada de lo que estábamos hablando, pero me viene a la mente seguido.

Asentí sin comprometerme.

—Un amigo mío, alguien que conozco hace años, un día me llamó aparte en el baño de un centro comercial. Me dijo que quería verme orinar. Así, directo, sin más explicaciones.

Me detuve casi imperceptiblemente. Seguí caminando, pero algo en mí se había frenado de golpe.

—¿Y qué hiciste? —pregunté, porque no se me ocurrió ninguna otra respuesta.

—Lo dejé —dijo él, sin drama—. Me pareció una petición rara pero no me molestó. Me puse frente al mingitorio y él se quedó a un paso. Eso fue todo. Cada uno siguió con su día.

No respondí nada. El ruido de la calle llenó el espacio entre los dos.

—¿Tú qué habrías hecho? —preguntó, con el mismo tono que si me estuviera preguntando si tomaba el café con azúcar.

¿Qué habría hecho yo?

La pregunta era absurda y también era completamente razonable. Algo en mi pecho se había apretado de una manera que no tenía nombre todavía, o que tal vez sí tenía nombre pero yo prefería no usarlo.

—No sé —dije primero. Después, porque era verdad y porque la tarde tenía algo que me hacía querer ser honesto: —Supongo que lo mismo. Entre hombres no tendría por qué ser un problema.

Él no dijo nada durante unos pasos. Luego:

—¿Y si te propusiera algo parecido ahora?

***

Me detuve. Esta vez de verdad.

Lo miré y él me devolvió la mirada sin ansiedad, sin apuro, con esa calma que ya había notado desde el principio y que ahora entendía de otra manera. No era la calma de alguien desinteresado. Era la calma de alguien que sabe exactamente lo que quiere y está dispuesto a esperar la respuesta correcta.

—¿Qué tipo de propuesta? —dije, aunque ya lo sabía.

—Nada complicado —respondió—. Hay un edificio en obras a dos cuadras. Podemos entrar un momento. Solo quiero ver.

Solo quiero ver.

Debería haber dicho que no. Debería haber dado media vuelta y seguido caminando hacia casa como cualquier otro miércoles. Tenía veintitrés años, era una tarde normal en un barrio tranquilo, y este era un desconocido en la calle que acababa de proponerme algo que yo no sabía exactamente cómo clasificar.

Pero algo dentro de mí ya había tomado la decisión antes de que yo terminara de pensarlo. Algo que llevaba tiempo quieto y que esta conversación había sacudido sin aviso, como quien mueve una piedra y encuentra debajo algo que lleva meses esperando la luz.

—Está bien —escuché decir mi propia voz.

***

El edificio era una estructura a medio levantar, paredes de ladrillo sin revocar y pisos de cemento sin pulir. A esa hora estaba vacío: no había obreros, no había ruido de herramientas, solo el silencio particular de los espacios a medio construir, que son como cuartos sin terminar de nacer. Entramos por un lateral que no tenía puerta todavía, solo el marco de hierro sobre la tierra revuelta.

Dentro, la luz del exterior entraba oblicua entre las columnas y hacía que todo pareciera un poco irreal, como una foto sobreexpuesta en sus bordes. Me detuve en el primer espacio cerrado que encontramos, una habitación sin ventana terminada pero con paredes en los cuatro lados. El silencio allí adentro era distinto al de la calle. Más espeso. Más íntimo.

Él se quedó de pie frente a mí, a menos de un metro. No dijo nada. No hacía falta.

Mis manos fueron al cinturón solas. Las sentía torpes, más lentas de lo habitual, como si el cuerpo estuviera tomando precauciones que la cabeza ya había descartado. Estaba nervioso de una manera que no era miedo exactamente, sino algo más parecido a la anticipación de tirarse desde una altura que todavía no ves bien pero ya sabes que no vas a poder resistir.

El cinturón cedió. El botón del pantalón también. Cuando aparté la tela, ya no había nada que ocultar.

La erección era completa. Llevaba así desde antes de que entráramos al edificio, desde que habíamos cruzado la calle juntos en silencio, y verlo allí parado mirándome sin decir una sola palabra hizo que todo se volviera más intenso todavía.

Él se agachó.

No pidió permiso, no hizo preguntas. Simplemente se arrodilló despacio, con la misma calma de siempre, como si supiera perfectamente lo que iba a pasar a continuación y no hubiera ninguna razón para apresurarse.

***

No sé cómo describir lo que siguió sin que suene a algo que ya leíste en otro lado. Solo puedo decir que la diferencia entre alguien que sabe lo que está haciendo y alguien que no lo sabe es tan grande que cambia completamente la experiencia. Y él sabía.

No había torpeza. Había una precisión que me desarmó desde el primer segundo, una manera de usar la lengua y la presión y el ritmo que hacía que yo no pudiera hacer otra cosa más que apoyar la palma de la mano en la pared de ladrillo detrás de mí y quedarme quieto, completamente quieto, dejando que sucediera.

Me miraba a veces, desde abajo. Eso era lo que más me costaba sostener: esa mirada tranquila, casi clínica, que contrastaba con lo que estaba haciendo. No había en esa mirada ni urgencia ni provocación, solo una concentración que resultaba más erótica que cualquier otra cosa.

Traté de pensar en otra cosa. Pensé en el trabajo, en la ruta del autobús, en lo que iba a cenar cuando llegara a casa. Nada funcionó. Solo existía eso: el calor, la humedad, el movimiento, la pared de ladrillo áspero bajo mi palma, y la sensación de que algo que había estado dormido dentro de mí desde hacía mucho tiempo se estaba despertando de golpe y no tenía ninguna intención de volver a dormirse.

El límite llegó antes de lo que hubiera querido. El cuerpo tiene sus propios plazos y no los negocia.

—No pares —dije, y fue la única vez que hablé en todo ese tiempo.

No paró.

Cuando llegué al límite, lo hice dentro de su boca. Él no se movió, no retrocedió, no hizo ningún gesto. Esperó a que yo terminara del todo, y cuando terminé, se levantó despacio, se limpió la comisura del labio con el pulgar y me miró con exactamente la misma calma de siempre.

***

Me abroché el cinturón yo mismo, o eso intenté. Los dedos no me respondían bien. El silencio del edificio en obras se sentía ahora más pesado, como si hubiera absorbido algo que no tenía adónde ir.

Salimos por donde habíamos entrado. La tarde seguía exactamente igual: los mismos edificios, las mismas familias volviendo a casa, el mismo olor a comida desde las ventanas. El mundo no se había enterado de nada.

Caminamos media cuadra juntos sin hablar. Luego él se detuvo.

—Conozco a algunas personas —dijo— a las que les gustaría conocerte. Hombres discretos, con buen gusto. Estarían dispuestos a pagarte.

Lo miré. Hubo un momento en que no supe qué decir.

—No —respondí al final—. Gracias, pero no.

Él asintió sin insistir, como si esa también fuera una respuesta completamente válida. Se despidió con un gesto breve y dobló por una calle lateral. Yo seguí de frente, aceleré el paso y tomé una ruta diferente a la habitual, dando una vuelta innecesaria solo para estar seguro de que no iba a encontrármelo de nuevo.

***

Durante el resto de esa tarde cargué dos cosas a la vez: una especie de vergüenza difusa, del tipo que no sabe bien a qué apuntarle, y debajo de esa vergüenza, algo que no quería admitir pero que estaba ahí con la misma solidez que cualquier otra cosa real: satisfacción. Una satisfacción completa, sin residuo, del tipo que no siempre se consigue ni con quien más quieres ni en las situaciones que uno planifica durante semanas.

Con los años fui entendiendo algunas cosas sobre mí mismo que esa tarde todavía no estaban claras. No todos los caminos que uno recorre llevan adonde uno creía que iban, y eso no siempre es malo.

Pero si tuviera que señalar un momento en el que algo cambió, un momento en el que el mapa interno se redibujó un poco y ya no volvió del todo a su forma original, elegiría esa tarde de miércoles, ese edificio a medio construir, y esa mirada tranquila desde abajo que no pedía permiso y tampoco lo necesitaba.

No sé cómo se llamaba. No intercambiamos nombres. No importaba entonces y no importa ahora.

Importa que sucedió, que fue real, y que todavía lo recuerdo con una claridad que la mayoría de los recuerdos nunca tienen.

Valora este relato

Comentarios (6)

Marcos_72

tremendo!!! me dejo sin palabras, que morbo

Vanina_SF

Por favor seguí, no puede quedar así... me quedé con muchas ganas de saber todo lo que pasó después

Carlos_MdQ

jajaja me recordó a una situación parecida que casi me pasó caminando por el centro, aunque no llegó a nada. Este relato sí que llegó lejos

Pato_Sur

El titulo engancha y el relato no defrauda. Muy bueno

Lula_87

¿y despues que paso con el tipo? ¿lo volviste a ver? me dejaste con mucha intriga

TucumanLee

Para la proxima avisa y me mando a preguntar direcciones yo tambien jajajaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.