Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El conserje viejo del baño y la foto en su celular

Me llamo Andrés, y esto pasó un par de meses después de cortar con Damián, mi primer novio formal. Habíamos terminado mal, con esa clase de pelea que deja más vergüenza que dolor, y yo todavía arrastraba el cansancio de fingir normalidad delante de mis compañeros de la facultad.

En esa época cursaba el cuarto año de arquitectura. Las clases prácticas se estiraban hasta tarde, los talleres no cerraban antes de las once, y cuando salía del edificio principal el campus ya estaba casi vacío. Sólo quedaban los conserjes, las luces amarillas de los pasillos y el sonido de mis pasos contra las baldosas del corredor.

Fue ahí cuando empecé a notar a uno de ellos. Un hombre de unos setenta y cinco años, flaco, con el pelo blanco peinado hacia atrás y un uniforme azul demasiado grande para su cuerpo. Don Roberto, le decían los otros empleados. Siempre estaba apoyado contra la pared cerca de los baños de la planta baja, con una escoba en la mano y los ojos fijos en mí cada vez que pasaba.

No era una mirada de deseo. Eso fue lo que me confundió al principio. Era una mirada de reconocimiento, como si supiera algo que yo no recordaba haberle contado. Al cabo de unos días empezó a saludarme. Después a hacerme preguntas inocentes: si vivía cerca, si me gustaba la carrera, si tenía novia. Yo le respondía con una sonrisa cortés y seguía caminando, pero algo en su insistencia me intrigaba.

Una noche de jueves, cuando bajé al baño de la planta baja antes de tomar el último colectivo, lo encontré apoyado en el lavabo. Estaba esperándome. Lo supe por la forma en que se enderezó al verme entrar.

—Joven, ¿puedo preguntarle algo? —dijo, y antes de que yo respondiera, sacó del bolsillo del pantalón un celular viejo, de esos con las teclas físicas y la pantalla del tamaño de una caja de fósforos.

Pensé que iba a pedirme ayuda para conectarlo a internet o algo así. Pero giró la pantalla hacia mí, y lo que vi me hizo subir la sangre a las orejas.

Era una foto mía. De rodillas. Con la boca alrededor del pene de Damián. La habíamos tomado en su departamento, hacía meses, jugando con la cámara de su teléfono. Nunca supe cómo se filtró ni a cuántos había llegado, y verla ahora, en la mano de un viejo conserje, me dejó sin aire por un instante.

—¿De dónde sacó eso? —alcancé a decir, y mi voz salió más baja de lo que pretendía.

Don Roberto bajó el teléfono y me miró con calma. Sin malicia. Casi con ternura.

—No se preocupe, joven —dijo—. No tengo malas intenciones. No voy a reportarlo ni a chantajearlo. Sólo quería que supiera que la tengo. Y que si alguna vez necesita un lugar para arreglar sus cosas, yo le puedo cuidar la puerta. Para que ningún compañero lo descubra.

Me quedé mirándolo sin saber qué responder. La mezcla de alivio y morbo era tan rara que no la podía nombrar. Él pareció darse cuenta y agregó, casi disculpándose:

—Y si alguna vez le da por dejarme mirar, yo se lo agradecería. A mi edad uno ya no aspira a más que eso. Las mujeres ni los hombres me hacen caso. Toca ser mirón o pagarle a alguien.

Lo dijo sin teatro, como quien declara una verdad incómoda. Esa honestidad me desarmó. No era atractivo —los ojos hundidos, las manos manchadas, el cuello arrugado—, pero la situación tenía una densidad que me empezó a calentar de un modo inesperado. Lo prohibido. Lo sucio. La idea de que ese hombre cargaba mi foto en el bolsillo desde hacía quién sabe cuánto tiempo.

—¿Y si quisiera arreglar algo ahora mismo? —pregunté, sólo para escucharme decirlo.

Él tragó saliva. Miró hacia la puerta del baño, después a mí, después al piso.

—Pues yo me quedo aquí afuera y le aviso si viene alguien.

—¿Y si no quiere quedarse afuera?

Don Roberto abrió los ojos como si no hubiera escuchado bien. Por un momento pensé que iba a salir corriendo. Pero después miró hacia los dos lados del pasillo, dio un paso adelante, y entró en el baño detrás de mí.

***

El último cubículo, el del fondo, era el que tenía la cerradura sana. Lo conocía bien porque era donde nos escondíamos con los chicos del taller a fumar entre clases. Lo empujé adentro y eché el pestillo. Él se quedó parado contra la pared del fondo, con la espalda muy recta, las manos cruzadas adelante como un alumno en penitencia.

—Acérquese —le dije.

Vino despacio. Le bajé el cierre del pantalón con dedos torpes. Adentro había un calzoncillo blanco gastado, y debajo, cuando lo aparté, una verga flácida rodeada de un vello canoso y abundante. Me quedé mirándola más tiempo del necesario, no por asco, sino porque era la primera vez que veía una así, ablandada por los años, sin la promesa de lo que normalmente esperaba de un hombre.

—Discúlpeme, joven —murmuró él, sin levantar la vista—. Ya casi no se me para. Hace mucho que no.

—¿Pero siente?

—Siento.

Eso me alcanzó. Me arrodillé sobre las baldosas frías, sin pensar en lo sucias que estarían, y me la metí en la boca. Era una sensación distinta a cualquier cosa que hubiera probado con Damián o con los pocos chicos antes de él. Blanda. Tibia. Casi domesticada. La pasé por la lengua despacio, como si estuviera tanteando algo desconocido, y arriba escuché un suspiro corto, contenido.

—Ay, joven —dijo—. Ay, joven.

Lo dejé hablar. Le pasé la lengua por la base, por los testículos arrugados, volví a la punta. No se endureció. Yo me quedé esperando ese momento que en otros encuentros siempre llegaba —el latido, la dureza, el cambio de ritmo— y nunca llegó. Pero sus muslos empezaron a temblar suavemente, y sus manos, que al principio mantenía pegadas al cuerpo, terminaron apoyándose sobre mi cabeza con una delicadeza que casi me conmovió.

Está confiando en mí.

Lo seguí chupando, con la cabeza echada hacia atrás contra su mano, y entonces, sin aviso, sin tensarse, sin gemir más fuerte, soltó en mi boca una carga abundante y tibia. Tragué porque me pareció lo natural en ese momento, no por costumbre sino por respeto, casi. Cuando levanté la vista, él tenía los ojos cerrados y las pestañas mojadas.

—Gracias —dijo—. Gracias, joven. Hacía como diez años.

Le subí el calzoncillo. Le subí el pantalón. Le acomodé el cinturón. Él dejó que lo hiciera sin moverse, como si esa parte también fuera parte del acuerdo. Después abrió el pestillo, salió primero, y cuando yo salí detrás él ya estaba en el pasillo, escoba en mano, fingiendo barrer una esquina que no necesitaba barrida.

***

Pensé que esa iba a ser la única vez. Que el morbo se iba a apagar en cuanto saliera del edificio. Pero al día siguiente, cuando crucé por el corredor de la planta baja, Don Roberto estaba ahí otra vez, apoyado en su pared, con la misma mirada de complicidad. Y yo, sin darme cuenta, le hice una seña con la cabeza hacia los baños.

Se repitió esa semana. Y la siguiente. Y la siguiente. Los martes y los jueves, después de mi clase de proyecto, terminaba arrodillado en el cubículo del fondo con la espalda de Don Roberto contra la pared y mi boca trabajando despacio sobre algo que nunca llegaba a estar duro pero que siempre, sin falla, terminaba descargando en mí con una gratitud silenciosa.

Nunca lo besé. Nunca dejé que me tocara más allá de apoyar la mano sobre mi cabeza. No era ese tipo de cosa. Era un acuerdo. Un intercambio raro entre alguien que necesitaba sentirse vivo una vez por semana y alguien —yo— que descubrió que el morbo no siempre necesita una verga dura, ni un cuerpo joven, ni un escenario lujoso.

A veces, mientras le pasaba la lengua, pensaba en cuántas veces habría sacado mi foto del celular antes de animarse a hablar conmigo. Cuántas tardes solo, en su casa o en alguna pieza de pensión, habría mirado esa imagen apretándose contra el pantalón sin lograr levantarla. Esa imagen mía, en sus manos, tomada por un ex que ya no significaba nada. Era una cadena rara de deseo prestado, y la rareza misma me prendía.

Con el tiempo dejamos de meternos en el baño cada vez. A veces sólo nos parábamos en el pasillo y hablábamos. Don Roberto me contaba de su esposa muerta hacía quince años, de su hija que vivía en otra provincia, de los años en los que había sido albañil. Yo le contaba poco de Damián y un poco más de la carrera. Nos hicimos algo parecido a amigos, lo cual a esa altura era casi más extraño que la primera mamada en el cubículo del fondo.

El último cuatrimestre antes de recibirme, una tarde me pidió otra foto. No la del celular: una nueva. Le dije que sí, porque a esa altura ya no había nada que el viejo no se hubiera ganado. Se la mandé a un número que tardó tres mensajes en entender cómo escribir. Cuando confirmó que la había recibido, contestó con una palabra sola.

—Gracias.

No volví a verlo después de la última cursada. Cambié de turno, terminé los exámenes, me recibí. Pero a veces, cuando paso por la puerta de aquella facultad, todavía pienso en Don Roberto y en el cubículo del fondo, y me pregunto si el celular viejo seguirá funcionando, si la foto seguirá ahí, y si yo seguiré siendo, para alguien, una pieza de morbo guardada en un bolsillo.

Valora este relato

Comentarios (1)

koque56

Que relato tan diferente!! me enganchó desde la primera linea, no lo esperaba para nada

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.