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Relatos Ardientes

Lo que pasó con el ayudante de mi padre

El verano en Sevilla apretaba como pocos años. Las calles de Triana hervían desde las nueve de la mañana, y el barrio bullía de vecinas comprando pan y refrescos para sobrevivir al sofocón. La panadería de mi padre llevaba abierta desde las cinco, y a esa hora yo todavía dormía la mona de la noche anterior, hecho un ovillo en mi cuarto del piso de arriba.

Mi padre se llama Andrés. Rubio, barbudo, fuerte como un toro, lleva veinte años amasando pan y fingiendo que el calor del horno no lo mata. Hace tres meses contrató a Yusuf, un marroquí de treinta y cinco años, casado, con dos críos pequeños viviendo en algún pueblo cerca de Tánger. Yusuf chapurreaba un español machacado, pero tenía manos de oro para la masa y una espalda de mulo que cargaba los sacos de harina como si fueran almohadas.

Yo me llamo Iván. Tengo veinte años, estudio Magisterio sin ganas y paso los veranos ayudando en la panadería cuando me da el aire, que casi nunca. Lo único que se me da bien es nadar; por las tardes me bajo al club y hago largos hasta que se me queman los hombros.

Aquella mañana, mi padre tenía que ir a la fábrica de harina del polígono. Antes de salir, asomó la cabeza por la escalera del piso y gritó hacia mi cuarto.

—Iván, despierta. Yusuf se queda solo. Si oyes que se complica, bajas y le echas una mano.

—Vale, papá —murmuré, ya despierto pero sin moverme.

Oí el portón de la furgoneta cerrarse y el motor alejándose por la calle empedrada. La panadería se quedó en manos de Yusuf, y yo todavía con la cabeza pegada a la almohada.

Tardé media hora en bajar. Me puse unos shorts cortos, una camiseta de tirantes y unas chanclas, y bajé descalzo por la escalera trasera que daba directo al obrador. El olor a pan recién hecho, a levadura y a sudor de hombre me golpeó nada más asomar.

Yusuf estaba detrás del mostrador, atendiendo a una señora mayor que le pedía dos barras. Llevaba una camiseta blanca empapada pegada al pecho moreno, y los pantalones de panadero le marcaban un bulto entre las piernas que no era normal. Yo ya lo había notado otras veces, sobre todo una noche en la que mi padre y él se quedaron hasta tarde tomando cervezas en la cocina y la conversación derivó, no sé cómo, en medirse el paquete con una cinta métrica delante de mí. Mi padre dio veintiocho centímetros. Yusuf dio treinta y dos.

Yo no había podido olvidar aquella escena en semanas.

—Buenos días, Yusuf —dije, plantándome a su lado detrás del mostrador.

Él se giró, sorprendido, y me sonrió con esa sonrisa blanca que destacaba sobre la barba negra.

—I-ván… bue-nos dí-as. ¿A-yu-das? —preguntó, con su español roto.

—Sí, te ayudo. Mi padre me ha mandado.

No era del todo verdad. Pero qué más daba.

Me puse un delantal blanco encima de la camiseta y me coloqué a su lado. Despachamos juntos a las clientas que iban entrando: un kilo de pan a una vecina con bigudíes, tres napolitanas a una madre con dos críos, una baguette a un señor mayor que olía a colonia barata. Yusuf cobraba, yo metía el pan en las bolsas, y de vez en cuando le rozaba el brazo o la cadera al pasar. Cada roce me lo sentía yo más que él.

Hacia las once entró un bajón de clientela. Yusuf aprovechó para meter una tanda nueva al horno, y yo me quedé apoyado en el mostrador, mirándolo. El bulto seguía ahí, marcando los pantalones, y yo no podía dejar de mirarlo. Decidí que ya estaba bien de hacerme el tonto.

—Yusuf, oye —dije, intentando que la voz me saliera tranquila—. ¿Te acuerdas la otra noche, que mi padre y tú os medisteis?

Él se giró desde la pala del horno y se rio.

—Sí… me-di-mos… mu-cho. Tú vis-te.

—Te vi, claro que te vi. Treinta y dos centímetros. Eso no es normal, tío.

Yusuf se rio más fuerte y se ajustó el bulto sin disimulo. Le brillaban los ojos.

—Es así… des-de chi-co. Mi mu-jer… al prin-ci-pio… no que-rí-a. Aho-ra sí.

Yo me reí también, pero la risa me salió forzada. Tenía la boca seca y el corazón disparado. Volví a mirar el bulto.

—¿Y tu mujer aguanta eso? —pregunté, con un descaro que no sabía de dónde me salía.

—A-guan-ta… aho-ra. An-tes no. Aho-ra le gus-ta mu-cho.

Yusuf se acercó al mostrador y se apoyó en él de cara a mí. Estábamos a un palmo. Olía a harina, a sudor y a algo más, algo animal que me apretaba el estómago.

—Yo… te no-to ra-ro, I-ván —dijo, mirándome fijo.

—¿Raro cómo?

—Mi-ras mu-cho… mi pol-la. ¿Te gus-ta?

Se me cortó la respiración. Pensé en negarlo, en reírme, en salir corriendo. Pero no hice ninguna de las tres cosas. Bajé la mirada al bulto, y luego volví a sus ojos.

—Sí —dije.

***

Yusuf no dijo nada. Salió por el lateral del mostrador, cogió el cartel de «vuelvo en cinco minutos» y lo colgó en la puerta de la calle. Echó el pestillo. Sin decir una palabra, me agarró del brazo y me arrastró al almacén trasero.

El almacén era un cuartucho oscuro al fondo del obrador, con sacos de harina apilados hasta el techo, cajas de levadura y una bombilla pelada colgando del cable. Olía a polvo, a calor y a cerrado. Yusuf cerró la puerta detrás de él y se apoyó en ella. Yo me quedé en mitad del cuarto, sin saber qué hacer con las manos.

—Quie-ro en-se-ñar-te… al-go —dijo Yusuf, con una sonrisa que ya no era la de siempre.

Se desabrochó el cinturón despacio. Bajó la cremallera. Dejó caer los pantalones de panadero hasta los tobillos. Llevaba un calzoncillo blanco apretado, hinchado por un bulto enorme que se movía con cada respiración. Metió los pulgares en la cinturilla y bajó la tela hasta los muslos.

Lo que salió de ahí no era una polla normal. Era una bestia. Larga, gruesa, morena, con las venas marcadas como cuerdas, ya medio dura apuntando hacia mí. El glande, ancho como un puño, asomaba apenas por debajo del prepucio brillante de sudor. Las pelotas le colgaban pesadas, oscuras, llenas.

Treinta y dos centímetros.

Vistos así, de cerca, parecían sesenta.

—Joder —se me escapó.

Yusuf se rio bajito.

—¿Te gus-ta?

—Nunca había visto una así.

—¿Tú… nun-ca… o-tro hom-bre?

Negué con la cabeza. Era la verdad. Nunca había tocado a otro tío. Nunca había pensado siquiera en hacerlo. Pero ahí, en aquel almacén caliente, con aquella polla apuntándome, no podía pensar en nada más.

Me arrodillé sin pensarlo. La rodilla derecha la apoyé en un saco de harina y la izquierda en el suelo de cemento. Estaba a la altura justa. La polla de Yusuf, a medio camino de empalmarse del todo, se balanceaba delante de mi cara.

Levanté la mano derecha. Estaba temblando.

—¿Puedo? —pregunté, y me sonó ridículo preguntar en aquel momento.

—Pue-des —dijo Yusuf, con la voz más ronca.

La agarré.

Caliente. Pesaba. La piel me resbalaba bajo los dedos como si estuviera viva. No me cabía entera en una mano: tuve que usar las dos para abarcarla, una sobre la otra, y aun así me sobraba glande por arriba.

Empecé a moverla despacio, hacia arriba y hacia abajo, sintiendo cómo el prepucio se deslizaba sobre la cabeza y volvía a su sitio. A cada subida, una gota brillante asomaba por la ranura. Yusuf echó la cabeza hacia atrás y soltó un gruñido bajo, en árabe, que no entendí pero que me puso aún más caliente.

—Aprie-ta… más —dijo.

Apreté. Aceleré el ritmo. Las dos manos subiendo y bajando coordinadas, la de arriba haciendo girar el glande de tanto en tanto, la de abajo bajando hasta la raíz y rozándole las pelotas. Yusuf empezó a balancear las caderas, follándome las manos, jadeando cosas que se me quedaban grabadas a fuego.

—Sí… I-ván… a-sí… más rá-pi-do…

Le obedecí. Las muñecas me empezaron a doler de la velocidad. Sentía la polla cada vez más dura, cada vez más hinchada, cada vez más caliente entre mis manos. Yusuf agarró un saco de harina con cada mano, apretando los puños hasta que se le pusieron los nudillos blancos.

Yo no podía apartar la mirada. Era la primera polla ajena que tocaba en mi vida, y era esa. Aquel animal moreno latiendo entre mis dedos. Yo mismo, dentro de los shorts, tenía la mía tiesa como una piedra, pero ni siquiera me la toqué. Aquello no iba de mí. Aquello iba de él.

—Es-toy… cer-ca —jadeó Yusuf, abriendo los ojos y mirándome.

—Córrete —dije yo, sin saber muy bien por qué—. Córrete encima de mí.

Yusuf gruñó algo en árabe y empezó a temblar. Las pelotas se le subieron pegadas al cuerpo. El glande se le hinchó todavía más entre mis dedos, ya casi morado.

—¡A-aaah! ¡I-ván!

Se corrió.

El primer chorro me pilló de lleno en la mejilla, caliente, espeso, oliendo a algo salado y fuerte. El segundo me cayó en la barbilla y goteó hasta el cuello. El tercero me bañó la camiseta de tirantes. Y todavía hubo un cuarto, y un quinto, más débiles, que bajaron por mis manos y por su propia polla, mezclándose con el sudor.

Nunca había visto a un hombre correrse así. Daba miedo y daban ganas a partes iguales.

Yusuf se quedó apoyado contra la puerta, jadeando, con los pantalones por los tobillos y la polla todavía latiendo, goteando. Yo me quedé arrodillado, con la cara pegajosa, las manos llenas y una sonrisa idiota que no me podía quitar.

—Joder, Yusuf —fue lo único que conseguí decir.

Él se rio bajito, todavía recuperando el aliento, y me tendió una mano para levantarme.

—Tú… eres bue-no, I-ván. Pri-me-ra vez… y muy bue-no.

***

Salimos del almacén como dos ladrones. Yusuf se subió los pantalones, se ajustó el cinturón y volvió al horno como si nada. Yo me metí al baño del fondo, me lavé la cara, me cambié la camiseta por una de repuesto y volví al mostrador con el corazón todavía a mil.

A las doce y media volvió mi padre con la furgoneta cargada de sacos. Aparcó en doble fila, entró en la panadería sudando a chorros y nos miró a los dos con cara de no entender nada.

—¿Todo bien, Yusuf?

—To-do… bien, An-drés. I-ván ayu-dó.

Mi padre me miró sorprendido.

—¿Has ayudado tú? Anda, mira el chaval. Algo bueno tenía que sacar este verano.

Sonreí y bajé la mirada. Por el rabillo del ojo vi a Yusuf, de espaldas a mí, metiendo otra tanda al horno. Tenía la camiseta pegada al lomo y los hombros anchos brillando de sudor.

Sentí que la cara se me ponía roja.

Mi padre no se dio cuenta de nada. Siguió descargando la furgoneta, maldiciendo al proveedor por haberle cobrado de más, ajeno por completo a lo que acababa de pasar entre Yusuf y yo en su almacén.

Aquella noche, en la cama, no pude dormir. Me pasaba la lengua por los labios y todavía me parecía notar el sabor. Cerraba los ojos y veía aquel animal entre mis manos, oía los jadeos de Yusuf en árabe, sentía el chorro caliente cayéndome en la cara.

A la mañana siguiente bajé al obrador antes de que abriera la panadería. Yusuf ya estaba allí, amasando solo, con la camiseta pegada por el sudor. Mi padre todavía no había bajado.

Yusuf me miró por encima del hombro y sonrió.

—¿O-tra vez, I-ván?

—Otra vez —dije yo, cerrando la puerta del obrador con pestillo.

Y aquello, como yo ya intuía, fue solo el principio.

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Comentarios (2)

Juancho_BA

tremendo relato!!! me engancho desde el principio, no pude parar de leer

EstebanLP22

Por favor subí la segunda parte, quede con ganas de saber como sigue entre ellos dos

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