Lo que pasó con mi compañero de piso fontanero
Yo estaba lavando los platos en la cocina cuando entró otro de los inquilinos. Quería prepararse un café y necesitaba alcanzar una taza del estante alto. Se acercó por detrás sin decir palabra, y de pronto sentí que algo me recorría la columna como una descarga. Al estirarse, su pecho velludo y desnudo rozó mi espalda, todavía húmedo del sudor del verano vasco. Cogió la taza, se sirvió el café con una calma exasperante y, mientras lo probaba, yo no pude evitar que mis ojos resbalaran por debajo de su cintura. El bulto que marcaba el calzoncillo parecía a punto de reventar la tela.
Así empezó mi estancia en aquel piso de Bilbao, recién aterrizado en una empresa de ingeniería del Casco Viejo.
No cruzamos una sola palabra. En realidad apenas nos conocíamos. Había alquilado una habitación dos días antes en un piso de tres dormitorios, propiedad de un señor que vivía en Getxo y solo aparecía para cobrar. Pero después de aquel roce, mi cabeza empezó a llenarse de ideas que prefería no tener.
Tenía un principio firme respecto a mi homosexualidad: donde se come no se caga. Acostarme con compañeros de trabajo o de piso siempre me había parecido un error caro, y procuraba evitarlo a toda costa. Pero el incidente de la taza me dejó tocado. Aquel hombre se llamaba Iván, era fontanero y arrastraba esa musculatura nervuda que da el oficio. Moreno, velludo, de barba cerrada y mal afeitada, parecía sacado de un calendario de tipos imposibles.
Esa misma tarde conocí al tercer inquilino. Se llamaba Bruno, era camionero y pertenecía a la misma estirpe de machos del norte que tanto me desarmaba. Anchos de hombros, manos enormes, voz grave. Por amor de Dios, ¿en qué piso me he metido?
Aun así, mantuve mi norma. Eran mis vecinos, los iba a ver todos los días, y no pensaba ni siquiera bromear con doble sentido. Cero líneas cruzadas.
La primera noche, ya muy tarde, oí la puerta. Bruno volvía con compañía: un chaval moreno y bajito que apenas levantó la vista del suelo para saludarme. Entraron en la habitación de Bruno y cerraron la puerta. Yo me quedé un segundo de pie en el pasillo, con un vaso de agua en la mano, pensando que aquello iba a ser un curso intensivo de algo.
Me encerré en mi cuarto y traté de avanzar con un informe que me había llevado a casa. No duré ni quince minutos. Por la pared empezaron a colarse sonidos imposibles de ignorar: el crujido rítmico del somier, una respiración entrecortada, alguna palabrota ahogada. Bruno se estaba follando al visitante sin el menor pudor, y yo, sentado frente al ordenador, sentí que se me secaba la boca. No me quedó otro remedio que meter la mano por debajo de la cintura del pantalón. Me corrí en silencio, mordiendo el puño, mientras al otro lado del tabique el espectáculo continuaba.
***
A la mañana siguiente salí temprano y no me crucé con nadie. Por la tarde, al volver, me los encontré sentados a la mesa de la cocina hablando de un partido. La conversación se cortó cuando entré. Los saludé con un par de frases secas y noté cómo intercambiaban una sonrisa que no me gustó nada. Será paranoia mía. Me metí en mi cuarto, cerré la puerta y respiré hondo.
Más tarde, después de la ducha, salí al pasillo con el pelo mojado y una camiseta vieja. Aprovecharon ese momento para presentarse como si nada hubiera ocurrido. Iván me dio la mano con una fuerza innecesaria. Bruno me palmeó el hombro. Hablamos de mi trabajo, de las cañas del barrio, de un bar de la calle Pozas al que solían ir los viernes. La cosa fluyó.
Aquella misma noche, Bruno volvió a aparecer con otro visitante distinto. Mismo saludo, misma puerta cerrada, misma fiesta.
—Tranquilo, que estos no duran mucho —me dijo Iván desde el sofá, sin levantar la vista del móvil—. Bruno funciona a base de turnos.
Solté una risa floja. Él alzó los ojos hacia mí y me miró un segundo más de lo necesario.
—Voy a ver una peli en mi cuarto —añadió, levantándose y pasando muy cerca—. Si te aburres, te vienes. Tranquilo, que no vamos a montar una fiesta como Bruno. Por ahora.
Soltó una carcajada y se metió en su habitación. Yo me quedé clavado en el sofá. La frase había sido un golpe limpio, directo al pecho. Y lo peor era que estaba dudando.
Esa noche aguanté. La siguiente también. Pero los días en aquel piso fueron limando mi resistencia con una paciencia de cantero. Cuando llegábamos del trabajo, después de las duchas, andábamos por casa sin camiseta. A la semana, Iván y Bruno se paseaban directamente en calzoncillos, sin disimulo. Yo ya sabía exactamente cómo marcaba el paquete de cada uno y qué clase de hombre habitaba debajo del algodón.
***
El viernes acepté.
Era tarde, habíamos cenado los tres unas pizzas de un local de Indautxu, y Bruno se había marchado a un cumpleaños. Iván me propuso ver una película en su habitación con un tono casual, como si me ofreciera una cerveza. Dije que sí antes de pensar nada.
Se metió en la cama, se tapó hasta la cintura con una sábana fina, y yo me senté en una butaca a un metro. La sábana, aunque sabía que tenía el calzoncillo debajo, dibujaba su cuerpo con una claridad que parecía deliberada. Me ofreció acostarme a su lado. Negué con la cabeza. Él se encogió de hombros y le dio al play.
No me enteré de la película. A mitad de metraje se levantó para ir al baño y le vi la entrepierna sin disimulo: estaba completamente empalmado bajo la tela, tensa como si fuera a partirse. Volví la mirada al televisor demasiado tarde. Cuando regresó, yo seguía petrificado en la butaca, fingiendo interés por una escena cualquiera. Se sentó en el borde de la cama, a la altura de mi hombro, y posó la mano sobre él.
—Te noto nervioso —dijo. Su mano no se retiró. Empezó a apretar, despacio, en un masaje que no tenía nada de inocente.
Respiré entrecortado. Notó perfectamente el temblor que me bajó por los brazos, y eso le bastó. Por la pared, como una banda sonora del destino, llegaron los primeros sonidos del visitante nuevo de Bruno: un gemido apagado, el chasquido de un cuerpo contra otro. La habitación entera se cargó de algo que ya no se podía deshacer.
Iván tiró suavemente de mi brazo y me puso de pie frente a él. Se levantó también y me besó en la boca sin pedir permiso. Resoplé contra sus labios. El beso se abrió, su lengua entró en mi boca y no salió en mucho rato. Cuando creí que iba a quedarme sin aire, descendió por mi cuello, mordisqueó el lóbulo de la oreja, y la barba de un día me raspó la piel como una lija fina.
No quedaba ya principio que respetar. Le pasé las manos por el pecho velludo y noté cómo su respiración se rompía. Él alargó el brazo, cerró la puerta sin mirar, apagó la luz de la mesilla y, antes de que yo entendiera el orden de las cosas, ya estaba desnudo a mi lado en la oscuridad. Se había quitado el calzoncillo en un movimiento que no oí.
***
Volvió a besarme mientras sus manos bajaban mi pantalón corto, y enseguida me empujó hacia la cama. Caímos los dos sobre el colchón, él encima. Iván sabía exactamente dónde tocar a un hombre. No perdió ni un segundo en preámbulos torpes. Me besó el cuello, el esternón, la cara interna del muslo, y volvió a subir. Yo arqueaba la espalda como si llevara meses esperando aquello.
Sentí su polla dura buscando un hueco entre mis piernas, y yo se lo hice sin pensar. Buscó un bote en la mesilla y se untó con calma. Sus dedos entraron primero, fríos por el lubricante, pacientes y firmes. Cuando creyó que estaba listo, apoyó la punta contra mi esfínter y me pidió un beso. Me incliné hacia su boca y aprovechó ese desvío de mi atención para entrar.
Era grande. Mucho. Mis manos se aferraron a su espalda mientras él avanzaba en pequeños empujones. Para mi sorpresa, no me la metió hasta el fondo. Se quedó a unos centímetros, marcando un ángulo concreto, como si supiera exactamente lo que estaba buscando. Lo entendí enseguida: estaba presionando justo donde tenía que presionar. Cada embestida me sacudía como un calambre lento. Mi cuerpo se contraía en oleadas, los muslos me temblaban y empecé a oírme respirar como si no fuera yo.
Quería pedirle que entrara entero, pero él seguía en lo suyo, controlando el ritmo con una calma cruel. Yo no podía dejar de gemir. Cuando empezó a correrse, lo hizo con un gruñido sordo, mordiéndome el hombro. Sentí el latigazo dentro de mí y cómo se desplomaba poco a poco sobre mi pecho.
Quedó relajado, jadeando despacio. Yo me quedé caliente como una cafetera puesta al fuego sin que nadie se acordara de apagarla. No me había corrido. Y aun así, no dije nada. Me limité a abrazarlo, a sentir el calor pegajoso entre nosotros, y a quedarme dormido con su muslo cruzado sobre el mío.
***
Me desperté antes del amanecer porque algo se movía a mi espalda. Iván estaba duro otra vez y me buscaba con una mano por la cadera, lento, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Esta vez no dudé. Le abrí paso, dejé que entrara mientras todavía estaba a medio sueño, y en cuanto encontró el mismo ángulo de antes, supe que esta sí. Sus dedos buscaron mi polla y la apretaron con un ritmo justo. Me corrí en su mano sin avisar, en silencio, con la cara hundida en la almohada. Él se vino segundos después, apretándome la cintura con las dos manos.
Volvimos a dormir un rato más, pegados, hasta que la persiana empezó a clarear.
Cuando salí a la cocina, Bruno ya estaba desayunando. Llevaba unos calzoncillos blancos y una taza humeante entre las manos. Me miró por encima del borde, levantó una ceja y sonrió de medio lado.
—Vaya, qué madrugador —dijo, mojando una galleta en el café—. Cuando me he levantado, tu cama ya estaba hecha. ¿O es que has dormido en otra parte?
No contesté. En estos casos las palabras sobran. Bruno no era tonto, había oído lo que había oído, y los dos sabíamos perfectamente que estábamos en la misma acera. Me serví un café, me senté frente a él, y por primera vez en mi vida acepté que iba a romper mi principio sagrado.
Donde se come, a veces, también se folla. Y aquel piso de Bilbao iba a ser, durante unos cuantos meses, la mejor mesa a la que me había sentado nunca.