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Relatos Ardientes

Cumplió en mi cama lo que prometía por mensaje

Hace algunos meses pasó algo que no le he contado a nadie y que todavía me ronda en la cabeza cuando me acuesto. Voy a aprovechar que volví a escribir aquí para soltarlo, porque si no lo cuento siento que se me va a salir por la piel.

A Mateo lo conocí por trabajo, cuando entró a una oficina aliada como asistente de uno de mis compañeros. En ese momento no pensé nada raro. Era simpático, alto, de manos largas, con una forma de hablar pausada que daba ganas de quedarse escuchándolo. Cuando terminó su contrato, nos seguimos en redes y empezamos a intercambiar mensajes de vez en cuando, sin ninguna segunda intención. Durante años todo fue tranquilo y casual.

Hasta que dejó de serlo.

No sé en qué momento exacto los temas empezaron a cambiar. Primero fueron preguntas un poco indiscretas sobre con quién salía cada uno, después confesiones de borrachera, después chistes con doble sentido. Yo lo seguía como si fuera un juego, y él respondía con la misma calma de siempre, como si no estuviera pasando nada.

Una noche cualquiera, mientras yo estaba acostado revisando el celular, la conversación se metió por un camino del que ya no se sale. Hablábamos sobre qué tipo de ropa interior nos gustaba usar. Cosas bobas: si bóxer o trusa, si negro o blanco, si lo apretado se sentía bien o no. De pronto vi que escribía y borraba, escribía y borraba.

Después llegó la foto.

Mateo en calzones, recostado en su cama, con la verga claramente parada bajo la tela. La luz le caía de costado y se le marcaba todo. Me quedé mirando la pantalla más tiempo del que pensaba mirar, y cuando reaccioné ya estaba escribiéndole que se le veía riquísima. No me hice el difícil. Tampoco me arrepentí.

—¿Sí? —contestó él, con tres puntos suspensivos que se demoraron una eternidad—. ¿Y qué le harías?

De ahí en adelante fue sexting puro. Me describió lo que quería hacerme, yo le describí lo que quería que me hiciera y, al final, ya sin más vueltas, le pregunté cuándo. Quedamos para el sábado siguiente.

***

Le abrí la puerta con una bata corta y nada debajo. Le había avisado en la mañana, casi en broma, que iba a estar listo. Cuando lo vi parado en el descanso, con su camisa blanca y el pantalón oscuro, pensé que se iba a echar para atrás. No lo hizo. Entró, cerró la puerta con calma y me besó antes de soltar las llaves sobre la mesa de la entrada.

—Por fin —dijo contra mi boca.

Lo llevé directo al cuarto. No había manera de hacer las cosas suaves después de tantos meses aguantándonos. Él me sacaba media cabeza, así que yo lo besaba un poco hacia arriba, con los brazos alrededor de su cuello. Se sentía bien estar así, en puntas, dependiendo de él para mantener el equilibrio. Lo besé de a poco, mordiéndole el labio, bajando por la mandíbula hasta el cuello.

Mientras lo besaba, le metí una mano entre las piernas y le acaricié la verga por encima del pantalón. Ya estaba dura, hinchada, marcada de un lado. La curva se le notaba incluso a través de la tela. Le solté el cinturón con una sola mano —me costó— y le bajé el cierre. Cuando metí la mano dentro del bóxer y la piel de él tocó la mía, los dos respiramos al mismo tiempo.

—Carajo —murmuró.

Era todo lo que había imaginado y más. Tenía esa curvatura hacia arriba que llena distinto y debía medir cerca de diecisiete centímetros. La empuñé y la sentí pulsar en mi mano. Supe en ese momento que se la iba a recibir entera.

Le bajé el pantalón hasta los tobillos y me hinqué frente a él. Él me miró desde arriba, con los labios entreabiertos, esperando. Le di un beso suave en la punta, después la rodeé con los labios y me la metí toda hasta donde me cupo. Se la mamé despacio, soltándola para lamerla de raíz a punta, pasándomela por la cara como si me la estuvieran regalando.

—Así —susurró—. Justo así.

Después de un rato lo empujé hacia la cama y me quedé entre sus piernas, todavía hincado en el piso. Me encanta esa posición: él abierto, recargado en los codos, mirándome desde arriba mientras yo le como la verga como si no hubiera otra cosa en el mundo. Le lamí los huevos, me los acerqué a la cara, me llené del olor de él. Le pasé la lengua por la ingle, por la cara interna del muslo. Él gemía bajito y me sostenía la cabeza con una mano, sin empujar, solo guiándome.

Cuando ya no aguanté más, me levanté y le pedí que cambiáramos. Me subí a la cama en cuatro patas, paré el culo y giré la cabeza para mirarlo.

—Métemela —le dije—. Por favor.

Se acercó despacio, como midiendo. Me dio dos nalgadas firmes, una en cada nalga al mismo tiempo, y lo escuché soltar un «qué rico» que casi me hace acabar ahí mismo. Después sentí su cara entre mis nalgas y su lengua recorriéndome el ano con una desesperación que no le había visto en ningún otro momento de la noche. Me besó ahí como si me estuviera besando la boca. La lengua entraba, salía, repasaba los pliegues, volvía a entrar. Yo me agarraba de la sábana, mordía la almohada, le pedía que no parara.

Es la mejor comida de ano que me han hecho. Lo digo y me sigue dando piel de gallina.

Después de un buen rato así, sentí cómo se enderezaba y se acomodaba detrás de mí. Lo escuché abrir el lubricante, me echó un poco frío sobre el ano, me metió un dedo, después dos. Jugó con la cabecita de su verga en los bordes, dándome golpecitos suaves, hasta que finalmente empujó.

—Tranquilo —dijo—. Tranquilo.

Entró de a poco. Yo cerré los ojos y traté de respirar largo, dejándolo avanzar. Esa sensación de cómo una verga se abre paso adentro mío es algo que amo. Cada centímetro que ganaba era otro escalón. Cuando la tuvo hasta el fondo, los dos nos quedamos quietos un momento, sintiéndola.

—Estás muy apretado —murmuró.

—Y tú la tienes muy grande.

Empezó a moverse despacio. Salía casi entera y volvía a entrar, marcando un ritmo que me hacía gemir contra la almohada. Después aceleró. Me agarró de la cintura, me jaló hacia él en cada embestida, me dio nalgadas que sonaban fuerte en el cuarto vacío. Lo escuchaba decir que le encantaba dármela, que llevaba meses imaginando esto, que mi culo estaba hecho para él. Yo solo podía contestar con gemidos y con un «no pares» de vez en cuando.

De pronto se detuvo y dejó las manos quietas. Quería que yo trabajara. Empecé a empujar hacia atrás, a moverme contra su verga, a metérmela y sacármela yo solo. Me encanta esa otra sensación, la de controlar el ritmo, la de saber que él está mirando cómo me lo trago. Le moví el culo en círculos, de lado a lado, hacia adelante y hacia atrás. Me estaba matando solito y a él lo escuchaba contener la respiración.

***

Después de un rato cambiamos. Me acosté boca arriba, él se subió encima de mí. Me besó el cuello, el pecho, los pezones. Sentir su cara recorriéndome todo el cuerpo era casi tan rico como sentirlo adentro. Bajó despacio, me dio unos besos en mi propia verga, me la mamó un poco —lo suficiente para que yo cerrara los ojos y soltara un quejido— y enseguida me levantó las piernas y volvió a comerme el ano.

Ya estaba dilatado. La lengua le entraba sin resistencia y yo me agarraba de las sábanas como si fuera a caerme. No quería que parara. Pero paró.

Se enderezó, me puso las piernas sobre sus hombros y me la metió otra vez, esta vez de una. La dejó ir entera, sin pausa, y empezó a bombear. La sensación de tenerlo encima, de sentir su peso, de dejarme atravesar, es algo que no puedo describir bien. Le crucé los brazos por detrás del cuello, le abracé la espalda con las piernas y, así, pegado a él, me la metía y me besaba al mismo tiempo. Era todo lo que había pedido en cada uno de esos mensajes.

—Riquísima —le repetía—. La tienes riquísima.

—¿Te encanta?

—Me encanta cómo me la metes.

Me porté lo más pasivo que pude. Me dejé llevar, abrí las piernas más, lo miré a los ojos cuando él me miraba. Cada tanto él la sacaba y se la acercaba a mi boca. Mi propio sabor mezclado con su piel me ponía como loco. Se la mamé de nuevo, la lamí, le di besos, la chupé como si fuera la última vez que la iba a tener cerca.

Volví a ponerme en cuatro. Esta vez entró sin esfuerzo, como si mi cuerpo ya supiera la forma exacta de su verga. Le apreté el ano con fuerza y lo escuché gemir distinto, más grave, más cerca del final. Me dijo otra vez que llevaba muchísimo tiempo imaginándose esto, que se había contenido todo el día pensando en aguantar para mí.

—Me voy a venir —avisó.

—Adentro —le pedí—. Adentro, por favor.

Y eso hizo. Sentí cómo se descargaba contra mí, cómo se le tensaba el cuerpo, cómo cada embestida iba dejando algo nuevo. Me apreté contra él. Lo quería entero. Pensar en tener su semen adentro me prendía más que cualquier otra cosa en ese momento.

No la sacó enseguida. Se quedó un rato encima de mí, jadeando contra mi nuca, hasta que el cuerpo se le aflojó y se tumbó a mi lado. Nos quedamos así, callados, recuperando el aire. Me tocó el pelo. Yo le tomé la mano.

—Llevaba mucho deseando esto —dijo, ya tranquilo.

—Y yo no sabía cuánto, hasta ahora.

***

Estuvimos unos minutos platicando como si no nos acabáramos de coger. Cosas tontas: del trabajo, de un viaje que había hecho, de una serie que él había visto. Después, sin avisar, me deslicé hacia abajo y me la volví a meter en la boca. La encontré tibia, todavía húmeda, con el sabor de los dos. La chupé despacio hasta que la sentí endurecerse otra vez bajo mi lengua.

—¿Me la vuelves a meter? —pregunté con ella todavía entre los labios.

—¿Tú qué crees?

Esta vez nos levantamos. Él se quedó parado al pie de la cama y yo me incliné hacia adelante, recargado sobre el colchón, con los pies todavía en el suelo. Me la metió de nuevo, profunda, y empezó otra cogida que no fue suave en ningún momento. Me agarró de la nuca con una mano, me apretó la cintura con la otra. Yo le pedí más fuerte. Me dio más fuerte.

Fue una cogida mega deliciosa, de esas que se te quedan grabadas. Ese chico me prende como pocos y la verdad lo único que quiero es que me vuelva a hacer su putita en cuanto pueda.

Eso es lo que les puedo contar de ese día. Hubo más cosas, pero las dejo guardadas para mí.

Antes de despedirme, un pequeño spoiler: hace poco debuté vestido de mujer, con peluca, lencería y todo. Si quieren leer cómo fue esa primera vez —y con quién— díganmelo y me animo a escribirlo.

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Comentarios (1)

Lgbcn

Tremendo relato, me dejo sin palabras. Sigue subiendo!!!

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