El chofer me descubrió la tanga al bajar del autobús
Tengo cuarenta y cinco años y vivo en Querétaro desde que me divorcié. Esta historia es de hace mucho, cuando todavía intentaba convencerme a mí mismo de que lo mío con los hombres era una curiosidad pasajera y no la única verdad que me habitaba por dentro. Tenía veintiséis, un matrimonio reciente que ya hacía agua, y un cuerpo que se moría por ser tocado de una forma que mi esposa no podía ni imaginar.
Me había casado por compromiso. Por lo que dirían en la oficina, por la mirada satisfecha de mi madre, por seguir el guion que se supone uno tiene que seguir. Pero desde la adolescencia me quedaba viendo el bulto en los pantalones de los compañeros del gimnasio, y cuando volvía a casa solo, compraba pepinos largos en el mercado del barrio con la excusa de hacer ensalada y terminaba con ellos metidos hasta el fondo mientras me sostenía del lavabo.
El divorcio llegó después de dos años. Mi miembro no llega a los catorce centímetros y, aunque eso para algunos no sería problema, sí lo fue para ella. Se acostó con un amigo del trabajo y yo lo descubrí por un mensaje mal guardado en su computadora. No le hice escena. En el fondo, sentí alivio.
Una vez solo, dejé de fingir. Empecé a comprar lencería por internet, sin que nadie supiera. Tangas de encaje negro, un body color piel que se me ajustaba como una segunda dermis, medias autoadherentes que me dejaban marca rosada al quitármelas. Por las noches me ponía todo, me grababa con el celular y me metía un dildo grueso frente al espejo de la habitación. Era mi mundo privado y, por primera vez en años, me sentía entero.
***
Aquella mañana de marzo amanecí caliente. No fue un pensamiento, fue un estado del cuerpo: la sábana rozándome los muslos, una urgencia entre las piernas, las ganas de hacer algo que me asustara un poco. Saqué del cajón una tanga roja con encaje negro y un body sin tirantes del mismo color. Me los puse antes del café. Encima me dejé el uniforme azul de la empresa de logística donde trabajaba como supervisor de almacén.
Durante todo el día, mientras revisaba inventarios y firmaba albaranes, sentía la tanga marcándome la línea del culo. Cada paso era una caricia. Cuando me agachaba a contar cajas, el body se ajustaba sobre los pezones y me los dejaba duros. Mis compañeros no notaban nada. Yo, por dentro, era otra persona.
Salí de la nave a las nueve y cuarto de la noche. Hacía frío. Caminé hasta la parada del autobús metropolitano que me dejaba a tres cuadras del departamento. Era la última corrida del día, así que el camión venía casi vacío. Subí, pagué, y me senté en uno de los asientos del fondo. Apenas había tres o cuatro pasajeros más, todos absortos en sus teléfonos.
El chofer manejaba sin prisa. Lo veía por el espejo retrovisor: un hombre moreno, de unos cuarenta años, mandíbula cuadrada, antebrazos peludos asomando bajo la manga arremangada de la camisa. Tenía la radio puesta bajita, una cumbia vieja. No me había prestado atención cuando subí.
Las paradas fueron quedando atrás. Una a una, los demás pasajeros bajaron. Para cuando faltaban tres estaciones, ya era el único pasajero a bordo. Me incomodaba un poco, pero también me gustaba esa sensación de estar a solas con un desconocido en una caja de metal rodando por la avenida vacía.
Mi parada era la última. Cuando llegamos al final del recorrido, el chofer detuvo el camión bajo un farol amarillo. Me levanté, me acomodé la chamarra, caminé hacia adelante. Justo cuando estaba bajando el primer escalón, se me resbaló el celular del bolsillo y cayó al piso del camión, dos peldaños arriba.
Me agaché para recogerlo. Lo hice sin pensar, con el reflejo torpe del que está cansado. El pantalón se me ajustó por detrás, la chamarra se me subió, y la tira fina y roja del encaje quedó a la vista durante quizá tres segundos enteros.
Me levanté con el celular en la mano. Sentí la cara ardiendo. Iba a bajar el último escalón cuando lo escuché.
—Qué rica tanga, putita.
Lo dijo bajo, sin alterar la voz. Casi como un comentario al pasar. Yo me quedé congelado con un pie en el aire. Giré apenas la cabeza. Él me sostenía la mirada por el espejo, sin expresión, sin sonrisa, esperando.
Esto no me está pasando. Esto sí me está pasando.
No supe qué hacer con la cara. Sonreí, supongo. Una sonrisa estúpida, nerviosa, que en realidad era una rendición.
—Espérate ahí —me dijo—. Voy a meter el camión a la cochera de la vuelta y te llevo a tu casa.
Asentí. No dije una palabra. Volví a subir el escalón y me senté en el primer asiento, junto a la ventanilla, el corazón en la garganta. El chofer cerró las puertas con un golpe seco. Maniobró el camión por una calle lateral y lo estacionó en un terreno cercado al final de una bodega. Apagó el motor. Apagó las luces interiores. Solo quedó el resplandor naranja del farol filtrándose por el parabrisas.
Se levantó del asiento y caminó hacia mí. Era más alto de lo que aparentaba sentado. Olía a tabaco rubio y a after shave barato, una mezcla que me dio vueltas en el estómago. Se desabrochó el cinturón sin decir nada, se bajó el cierre del pantalón y se sacó la verga.
Era morena, gruesa, de unos veinte centímetros, con una vena marcada subiendo por la cara superior. Estaba a medio endurecer y aun así parecía enorme.
—¿La quieres probar? —preguntó.
No respondí con palabras. Me deslicé del asiento al piso de goma del camión, me arrodillé entre sus piernas y abrí la boca. La metí entera, o lo más entera que pude. Sabía a sal y a piel limpia. Empecé a chuparla como si me fuera la vida en eso, subiendo y bajando, masajeando la base con la mano izquierda mientras le sostenía el muslo con la derecha.
Él me dejó hacer un par de minutos. Después me tomó por la nuca, sin violencia pero con firmeza, y empezó a marcarme el ritmo. Me embestía la boca en un movimiento parejo y profundo, y yo sentía la punta tocándome el fondo de la garganta cada dos o tres empujones. Saliva tibia me corría por el mentón. Cada vez que respiraba, una nota grave salía de su pecho.
—Esa boca es mía, putita —murmuró.
Yo asentía con la verga adentro, los ojos llorosos, completamente fuera de mí.
***
Cuando me retiró la cabeza, lo hizo despacio, dejando un hilo de saliva colgándome del labio. Me puse de pie sin que me lo pidiera. Me bajé el cierre del uniforme y dejé caer la chamarra y la camisa en el asiento. Después el pantalón. Quedé en pleno pasillo del camión vestido solo con la tanga roja y el body de encaje, los zapatos negros de trabajo todavía puestos.
Él dio una vuelta a mi alrededor, mirándome de arriba abajo. Estiró la mano y me dio un mordisco suave en la nalga derecha, justo en el borde del encaje. Sentí un escalofrío subirme por la espalda.
—Date la vuelta. Ponte en cuatro en ese asiento.
Obedecí. Me hinqué sobre el primer asiento doble, las rodillas en el cojín, las manos apoyadas en el respaldo de adelante, el culo levantado hacia él. Sentí sus dedos corriendo la tela de la tanga hacia un lado, dejándome expuesto.
Después fue su lengua.
Pasó la lengua plana de abajo hacia arriba, una vez, dos veces, tres veces, demorándose en el centro. Yo solté un quejido ahogado contra el respaldo. Nunca nadie me había hecho eso. La sensación era tan íntima, tan invasora, que pensé que iba a venirme solo con esa caricia.
—Por favor —dije, y mi voz salió ronca, casi suplicante—. Métela.
Se puso de pie detrás de mí. Lo escuché escupir en su mano. Sentí la punta apoyándose en el ano y empujando, milímetro a milímetro. Al principio fue ardor, un ardor que casi me hizo retroceder. Apreté los dientes y aguanté. Conforme entraba, mi cuerpo iba cediendo, abriéndose, amoldándose al grosor.
Cuando estuvo dentro hasta la base, se quedó quieto. Su pelvis pegada contra mis nalgas, el calor de su vientre sobre mi espalda baja. Me agarró por las caderas con ambas manos y empezó a moverse despacio. Salidas largas, entradas profundas.
—Mira nada más cómo te abriste para mí, putita.
—Sí, papi —dije sin pensar.
***
Lo que vino después no se cuenta fácil. Estuvo más de media hora cogiéndome dentro de aquel camión apagado, con las ventanas empañadas por el vapor de nuestras respiraciones. Cambiamos de posición dos veces. Boca arriba en el asiento, las piernas levantadas sobre sus hombros, mientras me miraba a los ojos y me decía cosas que nunca le había escuchado a nadie. De rodillas otra vez, mientras él se inclinaba sobre mi espalda y me mordía la nuca como un macho que marca a su perra.
Yo no aguantaba más. Tenía el miembro durísimo dentro de la tanga, mojado en mi propio líquido, y me venía solo con el roce de la tela contra el asiento. Cuando empecé a temblar y a gemir más fuerte, él me empujó la cara contra el respaldo y aceleró.
—Te voy a llenar entero, ¿oíste? —dijo entre dientes—. Te los voy a dejar a todos adentro.
—Sí, sí, sí —repetía yo, ya sin pudor, sin pensar en quién era ni dónde estaba—. Lléname, soy tuya.
Sentí su miembro hincharse, un latido distinto, más urgente. Después el chorro caliente inundándome por dentro, una, dos, tres descargas profundas. Él se quedó dentro de mí hasta que el último estremecimiento se le calmó.
Salió despacio. Sentí el semen escurriéndome entre los muslos cuando me incorporé. Él me dio una palmada seca en la nalga y me dijo, ya recomponiéndose el pantalón:
—Ya cumpliste, putita. Ahora vístete. Y cuando vuelvas a subir a este camión, te pasa lo mismo.
—Voy a tomar esta ruta todos los días —respondí, y lo dije en serio.
***
Llegué a casa media hora después, caminando despacio porque sentía las piernas flojas y el culo todavía abierto. La tanga roja iba empapada, pegada a la piel, una mezcla pegajosa de su semen y mi sudor. Me metí a la regadera con la lencería puesta y me quedé un rato bajo el agua caliente, mirando cómo el espejo se empañaba.
Al día siguiente tomé el mismo camión. Y al siguiente. Y al siguiente.
Lo que pasó con aquel chofer en los meses que vinieron es otra historia. Pero esa noche de marzo, en el último camión de la línea siete, dejé de pretender. Dejé de ser un hombre casado con una vida ordenada que escondía sus rarezas debajo de la cama. Me convertí en lo que siempre había sido y, ni un solo día, lo lamenté.