Mi jefe de prácticas me llevó a su piscina
Cuando mi profesor del ciclo formativo nos pasó la lista de empresas para hacer las prácticas, ninguna me sonaba de nada. Eran asesorías y gestorías pequeñas, casi todas recién montadas por gente joven, y solo una tenía nombre de cierta solidez. Esa, claro, la pidieron todos, así que el profe la asignó por nota media. Yo no llegué al corte por décimas, y terminé apuntado como auxiliar administrativo en una oficina a veinte minutos andando de mi casa.
«Asesoría Verdejo» se llamaba el sitio. Llevaban la contabilidad y la gestoría fiscal de pymes que facturaban a clientes europeos. Eran diez empleados como mucho, repartidos en un local diáfano del centro con tabiques de cristal y una sala de reuniones con vistas al patio interior. A mí no me importaba lo poco glamuroso del puesto: eran prácticas sin remuneración y podía ir caminando, así que no gastaba un euro. Mejor eso que coger dos autobuses para acabar haciendo lo mismo.
Mi primer día me recibió Carla, una de las encargadas. El jefe estaba fuera, en un viaje por temas financieros, y ella se encargó de enseñarme lo que iba a ser, básicamente, mi tarea durante los dos meses: digitalizar facturas, transcribir datos a unas hojas de cálculo y archivar los originales por orden de fecha. Trabajo mecánico, ninguna sorpresa. Carla tuvo paciencia, me explicó dos veces lo que no entendía y al final del día yo ya manejaba el sistema de carpetas casi sin preguntar.
El segundo día me dieron mi propio puesto, mi ordenador y una impresora pequeña. Me defendí bastante bien. Aún no había visto al jefe.
Lo vi de pasada el tercer día. Cruzó la oficina sin pararse, sin saludar a nadie en concreto, y Carla, que estaba a mi lado revisando algo, me dijo bajito:
—Ese es Joaquín. El dueño.
No reparó en mí. Pasó a mi espalda dejando una estela de perfume caro, una colonia de las que se quedan flotando en el aire un buen rato. Calculé que tendría unos treinta y ocho años, alto, espalda ancha, barba arreglada al milímetro y un traje gris marengo entallado que le marcaba las piernas. Lo vi entrar en su despacho acristalado del fondo, quitarse la chaqueta, y darme cuenta de que debajo de la camisa había alguien que pisaba gimnasio sin faltar.
Lo miré un par de veces más esa mañana. Sin pensarlo demasiado, lo reconozco. Yo tenía veintiún años, jugaba al voley desde los quince, llevaba el pelo medio rizado recogido en una colita y siempre había tenido más éxito con las chicas del que sabía aprovechar. En ese momento no estaba con nadie. Disfrutaba de la libertad de quedar con los amigos sin dar explicaciones.
Pasaron tres días más sin que Joaquín reparara en mi presencia. Siempre iba pegado al teléfono, entrando y saliendo a toda prisa, gestionando reuniones que parecían urgentes. Hasta que esa mañana lo vi por primera vez sentado tranquilo en su despacho, con un café entre las manos, mirando hacia el ventanal. Nuestras miradas se cruzaron. Él me sonrió. Yo le devolví la sonrisa, un poco por inercia, y volví a mi pantalla. A los pocos segundos descolgó el teléfono interno.
El de Carla sonó. La vi atender, asentir y luego acercarse a mi mesa.
—Adrián, el jefe te quiere conocer. Dice que pases a su despacho.
—¿A mí?
—A ti, sí. No lo hagas esperar.
Me puse la chaqueta, respiré hondo y crucé la oficina con la sensación de que las demás estaban siguiéndome con la mirada. Golpeé con los nudillos en la puerta de cristal.
—Pasa, pasa —dijo una voz grave desde dentro.
—Hola, Joaquín. Buenos días.
—Hombre, el chaval nuevo. Siéntate, no te quedes ahí de pie. ¿Cómo te llamas?
—Adrián. Soy el de prácticas, el de administración y finanzas del ciclo superior.
—Encantado, Adrián. A mí llámame Joaquín a secas, nada de señor que me siento un fósil. Perdona que no te haya saludado antes, esto va a mil y a veces se me olvida hasta el café.
—No se preocupe. Imagino que llevar todo esto tiene que ser pesado.
—Pesado, no. Constante. Que es distinto. ¿Y tú qué haces ahora mismo?
—Facturas. Carla me enseñó a digitalizarlas y a meterlas en el sistema.
—Menudo coñazo —dijo riéndose—. Mira, te propongo algo. En vez de tirarte dos meses pasando papeles, te vienes conmigo. Codo con codo. Te enseño lo que es de verdad llevar una asesoría. Reuniones con clientes, bancos, ya verás. ¿Te apetece?
—Claro que me apetece.
—Pues mañana empezamos. Eso sí, si puedes venir de traje, mejor. Le digo a Carla que reorganice tus tareas.
Salí de su despacho sin tocar el suelo. Esa misma tarde fui con mi madre a una tienda del centro y me compré un traje azul marino que me ajustaba bien. Por suerte tenía otro de la comunión de mi hermano pequeño, así podía alternar.
***
Al día siguiente Joaquín llegó a las ocho en punto, algo que, según me dijeron, no hacía nunca. Me vio entrar enchaquetado, me miró de arriba abajo y soltó una carcajada.
—Vaya, chaval, qué buen perchero tienes.
—Gracias. Hago lo que puedo.
—Toma esta carpeta, esta libreta y estas tarjetas. Mete todo en el maletín con un par de bolis. Tu trabajo hoy es seguirme, hacer lo que te diga, anotar lo que te diga y, sobre todo, observar. Mucho. ¿Vale?
—Vale, sí.
Lo que vino después fue un mes intenso. Bancos, despachos en torres acristaladas, comidas con clientes en sitios donde la carta no traía precios. Yo me desenvolvía mejor de lo que esperaba. Joaquín me iba soltando consejos al oído entre reunión y reunión, cosas que en la facultad no te cuentan: cuándo callarte, cuándo apretar, cómo leer a alguien por la forma en que cruza las manos. Empezamos a tutearnos. Me contó que estaba divorciado desde hacía dos años y que tenía un niño pequeño de cuatro al que veía los fines de semana. Yo le hablé del voley, de mis amigos, de que aún no sabía si seguir estudiando o ponerme a trabajar al acabar el ciclo.
***
El último viernes de aquel mes, después de una reunión que se alargó hasta casi las dos en una notaría, Joaquín miró el reloj y resopló.
—Estamos a diez minutos de mi casa. Pasamos, comemos algo y nos cambiamos. Hace un calor que no se puede ir así.
Su chalet estaba en una urbanización tranquila, con jardín, garaje doble y una piscina alargada al fondo. Lo del «casoplón» se me escapó en voz alta nada más cruzar la puerta. Él se rió.
—Quítate el traje, anda. Te dejo un bañador y unas chanclas. ¿No pensarás quedarte aquí frito de calor?
—¿En serio?
—¿No has visto la piscina?
Me indicó un cuarto de invitados al final del pasillo. Cuando salí, en bañador, descalzo, Joaquín ya estaba en el agua. Lo vi nadar de un extremo a otro con brazadas largas y firmes. Yo dejé la toalla en una tumbona, me acerqué al borde y me tiré de cabeza. El agua estaba fresca, justo en el punto. Crucé hasta el otro lado, salí a tomar aire y él me lanzó una pelota de gomaespuma que tenía guardada en el bordillo.
Estuvimos un rato jugando como críos. Pases, capones, ahogadillas. En una de esas él me agarró por detrás, me hundió bajo el agua y, al salir, nos quedamos a un palmo el uno del otro, riéndonos sin aliento.
—Está buenísima, ¿eh, chaval?
—Buenísima. El problema es que si me descuido pierdo el bañador. Me queda algo grande.
—Eso tiene fácil arreglo.
Y, sin más, Joaquín se lo quitó por debajo del agua y lo lanzó fuera, a la zona del césped. Lo dijo medio en broma, medio en serio.
—Ya está, problema resuelto. Aquí no nos ve nadie. Haz lo mismo si quieres.
—Qué vergüenza.
—Anda, no seas crío.
No sé si fue presión, morbo, ganas de no quedar como un crío o las tres cosas juntas. Me bajé el bañador y lo tiré también afuera. Seguimos nadando un rato más, en pelotas, ahora más callados. Cada vez que pasaba a su lado nuestros cuerpos se rozaban. Su pierna contra la mía. Mi cadera contra su mano cuando me empujaba en broma. En un par de ocasiones noté algo más que su muslo. Algo más grueso y más caliente. No le di importancia. O fingí no dársela.
Él salió primero, impulsándose con los brazos por el borde, y se quedó sentado en la orilla con las piernas dentro del agua. Lo vi entero, sin pudor ninguno: el cuerpo entrenado, sin un solo pelo desde el pecho hasta los muslos, y la polla larga y gruesa colgando sobre el bordillo. Me ardió la cara. Aparté la vista, salí por la escalera y agarré la toalla rápido.
Joaquín colocó dos tumbonas al sol, se tumbó boca abajo en una y me indicó la otra con un gesto.
—Boca abajo, que si no te quemas el pecho.
Obedecí. El sol pegaba justo en los hombros y daba gusto. Estuvimos un rato en silencio, escuchando solo el zumbido de algún coche lejano. Al cabo de unos minutos, se incorporó.
—¿Te apetece que pida algo? ¿Chino?
—Lo que quieras.
Lo escuché hacer la llamada de pie, completamente desnudo, con la misma naturalidad que si llevara un albornoz. Cuando colgó, cogió un bote de la mesa que había entre las dos tumbonas y se sentó en el borde de la mía.
—Te pongo crema, que te vas a freír. Luego me la pones tú a mí, ¿vale?
—Vale.
Sus manos cayeron sobre mis hombros antes de que me diera tiempo a responder otra cosa. Las extendió por la espalda, los riñones, las piernas. Cuando llegó a los glúteos, no se saltó la zona. Hizo lo mismo, con la misma calma, masajeando un poco más despacio. No me dolió. No me incomodó. Lo que pasó fue lo último que esperaba: noté que se me ponía dura debajo del cuerpo, aplastada contra la tumbona, y empecé a calcular cómo iba a levantarme sin que se notara.
—Bueno, te toca, chaval.
Me quedé inmóvil. Si me daba la vuelta, lo iba a ver. Si no me daba la vuelta, iba a quedar más raro todavía.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada, espera un segundo.
Se incorporó un poco para mirarme y soltó una carcajada que me dejó sin aire.
—No me jodas, chaval. ¿En serio?
—Lo siento. No sé qué me ha pasado.
—Tranquilo, hombre. Mira para otro lado. Pásame la crema y no miro, te lo prometo.
Se tumbó boca abajo. Yo me incorporé despacio, con la toalla atada por delante como pude, y me acerqué con el bote. Le pasé la crema por la espalda, por los hombros, por las piernas. Por todas partes menos por el culo.
—¿Ya?
—Sí, ya está.
—¿Y los glúteos qué, animal? ¿Quieres que mañana no me pueda sentar en una reunión? Sigue.
No me quedó otra. Le puse las manos en los glúteos, duros y calientes del sol, y los masajeé con la crema. La polla, en vez de bajárseme, se me puso aún más dura. Algo me estaba pasando y, por primera vez en la vida, no podía echarle la culpa a ninguna chica.
—No se te ocurra meter mano, ¿eh, cabronazo? —dijo medio en broma.
—No, no. A mí me gustan las tías.
—¿Y qué tendría de malo si fueras de los otros?
Antes de que pudiera contestar, se dio la vuelta. Estaba duro también, tan duro como yo. Una polla gruesa apuntando al cielo, como si me retara.
—¿Ves, chaval? A mí también se me ha puesto dura. Y no pasa nada. Nos hemos tocado, nos ha gustado, no se lo decimos a nadie y ya está. Tampoco es para hacer un drama.
—Es que nunca me había pasado.
—Pues será que te gusto.
Lo dijo sonriendo, sin presión, dejándome la salida abierta. Pero no me moví. Se sentó en el borde de mi tumbona y me alargó la mano hasta apoyarla, despacio, sobre mi polla. Cerré los ojos y respiré como si me acabaran de meter en agua helada. Su mano se movió de arriba abajo, despacio, sin prisa. Solté un gemido sin querer, contenido, y noté que me dejaba ir contra la tumbona.
No sé si tenía los ojos cerrados por placer o por vergüenza de mirarle a la cara. Lo siguiente que sentí fueron sus labios, su barba pinchándome un poco, y un beso suave en la boca. Me sobresalté. Aparté la cara por instinto, no porque me molestara. Acción y reacción, nada más.
—Perdona, Adrián. Igual me he pasado.
—Es que nunca había hecho esto con un tío. Y menos con alguien que me dobla la edad.
—Lo entiendo. No te preocupes, no te molesto más.
Soltó mi polla y se incorporó como para irse. Y entonces fui yo el que reaccionó. Le agarré la muñeca y se la volví a llevar entre mis piernas.
—No, espera. No me dejes así.
Sonrió. Se escupió en la palma y volvió a cerrar la mano en torno a mí. Esta vez fui yo el que rodeé su cuello con el brazo y lo atrajo hacia abajo. El beso fue largo, profundo, con lengua, sin prisa ninguna. La cabeza me daba vueltas. Era la primera vez que besaba a un hombre y, en lugar de pararme a pensar, solo quería que no parara.
—¿Te gusta, chaval? Si quieres, paro.
—No. Sigue, por favor.
Cogió mi mano, la llevó a su polla y cerró mis dedos en torno a ella. Estaba ardiendo, dura, mojada en la punta. No tuve que pensar mucho. Hice lo que sabía que a mí mismo me gustaba, lo que llevaba haciéndome desde los catorce. Le empecé a masturbar despacio, ajustando el ritmo a su respiración. Joaquín se mordió el labio, dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un quejido bajo.
Estuvimos así un rato largo. Las manos del otro, los besos cortos entre gemido y gemido, el sol pegando en la espalda. Él aceleró primero. Yo le seguí poco después. Acabamos los dos casi a la vez, con un quejido suyo apagado contra mi boca y un escalofrío mío que me dejó vacío en la tumbona. Dos picos pequeños en los labios al final, casi tiernos, y un silencio raro y cómodo a la vez.
—Bueno, chaval —dijo, todavía con la respiración descolocada—. La comida ya estará a punto de llegar.
Me miré las manos. Me miré a él. Me miré a mí mismo, tumbado y desnudo en la tumbona de mi jefe. Y supe, sin necesidad de decirlo en voz alta, que aquella tarde no iba a quedarse en una tarde. Que el lunes íbamos a vernos en la oficina como si nada y que, dentro de mi cabeza, no había manera de que aquello fuera ya como si nada.