Mi escapada del mediodía con un desconocido
Me desperté con una calentura que no se iba con la ducha. El despertador marcaba las siete y media y antes de levantarme de la cama ya tenía la aplicación abierta en una mano y la pija dura por encima del calzoncillo en la otra.
Llevaba tres semanas sin coger. El laburo en la consultora me consumía las tardes, los fines de semana caían en sobremesas familiares interminables, y las pocas veces que coordinaba algo terminaba en la nada: el pibe no aparecía, no tenía lugar, mentía con la foto. Esa mañana decidí que iba a ser distinto.
Mientras me afeitaba revisé los mensajes pendientes. Tres tipos me habían escrito en la madrugada con ese tono ansioso de las tres y media. Ninguno me convencía. Cerré la app, me tomé el café de pie en la cocina y arranqué para la oficina.
Llegué al edificio cerca de las nueve. Saludé a Marina en recepción y subí al sexto piso. Mi escritorio quedaba en una esquina, lejos de la mirada de mi jefe, y eso me dio confianza para abrir la aplicación de vuelta apenas prendí la computadora.
Empecé a recorrer el grid sin demasiada fe. Caras, torsos, perfiles sin foto, descripciones genéricas. A los diez minutos me llegó un mensaje nuevo.
—Hola, lindo perfil. ¿Buscás algo para hoy?
El tipo tendría unos treinta años, pelo oscuro, cuerpo flaco, una sonrisa media tímida en la foto principal que me gustó enseguida. Le respondí que sí, que estaba con ganas.
—Quiero chupar pija —escribió sin vueltas—. Y tengo lugar.
Esa frase, así, escrita sin rodeos, me prendió más que cualquier foto. Le contesté que podía después de las seis, cuando saliera del laburo. Quedamos en seguir hablando.
Pasaron veinte minutos sin respuesta. Me distraje con un informe que tenía que entregar el viernes y cuando volví a mirar el teléfono casi me había olvidado del asunto. Pero seguía conectado. Le mandé otro mensaje.
—¿Seguís ahí?
—Sí, perdón. ¿Tenés foto sin remera?
Le pasé una que me había sacado hacía un mes frente al espejo del baño. Después le pedí una de él, de cola si era posible. Me llegaron dos. Una de frente, otra desde abajo, mostrando la curva del culo apoyado en la cama. Tenía la piel blanca, el agujero rosado, las nalgas firmes. Sentí cómo se me empezaba a poner dura debajo del escritorio.
—Te la presto ahora —escribió—. Si la dejás para más tarde se me pasa.
Miré la hora. Faltaban veinte minutos para mediodía. Tenía una reunión a las tres, pero antes el tiempo era mío. Pensé en mil excusas posibles. Al final me paré, agarré el saco del respaldo de la silla y le avisé a mi asistente que tenía un trámite urgente, que volvía en una hora y media.
—Tranquilo, Bruno —me dijo Damián desde el cubículo de al lado—. Te cubro.
Estos pibes ya saben todo, pensé bajando por la escalera.
Salí del edificio caminando rápido. El tipo vivía en Palermo, a doce cuadras. Le escribí desde la vereda para confirmar la dirección y le pregunté si tenía forros. Me dijo que no, que pasara por un kiosco.
Entré al primero que encontré. Pedí una caja de lubricados, pagué sin mirar al kiosquero a los ojos y salí con el bolsillo abultado. Aceleré el paso. Las cuadras se me hicieron eternas. Sentía la pija medio dura desde la mañana y ya empezaba a estar incómodo dentro del pantalón.
***
Cuando toqué el portero me dijo séptimo C. Subí en el ascensor con la respiración un poco agitada. Me miré en el espejo del fondo, me arreglé el pelo, me ajusté el cuello de la camisa. La puerta del departamento estaba entornada.
—Pasá —escuché desde adentro.
Empujé la puerta con la punta del zapato. Olía a café recién hecho y a algo dulzón, como un perfume cítrico. El departamento era chico, ordenado, con dos ventanas que daban a un patio interno. Lo encontré en la cocina, sirviéndose un vaso de agua. Tenía puesto un bóxer negro y nada más.
Era más lindo en persona. Más bajo de lo que parecía en las fotos, con el pelo todavía mojado de la ducha y una sombra de barba que le marcaba la mandíbula. Me sonrió por encima del vaso.
—¿Tomás algo? —me preguntó.
—No, gracias. Estoy bien.
Caminé hasta donde estaba y le puse una mano en la cintura. Tenía la piel tibia, casi caliente. Lo besé. Al principio fue un beso de tanteo, la lengua apenas asomada, los labios entreabiertos. Después empezó a empujar contra el mío con más hambre. Le mordí el labio inferior. Soltó un gemido corto que me llegó directo al pantalón.
—Acompañame —dijo, y me agarró de la mano.
Caminamos hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha, con las sábanas blancas todavía arrugadas del sueño. Me sacó el saco, me desabotonó la camisa con paciencia, sin apuro, como si tuviéramos toda la tarde. Yo dejé que lo hiciera. Cuando me bajó los pantalones y me vio la pija empujando contra la tela del bóxer, se mordió el labio otra vez.
—La querés —le dije.
—Hace una semana que tengo ganas de chuparla.
Se arrodilló frente a mí. Me bajó el bóxer con los dientes, sin usar las manos, mirándome desde abajo. Cuando me la sintió en la boca cerré los ojos un segundo. Tenía esa cosa rara que tienen los pibes que saben chupar de verdad: parecía que toda su atención estaba concentrada ahí. No apuraba. Se metía la pija entera hasta sentirla en la garganta, aguantaba un instante mirándome, después la sacaba, escupía sobre la cabeza y volvía a tragar.
Le agarré la cabeza con las dos manos, no para forzarlo sino para sentirle el ritmo. Tenía el pelo suave entre los dedos. Empezó a tocarse mientras me chupaba. Eso me prendió todavía más.
—Vení —le dije, y lo levanté agarrándolo de los brazos.
Lo tiré sobre la cama y le saqué el bóxer de un tirón. La tenía dura, no tan grande como la mía, pero con buena forma, las pelotas firmes contra los muslos. Me acomodé al revés sobre él, en la posición clásica del sesenta y nueve, y le metí la pija en la boca al mismo tiempo que le abría las nalgas y le pasaba la lengua por la entrada.
Lo escuché gemir contra mi pija. Era ruidoso, eso me gustó. Hay tipos que se aguantan, que tratan de hacerse los duros. Este no. Cada vez que le tocaba el agujero con la punta de la lengua, suspiraba largo contra mi verga, y la vibración me llegaba hasta las pelotas.
Empecé a meterle un dedo. Apenas la primera falange, sin forzar. Me chupaba más rápido, casi atragantándose con cada empujón. Le metí el dedo más profundo. La saliva mía mezclada con el sudor de él hacía que entrara fácil.
—Ponete en cuatro —le pedí.
Se acomodó sin protestar. Apoyó las manos en el respaldo de madera de la cama y arqueó la espalda. Abrió un poco las piernas. Sacó el culo hacia atrás. Lo vi así, ofrecido, con el agujero brillante de saliva, y casi me vengo de sólo mirarlo.
Saqué un forro de la caja, lo abrí con los dientes y me lo puse despacio. Agarré el frasco de gel que tenía en la mesita de luz y me eché un chorro generoso en la mano. Me unté la pija y le pasé el dedo embebido en lubricante para prepararle la entrada.
—Despacio al principio —pidió mirándome por encima del hombro.
—Despacio.
***
Apoyé la cabeza en su agujero y empujé suave. Sentí la resistencia y aflojé la presión. Empujé de vuelta. Esta vez cedió un poco. Le agarré la cadera con las dos manos y avancé centímetro por centímetro, atento a su respiración.
—¿Toda? —pregunté cuando ya tenía la mitad adentro.
—Toda.
Le metí el resto de un envión. Soltó un quejido largo, después un suspiro de alivio. Me quedé quieto un rato, dejándolo acomodarse. Sentía el calor de adentro, los músculos apretándome la base de la pija.
—Movete —dijo después de unos segundos.
Empecé despacio, con embestidas largas, casi sacándola del todo antes de hundirla de nuevo. Lo cogí así un buen rato, viéndolo arquearse cada vez que tocaba algún punto bueno. Después le pedí que se diera vuelta. Le levanté una pierna sobre mi hombro y entré de costado. En esa posición la pija le entraba toda, hasta la base. Lo escuché gemir más fuerte, sin contenerse.
—Así me gusta más —jadeó—. Así.
Lo cogí en esa posición hasta que sentí que estaba por venirme. Tuve que parar y respirar profundo. Le pedí que se la chupara un poco, para bajar la intensidad.
Se sentó en la cama, me sacó el forro con cuidado y se la metió en la boca. Empezó a pajearse mientras me chupaba. Le metí un dedo entre las nalgas y volvió a gemir alrededor de mi pija. Estuvimos así un rato largo, él chupando y tocándose, yo dedeándolo a un ritmo lento, sintiendo cómo se le aflojaba la entrada.
—Quiero sentirte sin forro —dijo en un momento, separando la boca de mi verga—. Sólo la cabecita. Un toque.
Pensé un segundo. Lo miré a los ojos. Después le dije que sí.
Volvió a ponerse en cuatro sobre la cama. Le restregué la cabeza por la entrada, jugando, sin meterla. Estaba muy caliente la zona, irradiaba calor. Empujé suave y entró sólo la punta. La sentí distinta, sin la goma del forro de por medio: tibia, apretada, viva.
—¿Sigo? —pregunté en voz baja.
—Un toquecito más.
La saqué, la volví a meter, dos centímetros, no más. La cuarta o quinta vez se la metí más profunda, hasta la mitad de un envión. Pegó un grito corto, sorprendido. Enseguida la saqué. El agujero le quedó abierto un segundo, todavía dilatado por la presión.
—Mamá, ahora mamá —dije.
Se dio vuelta sin decir una palabra. Me agarró la pija con las dos manos y se la metió toda en la boca, hasta atrás. Le avisé que iba a venirme adentro y movió la cabeza diciendo que sí, sin sacar la boca. Le agarré la nuca y empecé a empujar al ritmo que necesitaba. Tres, cuatro, cinco veces, y exploté en su garganta. Tragó todo. No soltó una sola gota.
Después me la dejó en la boca un rato más, chupando suave hasta que la sintió ablandarse. Recién ahí la soltó. Se incorporó y se acostó al lado mío en la cama, con una sonrisa medio cansada y la respiración todavía agitada.
—Me gustó sentirte sin forro —dijo bajito.
—A mí también.
***
Me ofreció el baño para asearme. Era chico, blanco, ordenado como el resto del departamento. Me lavé la cara y la pija, me arreglé el pelo frente al espejo. Tenía las mejillas todavía coloradas. Me vestí en el dormitorio, mientras él fumaba un cigarrillo recostado en la cama, con el cenicero apoyado en el pecho.
—¿Volvés? —me preguntó cuando llegué a la puerta.
—Si te portás bien.
Bajé en el ascensor revisando la hora en el teléfono. Eran apenas las dos menos diez. Tenía tiempo de pasar por una panadería antes de la reunión, fingir que había ido a hacer un trámite y llegar a la oficina con un sándwich, un café y una sonrisa creíble.
Caminé las doce cuadras de vuelta con las piernas todavía flojas. El sol de la siesta me daba en la cara. Este laburo no me parece tan pesado cuando tengo algo así esperándome en el medio del día, pensé.
En la oficina, Damián me miró con cara de cómplice cuando volví. No me preguntó nada. Le mostré el sándwich, hice un gesto vago de cansancio y me senté frente a la computadora.
Abrí el informe que había dejado a medias. Las letras me bailaban un poco. Sentía todavía el sabor del beso en la boca y el olor cítrico del perfume pegado al cuello de la camisa. Sonreí sin querer.
Esa semana, sin falta, iba a volver.