El universitario que me esperaba con el piso vacío
Llegué a Valencia un jueves de octubre por un congreso de nutrición deportiva. El día entero entre ponencias, stands y café malo de termo, pero la noche, esa noche, era solo mía. En cuanto terminó la última charla me encerré en la habitación del hotel, me duché y abrí la aplicación sin pensarlo demasiado.
Mi perfil era directo. Una foto del torso tatuado, las trenzas cayéndome sobre el hombro, y una descripción de tres líneas que no dejaba lugar a dudas: «Nórdico, treinta, uno setenta y ocho, setenta y cinco kilos. De paso una noche. Busco chaval joven con ganas de mandar».
No tardó ni cinco minutos en sonar.
Se llamaba Hugo. Veintiuno. Estudiante de Ciencias del Deporte, piso compartido cerca del centro, foto sin cara pero con un abdomen marcado que no parecía retocado. Hablaba poco y bien, que es justo lo que a mí me pone.
—¿Estás de paso? —escribió.
—Una sola noche —respondí.
—Mis compañeros salen hasta las tres. Tengo el piso para mí. Ven ahora.
Me mandó la ubicación antes de que pudiera contestar. Esa seguridad, la de un chaval que ni se plantea que vayas a decir que no, me caldeó más que cualquier foto.
—Veinte minutos —escribí, y ya me estaba poniendo los zapatos.
***
El portal era viejo, de los de azulejo desgastado y luz de temporizador que se apaga a mitad de escalera. Subí detrás de él, dos pisos, oliendo su colonia fresca y algo más: ese olor a anticipación que despide la piel cuando alguien sabe exactamente lo que va a hacer contigo. Hugo no había bajado a abrirme la puerta de la calle por amabilidad. Quería verme subir.
Abrió el tercero con la llave ya en la mano. Pasillo a oscuras, solo una luz roja tenue colándose desde la habitación del fondo. Olía a chico joven, a desodorante y a sábanas sin cambiar, y a mí ese cóctel me desarmó.
No me dio tiempo a decir nada. En cuanto cerró la puerta me empujó contra la pared del recibidor con las dos manos, me agarró las trenzas por la nuca y me besó como si llevara semanas pensándolo. Lengua profunda, dientes chocando, su respiración acelerada contra mi boca. Yo, que le sacaba casi diez años y unos cuantos kilos de gimnasio, me derretí contra el yeso frío como si fuera el primero.
Sentí su erección dura como una barra contra mi vientre, a través del pantalón corto. Este crío me va a comer vivo y yo solo quiero que lo haga, pensé.
—Quítate eso —dijo contra mi cuello, y antes de que reaccionara ya me había arrancado la camiseta de un tirón.
La tiró al suelo del pasillo sin mirar dónde caía. Sus ojos bajaron despacio por mi torso, por los tatuajes que me cruzan el pecho, por los pectorales y el abdomen que se me contraía solo de los nervios. Soltó un «joder» muy bajito, casi para sí mismo, y me mordió el cuello como un animal. Sentí la marca quedarse ahí al primer segundo.
—¿Esto es lo que querías? —pregunté, con la voz ya rota.
—Cállate y arrodíllate.
***
Le bajé el pantalón corto de baloncesto de un tirón. No llevaba nada debajo. Su polla saltó hacia fuera, recta y gruesa, la cabeza ya brillante, los huevos pesados y depilados colgando. Un chaval de veintiuno no debería poner a un hombre de treinta de rodillas con solo enseñársela, pero el suelo de baldosa ya me estaba frío contra las piernas y yo no recordaba haberme agachado.
Levanté la vista, abrí la boca y me la metí entera de una sola vez. Sentí la cabeza tocándome el fondo de la garganta, los huevos contra la barbilla, su olor limpio llenándome la nariz. Hugo echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido grave que no encajaba con su cara de crío.
Me agarró las dos trenzas como si fueran asas y empezó a usarme la boca a su ritmo, sin contemplaciones. Cada embestida hasta el fondo, sin sacarla nunca del todo. La saliva me caía a chorros por la barbilla, por el pecho, hasta el suelo. Yo no hacía nada salvo respirar cuando me dejaba y aguantar cuando no.
—Qué boca tienes… —murmuraba, la voz de alguien que no se cree del todo lo que está pasando—. Nunca me la habían mamado así. Trágatela toda.
Soy su juguete y me encanta serlo, pensé mientras las lágrimas se me mezclaban con la saliva. Que me use hasta que no pueda más.
Me tuvo así un buen rato, de pie él, de rodillas yo, la espalda contra la pared del pasillo y la luz roja recortando su silueta desde el fondo. Hasta que de golpe me levantó tirándome del cinturón y me arrastró hacia la habitación.
***
La cama estaba sin hacer. Sábanas revueltas, un altavoz pequeño soltando reguetón bajito, un póster de Messi medio despegado de la pared y esa lámpara LED roja que lo teñía todo de un color de película. Me tiró boca arriba sobre el colchón y se metió entre mis piernas, abriéndomelas en uve sin pedir permiso.
Escupió en mi entrada, una, dos, tres veces, sin apartar los ojos de los míos. Metió dos dedos directos, los giró, buscó el punto exacto y apretó. Arqueé la espalda de golpe, empujé las caderas contra su mano y se me escapó un gemido que se oyó en todo el piso.
—Tranquilo —dijo, casi sonriendo—. Que todavía no he empezado.
Se untó la polla con su propia saliva, apoyó la cabeza en mi agujero y me miró fijo.
—Respira, nórdico. Porque ahora mismo te abro.
Y empujó. Despacio los primeros centímetros, disfrutando de cómo me iba abriendo a su medida. Paró justo cuando empezó a quemar, esperó a que yo me adaptara, y entonces, cuando empujé yo hacia él buscando más, dio el envite final y se hundió hasta el fondo de una sola vez.
Nos quedamos quietos. Diez segundos eternos, él encima, yo debajo, los dos temblando. Sentía cada vena de su polla latiendo dentro de mí, los huevos pegados a mis nalgas, todo su peso joven aplastándome contra el colchón. Nunca me había sentido tan lleno y tan a merced de nadie.
Empezó a moverse. Lento, profundo, casi cruel. Sacaba casi toda y volvía a clavarla hasta el fondo, golpeando sitios que yo no sabía que existían. Yo gemía su nombre sin control, agarrado a las sábanas, las trenzas pegadas a la cara por el sudor.
—Dilo —jadeó, sin dejar de embestir—. Di que te gusta.
—Me gusta —solté, sin un gramo de vergüenza—. No pares.
—No pensaba.
***
Y entonces la puerta principal del piso se abrió de golpe.
Cuatro voces, risas, olor a comida rápida y a cerveza barata colándose por el pasillo. Sus compañeros habían vuelto dos horas antes de lo que él había prometido. Hugo se quedó clavado dentro de mí, hasta el fondo, sin moverse ni un milímetro. Yo abrí los ojos como platos y contuve la respiración.
—¿Hugo? —gritó alguien desde la entrada—. ¿Estás en casa, tío?
Él me tapó la boca con la mano, despacio, mirándome a los ojos con una calma que me puso aún más cachondo de lo que ya estaba. No sacó la polla. Al contrario: muy lento, sin un solo ruido, empezó a moverse otra vez dentro de mí mientras del otro lado de esa puerta sus tres compañeros descargaban bolsas y discutían sobre dónde ver el partido.
Me han pillado. Me están follando como a un cualquiera en el piso de un estudiante de veintiuno y nunca en mi vida he estado tan duro, pensé, con la mano de Hugo amortiguándome los gemidos.
—Sí, estoy aquí —respondió él en voz alta, sereno, sin dejar de empujar contra mí—. Liado con una cosa. Ahora salgo.
—Vale, máquina. Hay birras en la nevera.
El absurdo de la conversación, lo cotidiano que sonaba todo al otro lado mientras él me partía en dos en silencio, me llevó al borde sin tocarme siquiera. Hugo lo notó. Bajó la mano de mi boca a mi garganta, sin apretar, solo para recordarme quién mandaba, y aceleró el ritmo todo lo que podía permitirse sin que crujiera la cama.
—No hagas ruido —me susurró al oído—. Como te oigan, no paro igualmente.
Esa frase me terminó. Me corrí sin que me hubiera tocado la polla en toda la noche, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar, sintiendo cómo me apretaba a su alrededor en oleadas. Él aguantó un par de embestidas más, me clavó las uñas en la cadera y se vació dentro de mí con un gemido ronco que ahogó contra mi cuello justo cuando el televisor del salón se encendía con el ruido de un anuncio.
***
Nos quedamos un rato así, recuperando el aire en la penumbra roja, el reguetón todavía sonando bajito y las voces de sus amigos de fondo como si nada hubiera pasado. Hugo salió de mí despacio, se dejó caer a mi lado en el colchón estrecho y me miró con una media sonrisa de chaval que sabe perfectamente lo que acaba de hacer.
—Tienes que esperar a que se metan en sus cuartos para salir —dijo, divertido—. O esperar a que vuelva a empezar.
Miré la hora en el móvil. Faltaba mucho para el amanecer, mi vuelo no salía hasta la tarde y aquel crío ya estaba apoyando otra vez la mano en mi muslo.
—No tengo ninguna prisa —respondí.
Y aquello, te lo juro, fue solo el principio de la noche.