El día que un desconocido me penetró por primera vez
Me llamo Marcos y tengo treinta y siete años. Esto que voy a contar no se lo he contado a nadie todavía, ni a mis amigos más cercanos, y sin embargo lo recuerdo con una claridad que me sorprende. Supongo que hay experiencias que el cuerpo no olvida aunque la cabeza quiera ordenarlas o minimizarlas.
Estuve nueve años con Sandra. Nueve años que empezaron bien, con el entusiasmo habitual de cuando uno tiene veintiocho y cree que ya ha encontrado lo que buscaba, y que terminaron con discusiones cada semana y un silencio entre los dos que pesaba más que las palabras. El problema principal nunca fue la falta de cariño, al menos al principio. Era el sexo. Sandra tenía unas convicciones muy arraigadas: decía que quería guardar ciertas cosas para cuando estuviéramos casados, que eso era importante para ella. Nada de mamármela, nada de que yo le comiera el coño, nada de meterla por detrás. Yo la respeté durante años. Lo intenté de verdad. Pero el deseo no desaparece porque uno decida ignorarlo, sino que se acumula, y ese deseo acumulado estaba cambiándome de formas que yo no terminaba de entender.
Cuando por fin rompimos, me sentí extrañamente libre y extrañamente perdido a la vez. Tenía una amiga, Rebeca, con quien salí un par de veces después. El sexo con ella era correcto, incluso agradable en ocasiones —me la follaba de misionero, alguna vez a cuatro patas, ella se corría rápido y yo detrás—, pero algo en mí seguía sin encajar. Era como intentar rellenar un hueco con el material equivocado: la forma no cuadra, por mucho que uno insista.
Lo de los hombres empezó de forma gradual. Primero era solo una mirada algo más larga de lo habitual en la calle o en el gimnasio. Luego empecé a notar ciertos cuerpos, ciertos rasgos, una determinada forma de moverse que me hacía detenerme un momento más de lo necesario. Un bulto marcado bajo el pantalón corto de deporte, un culo apretado subiendo una escalera, unos antebrazos con las venas hinchadas. Me decía que era curiosidad. Que era normal. Que pasaría.
No pasó.
***
Era una tarde de octubre cuando hice el viaje a la capital de la provincia para una revisión con el dentista, algo que llevaba posponiendo meses. Llegué con una hora de antelación, compré el billete de vuelta y me senté en uno de los bancos del vestíbulo de la estación a esperar.
Fue entonces cuando lo vi.
Estaba de pie junto a una de las taquillas automáticas, con una mochila pequeña colgada al hombro y el teléfono en la mano, mirando la pantalla con esa concentración distraída que tiene la gente cuando en realidad no está viendo nada. Tendría unos veintiséis años. No era alto, quizá uno setenta, pero tenía esa compacidad en el cuerpo que solo se consigue con disciplina real: hombros anchos, cintura estrecha, los antebrazos marcados bajo una camiseta que le quedaba justa. La piel oscura y lisa, el pelo negro cortado muy corto, los pómulos pronunciados. Tenía rasgos que apuntaban a algún lugar del cono sur, aunque no habría podido decir exactamente cuál.
Lo que más me llamó la atención fue el momento en que levantó la vista del teléfono y me miró directamente. No era la mirada de alguien que mira sin ver. Era una mirada que preguntaba algo.
No sé cuánto tiempo duramos así. Tal vez tres segundos. Tal vez menos. Él guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón —y ahí también noté un bulto que no me atreví a mirar dos veces— y se acercó con paso tranquilo. Me preguntó si sabía cuál era la salida más rápida hacia la calle principal. Le dije que podía mirarlo en el panel de información. Él sonrió levemente, como si el panel fuera lo último en lo que estaba pensando.
—Me llamo Diego —dijo.
—Marcos.
Hablamos durante veinte minutos de nada en particular: del calor que había hecho ese año, de si la ciudad había cambiado mucho últimamente, de qué hacía cada uno por allí. Le dije que vivía a cuarenta minutos en tren y que había venido a ver a un médico. Él dijo que tenía un piso alquilado a dos calles de la estación. Lo dijo con una naturalidad que claramente no era accidental.
—Si tienes tiempo antes de tu cita, puedo invitarte a algo. Hace calor y el piso tiene aire acondicionado.
Supe exactamente a qué iba a decir que sí.
Acepté.
***
Caminamos sin prisa por calles estrechas que olían a piedra caliente. Diego no intentó llenar el silencio con conversación innecesaria, y eso me tranquilizó más que cualquier palabra. Había algo en su manera de moverse, tranquila y directa, que hacía que el nerviosismo que yo tenía en el estómago fuera bajando poco a poco de intensidad.
El piso era pequeño pero estaba bien cuidado. Una estantería con libros de bolsillo, una televisión montada en la pared, una cocina abierta al salón con los platos ordenados en la repisa. No había ropa tirada en el suelo ni desorden acumulado. Diego sacó dos cervezas de la nevera y nos sentamos en el sofá. La conversación fue derivando poco a poco hacia territorio más personal: relaciones pasadas, qué tipo de personas nos atraían, qué tipo de tarde era esa.
Él no ocultaba nada. Hablaba de sus experiencias con hombres con la misma naturalidad con que podría hablar de su trabajo o de lo que había comido al mediodía. Me contó, sin bajar la voz ni cambiar el tono, que la última vez que había follado había sido dos noches antes, que el tipo lo había dejado el culo hecho polvo y que le había gustado. No había pose, no había provocación deliberada. Solo honestidad, sin capas. Pero mientras lo escuchaba noté que se me iba poniendo la polla dura dentro del pantalón, y no había forma de disimularlo.
Yo tardé más. Cuando por fin lo dije, lo hice mirando la etiqueta de la botella que tenía entre las manos.
—Nunca he estado con un hombre. No del todo. Lo he pensado, pero nunca lo he hecho. Nunca me han follado. Nunca he chupado una polla.
Diego no respondió enseguida. Dejó pasar un momento antes de hablar. Me puso la mano en el muslo, muy cerca de la ingle, sin apretar.
—¿Y ahora quieres?
La pregunta era simple. Sin trampa, sin presión. Sentí sus dedos subir un centímetro más y rozar el bulto de mi vaquero, y ahí ya no había vuelta atrás.
—Sí —dije. Y fue la primera vez que lo pronunciaba en voz alta, la primera vez que ese pensamiento dejaba de ser algo guardado para convertirse en algo real que ocupaba espacio en el mundo.
***
Se levantó y apagó la televisión. Luego vino hacia mí y me besó. Era un beso lento, sin urgencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo y supiera exactamente cuánto valía ese momento. Me metió la lengua despacio, me chupó el labio de abajo, y yo, sin darme cuenta, empecé a devolverle el beso con más hambre de la que quería mostrar. Mis manos no sabían bien qué hacer, así que las puse en sus hombros, que eran sólidos y cálidos bajo la tela de la camiseta. Él tenía una mano en mi mandíbula, no sujetándola sino apoyada ahí con suavidad, y la otra bajó directa a mi entrepierna y me apretó la polla por encima de la tela. Se me escapó un gemido dentro de su boca.
—Estás durísimo —me murmuró, sin dejar de besarme el cuello—. Llevas la polla marcada desde que entraste.
Me quitó la ropa con cuidado, pero sin lentitud fingida: me sacó la camiseta por la cabeza, me desabrochó el vaquero y tiró de él hasta los tobillos. Yo me quité los calcetines torpemente sentado en el sofá. Cuando bajó el calzoncillo, mi polla saltó hacia arriba, ya goteando por la punta. Diego se quedó mirándola un segundo, se pasó el pulgar por el labio de abajo y sonrió.
—Bonita polla, Marcos. Gorda.
Nunca me habían hablado así. Sentí el calor subirme a la cara y a las orejas y al mismo tiempo la polla me dio otro tirón, como si escucharlo fuera parte de la caricia.
Se quitó la camiseta, se bajó el pantalón corto y el bóxer de un tirón. Tenía el cuerpo liso, casi sin vello salvo en la zona del pubis, con una musculatura que no buscaba impresionar sino que simplemente estaba ahí, funcional, real. Y en el centro, colgando pesada entre los muslos, la verga. Gruesa, oscura, con las venas marcadas, la punta violeta ya asomando por debajo del prepucio a medio bajar. No estaba del todo dura y ya era más grande que la mía dura. Me quedé mirándola sin poder hablar.
Me pregunté si eso era posible.
—Ven acá —dijo, y se sentó en el borde del sofá con las piernas abiertas.
Me arrodillé en la alfombra entre sus rodillas sin que hiciera falta que me lo pidiera. La tenía a un palmo de la cara. Olía a jabón y a algo más denso debajo, un olor a hombre limpio y despierto que me hizo salivar sin querer. La agarré por la base con la mano derecha —pesaba, pesaba de verdad— y saqué la lengua para lamer la punta. Diego soltó el aire por la nariz.
—Despacio. No tienes prisa.
Le lamí toda la longitud desde los huevos hasta el glande, la primera vez que hacía algo así en mi vida, y noté cómo la piel se me erizaba en la nuca. Cuando me la metí en la boca, se me llenó entera. La punta me tocó el paladar y no supe qué hacer con la mandíbula. Diego me puso la mano en la nuca, no para empujar sino para orientar.
—Con los labios cerrados sobre los dientes. Y respira por la nariz. No la tragues entera, te vas a atragantar. La mitad basta.
Le hice caso. Empecé a mover la cabeza, torpe al principio, dejando que la saliva chorreara por la base y le mojara los cojones. Él me acariciaba la cabeza rapada, me apartaba un mechón de la frente. De vez en cuando soltaba un gruñido bajo, y cada gruñido suyo era una descarga directa a mi polla, que seguía dura y goteando entre mis piernas sin que nadie la tocara. Le chupé los huevos uno por uno mientras le hacía una paja con la mano. Los tenía tensos, subidos.
—Muy bien, Marcos. Aprendes rápido.
Cuando llevaba unos minutos así, él tiró de mí hacia arriba y me hizo tumbarme en el sofá. Se arrodilló entre mis piernas y me agarró la polla con la mano, sin lubricar, y se la metió en la boca de golpe hasta el fondo. Sentí la garganta abrirse alrededor de la punta y todo el cuerpo se me sacudió. Aquello no era una mamada normal. Aquello era otra cosa: la lengua enrollada por debajo, la garganta apretándome la punta, la mano libre acariciándome los huevos y bajando después al perineo y presionando ahí con un dedo. Nunca nadie me había tocado ahí. Nunca. Y esa presión mínima, junto con la boca, me hizo levantar las caderas del sofá.
—Voy a correrme —dije, con la voz quebrada—. Diego, voy a correrme.
Se apartó justo a tiempo, apretándome la base con el pulgar y el índice, y la sensación bajó de golpe.
—Todavía no. Aguanta.
Me miró desde abajo con los labios brillantes y la barbilla mojada de saliva y de mi propio líquido pre-seminal, y ahí supe con total certeza que lo iba a dejar hacerme lo que quisiera.
***
Cuando me pidió que nos pasáramos al cuarto, lo seguí.
El dormitorio era pequeño, con una cama de matrimonio que ocupaba casi todo el espacio y una mesilla de noche con una lámpara encendida en ángulo bajo. Diego sacó lubricante y una caja de condones del cajón con la misma naturalidad con que había sacado las cervezas antes. Se puso el condón delante de mí, mirándome a los ojos, y luego se echó lubricante en la mano y se untó bien toda la verga hasta la base. Me dijo que me pusiera a cuatro patas en el borde de la cama, apoyado en los codos, con el culo hacia él. Añadió que si en cualquier momento quería parar, nos parábamos. Sin más. Sin explicaciones necesarias.
Me coloqué como me pidió. Me sentí ridículamente expuesto durante un segundo —el culo levantado, las piernas separadas, todo abierto para él— y luego dejó de importarme. Escuché el clic del bote de lubricante otra vez y noté un dedo frío recorriéndome la raja, buscando el centro. Cuando encontró el agujero, empezó a masajearlo por fuera, en círculos, sin meter nada. Yo respiraba con la boca abierta contra la sábana.
El primer dedo entró despacio, muy despacio, hasta el nudillo. Me quedé quieto. No dolía exactamente, era más bien una sensación rarísima, ajena, como si mi cuerpo estuviera aprendiendo a reconocerse a sí mismo. Diego lo movió con calma, en pequeños círculos, y luego lo curvó hacia arriba y tocó algo dentro de mí que me hizo soltar un gemido de sorpresa contra el colchón.
—Ahí. Ya lo tienes.
Metió un segundo dedo. Ardió un poco. Los abrió en tijera, siempre curvando hacia adelante, machacándome ese punto una y otra vez hasta que la polla me chorreaba pre-semen sobre las sábanas sin que nadie me la tocara. Cuando metió el tercero yo ya estaba empujando el culo hacia atrás contra su mano, buscándolo.
—Estás listo, Marcos. Estás abierto.
Sacó los dedos y sentí la punta de la polla apoyarse contra el agujero. Era otra cosa completamente distinta. Mucho más gruesa. La primera sensación fue de presión. Una presión que no esperaba y que me hizo tensar todo el cuerpo de forma instintiva, como cuando uno anticipa algo y el cuerpo reacciona antes que la cabeza. Diego se detuvo de inmediato, con solo la cabeza dentro.
—Respira —dijo. La voz, tranquila—. Suelta el aire. Empuja hacia afuera como si fueras a cagar. Te vas a abrir tú solo.
Respiré. Empujé hacia afuera. Y noté cómo el anillo cedía y él resbalaba dentro dos, tres centímetros más. Él esperó. No se movió hasta que yo me moví primero.
La segunda vez fue diferente. El cuerpo fue cediendo poco a poco y la presión se fue transformando en algo más complejo, más difícil de nombrar. No era solo dolor, aunque había algo de eso en los bordes. Era también una especie de plenitud que no había sentido antes, como si algo que había estado vacío de una forma que yo ni siquiera había notado estuviera siendo finalmente ocupado. La verga se hundió otro tramo más y noté cómo su vientre me tocaba las nalgas: la tenía toda dentro. Toda. Me llenaba entero.
—Ya está. Ya la tienes toda —dijo, y me acarició la espalda de arriba a abajo con la palma abierta—. Quédate así. Cuando quieras me muevo.
Le pedí que se moviera con una palabra sola: vamos. Y él empezó, con embestidas cortas primero, cuidadosas, sacándola solo unos centímetros antes de volver a meterla hasta el fondo. Yo tenía la frente apoyada en el colchón y los ojos cerrados y empecé a moverme con él, buscando el ritmo, encontrándolo. La sensación de tenerlo dentro no se parecía a nada. Cada vez que empujaba, la punta me golpeaba ese punto que había encontrado antes con los dedos, y cada golpe me subía por la columna y me salía por la boca en forma de gemido corto.
—Así, Marcos. Abre bien el culo. Recíbela toda.
Las embestidas se hicieron más largas, más profundas. Me agarró por las caderas con las dos manos —esos dedos fuertes clavados en la carne— y empezó a follarme en serio. Ya no eran empujes cuidadosos: ahora sacaba la polla hasta casi la punta y la volvía a meter de golpe, y el sonido de su vientre chocando contra mis nalgas llenaba el cuarto, junto con el ruido húmedo del lubricante y mis gemidos que ya no intentaba contener.
—Dime cómo la sientes.
—Gorda —conseguí decir contra la sábana—. Enorme. No pares.
—No voy a parar.
Me toqué a mí mismo mientras él seguía dentro de mí y la combinación de las dos sensaciones fue escalando hasta que ya no pude pensar en otra cosa, hasta que el resto del mundo —la cita con el dentista, el tren de vuelta, todo— desapareció. Diego cambió el ángulo: se inclinó sobre mi espalda, apoyó una mano al lado de mi cabeza y con la otra me tiró del hombro hacia atrás, embistiéndome desde arriba, más hondo todavía. Me mordió la nuca. Me susurró al oído cosas que en cualquier otro contexto me habrían escandalizado y que ahí me pusieron aún más cachondo.
—Mira cómo te la tragas. Mírate. Nunca te habían follado y ya pides más.
—Más —dije, y era verdad—. Más fuerte.
Me la clavó más fuerte. Me la clavó hasta que el somier empezó a golpear contra la pared. La mano con la que me estaba haciendo la paja se movía sola, ya sin pensar. Sentí la corrida subir desde los cojones, imparable, y llegué al orgasmo con la cara enterrada en la almohada y un sonido que no había hecho antes saliendo de mi garganta. Fue largo. Fue intenso de una forma que no esperaba. Me corrí a chorros sobre la sábana debajo de mí, y cada chorro coincidía con una embestida suya que me sacaba otra sacudida del cuerpo. El culo se me apretó alrededor de la polla en espasmos, y lo escuché soltar un gruñido gutural detrás de mí.
—Joder, Marcos. Me estás ordeñando.
Diego terminó segundos después. Lo noté en cómo se tensó, en cómo hincó los dedos en mis caderas, en el sonido que hizo contra mi espalda —un gemido ronco, apretado entre los dientes— y en los tres, cuatro tirones fuertes con los que se vació dentro del condón, muy hondo, en un sitio de mí que no sabía que existía. Se quedó quieto un momento, con el peso de su pecho apoyado en mi espalda, respirándome en la nuca, sin hablar ninguno de los dos. Sentí cómo la verga latía dentro todavía, con los últimos espasmos. No había necesidad de palabras.
Salió de mí despacio, sujetando la base del condón con la mano. Noté el vacío de golpe, un vacío raro, y el agujero palpitándome, abierto. Me giré sobre la espalda todavía jadeando y él se dejó caer al lado, se quitó el condón, lo anudó y lo tiró a la papelera de la mesilla sin mirar.
***
Nos duchamos por separado. Yo tenía la cita con el dentista en menos de una hora y no podía llegar tarde: era la segunda vez que la pedía y si no aparecía, probablemente me quitaran de la agenda hasta el mes siguiente. Bajo el agua caliente me pasé la mano entre las nalgas y noté cómo estaba todo hinchado y sensible, y solo con rozarme me volvió a subir un latigazo de placer al bajo vientre. Me vestí rápido en el cuarto. Diego apareció en la puerta del baño con una toalla alrededor de la cintura y una expresión que no era de despedida sino de algo más provisional, como quien deja una puerta entreabierta.
Me acompañó hasta la entrada.
—Si vuelves por aquí —dijo—, ya sabes dónde es esto. Y ya sabes lo que hay.
Me dio su número sin pedirme el mío. Lo interpreté como lo que era: una forma de dejarme la decisión completamente a mí, sin presión en ninguna dirección.
Lo guardé en el teléfono sin saber todavía si lo usaría.
***
Los dos días siguientes estuve con molestias. No eran graves, pero sí constantes: una incomodidad al sentarme, al subir escaleras, al hacer movimientos bruscos. Cada vez que me apretaba contra la silla, el ardor sordo del agujero me recordaba con exactitud lo que Diego me había hecho, y por dentro se me disparaba otra vez el calor a la polla. Me acordé de su voz diciéndome que respirara. Me acordé de sus manos en mis caderas, de la pausa que hizo cuando yo me tensé, del momento exacto en que la presión cedió y apareció otra cosa en su lugar. Me acordé del sabor de su verga en la boca y del peso de sus huevos contra mi barbilla.
Me la casqué las dos noches pensando en él, y las dos me corrí más rápido y más fuerte de lo que me había corrido en años.
Lo que sentí con él fue más real que lo que había sentido en años. Más presente. Más mío, en un sentido que no sé explicar del todo con palabras. No era mejor ni peor que lo que había conocido antes: era diferente de una forma que sí importaba, que no podía ignorarse.
No sé bien cómo llamar a lo que soy ahora. Tampoco creo que importe especialmente encontrar la etiqueta correcta. Lo que sé es que algo en mí se ha reorganizado de forma irreversible, y que ese cambio no me asusta. Al contrario: es la primera vez en mucho tiempo que siento que estoy siendo honesto conmigo mismo.
Lo que pasó en ese piso a dos calles de la estación no fue el final de nada. Fue el principio de algo que todavía no tiene nombre, y con eso me basta por ahora. El número de Diego sigue en mi teléfono. Y sé que en algún momento, muy pronto, voy a marcarlo.