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Relatos Ardientes

Salí a correr al anochecer y no volví igual

Salí a correr esa noche, como casi todos los miércoles, cuando el Parque de María Luisa ya estaba medio vacío y el aire de marzo se colaba por los pliegues de la camiseta y enfriaba el sudor en la espalda. A las nueve y media, los paseos principales se quedaban con las farolas amarillentas como única compañía, y los pocos paseantes desaparecían rumbo al barrio de Los Remedios.

Yo iba por el sendero que bordea el estanque de los lotos, pero a la altura de la Glorieta de Bécquer me desvié hacia el sur, donde el follaje se cierra y los ruidos de la avenida se apagan del todo. Es una zona que conocía bien. Senderos estrechos entre cipreses altos, setos densos, esquinas oscuras donde la luz apenas llega.

Ahí es donde suelen pasar cosas que nadie ve. Yo llevaba los auriculares puestos y no prestaba atención. Vi una sombra a lo lejos que no supe ubicar y, cuando reduje el ritmo, los distinguí: tres figuras paradas en el cruce que sube hacia la fuente de los Leones.

El más alto, el de la coleta corta, levantó la mano cuando pasé junto a ellos.

—Ey, espera, tío. Un segundo —dijo.

Me detuve, respirando fuerte, con el pecho subiendo y bajando. El pelo largo se me pegaba a la cara y los leggings marcaban cada línea del cuerpo.

—¿Qué pasa? —pregunté.

El flaco, el de los ojos claros y la perilla rapada, se acercó un paso y miró por encima del hombro para asegurarse de que no venía nadie por el sendero.

—Nada grave. Es que nos hemos quedado sin pasta para volver. ¿Nos puedes echar un cable? Veinte euros y nos vamos tranquilos —pidió.

Metí la mano en el bolsillito de la cintura de los leggings y saqué lo que llevaba.

—Tengo diez. Lo siento, no llevo más.

El de la coleta no cogió el billete. Eso fue lo primero que me escamó. Se quedó mirándome de arriba abajo, despacio, como si estuviera midiendo algo. Los ojos se le detuvieron en mis piernas, en la curva del culo bajo la tela elástica, en el pecho que se marcaba bajo la camiseta fina y empapada.

—Olvídate del dinero —murmuró—. Ahora que te veo bien, joder, se me ha antojado otra cosa.

Dio un paso hacia mí y la voz le cambió.

—Qué cosa más rica eres. Cara de no haber roto un plato, pelo largo, culo respingón. Pareces una nena y sé perfectamente que eres un tío. Y eso me pone a mil.

El flaco soltó una risa baja y se colocó por el otro lado.

—Joder, sí que es raro. Pero está bueno el cabrón. Mírale cómo tiembla.

El tercero, el corpulento de los brazos llenos de tatuajes, se pasó la mano por la nuca y miró a sus colegas.

—Estáis locos, pero… ¿y si lo probamos? Aquí no nos ve nadie. El parque está muerto a estas horas.

Di un paso atrás, sacudiéndome la mano que ya intentaba alcanzarme la nuca.

—Quitadme las manos de encima. No me toquéis, joder. Dejadme en paz o grito.

La voz me salió aguda, nerviosa, pero con rabia. Intenté zafarme y golpeé con el codo el pecho del flaco. Le di flojo, pero suficiente para que retrocediera un paso.

—Os he dicho que no. Largaos de una puta vez.

El de la coleta no se inmutó. Me agarró por la muñeca con una mano como tenaza, torciéndomela hacia atrás hasta que el dolor me hizo doblarme un poco.

—Tranquilo, nene. No hagas el tonto. Aquí dentro no te va a oír nadie.

Tiré con todo lo que tenía y le solté una patada hacia las espinillas. El corpulento se movió rápido, me rodeó por la cintura con un brazo enorme y me levantó del suelo como si no pesara nada. Mis pies patalearon en el aire un segundo.

—¡Bájame, hijo de puta! ¡Soltadme ahora mismo!

El flaco metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una navaja pequeña, de esas plegables con hoja fina. La abrió con un clic seco que resonó en el silencio del parque.

Me quedé blanco. No me lo esperaba. Me acercó la hoja a la cara, sin tocarme, lo suficiente para que viera el brillo del acero bajo la luz lejana de una farola.

—Mira, bonito. Puedes gritar lo que quieras, pero como sigas pataleando te vamos a hacer un dibujito en esa carita tan mona. ¿Quieres eso? ¿O prefieres portarte bien y que disfrutemos todos?

Me quedé quieto de golpe. El miedo me subió por la garganta como bilis. El corpulento me tenía sujeto contra su pecho ancho y caliente. El de la coleta me soltó la muñeca, pero me agarró del pelo largo con fuerza y me tiró la cabeza hacia atrás hasta que solo veía el cielo negro entre las ramas.

—Buen chico. Así me gusta. Ahora camina con nosotros. Sin tonterías, ¿eh? O esta navajita te hace un recuerdito.

Me empujaron hacia el sendero que se mete entre los setos, al sur de la Glorieta de Bécquer. Intenté frenar los pies en la grava, pero el corpulento me levantó casi en volandas y me arrastró los últimos metros. El flaco iba delante con la navaja, abriendo camino entre el follaje denso que rozaba mis brazos y amortiguaba cualquier ruido.

Llegamos a uno de esos rincones circulares: un pequeño claro escondido dentro de los arbustos, sin farolas directas, con un banco de hierro viejo medio oxidado y cubierto de hojas. Ahí pararon.

El corpulento me soltó por fin, pero me empujó contra el tronco de un ciprés grueso, de espaldas a él. El de la coleta me clavó los hombros contra la corteza.

—Ya está, pequeño. Se acabó el numerito. Ahora te vas a portar bien y nos vas a dejar disfrutar de ese culito que traes.

El flaco guardó la navaja, pero la dejó visible en el bolsillo, como advertencia.

—Abre las piernas. O te las abrimos nosotros.

Me temblaban las rodillas. El miedo y la rabia se mezclaban con algo que no quería nombrar. Me bajaron los leggings con un tirón lento y la tanga negra se fue con ellos. El frío de la noche me erizó la piel, pero las manos calientes que se me pegaron a los muslos lo contrarrestaron en seguida.

—Mira qué culito firme. Parece una nena. Y encima el maricón lleva tanga —se rio el flaco.

El de la coleta se inclinó cerca de mi oído.

—Antes de que cada uno te coja por turno, te vas a hincar de rodillas y te vas a comer cada una de nuestras pollas. Eso si quieres que te la metamos despacio y no te dejemos hecho un cromo. Tú decides.

El terror me cerró la garganta. Miré la navaja asomando en el bolsillo del flaco y supe que no tenía elección. Me temblaban tanto las piernas que casi me caigo al bajar. Me arrodillé despacio sobre la tierra fría y húmeda del claro, las hojas secas crujiendo bajo las rodillas desnudas.

El suelo irregular me clavaba piedrecitas en la piel, pero no me quejé. Bajé la cabeza y el pelo largo castaño cayó sobre mi cara como una cortina. Levanté los ojos hacia ellos, vidriosos.

Primero fue el de la coleta. Se plantó delante con las piernas abiertas, se bajó el pantalón de chándal y su polla gruesa y oscura saltó libre, ya medio dura y palpitante, apuntándome a la boca.

—Empieza por mí, putita. Usa las manos también, que quiero sentirte entero.

La cogí con las dos manos: la izquierda en la base gruesa, la derecha subiendo y bajando por el tronco mientras abría la boca. Empecé lamiendo la cabeza, saboreando el gusto salado y fuerte de sudor y precum. Después la metí entera, despacio al principio, hasta que tocó el fondo de mi garganta.

Usé las manos para masturbar lo que no entraba, apretando y girando. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, la nariz rozando el pubis rizado, arcadas fuertes que me hacían llorar, pero no paraba. Bajé las manos a los huevos pesados, los masajeé, tiré con cuidado. Él gruñó y me agarró el pelo.

—Joder, qué garganta más profunda tienes, maricón. Trágala toda, así.

Aceleré, la garganta abierta al máximo, saliva chorreándome por la barbilla y por sus huevos. Sentí cómo se hinchaba, cómo palpitaba contra la lengua. Me empujó la cabeza hasta el fondo y explotó. Chorros calientes y espesos disparados directos a la garganta. Tragué una, dos, tres veces, sin sacarla, sintiendo el sabor amargo bajando por el esófago. No dejé caer ni una gota.

—Buen chico. Hasta la última.

Cuando sacó, jadeando, me limpié los labios con el dorso de la mano y pasé al flaco. Él ya estaba duro, con una polla un poco más curva, las venas marcadas. Me cogió la cara con una mano y me la metió hasta el fondo de un empujón.

—Ahora yo, bonito. Quiero ver cómo te ahogas con la mía.

La cogí igual: una mano en la base, la otra masturbando el tronco mientras la metía hasta el fondo. Garganta profunda sin pausa, arcadas que me hacían convulsionar, pero seguí, la nariz pegada a su piel, la lengua girando alrededor. Mis manos no paraban. Él gemía más alto.

—Hostia, qué boca de puta. Más hondo, sí. Así.

Me folló la garganta con embestidas cortas y fuertes. Cuando llegó, me sujetó la cabeza inmóvil y descargó dentro: semen abundante, caliente, que tragué con dificultad, sintiéndolo bajar a borbotones. Tosí un poco cuando sacó, pero tragué el resto.

Por último, el corpulento. Su polla era enorme, la cabeza como un puño cerrado. Me miró desde arriba con media sonrisa.

—Termina el trabajo, marica. Y usa las dos manos como si te fuera la vida en ello.

La agarré con las dos manos desde el principio: una en la base, la otra rodeando el tronco porque no entraba entera en la boca. La chupé con desesperación, la garganta abierta al máximo, bajando hasta que sentí náuseas fuertes y lágrimas rodando por las mejillas.

Las manos masturbaban lo que quedaba fuera, rápido y firme, mientras tragaba alrededor de la cabeza. Él me cogió el pelo con las dos manos y empujó.

—Así, zorra. Trágala toda. Quiero sentir cómo te ahogas.

El ritmo se volvió brutal. Arcadas constantes, saliva y lágrimas mezcladas, pero no paré. Cuando explotó, fue como un torrente: chorros espesos que llenaron mi boca hasta rebosar. Tragué una y otra vez, tosiendo, sintiendo cómo me quemaba la garganta, pero tragando todo hasta dejarla limpia.

Los tres se quedaron mirándome, jadeando, mientras yo seguía de rodillas, los labios hinchados, la cara y la barbilla brillantes de saliva y restos, el pecho subiendo y bajando.

El de la coleta sonrió satisfecho.

—Buen trabajo, putita. Ahora sí. Vamos a follarte como te mereces.

***

Me levantaron entre los tres como si no pesara nada y me tumbaron de espaldas sobre el banco oxidado y frío. El hierro me clavó en la espalda, pero el cuerpo ya ardía y no me importó. El corpulento se arrodilló entre mis piernas, me las abrió de golpe con sus manos enormes y se colocó encima en posición de misionero.

Su polla gruesa, aún brillante de saliva, presionó contra mi agujero ya tibio y abierto por la excitación forzada.

—Mira qué coñito de marica tienes. Todo mojado. Vas a tragar polla hasta que llores, putita.

Empujó de una sola vez, profundo, hasta el fondo. Sentí cada centímetro estirándome, la cabeza gorda abriendo camino, las venas rozando las paredes internas. Embestía lento pero brutal, saliendo casi entero y volviendo a clavar hasta que sus huevos chocaban contra mis nalgas. Cada golpe me hacía jadear y, contra lo que quería admitir, empecé a gozar. Mi pecho con ginecomastia leve rebotaba bajo la camiseta empapada.

—Así. Aprieta ese culito de nena. Me estás ordeñando la polla, joder. ¿Te gusta sentirla tan adentro?

Una palmada firme en el costado me hizo contestar.

—Sí. Sí, me gusta.

Lo susurré entre gemidos, con la voz rota. Mientras me follaba con ritmo creciente, el de la coleta se subió al banco y se arrodilló sobre mi pecho. Me cogió la cara y me metió la polla hasta la garganta otra vez.

—Abre esa boquita sucia. Vas a chuparme mientras te abren el culo como a una puta barata.

La metió hasta el fondo, follándome la boca con embestidas cortas y profundas. Arcadas y náuseas constantes, saliva chorreando por las mejillas y el cuello, pero él no paraba.

—Trágala toda, maricón. Siente cómo te follo la garganta mientras te revientan el culo por abajo.

El flaco se masturbaba al lado, esperando su turno.

—Mira cómo le tiemblan las piernas. Le encanta que se lo den por el culo como a una hembra. Dale más fuerte, que se le salgan los ojos.

El corpulento cambió con el flaco. Este entró de golpe, más curvo, tocando puntos distintos dentro de mí. Embestidas rápidas, profundas, que hicieron que mi polla pequeña goteara sin parar sobre el vientre.

—Hostia, qué apretado estás todavía. Parece que nunca te han follado bien. Toma, toma, toma. Te voy a dejar el culo como un coladero.

Los turnos se sucedieron así un rato largo, cambiando posiciones, sin correrse aún, solo subiendo la tensión. Sudor, saliva, gemidos bajos y obscenidades constantes.

—Te vamos a follar toda la noche, nene. Hasta que amanezca y tengas el culo hinchado y lleno de leche.

—Dilo, zorra. Di que quieres que te reviente el culo.

Otra palmada en el muslo me sacó la respuesta.

—Quiero. Quiero que me revienten el culo. Por favor.

***

Después de un buen rato en misionero, me giraron de golpe. Me pusieron a cuatro patas sobre el banco, el culo en pompa, las rodillas sobre el hierro frío y las manos apoyadas en el borde oxidado. Postura de perrito.

El de la coleta entró primero por detrás, agarrándome las caderas delgadas con fuerza y clavándome los dedos en la carne.

—Ahora sí, putita. En perrito como la perra que eres. Mira cómo se abre ese culito cuando te la meto hasta los huevos.

Embestidas salvajes, profundas, que hacían rebotar mi pecho con cada golpe. El banco crujía. El flaco se colocó delante y me metió la polla en la boca otra vez.

—Chupa mientras te follan, maricón. Siente cómo te la clavan hasta el fondo del culo. ¿Te gusta que te traten como un agujero con piernas?

—Sí. Me gusta. No paréis.

El corpulento esperaba, masturbándose, y luego cambió con el de la coleta. Su polla más gruesa me abrió aún más, el estiramiento brutal, un dolor extraño que me hacía gemir alto.

—Joder, qué rico suena cuando le entra entera. Aprieta, zorra, aprieta que quiero sentirte convulsionar.

Turnos largos en perrito, cada uno follándome con intensidad, cambiando sin correrse. El frío de la noche se había olvidado por el calor de los cuerpos.

Finalmente, me levantaron y colocaron al corpulento tumbado en el banco. Me sentaron encima a horcajadas. Bajé despacio sobre su polla, empalándome hasta el fondo, sintiendo cómo me llenaba completo.

—Móntame, putita. Sube y baja como una buena zorra. Muévete ese culito de nena.

Empecé a moverme, las manos apoyadas en su pecho ancho. El de la coleta se colocó detrás, empujó y entró también por el mismo agujero. Doble penetración. Dos pollas rozándose dentro, estirándome al límite, el ardor y el placer mezclados hasta que solo quedaba placer forzado.

—Joder. Dos pollas en tu culo de marica. Siente cómo te abrimos. ¿Te gusta estar así, empalado como una puta?

—Sí. Sí. Me encanta. No paréis.

El flaco se subió al banco y me metió la polla en la boca, follándome la garganta mientras los otros dos me abrían por abajo. Turnándose en las posiciones, uno tumbado, doble anal conmigo encima, el tercero en la boca. Cambios lentos, profundos, obscenidades constantes.

—Mira cómo chorrea. Le encanta que le den por el culo en dos. Vas a tragar tres leches calientes antes de que amanezca.

—Dilo otra vez, zorra. Di que eres nuestra puta del parque.

—Soy. Soy vuestra puta del parque. Fólladme hasta que no pueda caminar.

Pasaron horas. Cambios infinitos, embestidas profundas, dobles penetraciones brutales, garganta follada sin piedad. Hasta las tres o cuatro de la madrugada, cuando el cielo empezaba a clarear levemente sobre los cipreses.

Finalmente, uno tras otro, se corrieron dentro. Chorros calientes llenándome el culo hasta rebosar, semen chorreando por mis muslos. El último me sacó y me pintó la cara y el pecho con lo que le quedaba. Yo había explotado varias veces durante la noche, temblando, salpicando sus cuerpos y el banco.

Me dejaron tirado allí, sentado de lado sobre el hierro frío. Las prendas, los leggings, la tanga y la camiseta, desperdigadas entre las hojas. Tenía el culo abierto y goteando semen abundante, la cara y el pecho salpicados, el pelo revuelto pegado a la frente sudorosa, los labios hinchados, la respiración agitada. El cuerpo dolorido, saciado, tembloroso bajo el frío que volvía a calar.

El de la coleta se agachó un último segundo y me dio una palmada firme en el culo.

—¿Te gustaría repetir mañana? Si es así, andaremos por aquí sobre la misma hora. Te aconsejo que vengas con el culo preparado, porque la próxima vez te vamos a dejar peor.

Se fueron riéndose bajito por el sendero oscuro. Yo me quedé un rato inmóvil, sintiendo cómo el semen seguía saliendo, la mente en blanco, el cuerpo exhausto. Y lo peor era que todavía me tocaba acabar de atravesar el parque para volver a casa.

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Comentarios (5)

NicoLibre

que relato!!! me dejo sin palabras, de verdad

LucasVerano

Por favor seguí con esto, quedé con muchas ganas de mas. La espera va a matar jaja

VictorK19

me recuerda a algo que viví hace tiempo... esa sensacion de que una noche te cambia sin que te des cuenta. Muy bien captado

RafaelNoche

Excelente narrativa, muy bien logrado el ambiente del parque de noche. De los mejores que lei en este sitio

Caminante88

Lo leí de una sentada y eso que ya era tarde. No pude parar, eso habla muy bien del relato

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