El examen del urólogo terminó de otra manera
Lo de los achaques con la edad nadie te lo cuenta bien. Te lo van soltando en frases sueltas: cuídate la espalda, vigila la presión, no te olvides del azúcar. Y un día te das cuenta de que esos achaques ya no son recordatorios sino vecinos que se mudaron a vivir contigo. Yo cumplí los sesenta y dos hace dos meses, soy diabético insulinodependiente desde los cuarenta, y desde hacía algún tiempo arrastraba un asunto que prefería no nombrar: dolor sordo al orinar y la sensación de que algo, ahí abajo, no funcionaba como antes.
Mi esposa murió hace once años. Desde entonces vivo solo en un piso del centro de Rosario, con dos plantas que riego mal y un gato gordo que se llama Cipriano. La vida sexual la había dado por terminada hacía mucho. No por falta de ganas, sino porque la diabetes me trajo una disfunción que me ahorró el trámite de buscar consuelo en cualquier parte. O eso me decía a mí mismo.
Cuando el médico de cabecera me derivó al urólogo, me costó marcar el teléfono. Hay algo de pudor antiguo, casi infantil, en pensar que un desconocido va a meterte un dedo por el culo para palparte una glándula. Demoré la cita dos semanas. La sacaba, la cancelaba, la volvía a sacar. Hasta que el dolor decidió por mí.
El consultorio quedaba en una calle tranquila, en un edificio antiguo de fachada amarilla. La sala de espera tenía sillones gastados y un acuario sin peces. La secretaria, una mujer de unos cincuenta años con el pelo recogido en un moño tirante, me hizo firmar un papel y me dijo que el doctor Aguirre me atendería en cinco minutos.
Doctor Aguirre. El nombre sonaba a profesor de literatura.
No me preparé para lo que apareció cuando se abrió la puerta del despacho. El hombre que me invitó a pasar debía tener mi edad, quizá un par de años más. Alto, ancho de espaldas, con el pelo entrecano cortado muy corto y la mandíbula marcada por una barba de tres días. Llevaba un polo azul oscuro debajo de la bata abierta. Tenía esa estampa de hombre que envejeció bien, sin disimular las canas ni esconder las arrugas, y le sentaba endemoniadamente bien.
—Buenas tardes, Eduardo —dijo extendiendo la mano—. Pase, pase. ¿Quiere agua?
Le dije que no. Me senté en la silla del otro lado de su escritorio y traté de no quedarme mirándolo demasiado.
Hablamos primero de lo evidente: cuándo había empezado el dolor, con qué frecuencia me levantaba a orinar de noche, qué medicación tomaba para la diabetes. Su voz era grave, pausada. Me hacía las preguntas mirándome a los ojos, sin la prisa del consultorio público, y yo le respondía sintiéndome más expuesto de lo que el caso ameritaba.
—Voy a tener que hacerle un tacto rectal —dijo después de un rato, casi como si pidiera permiso—. Es una molestia, lo sé. Pero a su edad y con sus antecedentes es lo primero que conviene descartar.
—Lo sé —respondí—. Vengo preparado.
Me salió la frase con un tono que sonó más insinuante de lo que pretendía. O quizá no. Él levantó una ceja, lo justo para hacerme entender que la había registrado, y siguió como si nada.
—Bien. Pase detrás del biombo, bájese el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas y túmbese de costado en la camilla, con las rodillas dobladas hacia el pecho. Vamos a estar tranquilos.
El biombo era de tela verde gastada. Detrás había una camilla, un taburete y un carrito metálico con guantes, gasas y un tubo de lubricante. Reconocí la marca; era el mismo que había en mi mesita de noche durante años, sin que nadie lo usara conmigo.
Mientras me bajaba los pantalones, me oí el corazón. No era miedo. Era otra cosa, algo que llevaba mucho tiempo guardado.
Hace décadas que no me ponía nervioso por nadie.
El doctor apareció con los guantes ya puestos. Se sentó en el taburete a la altura de mis caderas y me apoyó la mano enguantada en la cadera, justo encima del hueso.
—Va a sentir un poco de frío con el lubricante. Respire normal. Si le molesta, me avisa.
—No me va a molestar —dije, y otra vez sentí que la frase había salido sin que yo eligiera el matiz.
Él se demoró un instante. Lo sentí. Después abrió el tubo, dejó caer una buena cantidad de gel en sus dedos y, con la otra mano, me separó las nalgas con una suavidad que no parecía estrictamente clínica. Me pasó el pulgar por la raya del culo, arriba y abajo, embadurnándome, dejándome resbaladizo antes siquiera de intentar entrar. Sentí cómo el frío del gel me bajaba por el perineo y me goteaba hasta los cojones, y él lo dejó gotear, sin secarlo, como si le divirtiera verme mojado ahí abajo.
El primer contacto fue justo lo que decía el manual: el dedo índice presionando despacio, entrando con cuidado. Lo notable fue lo que vino después. En lugar de retirarse rápido, como hacen los médicos apurados, doctor Aguirre se entretuvo. Movió el dedo en círculos, lo profundizó hasta el nudillo, lo dejó quieto, lo volvió a mover. Encontró un punto abultado ahí adentro y lo apretó despacio, con la yema, y a mí se me escapó un jadeo que ya no tenía nada de médico. Volvió a apretarlo. Y otra vez. Cada vez que rozaba esa zona, yo sentía un tirón eléctrico que me bajaba a la polla y me la iba levantando contra el papel de la camilla. Estaba palpando una próstata, sí, pero también estaba haciéndole entender a mi cuerpo que aquello era otra cosa.
Y mi cuerpo entendió.
Llevaba años sin que se me pusiera dura sin pastilla. Años. Y ahí, tirado de costado en una camilla con un dedo ajeno hasta el fondo del culo, sentí cómo se me llenaba la entrepierna de una manera que ya no recordaba. La polla me palpitaba contra el muslo, gorda, dura como no la recordaba, con la punta ya mojándome la piel. Solté un quejido. Solo uno, pero suficiente.
—¿Le duele? —preguntó él, y supe por el tono que sabía perfectamente que no me dolía.
—No.
—¿Quiere que pare?
—No.
Hubo un silencio largo. Su dedo seguía dentro, moviéndose con una paciencia que era casi cruel. Metía y sacaba, giraba, y cada dos o tres embestidas volvía a apretarme la próstata con una precisión que me hacía apretar los dientes contra la sábana de papel. Con la otra mano, la que me había separado las nalgas, empezó a rozarme el interior del muslo, subiendo y bajando, sin llegar nunca a los huevos. Rozando y no tocando. Yo no podía verle la cara. Solo escuchaba su respiración, más pesada que al principio, y el ruido húmedo del gel cada vez que su dedo entraba y salía.
—Eduardo —dijo en voz baja—, lo que voy a preguntarle no es médico.
—Lo sé.
—¿Hace mucho que no…?
—Mucho.
—¿Con un hombre alguna vez?
—Nunca.
Sentí que sacaba el dedo despacio, y después la presión de su mano abierta sobre mi cadera. Me giró hasta dejarme boca arriba. La polla se me quedó parada contra el vientre, y él la miró sin disimulo, con una media sonrisa que era casi de orgullo. La bata se le había abierto del todo. Tenía el bulto del pantalón pronunciado, y no hizo nada por disimularlo. Al contrario: se lo acomodó con la mano por encima de la tela, con lentitud, para que yo viera de qué tamaño era la cosa que empujaba desde adentro.
—Si me dice que pare ahora mismo, paro —murmuró—. Si me dice que siga, cerramos la puerta y seguimos. Lo que decida queda entre usted y yo.
Yo no tenía palabras. Asentí. No fue siquiera un asentimiento entero, solo un movimiento de barbilla. Él lo entendió como una rúbrica.
Se levantó, fue hasta la puerta del despacho y la cerró con llave. Cuando volvió, ya no traía la bata puesta. Se la había sacado y la había dejado sobre la silla del escritorio. Bajo el polo azul se le marcaba un pecho ancho, todavía firme para la edad, con el vello asomando por el cuello de la prenda.
—Quítese todo —dijo, y por primera vez su voz dejó de ser la del médico.
Obedecí. Me bajé del todo el pantalón, me saqué los zapatos, los calcetines, la camisa. Me quedé sentado en la camilla, desnudo, con la polla dura apuntándome al ombligo, con el cuerpo de un señor de sesenta y dos años que hace tiempo no se mira en espejos. Y él, en lugar de notar lo que yo notaba, se acercó y me pasó la palma de la mano por el pecho, por el vientre, por los muslos, despacio, como quien reconoce un terreno conocido por primera vez. Bajó hasta la polla, me la agarró por la base con la mano entera y la sopesó, sin masturbarme, solo sintiéndome el peso y la dureza en la palma.
—Mira cómo la tienes —murmuró—. Y decías que no se te levantaba.
—Hace años que no la veía así.
—Tranquilo —dijo—. Aquí no hay prisa.
Me pasó el pulgar por la punta, recogió la gota que me había asomado y se la llevó a la boca. Se la chupó del dedo mirándome a los ojos. Yo sentí que se me contraía el culo solo, alrededor del vacío que había dejado su dedo.
Después se desnudó él. Primero el polo, después el pantalón. Tenía el cuerpo de un hombre que cuidó lo que pudo: barriga moderada, pectorales descolgados pero todavía marcados, piernas fuertes. Cuando se bajó el calzoncillo, le vi por primera vez la verga. Gruesa, larga, ya endurecida, curvada un poco hacia arriba, con un nido espeso de vello entrecano y los huevos colgándole pesados debajo. La punta le brillaba, ya mojada. Verla me cortó la respiración.
—¿Quiere probarla? —preguntó, otra vez con esa entonación de quien ya sabe la respuesta.
No respondí con palabras. Me dejé caer de rodillas en el suelo de la consulta, sobre la alfombra fría, y se la metí en la boca. La primera verga ajena de mi vida a los sesenta y dos años, y la tomé como si lo hubiera hecho mil veces. La textura me sorprendió. La piel suave moviéndose sobre una dureza absoluta. El sabor salado del preseminal me llenó la lengua enseguida. La manera en que él me apoyaba la mano en la nuca, sin empujar, solo guiando.
—Así, despacio —murmuraba—. Sácala, mírala, chúpame la punta. Eso es. Ahora abajo, todo lo que puedas.
Yo obedecía cada instrucción. Le sacaba la polla de la boca, le pasaba la lengua por el glande, se la volvía a meter tratando de llegar más adentro cada vez. Se me acumulaba la saliva en la comisura y se me caía por la barbilla hasta el pecho, y él la usaba, me embadurnaba con dos dedos toda la verga, me la ponía resbaladiza para que le entrara mejor. Le agarré los huevos con una mano, los sopesé, se los apreté suave, y él soltó un gruñido ronco que me llenó de un orgullo raro. Le chupé lo que pude. No supe hacerlo bien, supongo, pero a él pareció no importarle. Cuando la sacaba a respirar, me la pasaba por la mejilla, por la barba, me la restregaba por los labios cerrados para que yo la volviera a abrir.
—Ábrela —decía—, dale, ábreme la boca.
Y yo la abría. Me decía cosas en voz baja, cosas que no se le oye decir a un médico: cómo le gustaba, qué bien lo hacía un principiante, cuánto se notaba que llevaba años esperando aquello sin saberlo. Que tenía la boca de un hombre que había fingido demasiado tiempo. Cada palabra me ardía en algún sitio nuevo, y cada palabra me la metía yo mismo más al fondo, hasta que él me apoyó la punta contra la garganta y ahí sí lo sentí, arcada y todo, y él aflojó y me dejó respirar.
—Perfecto —susurró—. Aprendes rápido.
Cuando sentí que se le tensaba todo el cuerpo, que los huevos se le apretaban contra el cuerpo y la verga se le hinchaba todavía más en mi boca, me apartó la cabeza.
—No así —dijo—. La primera no se desperdicia.
Me levantó del suelo agarrándome de las axilas, casi sin esfuerzo, y me volvió a tumbar boca abajo en la camilla. Esta vez no me dobló las rodillas. Me empujó hacia abajo con la mano abierta en la espalda y, con la otra, alcanzó otra vez el tubo de lubricante. Me abrió las nalgas con la mano izquierda, dejando ver el agujero, y me echó el chorro frío directamente ahí, chorreándome hasta los huevos.
—Voy a ir despacio —dijo—. Si te duele, me lo dices.
Y entonces, justo cuando él se inclinaba sobre mí, oí el ruido. La cerradura del despacho. Un clic mínimo, casi imperceptible. La puerta se entreabrió y por la rendija apareció el moño de la secretaria. No entró. Solo se quedó allí, mirando, con la mano todavía en la llave maestra. Doctor Aguirre la miró por encima del hombro sin apartar los dedos de mi culo.
—Está bien, Marta —dijo, sin dejar de tocarme—. Quédate si quieres.
Ella no contestó. Cerró la puerta detrás de sí, suave, y se quedó de pie contra la pared, junto al biombo. No dijo nada en todo el rato. Solo miraba, con los brazos cruzados debajo del pecho, sin pestañear.
Tendría que haberme dado vergüenza. Quizá hace diez años me la habría dado. Pero en ese momento solo sentí que aquella mujer formaba parte del cuarto, como el carrito metálico o el biombo verde, y que su mirada hacía todo todavía más real. No me cubrí. Aguirre tampoco. Al contrario: me separó todavía más las nalgas para que ella también viera, para que ella también lo tuviera claro.
Cuando me la metió, lo hizo en serio. Primero un dedo, ya con más gel, hasta el fondo, moviéndolo en gancho hacia arriba para volver a rozarme la próstata. Después dos, y ahí sí sentí el estirón, la molestia del principio que se me iba convirtiendo en otra cosa a medida que él insistía. Después tres, abriéndome con una paciencia minuciosa, girándolos, separándolos adentro para que yo aflojara. Yo gemía contra la sábana de papel, y cada gemido me sonaba ajeno, como si saliera de un hombre que no había sido yo hasta esa tarde. Tenía la polla aplastada contra la camilla, chorreando, dejando una mancha húmeda en el papel. Marta seguía contra la pared, inmóvil, pero yo la sentía mirándome ahí, mirándome el culo abierto y los tres dedos de él entrando y saliendo con ruido húmedo.
—Mira cómo se abre —le dijo él por encima del hombro—. Como si llevara toda la vida esperándolo.
Marta no respondió. Yo enterré la cara en el papel.
—¿Listo? —me preguntó.
—Sí.
Sacó los dedos y me apoyó la punta de la polla contra el agujero. La sentí primero como un peso, redonda, ancha, mucho más grande que los tres dedos. Empujó suave, insistió, y en un momento el anillo cedió y me la metió hasta la mitad de una sola presión larga. Solté un grito ahogado contra la sábana. No fue de dolor. Fue del susto de tener algo así de vivo dentro.
—Aguanta —dijo él, quieto, sin moverse—. Respira. Aguanta y respira.
Me quedé quieto debajo de él, con la polla ajena hincada hasta la mitad del culo, sintiendo cómo mi cuerpo se iba acomodando a lo imposible. Después el resto, despacio, en empujes cortos que iban ganando terreno. Cada empuje me la metía un poco más y cada retirada me dejaba jadeando. Cuando estuvo dentro del todo, cuando sentí los huevos apoyados contra los míos y el vello del pubis rozándome las nalgas, se quedó quieto. Me apretó la cadera con las dos manos. Le oí soltar un suspiro largo, como si él también llevara años esperando aquello.
—Ya está toda —dijo en mi oído—. La tienes toda. ¿Ves como podías?
—La tengo toda —repetí, y me oí la voz rota.
Después empezó a moverse. Al principio con cuidado, midiéndome, sacándola casi entera y volviéndola a meter despacio, para que yo la sintiera bien, para que yo aprendiera qué era eso. Después más profundo, más rápido, más entero. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestirme en serio, con un ritmo largo y hondo, chocando contra mis nalgas con un ruido de carne mojada que llenaba la consulta. Yo me agarraba al borde de la camilla, con los nudillos blancos, y a cada embestida se me escapaba un gruñido que ni yo mismo reconocía. Sentí la cara contra el papel, sentí el sudor de su cuerpo pegándose a mi espalda, sentí sus huevos golpeándome los míos con cada movimiento, sentí incluso —y eso fue lo más raro— la mirada de Marta como una mano más, atravesándome desde la pared.
—Tan apretado —jadeaba él contra mi nuca—. Tan apretado como si nunca lo hubiera usado. Nunca lo usaste, ¿verdad? Ni un dedo tuyo, en sesenta y dos años.
—Nunca —logré decir.
—Míralo, Marta —le dijo a la mujer sin dejar de embestirme—. Mira cómo aguanta.
Oí que ella se movía por primera vez. Un roce de tela. Un paso, dos, para acercarse. La sentí al lado de la camilla, casi encima de mí, mirándome desde arriba. No me tocó. Solo miraba. Vi de reojo su falda oscura, sus manos apoyadas en el borde de la camilla, muy cerca de mis dedos. Y a mí, en lugar de espantarme, aquello me hizo levantar el culo un poco más para él, para los dos.
Aguirre se dio cuenta. Se rió bajo, ronco.
—Mira, mira cómo lo pide.
Cambió el ritmo. Se retiró casi entero y me la clavó de golpe, hasta el fondo, buscándome otra vez la próstata desde adentro. Cuando la encontró, cada embestida me pegaba justo ahí, y a mí se me contrajo el vientre entero. Sentí que la polla, aplastada contra la camilla, se me ponía todavía más dura sin que nadie la tocara. Se me empezó a acumular algo abajo, un tirón hondo, distinto del que conocía, como si el orgasmo se estuviera armando desde otro sitio.
—Me voy a correr —jadeé contra el papel—. Sin tocarme, me voy a correr.
—Aguanta —dijo él, sin frenar—. Aguántame un poco más.
No pude. A la tercera embestida en ese punto, me solté. Sentí la corrida salirme a chorros pegada a la camilla, sin haberme puesto ni un dedo encima, un orgasmo tan largo y tan hondo que me dobló los brazos y me hizo dejar la cara contra el papel. El culo se me apretó alrededor de él con cada oleada, y él soltó un gruñido salvaje.
—Ahí está —jadeó—. Ahí está. Así se corren los hombres.
Siguió embistiendo mientras yo todavía me sacudía, aprovechando el temblor de mi cuerpo, y en dos o tres empujes más se enterró hasta el fondo y se vino dentro de mí. Lo noté caliente, abundante, chorro a chorro, y supe por su quietud súbita que llevaba semanas guardándolo. Se quedó encima de mí un rato largo, respirando contra mi cuello, todavía dentro, sintiendo cómo se le vaciaba la verga a golpes dentro de mi culo.
No sé cuánto duró todo. Diez minutos, quince, una hora. El tiempo en una camilla no se mide igual.
Cuando por fin salió, lo hizo con suavidad. Lo sentí escurrirse despacio, y detrás de la polla noté un hilo tibio que me bajaba por el perineo hasta los huevos: era él, saliéndose de mí. Marta lo vio también. Bajó los ojos, siguió el rastro. Aguirre le hizo un gesto con la cabeza. Ella asintió y salió de la consulta, cerrando la puerta otra vez sin ruido.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Estoy bien.
Me trajo una toalla pequeña del baño anexo, de esas que solo usan los médicos. Me limpió él mismo, con un cuidado que me hizo cerrar los ojos. Me pasó la toalla por las nalgas, entre las nalgas, por los huevos, por el vientre donde la corrida mía se había pegado al papel. Después se vistió, se puso otra vez la bata como si nada y volvió al despacho mientras yo me incorporaba.
Cuando salí de detrás del biombo, ya vestido, él tenía la receta lista. Me la entregó sin sonreír, con la misma seriedad profesional con que me había recibido.
—Vamos a hacerle un PSA y una ecografía la semana que viene —dijo—. Marta le da turno a la salida.
—De acuerdo.
Me acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, bajó la voz.
—Los jueves por la tarde es cuando tengo menos pacientes. Si quiere venir más seguido, busque siempre los jueves.
Los jueves. Lo apunté en la cabeza como quien apunta una fecha importante.
Marta me dio el turno con la misma cara neutra de antes, sin mirarme distinto. Salí a la calle. Era media tarde, hacía sol, y por primera vez en años caminé tres cuadras sin pensar ni en la próstata, ni en la diabetes, ni en Cipriano esperándome con hambre en el piso. Caminaba raro, un poco abierto, sintiendo todavía el hilo tibio de él bajándome por dentro del pantalón, y esa incomodidad era, sin exagerar, lo mejor que me había pasado en diez años.
***
Hace ya cuatro meses de aquella primera cita. Voy todos los jueves. A veces vamos solos, y él me tira boca arriba en la camilla, me levanta las piernas hasta los hombros y me folla mirándome a los ojos, con la polla enterrada hasta los huevos, hablándome sucio hasta que me vengo sin manos, como aquella primera tarde. A veces, cuando él se da cuenta de que estoy de buen ánimo, le hace una seña a Marta y ella entra a mirar desde la pared, como aquella primera tarde, sin decir una palabra, con los brazos cruzados debajo del pecho, viendo cómo su jefe me llena el culo de semen. Es una relación rara, lo sé. Empezó como un examen y se convirtió en algo para lo que ni siquiera tengo nombre.
Pero, a los sesenta y dos años, después de tanto silencio, hay cosas para las que uno ya no necesita ponerle nombre. Basta con que existan.