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Relatos Ardientes

Vendí mi alma para enamorar a mi vecino

Las luces de la avenida parpadeaban como un cardumen de peces en la oscuridad. Desde mi ventana del piso once, las miraba cada noche, una constante muda que acompañaba mi insomnio. Vivía solo, en un departamento estrecho que olía a café frío y a libros sin leer, en uno de esos edificios de cristal que se levantan en el centro como dientes torcidos.

Tenía veintinueve años, un trabajo de oficina que me daba para pagar el alquiler y nada más, y una rutina tan exacta que podía recitarla con los ojos cerrados.

Eso, hasta que Mateo se mudó al departamento de enfrente.

Lo vi por primera vez en el ascensor. Llevaba una caja con un cactus encima y se reía solo del esfuerzo. Tenía mi edad, quizá un año más. Pelo castaño, mandíbula afilada, manos grandes. Cuando me preguntó si vivía en el mismo piso, su voz me atravesó como una corriente. Le dije que sí, que mi puerta era la de enfrente. Sonrió y dijo:

—Vecinos, entonces.

Esa palabra se me clavó en algún lugar imposible.

A partir de ese día, mi rutina cambió. Aprendí sus horarios sin proponérmelo. Salía a las siete y veinte de la mañana. Volvía a las seis y cuarto. Los miércoles llegaba más tarde, con olor a humo de bar. Los viernes traía a Camila, una mujer alta de pelo rojo que se reía demasiado fuerte y que me miraba con la indiferencia tibia que se le tiene a un mueble en el pasillo.

Yo calculaba mis salidas para coincidir con él. Inventaba excusas para tirar la basura cuando lo oía cerrar la puerta. Me cruzaba con él en el portal, en el ascensor, en la tienda de la esquina. Saludaba siempre con la misma frase y la misma sonrisa, y él me devolvía algo cordial, algo cortés, algo que no era nada.

Cada uno de esos encuentros me partía un poco por dentro.

***

Una tarde de otoño, volviendo del trabajo, vi un cartel pegado en un poste. Una hoja amarilla, plastificada, con letras hechas a mano: «Brujo Eustaquio. Amarres de amor. Resultados garantizados.» Un número de teléfono. Una flecha hacia una puerta verde, dos cuadras más allá.

Pasé de largo. Volví a la noche siguiente. La tercera vez golpeé la puerta.

El hombre que abrió no se parecía a lo que yo había imaginado. No tenía sombrero ni collares ni pinta de feria. Era un señor flaco, de unos setenta años, con anteojos manchados y un suéter gris. Vivía en un departamento que olía a incienso barato y a sopa. Me invitó a pasar. Me sirvió un té que no toqué.

—¿De quién se trata? —preguntó, sin rodeos.

Le conté de Mateo. De la novia. De cómo cada saludo en el ascensor me dejaba sin aire por horas. Hablé más de lo que había hablado en años. El brujo escuchaba con los ojos cerrados, asintiendo de vez en cuando.

—Lo que tú quieres es un amarre fuerte —dijo al fin—. De los que no se rompen solos. De los que cuestan.

—¿Cuánto?

—No me refiero a dinero —contestó. Me miró con una calma que me erizó la nuca—. Hablo de un pacto. El señor que vive del otro lado no presta favores gratis. Lo que él entrega después lo cobra. Siempre.

Le pregunté qué significaba eso. Me dijo que no lo sabría hasta que llegara la hora. Le pregunté si podía echarme atrás. Me dijo que sí, que la puerta seguía ahí.

No me fui.

***

El ritual duró menos de lo que esperaba. El viejo encendió velas negras sobre una mesa cubierta de sal gruesa. Murmuró palabras en un idioma que no entendí y que no me animé a anotar. Me hizo cortar con una navaja chata el dedo índice y dejar caer tres gotas sobre una foto de Mateo que yo había sacado a hurtadillas, semanas antes, mientras él esperaba el ascensor.

Cuando todo terminó, el viejo me extendió la foto.

—Vas a fumar sobre esto cada dos días. Sin falta. Una bocanada larga, sostenida, dirigida a la cara de él. Si fallas una vez, el hilo se rompe. Si se rompe, lo que él va a sentir por ti no vuelve.

—Yo no fumo.

—Vas a aprender.

Me puso un atado de cigarrillos negros en la mano. Me cobró menos de lo que cuesta una cena en cualquier restaurante decente. No me miró cuando me fui.

***

Esa misma noche, Mateo golpeó la puerta de mi departamento.

Llevaba dos copas de vino en la mano y una sonrisa que yo no le había visto nunca. Dijo que había sobrado vino de una cena, que no quería tomar solo, que pensó en mí. Me miraba como nadie me había mirado en mi vida. Lo dejé pasar. Le conté chistes flojos. Se rio como si le importaran. Cuando se fue, dos horas después, me besó en la comisura. Un beso lento, dudoso, que no era de despedida.

Cerré la puerta, fui al baño y vomité por la emoción.

Los días siguientes fueron una fiebre. Camila dejó de venir. Mateo me buscaba a la salida del trabajo, me esperaba en el portal con dos cafés, me pedía permiso para subir antes de que yo lo pensara. Hablábamos hasta las tres de la mañana sentados en mi sofá. Me contó cosas que no le había contado a nadie. Yo le creí todo.

Y cada dos días, cuando él se quedaba dormido o se metía en la ducha, yo me encerraba con la foto y soplaba humo sobre su cara.

***

El primer año fue lo más cerca que estuve de la felicidad. Mateo se mudó a mi departamento por la primavera. Trajo el cactus, dos cajas de libros y una manera de habitar el espacio que lo cambió todo. Cocinaba para mí. Me dejaba notas en el espejo. Me llamaba por mi nombre con una entonación que era solo suya. La gente del edificio nos saludaba en pareja. En las cenas con sus amigos, me presentaba sin titubear.

Por las noches, cuando se dormía con la cabeza sobre mi pecho, yo lo miraba y me preguntaba si lo que él sentía era de verdad o si era el humo. Después dejaba de preguntarme.

No quería saber.

El segundo año empecé a toser.

Una tos seca, persistente, que aparecía a la madrugada. La atribuí a los cigarrillos. Compré pastillas, dejé de fumar delante de él, escondí los atados en una caja de zapatos arriba del placard. Buscaba cualquier momento solo para cumplir con el ritual. Si Mateo se iba al supermercado, yo aprovechaba. Si se quedaba dormido en el sillón, yo me metía en el baño con la foto y abría la ventana para que el humo se fuera.

La paranoia se me instaló en el pecho como un segundo corazón.

El tercer año vino el dolor.

***

Un dolor sordo, profundo, debajo del esternón. Las escaleras me dejaban sin aliento. Las mañanas me costaban más. Mateo me pidió que fuera al médico. Le dije que sí. Inventé citas. Inventé resultados. Le mostré recetas falsas.

Cuando por fin fui, ya era tarde.

El oncólogo no usó rodeos. Dijo «pulmón», dijo «avanzado», dijo «meses». Salí del consultorio con la sensación de caminar sobre una capa fina de hielo. En la sala de espera había una madre con un nene en brazos. El nene me miró fijo, como si supiera algo.

No le conté a Mateo. Le dije que era una bronquitis. Empecé a faltar a las fumadas. Una vez. Dos veces. Tres veces seguidas, porque el ataque de tos no me dejaba siquiera prender el fósforo.

El amor se evaporó como agua hirviendo.

***

Mateo se fue volviendo otro de a poco. Primero, las notas en el espejo dejaron de aparecer. Después, dejó de cocinar. Una mañana me miró desde la mesa del desayuno con una expresión que no le había visto antes: confusión, casi miedo, como si no supiera qué hacía en mi casa.

—Damián —dijo, y mi nombre le sonó raro en la boca—. ¿Hace cuánto que estamos juntos?

—Tres años.

—No me acuerdo de cómo empezó.

Empezó a buscar a Camila. Ella ya estaba en pareja. Llamó a sus amigos viejos. Algunos no le contestaron. Otros le hablaron con esa cortesía rara que se les tiene a los enfermos. Una tarde, mientras yo estaba acostado en la cama con oxígeno, lo escuché hablar por teléfono en el balcón.

—No sé qué hice estos tres años —decía—. No sé quién soy.

Esa noche armó dos valijas. Me besó en la frente como si yo fuera un tío lejano. Me pidió perdón sin saber por qué pedía perdón. Cerró la puerta despacio. No volvió a mirar atrás.

***

Me quedé solo, en el departamento que olía otra vez a café frío. La foto de Mateo seguía en la caja de zapatos, intacta, y yo ya no tenía aire para soplar humo sobre ella. La tiré. La saqué de la basura. La volví a tirar. La saqué.

La última noche, no podía respirar acostado. Me senté contra el respaldo, con la foto en la mano. Pensé en aquel té que no toqué en el departamento del viejo brujo. En la palabra «vecinos», dicha en un ascensor por un hombre que me parecía mi salvación. En las velas negras. En el dedo cortado.

Lo que él entrega después lo cobra. Siempre.

Lo entendí entonces. No era el cáncer lo que estaba pagando. No era el cuerpo. Era todo lo demás. Eran los tres años fabricados, el amor que nunca había sido mío, el espejismo que me sacaron del armario y dejaron del otro lado del cristal mirando hacia adentro.

El cuarto se llenó de un olor a azufre que ya conocía. La luz del velador parpadeó. Y por una vez en mi vida, no tuve miedo. Solo cansancio. Un cansancio antiguo, espeso, que venía de mucho antes de Mateo, de mucho antes del brujo, de mucho antes de aquel cartel amarillo en un poste.

Cerré los ojos.

Alguien, del otro lado, sonrió.

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Comentarios (4)

LeonNoche

Que bueno!! Me engancho de entrada y no pude parar hasta el final. Bravo.

Fabri_23

Por favor segui escribiendo, necesito saber como termina esto. Me quede con muchas ganas de mas

Romulo_BA

Me sorprendio mucho la vuelta del cartel amarillo, muy original. No me esperaba ese giro para nada

nochedeluna77

Ay, me trajo recuerdos. Yo tambien tuve mi vecino imposible... aunque yo no llegue a tanto jaja

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