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Relatos Ardientes

Una paja en el vestuario y lo que vino después

El vestuario del gimnasio estaba vacío a esa hora. Las nueve y media de la noche, justo antes del cierre. Solo quedaban los fluorescentes zumbando y el eco lejano de una ducha goteando al fondo. Yo seguía sentado en el banco, con la toalla cubriéndome la cintura y la respiración todavía agitada.

Acababa de correrme. Una paja rápida, sucia, escondida en el último rincón. El semen se enfriaba sobre mi vientre y la verga seguía latiendo, sensible al menor roce. No había sido suficiente. El fuego superficial se había apagado, pero algo más hondo seguía ardiendo dentro de mí, una necesidad que iba mucho más allá de un orgasmo apurado.

Cerré los ojos y dejé que la cabeza se hundiera en aguas oscuras.

Imaginé que entraba alguien. Un tipo que llevaba horas observándome desde la zona de pesas. Moreno, peludo, con esa actitud de quien sabe exactamente lo que quiere. Se paraba delante de mí, se bajaba el pantalón corto y me apoyaba la polla contra los labios sin decir nada. Solo el olor a sudor seco, intenso, a macho que ha entrenado durante una hora.

—Chúpamela —decía con la voz ronca.

Y yo abría la boca como si llevara la vida entera esperando esa orden. Me la metía hasta el fondo, sin contemplaciones. Sentía el glande golpeándome la garganta, los dedos enredados en mi pelo, las pelotas peludas chocando contra mi mentón. La saliva me caía por la barbilla y se mezclaba con las lágrimas del esfuerzo.

—Trágatela toda, cerdo —gruñía mientras me follaba la boca con embestidas brutales.

Mi propia mano había vuelto a la polla sin que yo me diera cuenta. Estaba dura otra vez, goteando sobre el banco. El morbo de imaginarme usado como un simple agujero me tenía al borde de un segundo orgasmo sin necesidad de moverla apenas.

Abrí los ojos. El vestuario seguía vacío. Solo la fantasía. Pero el cuerpo no entendía de fantasías: la verga me palpitaba contra la toalla, el corazón me retumbaba en las sienes, y un hambre concreta, animal, se me había instalado bajo el ombligo.

***

Salí a la calle con la mochila al hombro y el frío me golpeó la cara. Caminé sin rumbo durante un rato, intentando que el aire me bajara la temperatura. No funcionó. Cada portal oscuro, cada hombre que pasaba demasiado cerca, cada mirada cruzada en un semáforo, lo registraba mi cabeza con una claridad nueva. Era como si me hubieran reconectado el cerebro para procesar el mundo únicamente a través del sexo.

Saqué el móvil. Abrí una aplicación que había instalado meses atrás y que apenas había usado. Tres mensajes esperando. Uno desde hacía una semana, dos desde esa misma tarde. Pollas en miniatura, ofertas, preguntas directas. Mi cuerpo reaccionaba a cada notificación con una oleada de calor que ya no podía controlar.

Contesté a uno sin pensarlo demasiado.

—¿Sigues disponible?

La respuesta llegó en segundos.

—En media hora. Puerta entreabierta. Cuarto piso.

***

El portal olía a humedad. Subí las escaleras de dos en dos. La puerta estaba como había dicho: entornada, un hilo de luz amarilla escapándose por la rendija. Empujé y entré.

El piso olía a cerrado, a tabaco viejo, a soledad de hombre que vive solo desde hace demasiado. Un pasillo oscuro, y al fondo, una puerta con luz.

—Pasa —dijo una voz.

Era mayor de lo que esperaba. Sesenta y tantos, barriga, camiseta interior de tirantes amarillenta. No era atractivo. De hecho me repelió un poco. Pero la polla se me puso más dura, la boca se me humedeció y el culo se me contrajo en anticipación. El cuerpo quería esto, daba igual lo que opinara la cabeza.

—Cuarenta por chupármela. Sesenta si te dejo la cara llena y caminas así hasta tu casa —dijo sin mirarme a los ojos.

—Cuarenta —contesté.

Me arrodillé entre sus piernas mientras él se bajaba el chándal. La verga era pequeña, blanda todavía, con el prepucio sin lavar. Olía a hombre que lleva días sin tocar el agua. Y aun así, cuando cerré los labios alrededor de aquella carne fláccida, una descarga me recorrió desde la nuca hasta los talones. No era un placer bonito. Era algo más animal, más desesperado.

Endureció dentro de mi boca, despacio. Gimió. Me cogió del pelo.

—Joder, chupas como si te fuera la vida en ello —dijo.

Aquellas palabras me excitaron más que cualquier piropo. Porque eso era lo que yo quería ser en ese momento. Carne que respira. Boca que traga.

Me folló la garganta sin medida, golpeándome el fondo con embestidas descoordinadas. Yo jadeaba alrededor de su verga, los ojos me lloraban, la saliva me empapaba el cuello de la sudadera. Mi propia polla estaba tan dura dentro del pantalón que dolía con cada arcada.

Se corrió sin avisar. Chorros calientes me inundaron la boca con un sabor a sal y lejía. Tragué por reflejo y él gimió satisfecho. Pero no terminó ahí. Me la sacó y descargó lo último sobre mi cara, manchándome la frente, los párpados, las mejillas.

—Ponte de pie —ordenó.

Obedecí. Me metió dos billetes de veinte en el bolsillo y me señaló la puerta con la barbilla.

—Lárgate. Y no te limpies hasta llegar a casa. Si lo haces, no te vuelvo a llamar.

***

Salí a la calle con la cara cubierta de semen. Caminé pegado a las paredes, pero aun así la gente me veía. Una mujer apartó la mirada con asco. Un chaval se rió por lo bajo. Un hombre de mediana edad me miró con una mezcla de deseo y desprecio que hizo que la verga me latiera dolorosamente bajo la tela.

Cada paso era una tortura. No de vergüenza —bueno, también— sino de excitación incontrolable. El semen se secaba sobre la piel, tirante, marcándome como lo que era. Y lo peor era que no quería llegar a casa. Quería seguir así, expuesto, usado, sucio.

El móvil vibró cuando todavía iba por la mitad del trayecto. Otro mensaje.

—¿Cuánto por un rapidito ahora?

Y ya estaba escribiendo el precio antes de darme cuenta.

***

El segundo vivía a tres calles. Un chaval de veintipocos. Demasiado guapo para estar pagando por sexo, pensé en cuanto me abrió. El piso estaba ordenado, limpio, con plantas en la ventana y libros en la estantería. Eso me descolocó. Esperaba otra cueva. Otro desecho humano como el primero.

—Quítate la ropa —dijo con una voz suave que contrastaba con la orden.

Me desnudé y él me observó sin expresión. Caminó a mi alrededor lentamente, evaluándome como si yo fuera ganado en una subasta. Cuando pasó por detrás, sentí su aliento en la nuca.

—Date la vuelta. Inclínate.

Obedecí. Me agarré a la mesa mientras él se arrodillaba detrás de mí. Esperaba que me penetrara, que me escupiera en el culo, que hiciera cualquiera de las cosas violentas que mi cuerpo estaba pidiendo a gritos. Pero no hizo nada de eso.

Me besó el culo.

Suave. Casi tierno. Sus labios recorrieron mis nalgas con una delicadeza que me rompió algo por dentro. Porque no la merecía. Porque no era lo que necesitaba. Porque la dulzura dolía más que cualquier brutalidad.

Lloré. No supe por qué, pero las lágrimas cayeron sobre la mesa mientras aquel desconocido me adoraba el culo como si yo fuera algo precioso.

—¿Por qué lloras? —preguntó sin dejar de besarme.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Tenía razón. Lloraba porque aquel tipo me estaba tratando como a una persona, y yo en ese momento no quería ser una persona. Las personas tienen que tomar decisiones, tienen que explicar cómo han llegado hasta ahí, tienen que sentir vergüenza. La carne no. La carne solo existe, respira, se deja usar. Era más fácil ser carne.

—Túmbate en la cama —dijo.

Las sábanas olían a suavizante. Me coloqué boca arriba y él se subió encima sin penetrarme. Me miraba a los ojos mientras la mano bajaba hasta mi polla y la agarraba con firmeza. Empezó a masturbarme despacio, sin prisa, sin urgencia.

—Mírame —ordenó cuando intenté cerrar los ojos.

Los abrí, y ahí estaba, observándome con una intensidad que me desnudaba más que estar literalmente desnudo. Lo veía todo: la desesperación, el asco, el placer, la confusión. Y no apartaba la mirada.

—Córrete —susurró.

No pude evitarlo. El cuerpo obedeció como si sus palabras fueran interruptores conectados directamente a mi sistema nervioso. Me corrí con una violencia que me arqueó la espalda, gritando, mientras los chorros salían entre nuestros cuerpos. Él no apartó los ojos en ningún momento.

Cuando terminé, se limpió la mano con una toalla que tenía preparada en la mesita. Se levantó, abrió un cajón y sacó un sobre.

—Aquí hay doscientos —dijo dejándolo sobre mi pecho—. Pero no quiero que te vayas todavía.

—¿Qué quieres entonces?

—Que me cuentes por qué lo haces.

Me reí. Una risa horrible, rota, llena de histeria mal contenida.

—No lo sé.

—Otra vez mientes.

Se tumbó a mi lado, apoyando la cabeza en la mano. No había juicio en sus ojos. Pero tampoco compasión. Solo curiosidad. Como si yo fuera un fenómeno natural que estuviera estudiando.

—No puedo parar —admití por fin. Las palabras salieron solas, vomitadas después de horas tragándomelas—. Mi cuerpo quiere esto todo el tiempo. No es que me guste o no me guste. Es que lo necesito, como respirar. Y lo peor es que soy consciente. Sé exactamente lo que estoy haciendo, lo bajo que estoy cayendo, y aun así no puedo parar.

—¿Y qué se siente?

—Como estar ahogándose pero no morirse nunca. Como ser espectador de la propia destrucción.

Él asintió despacio.

—¿Quieres que te ayude a parar?

—No.

—¿Quieres que te ayude a caer más hondo?

Silencio. Porque la respuesta era sí y ambos lo sabíamos.

Se levantó, fue al armario y volvió con una caja. La abrió delante de mí. Cuerdas, pinzas, un collar de cuero con su correa, varios consoladores de tamaños distintos. No me explicó nada. Solo dejó la caja en la cama, a mi lado, y esperó.

—Esta noche no —dije al final.

—Esta noche no —repitió él, asintiendo—. Pero vendrás otra vez.

No era una pregunta. Y los dos sabíamos la respuesta.

Me vestí en silencio. Él me acompañó hasta la puerta. Antes de abrir, me apoyó la palma en la nuca y me besó la frente. Suave. Como quien marca a un animal que sabe que volverá a casa.

—Cuando vuelvas —dijo—, trae la mente preparada. El cuerpo ya lo tienes listo desde hace mucho.

***

Salí a la calle. Eran más de las dos de la mañana. Caminé hacia mi piso con el sobre en el bolsillo, el semen del primer tipo seco sobre la piel y la voz del segundo todavía resonándome en la cabeza.

Cuando llegué a mi portal, me detuve un instante con la espalda contra la pared fría. El móvil vibró otra vez. No miré quién era. Lo sentía latir en el bolsillo como un segundo corazón, paciente, sabiendo que tarde o temprano lo abriría.

Subí a casa, me metí en la ducha y dejé que el agua corriera. El semen se disolvió. Las marcas no.

Me miré al espejo empañado y vi a alguien parecido a mí, pero no exactamente yo. Alguien que sabía algo nuevo. Alguien que ya no podría volver atrás aunque quisiera.

Cerré los ojos. La polla seguía dura.

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Comentarios (4)

Fercho22

Buenisimo!!! De lo mejor que lei en mucho tiempo, seguí subiendo relatos así

RodriBA

El giro del final no me lo esperaba para nada. Muy buen trabajo, se hizo corto

NachoCba

me recordo a una situación parecida que viví hace años en el gym... ese momento en que te das cuenta que no estás solo jaja. Genial el relato

Tomy_cba

Esperando la segunda parte! Quedé con muchas ganas de saber como siguió todo

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