Le mostré a mi novio la foto que me hizo dudar de todo
Llevo once años con Mateo. Once años exactos desde aquel domingo de septiembre en el que coincidimos en un bar de Palermo y él insistió en pagarme el segundo trago. Antes de él yo era otra persona, o más bien era la mitad de la persona que soy ahora. Un chico que escondía su lado femenino debajo de capas de ropa ancha, de gestos forzados y de chistes que no le causaban gracia a nadie. Después de la secundaria me convencí de que esa parte mía no le iba a gustar a nadie, así que la encerré con candado y tiré la llave.
Mateo la sacó del clóset sin pedir permiso.
La primera vez que me invitó a su casa me pidió que me quedara a dormir. Yo no había llevado ropa de cambio y él me ofreció una de sus remeras. Cuando me la puse, me miró desde la cama y me dijo que se me veía mejor a mí que a él. No estaba coqueteando. Lo decía con esa convicción tranquila que tiene para todo, esa misma que después aprendí a reconocer cuando habla de bases de datos, de algoritmos o de los acordes que practica con la guitarra los domingos por la tarde.
Mateo trabaja en el área de finanzas de una consultora internacional. Es el hombre más inteligente que conocí en mi vida. Sabe de matemáticas, sabe de computación, sabe explicarme la diferencia entre un bono y una acción sin que me dé sueño. Yo, en cambio, traduzco subtítulos desde casa y atiendo llamadas en inglés para una empresa de tecnología. Trabajo en pijama, casi siempre con auriculares puestos y casi siempre con una tanga debajo del pantalón de algodón. Esa es una de las cosas que él me enseñó a no esconder.
Vivimos juntos desde hace ocho años en un departamento de un cuarto piso, con una ventana grande que da a un patio interno. La rutina nuestra es bastante predecible: yo trabajo de día, él vuelve a las siete, cenamos, miramos algo, cogemos. Tenemos mucho sexo. Más del que se considera socialmente saludable, supongo. Pero ninguno de los dos se queja, y mi puesto remoto me permite estar disponible cuando él tiene un hueco entre reuniones.
Lo que les quiero contar pasó hace tres años, una noche cualquiera de marzo. Estábamos cogiendo. Yo en cuatro patas sobre la cama, él detrás, agarrándome las nalgas con las dos manos y diciéndome cosas al oído que prefiero no repetir acá. Sentía el pene profundo, hasta el fondo, hasta donde se mezcla el dolor con esa sensación rara que solo conoce el que pasa por ahí. Mateo respiraba como respira él cuando está cerca de acabar: bajo, ronco, sin teatralidad. Yo estaba en otro plano.
Acabó adentro. Se quedó un segundo así, todavía dentro, respirándome en la nuca, y después se acostó al lado mío. Me pasó el brazo por la cintura y me dijo que me quería.
—Yo también —respondí, sin pensar, porque era lo que había que responder.
Se levantó a bañarse. Yo me quedé bocarriba, todavía agitado, mirando el ventilador del techo. Tomé el celular de la mesita. Abrí Instagram.
Sigo varias cuentas de chicas trans. Algunas son amigas de la facultad de mi novio, otras son perfiles que me gustan estéticamente: cuerpos que admiro, cinturas que quisiera tener, esa clase de admiración que es mitad envidia y mitad deseo. Esa noche el algoritmo me empujó otra cosa. Un chico. Un femboy, dirían en internet. Tenía el pelo lacio, cayéndole sobre los hombros como una cortina negra. Llevaba una tanga blanca de encaje. Las nalgas eran enormes y firmes, redondas de un modo que solo se logra entrenando dos años en un gimnasio con un entrenador caro. La piel sin un solo pelo. La cara, andrógina y simétrica, con una boca grande y los ojos pintados con un delineado finito.
Me quedé mirando la foto más tiempo del que debía.
Y entonces pensé una cosa que no había pensado nunca: si Mateo viera a este chico, si lo cruzara en la calle, si este chico le tirara la onda en una fiesta, ¿lo dudaría? ¿Lo dudaría aunque sea un segundo?
No lo dudaría.
Esa fue la respuesta que se me apareció sola, sin filtros, y se me clavó en el pecho como una astilla. Sentí el calor todavía adentro mío, el resto de él goteándome despacio, y al mismo tiempo sentí frío. Es una mezcla muy específica que ojalá nunca conozcan.
Mateo salió del baño con la toalla atada en la cintura, secándose el pelo con otra más chica. Tenía las gotas todavía en los hombros y olía a su champú de hombre, ese que compra siempre el mismo y que yo ya identifico a kilómetros. Yo no pude esperar a que se acostara. Le pasé el teléfono con la foto del femboy en pantalla.
—¿Te gusta? —pregunté.
Él la miró un segundo. Después me miró a mí.
—Está bien —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Me dejarías por un chico así?
Lo dije sin levantar la voz, como si fuera una pregunta práctica, una de esas que se hacen en el desayuno. Pero los dos sabíamos que no era práctica. Era una bomba envuelta en celofán.
Mateo dejó la toalla chica sobre la silla. Vino a sentarse en el borde de la cama, todavía mojado, todavía oliendo a ese champú. Me miró largo. No respondió enseguida. Eso fue lo que me asustó.
—No —dijo al fin.
—¿Por qué no?
—¿Querés la respuesta corta o la larga?
—La larga.
Suspiró. Se reacomodó en la cama. Se puso de costado, apoyado en un codo, mirándome de frente.
—Porque ese chico es una foto —dijo—. Vos sos una persona. Esa es la diferencia y es la única diferencia importante.
Yo no dije nada. Él siguió.
—Me gusta cómo sos. Me gusta que me esperes despierto cuando vuelvo tarde de la oficina. Me gusta cómo tratás a los perros del edificio, que se te acercan a vos antes que a cualquier otro vecino. Me gusta que me dejes hablarte de cosas que a nadie más le interesan, como las funciones avanzadas de Excel o las afinaciones alternativas de la guitarra. Me gusta que sepas escuchar sin interrumpir, que no me apurés, que no me ridiculices cuando me trabo explicando algo. Eso no se cambia por una foto de Instagram.
Sentí que me empezaba a temblar el labio inferior. Yo soy un chico que llora con facilidad. Es otra de las cosas que él me enseñó a aceptar.
—¿Y en lo físico? —pregunté, porque necesitaba ser cruel conmigo mismo un rato más.
—¿Qué querés que te diga en lo físico?
—La verdad.
Mateo me miró sin pestañear.
—Me gusta tu culo —dijo—. Mucho. Más que cualquier culo que vi en mi vida, y eso incluye al chico ese de la foto. Me gusta que sos lampiño naturalmente, que no tenés que hacer demasiado para mantenerte así. Me gusta que te depilás bien donde te depilás. Me gusta cómo te queda la tanga, cómo te marca, cómo se te ve la línea cuando te ponés en cuatro y arqueás la espalda. Me gusta el olor de tu cuello después del gimnasio. Me gusta tu boca, cómo te mordés el labio cuando estás concentrado. ¿Querés que siga?
Yo me reí. Me reí con los ojos llenos y la nariz tapada, esa risa rara que se mezcla con el llanto.
—No —dije—. Está bien así.
—Además —agregó, levantándome la pera con dos dedos—, ya te tengo demasiada confianza. No te imaginás el laburo que cuesta llegar a este punto con alguien. Cambiar implicaría empezar de cero a explicarle a otro que me gusta tocar la guitarra a las once de la noche, que no como pescado, que necesito el sábado por la mañana en silencio. Sos demasiado costoso de reemplazar.
Esa frase me salvó la noche.
Demasiado costoso de reemplazar.
No es la frase más romántica que escuché en mi vida. Pero viniendo de un tipo que mide todo en costo-beneficio, que organiza nuestras vacaciones en hojas de cálculo y que jamás dice «te amo» sin haberlo pensado tres veces, fue lo más cerca que llegó nunca a una declaración apasionada.
Esa noche dormimos con la luz prendida, abrazados sin coreografía, mi cara contra su pecho. Yo seguía pensando en el chico de la foto. Pensaba en su cintura imposible, en sus nalgas trabajadas, en su delineado perfecto. Y pensaba también en que ese chico, probablemente, no había encontrado todavía a alguien que le explicara, a las tres de la mañana, por qué no lo cambiaría por nadie.
***
Pasaron tres años desde aquella noche. Cuento esto ahora porque ayer volvió a suceder algo parecido, en menor escala, y me hizo acordarme de todo el episodio.
Estábamos en un café de Belgrano, después del trabajo. Pasó por la vereda un chico altísimo, flaco, con un crop top que dejaba a la vista una cintura imposible y un piercing en el ombligo. Mateo lo miró. Lo miró un segundo más de la cuenta. Yo lo registré.
Cuando volvió a girar la cabeza hacia mí, me sonrió. No con culpa. Con una sonrisa de «ya sé lo que estás pensando y no es lo que estás pensando».
—Me sigue gustando más el tuyo —dijo, antes de que yo abriera la boca.
Le pateé la canilla por debajo de la mesa. Él se rio. Pagamos la cuenta y caminamos hasta el departamento sin hablar mucho, pero con esa clase de silencio que no incomoda, el que solo se construye con años.
Esa noche cogimos como cogemos siempre, yo en cuatro patas, él detrás, una mano en mi cintura y la otra apretándome una nalga con esa firmeza que ya conoce de memoria. Pero antes de acabar me pidió que me diera vuelta. Quería verme la cara. No siempre lo hace. Yo me acomodé bocarriba, levantando las piernas para que entrara de nuevo. Él entró despacio, mirándome a los ojos, sin dejar de mirarme ni una vez. Me dijo que era hermoso. Yo no lloré, pero estuve cerca.
Acabó adentro otra vez. Se quedó así un rato, todavía adentro, todavía mirándome desde arriba, con el flequillo cayéndole sobre la frente.
—Demasiado costoso de reemplazar —murmuró, con media sonrisa.
—Sos un romántico de mierda —le dije.
—El más romántico que vas a conocer en tu vida.
Probablemente tenga razón. Llevo once años acumulando evidencia de que sí, y todavía me sigue sorprendiendo cada vez que la junta.
Amo a Mateo. Amo sentir su pene adentro, sus manos en mi cintura, su olor en mi cuello. Amo su intelecto, su forma rara de demostrar cariño, sus silencios largos los sábados por la mañana. Con él puedo abrazar mi feminidad, que sigue siendo de clóset hacia afuera —en la calle me visto como un hombre heterosexual común y corriente—, pero que por debajo siempre lleva una tanga, y por dentro siempre tiene su nombre escrito en alguna parte difícil de borrar.