Lo que pasó cuando el peluquero cerró el salón
Vivía a dos cuadras de un salón de belleza que regenteaba un tipo llamado Mauricio. La fachada era simple: un cartel verde con letras blancas y, en la vidriera, fotos amarillentas de cortes que ya nadie pedía. Yo iba ahí desde los catorce, primero porque me quedaba cerca y después porque me había encariñado con su tijera. Mauricio cortaba bien, eso era cierto, y siempre me dejaba la nuca pareja y las patillas en el lugar exacto.
A los dieciocho empezaron los cambios. No los del cuerpo, esos ya habían pasado y no me habían dado tregua. Los otros, los que aparecen cuando uno mira un poco más de tiempo del necesario y se queda preguntándose qué le está pasando. Las mujeres me gustaban, eso lo tenía claro desde el secundario. Pero también empecé a notar a los hombres y, en algún momento, esa curiosidad dejó de ser curiosidad y se convirtió en una idea fija. Quería probar una verga. No la quería ver, ni tocar, ni imaginar: la quería en la boca.
Mauricio era el único candidato razonable. Vivía solo, no tenía pareja conocida y, sobre todo, era gay sin disimulo. Lo decía con la naturalidad de quien comenta el clima. Esa tarde fui al salón decidido a tirarme el lance. Llevaba el plan a medias, más nervios que estrategia, pero tenía ganas y eso me empujaba calle abajo.
Llegué a las cinco y media. No había nadie más. Mauricio estaba barriendo unos mechones del último cliente y, cuando me vio, dejó la escoba apoyada en la pared.
—¿Lo de siempre? —preguntó.
—Lo de siempre —dije.
Me senté en el sillón y me ajusté la capa al cuello. Prendió la maquinita y empezó por la nuca. Hablamos de cosas sin importancia: del frío que estaba pegando esa semana, de su perro Toribio —un pequinés viejo que le ladraba a todo— y de la inflación que se comía los precios de la tintura. Todo muy normal. Yo intentaba mirarlo a través del espejo y armar la frase que tenía ensayada desde la mañana, pero cada vez que la sentía venir, el pulso se me iba a la garganta y me la tragaba.
Pensá. Pensá algo. Lo que sea.
Cuando llegó con la tijera a los costados, tenía el paquete a la altura de mi codo derecho. Lo registré sin querer. Lo registré dos veces. A la tercera dejé de mirar el espejo y solté lo primero que me salió.
—Hoy estás muy guapo —dije.
Mauricio paró la tijera un segundo. Después siguió.
—Gracias.
Lo dijo seco, sin levantar los ojos. Yo sentí cómo la sangre me subía a la cara y me quemaba las orejas. Listo. La cagaste. Cerrá la boca el resto del corte. Cerré la boca. Mauricio terminó el costado izquierdo y empezó con el derecho. Volvió a quedar parado al lado de mi codo, con el paquete en el mismo lugar, y yo seguí mirándolo a hurtadillas.
No sé en qué momento decidí estirar la mano. La saqué de abajo de la capa, despacio, sin pensar demasiado, y la apoyé encima de la tela del jean. Por un segundo no apreté. Después sí. Mauricio bajó la tijera y se quedó quieto.
—Te lo quiero chupar —dije.
Me salió la voz partida en dos. Tan baja que casi no se escuchó. Pero se escuchó.
Mauricio terminó de cortar lo que le faltaba sin decir una palabra. Yo me quedé con la mano donde estaba, sin moverla, mirándolo en el espejo. Cuando guardó la tijera, me sacó la capa y me sacudió el pelo de los hombros con la mano. Después caminó hasta la puerta del salón, le bajó la persiana, le pasó el pestillo y volvió.
—Levantate —dijo.
Me levanté. Quedé enfrente de él, a un palmo. Era más alto que yo. Olía a cera de afeitar y a un perfume que de lejos parecía barato y de cerca no lo era tanto. Le miré los labios y le repetí lo que ya había dicho.
—Te la quiero chupar. Tengo muchas ganas.
Mauricio sonrió de lado. Una sonrisa que no era de complicidad ni de ternura. Era otra cosa.
—Estás loco. Tenés cara de pibe.
—Cumplí dieciocho hace dos meses —dije.
—Mejor —contestó—. Pero si la querés chupar, primero la vas a tener que poner dura. Yo no me la trabajo solo.
Se desabrochó el cinturón. El sonido del cuero saliendo de las trabillas me erizó la nuca. Bajó el cierre y se sacó la verga por encima del calzoncillo. Estaba blanda. Más larga de lo que yo había esperado estando blanda. Me quedé un segundo paralizado, mirándola, sin saber qué hacer con las manos.
—Bueno —dijo—. ¿La vas a chupar o me la guardo?
Me arrodillé. El piso estaba helado a través del pantalón. La tomé con la mano, la sentí pesada, tibia. Saqué la lengua y la pasé por todo el largo, despacio, midiendo cada centímetro. Después me la metí en la boca. Empecé a chuparla como me había imaginado todas esas noches frente al techo de mi pieza, con la mano y la pantalla del celular como única referencia. La sentí crecer. Crecer adentro de la boca. Empujarme la lengua hacia abajo. Endurecerse. Cada centímetro que se ponía dura me prendía más, y se me empezó a marcar el bulto contra el calzoncillo.
Mauricio me agarró del pelo. No suave. Me lo cerró en el puño y empezó a moverme la cabeza al ritmo que él quería.
—Así, zorra. Mostrame para qué viniste.
La palabra me cayó como un golpe en el estómago. No por insulto. Por lo contrario. Me prendió tanto que sentí la verga apretándome el calzoncillo hasta hacerme doler. Mauricio me cogió la boca durante varios minutos sin medirse, hasta el fondo. Yo me ahogaba. La cabeza me golpeaba contra su pelvis. Lagrimeaba. Pero no me sacaba.
Después me levantó del pelo, me dio media vuelta y me empujó contra la pared del salón, al lado del espejo. Sentí su mano abajo, bajándome el jean y el calzoncillo de un tirón. Sentí el frío en las piernas. Sentí, un segundo después, su saliva cayéndome en el medio de las nalgas y resbalando hacia abajo.
—Quieto —dijo.
Me metió dos dedos. No fueron suaves. Fueron a fondo, sin aviso. Yo apreté los puños contra la pared y me aguanté el grito. Los movió en círculos. Los sacó. Volvió a apoyar algo más grande en el mismo lugar.
Y ahí no fue una entrada. Fue una embestida.
Grité. Grité de verdad, con voz quebrada, sintiendo que me partía en dos. Quise sacármela, retroceder, pero él me tenía agarrado de la cintura con las dos manos y me la había clavado entera de un solo golpe.
—Andá despacio, por favor —dije—. Es mi primera vez.
Mauricio no se inmutó. O sí se inmutó, pero al revés.
—No te hagas la apretada —dijo, agarrándome más fuerte—. Cara de zorra tenés. Cara de que te encanta la pija.
Me empezó a bombear sin pausa. Yo lloraba con la frente apoyada en la pared, con las uñas raspándola. Lloraba de dolor. Pero algo, debajo del dolor, se iba acomodando. El cuerpo me obedecía menos a mí y más a él. A los pocos minutos, lo que dolía empezó a doler distinto. Empezó a doler con placer. Empezó a tener una capa de algo nuevo que yo no había sentido nunca en mi vida.
Él me agarró por debajo, me apretó las tetillas, me llamó zorra cinco o seis veces, me mordió el cuello sin morder de verdad. Y yo me terminé corriendo. Sin tocármela. Sin avisar. La verga me explotó contra la pared y el semen me chorreó por la mano que llevé instintivamente a taparme, por miedo a manchar el jean que se me había bajado hasta los tobillos.
—Comételo —dijo Mauricio sin parar de empujar—. Lo que te corriste, te lo comés.
Llevé la mano a la boca. Estaba pegajoso, agrio, tibio. Me entumeció la lengua. Me dio un poco de asco y un poco de orgullo, todo junto. Me lo tragué. Mauricio me golpeó la nalga con la palma abierta.
—Buena puta.
***
Siguió cogiéndome contra la pared. Después contra el sillón del corte, con mis dos manos apoyadas en el respaldo y la cara reflejada en el espejo. Después de pie, con las piernas separadas y yo apoyado sobre el lavacabezas. En algún momento perdí la cuenta del tiempo. Calculé después que fueron veinte minutos. Pero adentro de esos veinte minutos no había tiempo. Solo había su respiración pegada a mi oreja, sus manos en mi cintura y la sensación de que me había vuelto otra cosa.
La última embestida la sentí antes de que pasara. Mauricio me agarró más fuerte, se quedó dos segundos quieto y soltó un gruñido seco. Después sentí el líquido caliente avanzar adentro mío. Mucho. Más de lo que había imaginado que un cuerpo podía soltar. Se le escapó por los bordes y me bajó por los muslos, por la cara interna, hasta la rodilla.
Salió. Lo hizo despacio esta vez, como si recién se acordara de que era mi primera vez. Me dio una nalgada floja y se subió el calzoncillo.
—Vestite —dijo.
Me vestí rápido. Me había olvidado de limpiarme. Sentía su semen escurrirme por la pierna mientras me subía el jean y no me importó. Junté la mochila, le miré la cara una última vez para grabármela y caminé hasta la puerta. Mauricio la abrió, miró a los costados de la vereda y me dejó salir.
—No vuelvas —dijo, antes de cerrar.
Lo dijo sin maldad. Lo dijo como quien da una instrucción práctica.
Caminé las dos cuadras hasta mi casa con las piernas raras, el ano latiéndome y la cabeza dando vueltas. En el espejo del baño, mientras me bajaba el jean por segunda vez en una hora, me miré la cara y me reconocí distinto. Tenía el pelo recién cortado por él. Tenía la nuca pareja. Tenía las patillas en el lugar exacto.
A los tres meses, cuando volví a pasar por la cuadra, el local estaba cerrado con un cartel de «Se alquila». Pregunté en el kiosco de la esquina. El kiosquero me dijo que el peluquero se había mudado a otra ciudad. No le pregunté a dónde. No me hizo falta.
Nunca supe su apellido. Él tampoco supo mi nombre. Solamente me estrenó, me cogió como a una puta durante veinte minutos y se corrió adentro mío sin pedir permiso.
Y todavía, cuando paso por esa vereda y veo el cartel de «Se alquila» colgado en la vidriera, se me aprieta algo en el pecho que no termino de saber si es nostalgia, vergüenza o ganas de que el peluquero vuelva.