Lo que pasó en el viaje con el amigo de papá
Íbamos rumbo al litoral apretujados en el sedán de mi viejo, que había tenido la brillante idea de invitar al viaje a su amigo Ramiro y a la mujer de Ramiro, Beatriz. Adelante iban mis padres. Atrás nos acomodamos los tres: Ramiro contra la ventanilla derecha, Beatriz contra la izquierda y yo en el medio, porque soy el más flaco de la familia. Mi mujer no nos había acompañado: se había ido unos días a la casa de su abuela en el interior, que estaba enferma. Yo llevaba pantalón corto y una camiseta fina. Ramiro también iba en short, y sus piernas peludas rozaban las mías cada vez que el auto agarraba una curva.
Eso me ponía nervioso. No por inocencia, sino por memoria. En la universidad había tenido un compañero de pasillo al que se la chupé un par de veces en el baño de los dormitorios. Después no volvimos a hablar del tema y la cosa quedó ahí, archivada como una rareza de la juventud. Pero cada tanto, en la calle, en el subte, mis ojos se iban detrás de algún hombre y yo fingía no darme cuenta.
La ruta se hacía interminable y el calor era insoportable. Beatriz se durmió contra el vidrio y al rato roncaba bajito. Mis padres conversaban adelante sobre el precio del peaje y sobre la abuela. Ramiro empezó a apretar más su pierna contra la mía. Yo sentía su sudor mezclándose con el mío.
—¿Vas muy incómodo? —me preguntó al oído, en voz baja.
—No, así está bien —dije.
Se sacó la camiseta y quedó con el torso desnudo. Era un hombre de unos cincuenta, con el pecho cubierto de vello canoso y una panza apenas dibujada. Dobló la camiseta y se la puso sobre el regazo, tapándose el bulto del short. Cruzamos miradas. Él sonrió. Yo sonreí también, sin pensarlo.
Nunca me había detenido a mirarlo en serio. Los domingos venía a casa, se sentaba con mi viejo a tomar cerveza y a mirar el partido, y yo lo saludaba de pasada como se saluda a un mueble de la familia. Su esposa y mi madre se iban a la cocina a hablar de sus cosas. Eso era todo. Era el amigo de mi padre, punto.
Ramiro metió la mano debajo de la camiseta doblada y, por el elástico del short, la pasó hacia adentro. Lo veía claramente desde mi posición. Empezó a moverla despacio. Me puse rojo. Se estaba masturbando ahí, con mis padres adelante y la mujer durmiendo a treinta centímetros. Aparté la mirada. Volví a mirar. Él bajó un poco la tela y dejó asomar la cabeza de un miembro grueso, brillante de transpiración.
Algo en mí se rompió. Sin pensarlo, alargué la mano y se la metí dentro del short. Apreté esa carne dura, caliente. Empecé a moverla despacio. Ramiro hacía un esfuerzo enorme por no gemir; los músculos del cuello se le tensaban. Yo miraba a Beatriz: nada, seguía contra el vidrio. Adelante, mi padre hablaba del costo de la nafta.
Me incliné lo poco que pude, escondiéndome contra el respaldo. Mi boca alcanzó la verga de Ramiro y me la tragué entera, con la frente casi pegada al asiento delantero. Chupé conteniendo cualquier sonido. Él me apoyó la mano en la nuca, suave, guiándome el ritmo. Después de un rato me incorporé, con cuidado de no despertar a Beatriz.
Me bajé el short hasta la mitad de los muslos y le ofrecí las nalgas, de costado, contra el respaldo. Ramiro se escupió en la mano, se ensalivó la verga, me pasó dos dedos. De un empujón firme me la metió hasta el fondo. Quise gritar. No podía. Mordí el dorso de mi propia mano y respiré por la nariz hasta que el ardor se transformó en otra cosa.
Mientras me hundía contra él, su mano se coló por delante y me empezó a masturbar al ritmo de sus caderas. Mis padres adelante, su mujer al lado. Era una locura. Una locura tan ridícula que ya no se podía detener. Ramiro me apretó el hombro: estaba por terminar. Yo apreté el culo todo lo que pude y sentí los chorros calientes contra el fondo. Me corrí casi a la vez, sobre la palma abierta de él. Se llevó la mano a la boca y se chupó los dedos sin que nadie viera.
***
Llegamos al hotel a media tarde. Mi padre, con cara de ofendido por la «casualidad», explicó que había habido un error con las reservas: una habitación matrimonial para él y mi vieja, una habitación con dos camas separadas para Ramiro y para mí, y nada para Beatriz. Negociamos con la recepción. El hotel estaba lleno. Apareció un cuarto contiguo al de mis padres que acababa de desocuparse, caro, pero lo pagué yo con tal de que Beatriz se quedara ahí. Nadie discutió demasiado. Quedamos en juntarnos en el comedor a las nueve.
Apenas Ramiro cerró la puerta con llave, se sacó la verga por la pernera del short. Me arrodillé como un ternero y me prendí. Después me puse en cuatro patas sobre la cama y me la metió hasta el fondo, esta vez sin la urgencia del auto, con tiempo, mirándose en el espejo de la pared. Cuando se vino dentro, yo todavía no había terminado. Me incorporé, le metí la verga en la boca y se la dejé ahí hasta que la leche caliente le escurrió por la comisura.
Bajamos al comedor sonrientes. Ramiro se sentó al lado de Beatriz y le dio un beso en la sien. Mientras la besaba, me miraba a mí. Yo pensé: si esta mujer supiera que esa boca, hace media hora, estaba llena de mi semen.
***
Después de la cena fuimos a caminar por la costanera. Mi madre y Beatriz se sentaron en un bar a tomar una cerveza. Mi padre, Ramiro y yo nos metimos al mar. El agua estaba fría. Nos tirábamos olas, nos empujábamos como chicos. Salí mojado y feliz, sin acordarme un segundo de quién era yo en mi vida normal.
Caminamos un rato más con la ropa pegada al cuerpo. Llegamos a un bar de tablones, abierto a la costa, y pedimos otra ronda. Al rato fui al baño. Ramiro entró atrás de mí. Mientras él orinaba en uno de los mingitorios, le agarré la verga y se la sostuve. Me gustó sentirla orinar contra la palma, esa cosa primitiva y absurda. Estábamos en eso cuando se abrió la puerta y entró un desconocido.
Era un tipo de cuarenta y pico, alto, con la mochila al hombro. Nos miró. No dijo nada. Sacó la verga del pantalón y me la ofreció.
Terminé con un miembro en cada mano. Cuando los dos terminaron de orinar, no aguanté: me agaché y los limpié con la lengua, primero a uno, después al otro. Me los fui pasando entre los labios hasta que se pusieron duros como piedras. El desconocido se vino primero, apurado, en el fondo de mi boca; después salió del baño tan callado como había entrado. Ramiro me agarró del pelo y me hizo terminarlo con los dedos. Salimos como si nada y volvimos a la mesa.
Esos cuatro días fueron una mancha intensa. Probé más semen del que había probado en toda mi vida. Ramiro me dejó el culo tan ablandado que ya no necesitaba preparación: bastaba con que se acercara por atrás para que yo me abriera. No sé cómo Beatriz no se daba cuenta, ni mi madre. El único que parecía registrar algo era mi viejo: lo notaba mirarnos de reojo, lo escuchaba reírse con Ramiro de un chiste que yo no entendía, lo veía hablarle al oído en la mesa del comedor con una complicidad nueva.
***
Volví a la ciudad un lunes a la noche. Mi mujer no estaba. La llamé a la casa de su abuela y me dijo que iba a tener que quedarse una semana más, porque la abuela no mejoraba. No puse ningún reparo. Al contrario, le dije que se quedara el tiempo que necesitara, que yo me arreglaba con la comida y con la casa.
El domingo siguiente fui a almorzar con mis padres. Ramiro y Beatriz estaban ahí. Nos saludamos como si nada hubiera pasado. Conté lo de mi mujer. Mi vieja me ofreció quedarme a dormir esa noche y acepté. Después del postre, ella y Beatriz se arreglaron y se fueron al cine y a tomar algo a un café que les gustaba. Querían estar lejos de los hombres, según ellas. Nos quedamos los tres.
Ayudé a mi madre a dejar la cocina en orden antes de que se fueran. Después mi viejo se desplomó en su sillón, sacó una cerveza y puso el partido. Ramiro hizo lo mismo en el sillón de enfrente. Yo me senté al lado de Ramiro, no por casualidad. Tenía ganas de comérmelo otra vez. Lo miraba con un descaro que ya no podía disimular.
Sonó el teléfono de mi viejo. Era su amigo Aníbal, un compañero de trabajo de toda la vida, un hombre flaco con cara de chico que envejecía mal. Mi padre le dijo que se pasara por casa, que estaban tomando algo. Al rato apareció Aníbal con un paquete de papas fritas y otra cerveza. Nos sentamos los cuatro, Aníbal al lado de mi padre.
Ramiro me puso la mano sobre la pierna. Le hice un gesto chiquito de que la sacara, no por mí sino por la situación. Insistió. Me empezó a acariciar el muslo por arriba del pantalón. Me calenté. Levanté la vista, asustado, y me crucé con la mirada de mi padre. Me puse rojo. Pensé que se venía la peor escena de mi vida.
Mi padre sonrió.
No estaba pasando lo que yo creía que estaba pasando.
Ramiro me agarró del cuello y me lo mordió suave. Yo seguía mirando a mi padre, y mi padre seguía mirándome, ahora con una expresión que no le había visto nunca. Entonces Aníbal se puso de pie frente al sillón de él y se bajó el cierre. Mi viejo se inclinó hacia adelante, lo agarró con las dos manos y se la metió en la boca como si lo hubiera hecho mil veces.
No supe qué pensar. Ninguno de los dos dijo una palabra. Al rato estábamos los cuatro desnudos en el living. Mi viejo en cuatro patas sobre la alfombra, ensartado por Aníbal. Yo en cuatro patas sobre el sofá, ensartado por Ramiro. Nos mirábamos mi padre y yo y nos sonreímos, una sonrisa rara, hecha de vergüenza y de alivio al mismo tiempo. No hizo falta decirnos nada.
Cuando se vinieron dentro de nosotros, Aníbal y Ramiro nos hicieron darnos vuelta y se ocuparon de nuestras vergas con las bocas hasta que terminamos los dos, casi a la vez, abundantemente. Quedamos los cuatro tirados en el piso, sin aire, sin palabras.
Mi viejo me ofreció otra cerveza. Le dije que sí. No hablamos del viaje al litoral, no hablamos de Ramiro, no hablamos de nada. Brindamos en silencio y volvimos al partido como si recién hubiéramos llegado a casa.