La chofer trans que me llevó hasta casa esa Navidad
Hace meses que no me sentaba a contar nada en este perfil. El trabajo en la consultora me consumió el último semestre y la vida personal pasó a segundo plano, como suele ocurrirme cuando los plazos aprietan y los socios se ponen densos.
Para los que no me ubican, repaso la descripción. Tengo treinta y cuatro años, mido uno noventa y tres, ochenta y nueve kilos, ojos verdes, pelo castaño claro. Vengo de muchos años de natación competitiva y todavía sostengo la rutina de gimnasio cuatro veces por semana. Soy auditor en una consultora bastante grande de Rosario. Disfruto el sexo y, sobre todo, disfruto el sexo con gente que no se me parece. No me atraen los chicos del ambiente, los gimnasieros, los que cuidan cada gesto frente al espejo. Me atrae lo distinto.
Encontrarán algunas historias mías acá, todas reales. Esta última pasó hace pocos días, justo antes de Nochebuena.
En la consultora nos habían dado del 18 al 30 de diciembre en modalidad híbrida. Por estas fechas el ritmo baja, pero hay que cerrar carpetas, presentar informes y dejar todo prolijo para que en febrero se pueda arrancar sin urgencias. La empresa pone a disposición tres autos de una agencia de traslados para los que tenemos que ir a entregar documentación a clientes o a oficinas públicas. Más cómodo que sacar el propio y pelearse con el tránsito.
El martes 19 pedí un auto y me pasó a buscar un señor de unos sesenta, simpático, que me llevó por cuatro lugares distintos. Miércoles tranquilo, jueves de oficina. El viernes 22, como suele pasar, salieron tres cosas urgentes a último momento. Los cadetes ya estaban de licencia y los pasantes de vacaciones, así que me tocó a mí. Llamé a la agencia y mandaron un auto distinto. Esta vez me atendió una mujer.
—Buenas, ¿Mariano Saldaña? Yo soy Camila, vine de la base.
Tendría unos treinta. Alta, piel trigueña, pelo planchado teñido de rubio miel, anteojos cuadrados que le quedaban bien. Camisa blanca, pantalón sastrero negro, una actitud serena que me cayó simpática. Le di la primera dirección, un juzgado del centro, y me acomodé en el asiento trasero con la notebook abierta.
A los diez minutos no me aguanté las ganas de hablar.
—Es la primera vez que me toca una chofer mujer en esta agencia. Mariano, mucho gusto. No me trates de usted, por favor.
—Camila. Mucho gusto. Sí, somos pocas. Nos dijeron que esta semana íbamos a trabajar con una consultora, así que se ven medio enloquecidos, ¿no?
—Bastante. Antes del cierre del año hay que entregar todo, si no en febrero el atraso es un dolor de cabeza.
—Mi último novio era abogado y me contaba algo parecido. Para fin de año vivía pegado al teléfono.
Hizo una pausa, miró por el retrovisor.
—¿Vos tenés pareja?
Levanté la vista del celular. La pregunta me sorprendió por lo directa, no por lo indiscreta.
—No. Por ahora todas terminaron mal.
—¿Y a qué le echás la culpa?
—Primero, contame de vos. Segundo, no me atrae lo convencional. Te lo digo sin vueltas: soy gay. No estoy metido del todo en el ambiente, no soy de boliches ni de saunas, salgo a divertirme como cualquiera. Pero no me gustan los chicos que se me parecen. Me gustan los que son distintos. Y los que me gustaron de verdad tenían cada cosa encima, o no se bancaban mi entorno, que es bastante clasista. Termina cansándolos.
Me miró por el espejo, mitad divertida, mitad curiosa.
—Bueno, Mariano, te aviso entonces. Yo soy trans.
—Me lo había imaginado. Sos muy linda. Y hablás con una calma que llama la atención.
—En este laburo me obligan a no ser una guaranga. Es parte del entrenamiento.
Se rió. Yo también. La conversación se desarmó sola desde ese momento.
Llegamos al juzgado. Le pedí que esperara quince minutos. Hice la presentación, retiré dos cédulas y salí más rápido de lo previsto. Cuando me acerqué al auto, la vi con el celular apoyado en el volante, los pulgares moviéndose en lo que reconocí enseguida como una aplicación de citas. Una que yo también uso.
Me subí, le di la próxima dirección.
—Perdón que me meta, pero te vi en una app que yo uso a veces. ¿Tuviste suerte?
Levantó la vista, se puso colorada, después se rió.
—Ay, qué papelón, Mariano. Sí, sí, tuve matches. Pero te aclaro que el celular lo agarro cuando estoy esperando, no cuando manejo. Quedate tranquilo.
—No te preguntaba por eso. Era pura curiosidad.
—Mirá, las trans levantamos. Con todos. Hetero casados, bi, gays, otras trans. Somos la fantasía de un montón de gente y, además, sexualmente tenemos todo. Tengo amigas que se hicieron la cirugía completa y, una vez operadas, levantan menos. Te lo digo en serio.
—¿En serio?
—Y obvio. Al tipo que llamás «macho» lo calienta la imagen de la mujer con pija, o el culo de un hombre pero con cuerpo y cabeza de mina. Mientras tengamos el paquete, nos va de diez. Yo llevo ocho años transicionada y tuve tres parejas largas en ese tiempo.
Algo en la forma en que lo contaba me prendió un interés que no era solo sexual. Le pregunté si tenía tiempo de almorzar. Avisó a la base y paramos en un restaurante a tres cuadras del último juzgado, uno donde yo soy habitué.
***
La vi entera por primera vez cuando bajó del auto. Sentada me había llamado la atención la cara y la voz, pero parada era otra cosa. Uno setenta y cinco con tacos discretos, cintura marcada, pollera de cuero negra que le dibujaba unas piernas largas. Las nalgas paradas, redondas, imposibles de no mirar. Caminó delante de mí hasta la mesa y por primera vez en el día me costó concentrarme.
Pedimos algo liviano. Compartimos una botella de agua mineral y un par de tostones. Mientras comíamos me contó retazos de su historia: una infancia en una ciudad chica del interior, una familia que tardó años en entenderla, una mudanza a Rosario a los veintidós, los primeros laburos en peluquería, después el ingreso a la agencia de traslados. Hablaba con una naturalidad que no había escuchado nunca en alguien que cuenta su transición.
—Ahora a vos, Mariano. Un tipo como vos, así de buen mozo, en traje, soltero. A mamá no le mientas. La vida me enseñó que si un tipo así está solo es porque tiene un problema bárbaro o la tiene chiquita. Y vos no parecés ninguna de las dos cosas. Perdoname el atrevimiento, me siento en confianza.
Me reí con ganas.
—No la tengo chiquita, te lo confirmo. Y mensajes me llueven. Tengo todo más o menos resuelto: trabajo que me gusta, plata propia, salud, una rutina que disfruto. Si fuera hetero seguramente ya estaría casado por segunda vez con dos hijos. Pero soy de los que prefieren un buen sexo con alguien interesante a una vida de manual con alguien que aburre. Y vos me parecés muy interesante.
—Mirá vos. ¿Y en la cama qué onda? Porque no estás nada mal.
—Activo. Lo intenté al revés un par de veces y la pasé muy mal. No me gustó nada. Disfruto mi pija y disfruto usarla.
—Buenísimo. Yo soy de todo, pero hace meses que no tengo un activo como la gente. Los chicos me piden que sea yo la que rompa y ya estoy cansada.
—¿Y si nos juntamos esta noche tranquilos?
—En mi casa no, vivo con dos amigas. En la tuya sí, sin drama. Pasame a buscar.
—¿A qué hora?
—Nueve.
Pagué la cuenta. Me llevó al departamento, nos despedimos con un pico en la comisura. Cerré la puerta del auto y subí los seis pisos con la bermuda un poco más ajustada de la cuenta.
***
A las ocho y media saqué el coche y manejé hasta su barrio. Quedaba a unos veinte minutos por la avenida principal. Me había puesto un boxer ajustado negro que sabía que se le iba a notar, una remera blanca lisa y una bermuda beige. Recién bañado, recién afeitado, todavía con olor a perfume.
Cuando llegué la vi en la entrada del edificio, del lado de adentro. Vestido corto color humo, una camperita de jean encima, el pelo recogido en una cola. Tocó el portero, salió. Se subió, me dio un beso en los labios y arrancó la frase antes que yo.
—Te pedí que me pasaras a buscar porque si una mina como yo se planta en la puerta de tu edificio los porteros se ponen densos. Si entro con alguien que vive ahí, no pasa nada. En el mío no hay drama, voy y vengo sola.
—Entendido, no me molesta.
—Qué bien estás de civil. Vos en traje no se nota lo que tenés abajo.
Y sin pedir permiso me apoyó la mano izquierda en el bulto.
—¡Pero che! No mentiste con el tamaño. Sacá la mano de ahí, que me distraés y choco.
Frenamos en un semáforo. Me bajó el cierre de la bermuda con una destreza que decía mucho. Sacó la pija sin saludar, la miró un segundo y soltó:
—No, papito. Acá no. Te hago un pete cuando lleguemos, esto en el auto no entra. Guardá.
Me acomodó todo con cuidado, volvió a la posición de manejo y se mordió el labio. Yo respiraba por la nariz tratando de bajar la presión.
***
Entramos al edificio. En el ascensor empezamos a besarnos. Le metí la mano bajo el vestido y le agarré el culo. Carnoso, firme, con una tanga finita por debajo. No era el culo de una mina común, era otro tipo de carne, otra densidad. Subí los dedos por su columna y volví a apretar.
Llegamos al departamento. Dejó la cartera y la campera en una silla. Me saqué la remera. Siguió besándome mientras me recorría los brazos, los pectorales, el abdomen, como si estuviera memorizando. Le saqué el vestido por la cabeza. Tenía las tetas chicas, paradas, los pezones oscuros. Me incliné y empecé a chupárselas mientras ella me bajaba la bermuda hasta los tobillos.
Quedé en boxer, marcado, con la pija atravesada de costado. Se arrodilló frente a mí.
—Uff, mirá cómo te queda esto.
Pasó la lengua por encima de la tela. Me la mordió suave, me la mojó, me siguió por los costados con los labios. Después me bajó el boxer de un tirón y la pija saltó y le pegó en la cara. Se rió, abrió la boca y la intentó toda. Se ahogó dos veces, tuvo que parar.
—Hace rato que no veo una así. Sos un verdadero macho, ¿eh?
La levanté. La di vuelta contra la pared. Me arrodillé yo y le bajé la tanga blanca con los dientes. Le abrí las nalgas con las dos manos y empecé a chuparle el ojete con calma, con la lengua entera, sin apuro. Le hice el amor al culo con la boca, como ella misma me dijo después. Le temblaban las piernas, se sostenía contra el revestimiento de la pared. Tenía la pija dura, doblada hacia arriba, pero no me la tocó. Era mi turno.
Cuando sentí que ya no podía más, me incorporé, la llevé a la habitación. La acosté de espaldas. Le chupé el culo otra vez, los huevos, las piernas. No me animé a chuparle la pija, lo confieso, son cosas que todavía me cuestan. Subí, le besé el cuello, los pechos, la boca, y empujé la cadera contra la suya.
—Despacio. Necesito lubricante.
Saqué el frasco del cajón de la mesa de luz. Me puse a mí, le puse a ella, repartí con paciencia. Volví a besarla mientras le presentaba la cabeza. Entró la punta. Gimió. Pidió despacio. Me quedé quieto unos segundos. Le chupé el cuello, ese punto donde se distraía, y aproveché ese instante para enterrarla entera de una sola vez.
Pegó un grito. Me clavó los dedos en la espalda.
—Pará, pará un toque, me duele.
Me quedé. Cuando relajó los hombros empecé a moverme con embestidas suaves, cortas, hasta que su cuerpo entendió. Me sostenía la cadera para frenarme cuando aceleraba. La saqué. Me la chupó de nuevo. Le pedí que se diera vuelta. La puse en cuatro al borde de la cama. Le presenté la pija otra vez.
—Movete vos.
Empezó a empujar el culo hacia atrás, despacio, hasta que volvió a quedar dentro toda. Ahí la agarré de la cintura y la empecé a coger en serio. Me la apretaba con todo. Gemía. Se tapaba la cara con la almohada y largaba frases sueltas:
—Así, así mi macho. Más. Más.
La di vuelta otra vez. Le puse las piernas sobre mis hombros, me incliné a besarla mientras le seguía dando, le abrí las piernas y la abracé entera. Aceleré porque la leche venía sola. Me avisó:
—No, parate, que no acabé.
No la escuché. La sostuve fuerte de las caderas y me vacié adentro. Solté un sonido ronco, como de animal. Ella me abrazó y me palmeó la espalda.
—Ya, ya, ya. Calmado. Me rompiste, papito. Ya.
La besé. Salí de a poco. Me dejé caer al lado, transpirado, colorado, la pija todavía dura.
—¿Te ayudo a acabar?
—Dale.
Volví a entrar. La cogí cinco minutos más mientras ella se masturbaba sin apuro. Acabó con un grito largo, contenido, mordiéndose el labio. Quedamos abrazados, pegoteados, riéndonos sin razón aparente.
***
Nos bañamos juntos. Cocinamos algo simple, unos huevos revueltos con tomate. Se quedó a dormir. En la madrugada sentí su mano bajo el boxer, despertándome con paciencia. Volvimos a empezar. Acabé yo, ella no quiso esta vez. Quedamos boca abajo, yo encima de ella, mi pija adentro, hasta que se salió sola y nos dormimos. A la mañana siguiente la llevé a su casa.
Hoy 29 me escribió para preguntarme si terminábamos el año como el viernes 22. Le dije que sí, obvio. Pero eso ya va a ser para otro relato.
¡Buen año a todos!