El hombre que me paga por vestirse de mujer
A esta ciudad le crecen otras reglas cuando pasa la una de la madrugada. Los semáforos parpadean en amarillo, los taxis circulan vacíos, y la gente que sigue despierta a esa hora suele estar buscando algo que no se atreve a buscar de día. Yo soy parte de ese paisaje. Salgo a caminar cuando los demás duermen, no porque no pueda dormir, sino porque a esa hora las cacerías son más fáciles.
Me gustan las mujeres, eso lo tengo claro. Pero las mujeres a las tres de la madrugada no están disponibles, y si lo están, te cobran caro o te llevan a problemas. Los hombres, en cambio —los que buscan lo que yo tengo entre las piernas—, esos siempre andan despiertos. Travestis, transexuales, maricones desesperados. A mí me da igual lo que sean mientras paguen.
—¿Estás despierto? —decía siempre el mismo mensaje.
Lo enviaba Mateo. Treinta y cuatro años, soltero crónico, de los que viven en un departamento demasiado ordenado y demasiado vacío. Lo conocí en una de esas aplicaciones que la gente jura no usar pero que tiene instalada en una carpeta secreta del teléfono. Me escribió un martes a las cuatro y veinte de la madrugada con una foto que dejaba poco a la imaginación.
Hablábamos solo de sexo. Nunca le pregunté en qué trabajaba, dónde vivía, si tenía familia. Él tampoco preguntaba demasiado. Lo único que le interesaba era el tamaño de lo que yo le había mostrado en la primera foto, y yo, por mi parte, solo quería saber cuánto estaba dispuesto a pagar.
Porque eso es lo que hago. A los maricones les cobro. No por necesidad —tengo mi trabajo, mi vida, mi propia rutina—, sino porque me parece justo. Ellos quieren algo que no encuentran fácil, y lo que no se encuentra fácil tiene precio. Donde yo vivo, los tipos como yo no abundan. Soy alto, moreno, callado, y tengo entre las piernas lo que los aplicativos piden con emojis de berenjena y signos de exclamación. Eso se cobra.
Mateo y yo habíamos hablado durante semanas de hacer un trío con otro chico que él conocía. Era un plan que él arrastraba con entusiasmo y yo con paciencia. Cada vez que me escribía, repetía la misma fantasía como un mantra. Yo le seguía la corriente, pero sabía que esos planes rara vez se concretan: alguien se acobarda, alguien se arrepiente, alguien no aparece. Lo importante era mantenerlo enganchado.
Una noche me escribió a las tres y media para confirmar. Cuarenta minutos después, canceló. Dijo que estaba cansado, que mejor otro día. Le respondí con una sola frase.
—Si querés que vaya, esto se paga.
Tardó casi diez minutos en contestar. Cuando lo hizo, no discutió el precio. Aceptó. Me mandó la dirección de un hotel a quince cuadras del centro, de esos que cobran por horas y no preguntan nombres.
***
El taxi lo pagó él, por adelantado, transferencia directa a mi cuenta. La habitación también. Cuando llegué, ya tenía las luces bajas, una toalla doblada sobre la cama y un billete sobre la mesa de luz. Me tomé tres pasos para mirarlo bien.
Mateo era más bajo de lo que parecía en las fotos. Flaco, con los hombros estrechos y una sombra de barba mal afeitada. Estaba nervioso. Le temblaba un poco la mano cuando me alcanzó el agua que había comprado.
—¿Querés que apague la luz del baño? —preguntó.
—Dejala —dije.
Me senté en la cama, me saqué los zapatos, y lo miré sin apuro. Él se quedó parado, esperando una orden que yo no tenía intención de dar todavía. Esa pausa, ese momento en que el otro no sabe qué hacer, es donde empieza todo. Es la parte que más me gusta. Antes del contacto, antes de los gemidos, antes de cualquier otra cosa. La pausa.
—Sacate la ropa —le dije por fin.
Se la sacó sin mirarme. Quedó en calzoncillos, blancos, un poco grandes, y se cubrió torpemente con las manos.
—Todo —agregué.
Tampoco discutió.
Esa primera vez no fue para él. Fue para enseñarle qué iba a recibir cuando volviera a llamarme. Lo penetré rápido, con la prisa calculada de quien tiene control absoluto sobre el momento, y me detuve a los diez minutos. Saqué, me vestí, agarré el dinero de la mesa y me fui antes de que él pudiera pedirme nada más. Lo dejé jadeando boca abajo, con la cara contra la sábana, y desde el pasillo todavía escuché la frase que esperaba escuchar.
—Volvé.
***
Tardó una semana en escribirme de nuevo. Yo no le hablé. Esa es otra parte del juego: hacerse desear, no responder mensajes enseguida, dejar que el otro piense que ya no le interesás. Cuando finalmente me llegó el mensaje —un viernes a las dos y cuarenta de la madrugada—, lo dejé en visto durante una hora antes de contestar.
—Quiero verte otra vez —escribió—. Lo que sea.
—Esta vez vas a hacer algo distinto.
—Lo que digas.
Le mandé instrucciones por audio para que no pudiera releerlas y arrepentirse. Le dije que se comprara una peluca, ropa interior de mujer, un vestido corto, medias. Le dije la talla aproximada, el color, y le dije que cuando llegara al hotel quería que pareciera otra persona. No me interesaba si lo hacía bien o mal. Solo quería verlo intentándolo.
—¿Estás seguro? —preguntó por mensaje.
—Vos sos el que pide. Yo te digo lo que cuesta.
***
Llegué al hotel veinte minutos tarde. Lo hice a propósito. La puerta estaba entreabierta y empujé sin tocar.
Mateo estaba sentado en la cama, vestido como le había pedido. La peluca era negra, lacia, le caía hasta los hombros. El vestido era rojo, ceñido, con un escote que no le quedaba porque no tenía nada que ofrecer ahí arriba. Las medias le llegaban hasta la mitad del muslo. Se había maquillado, mal, pero se había maquillado. Tenía los ojos delineados y la boca pintada de un rosa que no combinaba con nada.
Me quedé en el umbral mirándolo. Él bajó la cabeza.
—Mirame —le dije.
Levantó la cara. Tenía vergüenza, pero también algo más. Una mezcla de humillación y de ganas que conozco bien. La gente que se avergüenza de querer algo, lo quiere el doble.
Me acerqué, le agarré la mandíbula con dos dedos y le levanté la barbilla.
—Hoy te llamás distinto —dije—. Hoy no sos vos.
—¿Cómo me llamo?
Le inventé un nombre cualquiera, un nombre de mujer que se me vino a la cabeza. Lo repitió. Le hice repetirlo varias veces hasta que sonó natural.
Después le dije que se arrodillara.
***
Lo cogí casi una hora seguida, sin pausas, sin condescendencia, sin las atenciones que se le tienen a una mujer cuando uno quiere que vuelva. A él lo cogí como se coge a alguien que sabe que está pagando por exactamente eso. Boca abajo, con la cara contra la almohada, las medias a medio caer, el vestido subido hasta la cintura. La peluca se le movió en algún momento y la dejé caer al suelo.
—Dios mío, dios mío, dios mío —repetía como un rezo entrecortado.
Esa frase me gusta. La he escuchado tantas veces que ya no significa nada en particular. La dicen los maricones cuando no saben qué más decir, cuando el cuerpo se les vuelve un instrumento que no controlan. La dicen como podrían decir cualquier otra cosa. Pero la dicen.
Me vine adentro de él la primera vez. Saqué, me tiré boca arriba en la cama, encendí el porro que había llevado en el bolsillo. Mateo se quedó tirado boca abajo, jadeando, sin moverse. Le miré la espalda subir y bajar. Le pasé una mano por el pelo —el suyo, el verdadero, debajo de la peluca caída— y no le dije nada.
Fumé despacio. Le ofrecí, aceptó. Compartimos el cigarro como si fuéramos viejos amigos, en silencio, y por un momento casi pareció que aquello podía ser otra cosa. Pero no lo era.
A los veinte minutos lo volví a poner boca abajo.
La segunda vez fue más larga. No tan brusca, más metódica, casi sistemática. Lo cogí con el ritmo de alguien que se toma su tiempo porque sabe que el otro no va a quejarse. Le hablé al oído cosas que no le había dicho antes. Lo llamé por el nombre falso que le había puesto. Le pregunté si le gustaba ser otra persona durante un rato.
—Sí —dijo.
—Decílo mejor.
—Me gusta.
—Más fuerte.
—Me gusta. Me gusta. Me gusta.
Cuando terminé, le pedí que se diera vuelta. Le dije que abriera la boca. Lo hizo sin pensarlo. Acabé adentro, lo obligué a tragar, y se tragó todo como le había anticipado por mensaje semanas antes. Esa parte era importante. Esa parte era el contrato.
***
Después me vestí lentamente. Me lavé las manos en el baño, me eché agua en la cara y me miré al espejo. Cuando volví a la habitación, Mateo seguía recostado, todavía con las medias puestas, el maquillaje corrido y los ojos cerrados.
—El dinero —le dije.
Señaló el cajón de la mesa de luz sin abrir los ojos. Lo abrí, conté los billetes, los guardé en el bolsillo trasero.
—¿Cuándo nos volvemos a ver? —preguntó, todavía sin moverse.
—Cuando me escribas.
—Te voy a escribir.
—Lo sé.
Me detuve un segundo en la puerta. Lo miré por última vez. Tenía algo de patético y algo de hermoso a la vez, esa figura tirada en la cama con la peluca caída a un lado y el rímel corrido. Algo que probablemente no debería existir y, sin embargo, existía. Algo que pagaba por existir.
Cerré la puerta detrás de mí.
Bajé las escaleras, le hice un gesto al portero, salí a la calle. La ciudad estaba todavía dormida. Faltaba menos de una hora para que amaneciera. Encendí un cigarrillo en la vereda y caminé hasta la avenida sin apuro.
Va a volver a escribirme. Cuando lo haga voy a tardar tres días en responder. El precio va a subir un poco cada vez.
Eso también es parte del trato. Lo sabe él, lo sé yo. Por eso paga.
A las cinco de la madrugada me senté en un bar abierto las veinticuatro horas y pedí un café. Conté el dinero por debajo de la mesa, sin que nadie me viera. Estaba completo, como siempre.
Saqué el teléfono, abrí la aplicación y empecé a mirar quién más estaba despierto a esa hora.