El maduro de la litera del fondo me esperaba despierto
Llegué a Nápoles pasadas las nueve de la noche, con la mochila empapada por una tormenta repentina y los pies hinchados de tanto caminar. Había escogido el Hostel Partenope porque en las reseñas decían que estaba a tres calles del puerto y porque una noche costaba menos que un café en mi ciudad. Lo único que pedía era una cama, una ducha y olvidarme del mundo hasta el amanecer.
La recepción la atendía un chico flaco con un pendiente en la ceja. Apenas levantó la vista del libro que estaba leyendo. Me entregó una llave de armario, una toalla mínima y me señaló una escalera estrecha al fondo del pasillo. Habitación cuatro, doce plazas, baño compartido al final del corredor.
—La cama de arriba, la del rincón —dijo en un inglés con acento espeso—. La de abajo ya está ocupada.
Subí los peldaños con la mochila al hombro. La puerta cedió con un chirrido. La luz del techo estaba apagada y el cuarto olía a colonia barata, a calcetines secos y a aire estancado. Conté seis literas, doce camas, casi todas ocupadas. Un par de turistas roncaban con la boca abierta. Una chica dormía con un antifaz de seda y los auriculares puestos. En la esquina opuesta, junto a la ventana, un hombre estaba acostado boca arriba con el rostro iluminado por la pantalla de un móvil.
Tendí mi saco encima del colchón de arriba sin hacer ruido. La litera crujió bajo mi peso cuando me senté. Saqué el cargador, el cepillo de dientes y una camiseta limpia, y me quedé inmóvil unos segundos, dejando que mis ojos se acostumbraran a la penumbra.
Bajé el brillo del teléfono al mínimo. Quería revisar los mensajes de mi madre antes de dormir, decirle que había llegado bien, que mañana iría a Pompeya. Mientras escribía, sentí el peso de una mirada en la mejilla. Levanté los ojos despacio.
Era el hombre del rincón. Seguía iluminado por su pantalla, pero ahora me observaba a mí. La sábana se le había escurrido hasta la cintura. Tenía el torso desnudo, delgado, sin un solo pelo. Me sostuvo la mirada un instante y luego volvió a su móvil.
Es solo una coincidencia, pensé.
Hice como si nada y seguí tecleando. Un minuto después volví a mirar. Ahora la sábana se le había bajado un poco más. Lo que vi me obligó a parpadear dos veces para confirmar que no me lo estaba imaginando: el hombre se estaba masturbando bajo la tela, con un ritmo lento y constante, y al notarse observado, retiró la sábana lo suficiente para que yo viera todo. Tenía una polla enorme, de las que parecen no caber en una mano. Me la mostró sin disimulo, sin sonreír, como quien enseña una credencial.
Sentí el cuerpo entero rígido. La litera no era el mejor sitio para una erección de aviso, pero ya era tarde. Miré alrededor: la chica del antifaz, los dos roncadores, una pareja abrazada en otra cama. Todos dormidos, o eso parecía.
Bajé del catre con la mayor torpeza posible. La excusa estaba lista: el cargador. El enchufe más cercano a su cama también era el más alejado del mío. Caminé hacia allí descalzo, intentando que cada paso fuera el de alguien que no había visto nada.
Me incliné a enchufar el cable. Desde esa distancia ya no quedaba duda. Tenía la polla en la mano y el pulgar resbalándole por la punta. Pasé los dedos por encima como quien comprueba si el cargador hace contacto, y rocé la suya. Caliente, pesada, dura.
Levanté la cabeza. Él seguía sin sonreír. Le señalé con la barbilla el corredor que llevaba al baño y me incorporé despacio.
Salí del cuarto sin mirar atrás. El pasillo estaba vacío y olía a desinfectante de pino. Las baldosas, frías. Empujé la puerta del baño. Tres duchas con cortina, dos lavabos, un inodoro al fondo. Me metí en la cabina del medio y dejé la cortina entornada.
Esperé. Treinta segundos. Un minuto. Empezaba a pensar que me había equivocado, que aquel hombre se había vuelto a dormir, cuando oí el roce de unos pies descalzos en el corredor. La puerta del baño se abrió. La puerta del baño se cerró. Una sombra avanzó hasta la cortina y la apartó.
Era él. Llevaba un calzoncillo gris demasiado grande y nada más. De cerca lo vi mejor: cincuenta y muchos, quizás sesenta, cara de haber dormido poco la última década. El pelo, largo y entrecano, lo llevaba recogido en una cola baja. Una barba descuidada le bajaba hasta el pecho. El cuerpo era casi lampiño, delgado pero no fibrado, con la piel floja en los costados. Cuando se bajó el calzoncillo confirmé lo que había visto desde la litera: era el ejemplar más imponente que me había topado en mi vida, una pieza que merecía un altar.
El mejor monumento que voy a ver en este viaje, me dije.
Me arrodillé sobre las baldosas mojadas. Le agarré la base con la mano derecha y la guie hacia mi boca. Empecé despacio, midiendo el peso, la temperatura, el sabor a piel y a sudor reciente. Él no movió ni un dedo. Apoyó la espalda contra el azulejo y se cruzó de brazos, mirándome desde arriba con la cabeza ligeramente ladeada.
Tomé aire por la nariz y me la tragué hasta el fondo. Soy de los que aprendieron pronto a controlar las arcadas, y ese aprendizaje volvió a salvarme. La punta me golpeaba la garganta y yo la recibía sin retroceder. Él, ni un suspiro. Solo el sonido húmedo del avance y mi propia respiración entrecortada.
Diez minutos así. La tenía bañada en saliva, brillante bajo la luz fluorescente. Me incorporé sin soltarla. Le di la espalda, apoyé las manos en la pared azulejada y arqueé las caderas hacia atrás. El gesto era inequívoco. Él entendió y se acercó.
—Despacio —susurré por encima del hombro, lo más bajo que pude.
No contestó. Me apoyó la punta en la entrada y empujó. Apreté los dientes. Aquello no entraba ni de broma. Volví a echar saliva en la mano y la repartí donde hacía falta. Otro empujón. El glande cedió, se abrió paso, y un dolor seco me recorrió la espalda. Me mordí el dorso de la mano para no soltar un grito.
Hasta aquí, pensé. Esto no va a entrar.
Pero algo en mí no quiso rendirse. Respiré tres veces, despacio. Le pedí que esperara con un gesto. Él esperó. Cuando el cuerpo cedió, retrocedí un milímetro y empujé yo. Otro milímetro. Otro. La carne se acostumbraba. El ardor se iba transformando en una presión densa, casi placentera.
Cuando por fin sentí mi trasero apretado contra sus caderas, el hombre exhaló por la nariz. Fue lo más parecido a una reacción que dio en toda la noche. Me agarró de las caderas con las dos manos, firme, pero no se movió. Comprendí que el espectáculo me tocaba dirigirlo a mí.
Vamos allá, me dije. El que vino a disfrutar fui yo.
Empujé hacia delante hasta que la punta casi se salía, y volví a empalarme con un movimiento limpio. Otra vez. Y otra. Cogí ritmo. Cada vez recorría más centímetros, cada vez más rápido. La cabina se llenó del ruido húmedo de mi cuerpo contra el suyo, del jadeo que se me escapaba a pesar de mis intentos por contenerlo. La cortina temblaba a cada embestida.
Él seguía mudo. Las manos quietas en mis caderas. La respiración apenas alterada. Yo era la marea y él era la piedra. Y la piedra me estaba derritiendo de dentro hacia fuera.
Llevaría tres o cuatro minutos así cuando oí un gruñido grave detrás de mí, como el de alguien que se aclara la garganta sin querer. Las manos en mis caderas apretaron una fracción de segundo y después se aflojaron. Me quedé inmóvil.
¿Ya? ¿En serio?
No iba a quedarme con las ganas. Sin separarme de él, me llevé la mano derecha al frente y me la agarré yo mismo. Me masturbé rápido, sin paciencia, mientras seguía notándolo dentro. La presión era extraña, distinta a cualquier otra: él inmóvil, su carne todavía rígida llenándome, y yo arrancándome el orgasmo a base de pulso.
Llegué con un temblor seco. Apreté el culo sin querer, lo apreté con todo, y sentí cómo el anillo me ardía alrededor de él. Otro gruñido a mi espalda, más largo, casi resignado.
¿Otra vez?, pensé. No puede ser tan rápido.
Pero algo no encajaba. La sensación dentro era distinta. Era abundante, más de lo que cualquier semen podría justificar. Era cálida y avanzaba en oleadas, una detrás de otra, llenándome a un ritmo que no era el de un orgasmo.
Tardé un par de segundos en aceptar lo que pasaba.
Joder. Joder. Se está meando dentro de mí.
El hombre acabó cuando consideró que tenía que acabar. Sacó la polla con la misma calma con la que la había metido. Se subió el calzoncillo. Se pasó una mano por la barba. Y salió del baño como quien acaba de fumar un cigarro a media noche y vuelve a la cama. Ni una palabra. Ni una mirada de despedida. Solo el sonido de la puerta al cerrarse.
Me quedé apoyado contra el azulejo, con las piernas temblando y el cuerpo lleno de él. Lo primero que sentí no fue asco. Fue incredulidad. Aprovechando que ya estaba en la ducha, abrí el grifo del agua caliente, separé las piernas y empujé con el vientre. Salió todo de una vez, una mezcla turbia que se deslizó hasta el sumidero sin dejar rastro.
Me enjaboné dos veces. La segunda fue más por costumbre que por necesidad. Cerré el grifo y me quedé un rato escuchando el goteo de los caños y los ronquidos lejanos que llegaban del cuarto. La piel me ardía donde la cabeza del hombre había rozado. Las baldosas estaban heladas.
Volví a la habitación envuelto en la toalla. La cama del rincón estaba ocupada por una silueta inmóvil, vuelta hacia la pared. No supe si dormía de verdad o si fingía. Tampoco me importó. Subí a mi catre, me tapé hasta la nariz y cerré los ojos.
Dormí más profundo que en cualquier otra noche de aquel viaje.
***
A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, la litera del rincón ya estaba vacía. Las sábanas, dobladas. Pregunté en recepción y el chico del pendiente me dijo que el huésped había pagado y se había marchado antes del amanecer. Ni nombre ni nacionalidad ni rastro.
Mientras desayunaba un café aguado y un cruasán reseco, pensé que el mejor monumento de Nápoles no estaba en ninguna guía turística. Y que probablemente nunca lo vería en otro idioma que el del silencio.