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Relatos Ardientes

El número que un turista me dio en el paseo marítimo

Correr es lo único que me mantiene cuerdo después de cinco años trabajando en una oficina sin ventanas. Tres o cuatro mañanas a la semana salgo a hacer mi recorrido por el paseo marítimo: ocho kilómetros entre el faro y la rotonda del puerto deportivo, y vuelta. Esa mañana de sábado no era distinta. Había terminado mi serie y estaba sobre la hierba seca, haciendo estiramientos, cuando una sombra se paró a mi lado.

—Disculpa, ¿sabes cómo se llega a la plaza del Mercado?

Levanté la vista. Era un chico de unos veintipocos, una cabeza más bajo que yo, con el pelo oscuro despeinado por el viento y una mochila pequeña al hombro. Llevaba pantalones cortos y una camiseta blanca pegada al cuerpo. Acento que no era de aquí, quizá del sur.

—Subes por esta calle dos cuadras, doblas a la derecha y la ves al fondo —le dije sin pensar mucho, todavía con la respiración alta.

—Gracias. Estoy de turista, llegué anoche y aún me pierdo —sonrió.

Asentí y volví a mis estiramientos. Pasaron unos segundos. Cuando alcé la cabeza otra vez, seguía allí, mirándome fijo.

—Tienes un cuerpo estupendo —dijo, sin bajar la voz—. Si alguna vez quieres que te la chupen como nunca te la han chupado, aquí va mi número.

Me extendió un papelito doblado. Me reí casi por reflejo, sin saber qué cara poner. Él se rio también, encogió los hombros y siguió caminando paseo arriba como si acabara de hablar del tiempo.

Me quedé con el papel en la mano, sentado en la hierba. Tenía treinta y dos años, una vida sexual bastante activa con mujeres y, hasta ese momento, nunca, jamás, me había tocado nada con un hombre. Ni curiosidad. Ni siquiera de borracho. Pero ahí estaba, leyendo el número escrito a bolígrafo y un nombre debajo: Iván.

Lo metí en el bolsillo del short y volví a casa trotando, sin pensar.

***

Bajo la ducha intenté no acordarme. No funcionó. Mientras el agua caliente me caía sobre la espalda, me vino la imagen de Iván: su sonrisa de medio lado, la calma con la que me había alargado el papel, el modo en que sus pantalones cortos se le pegaban al culo cuando se fue paseo arriba. Era un culo pequeño, redondo, demasiado apretado para ser de un hombre.

Me di cuenta de que la tenía dura. La tomé con la mano enjabonada y me corrí en menos de un minuto, mirando la pared blanca de los azulejos. Después me sentí raro. Como si hubiera hecho una llamada que no tenía planeado hacer.

Por la tarde quise poner una lavadora. Saqué el short del cesto, busqué algún billete olvidado en los bolsillos —es una manía— y mis dedos sacaron el papelito. Lo desdoblé sobre la mesa de la cocina. El número estaba ahí, escrito con una letra cuidadosa que no me esperaba.

Es sábado. No tengo planes. Puedo ir a tomar una cerveza con él y ya está.

Es lo que me dije mientras marcaba. Mentira completa.

Atendió al segundo tono, como si tuviera el teléfono en la mano.

—Soy el del paseo de esta mañana —dije.

—Ya. Te estaba esperando.

—No te creo.

—Pues no me creas —se rio—. ¿Por qué no me recoges en mi apartamento? Te paso la dirección.

Dos horas después estaba delante de su puerta con una camisa gris que no me ponía nunca y demasiada agua de colonia. Llamé al timbre. Iván abrió enseguida, descalzo, con unos pantalones de chándal grises y la misma sonrisa de medio lado.

—Bueno, hoy estoy con suerte —dijo, mirándome de arriba abajo—. Aviso que vengo con hambre.

Se pasó la lengua por el labio superior. No fue exagerado, no fue caricaturesco. Fue exacto. Volví a empalmarme contra la tela del pantalón y él se dio cuenta.

—Entonces enséñame esa boca mágica de la que hablabas —le dije, sin reconocer del todo mi propia voz.

***

El apartamento olía a café y a velas. Me llevó al salón sin decir nada, me empujó suave contra el sofá y se arrodilló entre mis piernas como quien hace algo que ha hecho mil veces. Me bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón.

—Relájate y disfruta —susurró.

Después de eso dejé de pensar.

Empezó por el glande, con los labios cerrados, hacia abajo lentamente, como si estuviera midiéndome. Sentí el calor húmedo de su boca abriéndose, su lengua presionando contra la base del prepucio. No iba con prisa. Subía y bajaba con un ritmo muy suyo, mirándome de vez en cuando con los ojos abiertos, comprobando lo que pasaba en mi cara.

Y mi cara debía estar mal, porque cuando me la sacó un momento para tomar aire, soltó una risa corta.

—Te lo dije —murmuró.

—Cállate.

Le agarré la cabeza por la nuca y le metí la polla otra vez, esta vez hasta el fondo. Pensé que se atragantaría. Tuvo una arcada pequeña, pero no se apartó. Al contrario: se acomodó, abrió la garganta y empezó a moverse él solo contra mí, con las dos manos apoyadas en mis muslos.

Nunca me la habían chupado así. Lo digo en serio. Era como si supiera exactamente cuándo aflojar y cuándo apretar, cuándo sacarla casi del todo y cuándo tragársela entera. La saliva le caía por la barbilla y goteaba sobre mis testículos. Tenía los ojos llorosos y no parecía importarle.

¿Por qué he esperado tantos años para esto?

Esa pregunta me cruzó la cabeza un segundo antes de notar que ya no aguantaba más. Quise avisarle, abrí la boca para decir algo, pero él lo entendió antes que yo. Cerró los labios alrededor de mi base y empujó la cabeza hacia abajo.

—Y ahora trágatelo —gemí.

Me corrí dentro de su boca con cuatro o cinco sacudidas largas. Iván tragó sin separarse, con los ojos cerrados, y cuando terminó me lamió hasta dejarme limpio, sin prisa, casi con cariño.

—Increíble —dije.

—Te lo dije —repitió, lamiéndose una gota que se le había quedado en el labio—. ¿Quieres más?

—Acabo de correrme. Dame un minuto.

—Déjame a mí.

***

No supe a qué se refería hasta que me empujó suave hacia atrás, me levantó las dos piernas hasta el respaldo del sofá y se acomodó entre ellas. Sentí el primer roce de su lengua y todo el cuerpo se me sacudió, no por placer, sino por sorpresa. Nunca nadie me había hecho eso.

—Espera —dije.

—No.

Y siguió. Despacio. Primero por fuera, separándome las nalgas con las dos manos, pasando la lengua plana de arriba abajo. Escupió un par de veces y volvió a lamer, ahora más en el centro, más apretado. La sensación era nueva, cálida, vergonzosa y demasiado buena al mismo tiempo. Cerré los ojos.

Entonces noté la punta de su lengua presionando contra el ano. No empujaba con fuerza, solo apretaba con la justa. Mi cuerpo se resistió primero y luego, sin que yo lo decidiera, cedió. La lengua de Iván entró y todo lo que tenía dentro de la cabeza desapareció. Me oí soltar un gemido que no reconocía.

Como había prometido, ya la tenía dura otra vez.

Iván se separó, se limpió la boca con el dorso de la mano y volvió a tomarme la polla. Pero ahora yo no quería más boca. Yo quería otra cosa.

—Ya conozco tu boca —le dije, agarrándole la barbilla—. Quiero probar tu culo.

Levantó las cejas. Por primera vez en toda la tarde pareció dudar.

—Yo casi no hago eso —respondió—. Todos quieren que se la chupe porque lo hago bien. Por el culo casi nunca.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Año y medio. Quizá dos.

—Perfecto. Entonces estarás apretado. Quítate los pantalones y túmbate boca abajo sobre mis muslos.

Lo dije con una autoridad que no sentía del todo. Iván se quedó un segundo quieto, mirándome. Después se levantó y se bajó el chándal de un solo movimiento. Por debajo no llevaba nada. Sus piernas eran delgadas, casi sin vello. Cuando se tumbó sobre mí pude notar que temblaba un poco.

***

Su culo era exactamente lo que había imaginado bajo la ducha de la mañana: pequeño, redondo, completamente depilado, con la piel muy clara. Le separé las nalgas con las dos manos y me quedé un momento mirando, casi sin creérmelo.

—Ten cuidado, por favor —susurró contra mi muslo.

Me llevé el dedo corazón a la boca, me lo humedecí bien y escupí también sobre su ano. Después empujé despacio. Encontré resistencia, claro, y él dio un respingo.

—No tan profundo —murmuró.

No le hice caso. Moví el dedo dentro y fuera, despacio al principio y un poco más rápido después, sintiendo cómo se iba aflojando alrededor de mi nudillo. Añadí el índice. La presión sobre mis dedos era brutal.

—Déjame sentirla —dijo de pronto, y la voz le salió rara—. Tu polla.

—Creo que aún no estás listo. Pero como quieras. Date la vuelta.

Se incorporó, se tumbó de espaldas sobre los cojines y me miró desde abajo. Era más pequeño todavía visto así, con la suya levantada contra el ombligo y una mancha brillante en la punta. Me arrodillé entre sus piernas y le levanté las rodillas contra mi pecho.

Tomé mi polla, la apunté contra su ano y empujé.

Como esperaba, hubo mucha resistencia. Empujé un poco más fuerte. De golpe, el glande se deslizó dentro del esfínter y sentí el calor cerrarse alrededor. Iván abrió los ojos enormes y se mordió el labio para no gritar.

—Despacio —dijo.

Yo no estaba para despacios. Me escupí en la mano, me mojé la base y volví a empujar, esta vez sin parar, hasta que sentí su cuerpo contra mis caderas. La había metido entera.

—Ahora fóllame como hay que hacerlo —dijo Iván, con una voz nueva, ronca, mucho más adulta que la de la puerta.

No me lo tuvo que decir dos veces. Empecé a moverme despacio, midiéndolo, y enseguida más rápido. El sofá empezó a chirriar. La piel del culo de Iván chocaba contra mis muslos con un ruido seco que me ponía más. Le agarré la polla con la mano y empecé a moverla al ritmo de las embestidas. Él gimió, soltó un par de palabras que no entendí, y noté cómo se apretaba aún más alrededor mío.

Aguantar fue imposible. Cuando sentí que se me venía, saqué la polla de su culo de golpe y me corrí sobre su ano abierto, después sobre su vientre, con dos chorros más largos que no recordaba haber tenido nunca. Iván se corrió un segundo después en mi mano, salpicándose el ombligo y el pecho.

Le volví a meter la polla un momento, solo para sentir otra vez ese calor apretado. Iván se rio entre dientes.

—Eres un cabrón —dijo, sin abrir los ojos.

Después, fiel a su costumbre, se inclinó hacia delante y me limpió la polla con la boca. Era su forma de cerrar la escena. Yo lo dejé hacer.

***

No he vuelto a ver a Iván. Volvió a su ciudad al día siguiente y, por lo que me dijo, no sabe cuándo podrá pasarse otra vez por aquí. Pero me prometió que volverá. Y yo le creo, porque me llama cada dos o tres semanas, casi siempre tarde, para preguntarme si sigo guardando aquel papelito doblado de la mañana de la playa.

Le digo que sí. Aunque hace tiempo que me lo aprendí de memoria.

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Comentarios (3)

CrisMQ

increible relato!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Loki35

y hay segunda parte? porque asi no puede quedar jaja, quiero saber como siguio todo despues

GaboNight

me recordo a un verano que tuve hace unos años en la costa. Esas miradas en el paseo dicen mas que mil palabras, muy real todo

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