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Relatos Ardientes

Lo que pasó aquella noche con mi mejor amigo

Recuerdo perfectamente cómo empezó todo, aunque hayan pasado más de quince años. El calor de noviembre apenas se asomaba en la ciudad y nosotros estábamos en la recta final del semestre. Las clases prácticamente habían terminado, los exámenes se cerraban en una semana y las tardes eran un lujo. Andrés, mi mejor amigo desde primer año, había organizado una reunión en su casa para celebrar el cierre del año. Convocó a media facultad, pero esa noche solo aparecimos él y yo.

—Vaya éxito, ¿eh? —dijo abriendo la segunda cerveza.

—Más para nosotros —contesté.

Sus padres se habían ido el fin de semana a la casa de la sierra y el chalet entero era nuestro. Pusimos música, sacamos las cervezas del refrigerador y nos sentamos en el sillón a hablar de tonterías. Pasamos de los profesores a las clases, de las clases a las chicas, y de las chicas a confesiones que normalmente uno guarda para sí mismo.

—La hermana de Mariana me trae loco —me dijo—. Cada vez que la veo en la facultad pienso en lo mismo.

—¿Y qué pensás?

Se rió bajito. Andrés tenía una risa nerviosa, como si siempre estuviera a punto de decir algo de lo que después se arrepentiría. Esa noche habló de cosas que no se cuentan ni siquiera entre amigos cercanos. Cosas que un hombre piensa cuando está solo y a oscuras. Yo le seguí el juego y solté las mías. Las cervezas iban cayendo y la conversación se volvía cada vez más explícita.

Pasada la medianoche, decidimos que era mejor que me quedara a dormir. Yo vivía al otro lado de la ciudad y manejar después de cinco cervezas no era buena idea. Andrés tenía una cama amplia, de matrimonio, herencia de cuando sus padres remodelaron la habitación principal. Me prestó una playera y un pantalón corto para dormir y nos acostamos.

Yo siempre dormí en posición fetal, ovillado contra el borde del colchón. Apagué la luz, le di la espalda y cerré los ojos. No tardé en notar el peso de Andrés acomodándose detrás de mí. Al principio pensé que era casual, que la cama tenía un hundimiento natural en el medio y los dos resbalábamos sin querer hacia ese punto. Pero después sentí algo mucho más concreto.

Su pene, duro debajo del short, presionado contra mis nalgas.

No supe qué hacer. Por un lado, mi primera reacción fue alejarme, deslizarme hasta el borde y fingir que no había sentido nada. Por otro lado —y esta es la confesión más difícil de hacer— me gustó. Me gustó la presión, el calor que atravesaba la tela, la respiración pausada de Andrés contra mi nuca. Me quedé quieto y dejé que pasara.

—¿Estás despierto? —susurró.

—Sí.

—Masturbémonos.

Lo dijo así, sin rodeo, como quien propone ir a buscar otra cerveza. Y antes de que yo pudiera contestar, agregó:

—Pensando en alguna chica. Yo voy a pensar en la hermana de Mariana. Vos pensá en quien quieras.

La excusa fue elegante. Nos permitía hacer algo prohibido bajo la cobertura de un pretexto heterosexual. Yo bajé los calzoncillos hasta los muslos sin darme vuelta, y él hizo lo mismo. Empecé a tocarme. Mi pene tardó pocos segundos en endurecerse del todo. La oscuridad de la habitación, el ruido de su respiración, la conciencia de que él estaba haciendo lo mismo a treinta centímetros de mí —todo eso me tenía más excitado que cualquier fantasía con la hermana de Mariana.

Y entonces sentí su mano.

Primero en mi pierna, casi por accidente. Después subiendo, deliberada, sin disculparse. Sus dedos encontraron mi pene y se cerraron alrededor con una firmeza que me cortó la respiración. Mi corazón empezó a latir contra mis costillas como si fuera a salirse. No dije nada. Tampoco aparté su mano.

—¿Te molesta? —murmuró.

Negué con la cabeza, aunque no pudiera verme.

Su mano empezó a moverse con un ritmo que no era el mío. Más lento, más cuidadoso, casi reverencial. Yo nunca había imaginado que la mano de otro hombre pudiera sentirse tan distinto a la mía. Conocía cada milímetro de mi propio pene, pero los dedos de Andrés exploraban como si encontraran cosas que yo nunca había notado. Recorría el glande con el pulgar, apretaba la base, volvía a subir. Me dejé caer boca arriba sin darme cuenta de que lo estaba haciendo.

***

Andrés se sentó en la cama. La luna entraba por la persiana y dibujaba franjas en su torso. Se quitó la playera y después el short. Lo vi desnudo por primera vez, o más bien, lo vi de una manera que nunca lo había mirado antes. Tenía el pecho lampiño, una línea de vello que bajaba del ombligo hasta el pubis, y un pene un poco más grueso que el mío, completamente erecto.

—¿Puedo? —preguntó.

No supe a qué se refería hasta que se inclinó sobre mí. Su cara descendió hasta mi entrepierna y, sin más ceremonia, su boca se cerró alrededor de mi pene.

El placer fue distinto a todo lo que conocía. La humedad, el calor, la presión de su lengua contra la parte sensible justo debajo del glande. Hasta ese momento yo no había estado con nadie. Ninguna chica me había hecho lo que Andrés me estaba haciendo en esa habitación a las tres de la madrugada. Me agarré de la sábana con las dos manos y traté de no hacer ruido. La cama crujía con sus movimientos y yo tenía la certeza, irracional pero presente, de que los vecinos podían escucharnos.

Subía y bajaba con un ritmo paciente. A veces se detenía y lamía solamente la punta, a veces se la metía toda hasta donde podía y yo sentía su lengua trabajando alrededor. Cerraba los ojos y se concentraba, como si estuviera haciendo algo importante. Yo, que había imaginado mil veces qué se sentiría una mamada, descubrí que ninguna de mis fantasías se acercaba a lo real.

Esto no se puede deshacer.

Cuando sentí que estaba por terminar, le aparté la cabeza con una mano.

—Esperá. Quiero hacerlo yo también.

Se acomodó boca arriba y yo me arrodillé entre sus piernas. Su pene, visto desde tan cerca, era una cosa extraña y familiar a la vez. Lo agarré con la mano. La piel era suave, la base más caliente que el resto. Acerqué la boca despacio, casi con miedo. No sabía si me iba a dar asco, si iba a poder, si después me iba a arrepentir.

Pero lo hice. Y no me dio asco.

Tenía un sabor limpio, levemente salado, sin nada desagradable. La rigidez en mi boca era una sensación nueva que se me grabó para siempre. Lo recorrí con la lengua de la base a la punta, exactamente como él había hecho conmigo, y escuché un gemido grave que no esperaba. Sentir el cuerpo de un hombre reaccionar a lo que yo le hacía con la boca fue lo que terminó de quebrarme.

Me puse muy caliente. Demasiado caliente.

***

—Quiero que me la metas —le dije sin pensarlo demasiado.

Andrés me miró desde la almohada. Tenía la cara enrojecida y el pelo pegado a la frente.

—¿Seguro?

—Sí.

Me puse en cuatro sobre la cama y le di la espalda. Sentí cómo se acomodaba detrás de mí. Escupió en su mano y se untó el pene, después escupió otra vez y me untó el ano. La sensación fría de su saliva contra esa parte de mí que nunca había sido tocada me hizo tensarme. Trató de empujar despacio. La punta de su pene presionaba contra mi entrada y yo, por más que intentaba relajarme, no podía dejarlo pasar.

Lo intentamos varias veces. Cambiamos de postura, probamos con más saliva, probamos con paciencia. Pero no estaba preparado. Mi cuerpo se cerraba cada vez que él presionaba y, después de un cuarto de hora de intentos, tuvimos que parar.

—No pasa nada —me dijo.

—Perdón.

—Boludo, no pidas perdón.

Terminamos cada uno por su lado. Él se acostó boca arriba y se masturbó hasta acabar sobre su propio abdomen. Yo me senté contra la pared y me hice lo mismo, mirándolo a los ojos. Cuando terminé, me dejé caer al colchón y nos quedamos en silencio escuchando el zumbido del ventilador.

—No hablemos nunca más de esto —dijo finalmente.

—De acuerdo.

Y así fue.

***

A la mañana siguiente desayunamos como si nada hubiera ocurrido. Rendimos los exámenes finales una semana después, cada uno se fue de vacaciones por su lado y al año siguiente Andrés se mudó a otra ciudad para empezar un posgrado. Nos vimos un par de veces más en bodas de amigos comunes, siempre acompañados, siempre cortos. Nunca volvimos al tema. Yo a veces miro su foto en las redes sociales —ahora está casado y tiene dos hijos— y me pregunto si él también piensa en aquella noche cuando se acuesta junto a su mujer.

Yo me casé con Lucía hace ocho años. La quiero, la deseo, hacemos el amor con frecuencia y soy feliz con la vida que tenemos. Pero la inquietud que se me despertó esa madrugada con Andrés nunca se apagó del todo. Tengo la fantasía de saborear otra vez un pene en la boca. De sentir uno entrándome despacio, esta vez sí, hasta el final. La curiosidad que aquella noche se quedó a medias se transformó con los años en una comezón persistente que la rutina conyugal no termina de aliviar.

Con Lucía he aprendido a acercarme por caminos laterales. Le pedí, un día cualquiera, que me tocara el ano mientras yo me masturbaba. Le dio risa primero y curiosidad después. Ahora es parte del repertorio. Me mete un dedo, a veces dos, y la intensidad del orgasmo cuando estoy así no se parece a nada. Cuando ella no está en casa, agarro un consolador chico que tenemos guardado en el cajón —ella cree que es solo para usarlo con ella— y me ocupo yo mismo. Me empino en el borde de la cama, a veces me pongo una tanga suya por encima de los muslos para sentir la tela, y juego con mi cuerpo imaginando que es Andrés, o un desconocido, o cualquier hombre que quisiera ayudarme con esa comezón.

Pero ahí queda. En la fantasía. Lucía nunca lo va a saber y yo nunca voy a buscar a otro hombre.

Esta es mi confesión. La primera vez que la pongo en palabras, después de tantos años de cargarla solo. No sé si Andrés todavía piensa en aquella noche de noviembre. No sé si en algún momento la habrá puesto en palabras él también, en alguna confesión susurrada que después borró del teléfono. Pero yo sé que esa fue mi primera vez con un hombre, y que probablemente sea también la última, y que el recuerdo me alcanza para seguir alimentando la fantasía cada vez que cierro los ojos.

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Comentarios (3)

Romi_cba

Ufff que relato, quede sin palabras!!

Paula_reads

Necesito que cuentes mas sobre lo que paso despues, no puede quedar ahi!

Valentina22

Me hizo acordar a algo parecido que viví a los 20, esas situaciones que uno nunca termina de entender del todo

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