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Relatos Ardientes

Cuando mi esposa apareció en medio del juego

La música seguía girando con esa cadencia húmeda que tenía el casete cuando ya llevaba dos horas puesto. Olía a lavanda y a eucalipto, y debajo de todo eso a la goma caliente del piso del spa. Mateo Esteban se acordó de un disco viejo de Donna Summer que su padre escondía en una caja de zapatos, y por un segundo le pareció que la voz de la cantante se colaba entre los chapoteos del jacuzzi.

—Adelina se quedó sin el traje de baño antes de que nadie se lo pidiera —le contó a Ezequiel, su vecino, sin dejar de fregar los vasos del aguardiente—. Se ató el antifaz de seda y aceptó la cámara Polaroid colgada al cuello con la misma calma con la que aceptaría un café. Era una mujer ancha, con muy buen humor, y cuando giró sobre sí misma para orientarse, las carnes le marcaron un compás distinto al de la canción.

—¿Y usted dónde se metió en esa primera ronda? —preguntó Ezequiel, ya casi tumbado en el sofá, con la botella de Beluga apoyada en el muslo.

—Yo me hice a un lado, junto a la cortina de bambú. Octavio se apoyó en el borde del jacuzzi sin disimular nada, casi ofreciéndose. Lorena bailaba frente a la grabadora, más observando que jugando. La camiseta que le presté se le pegaba al cuerpo y se le marcaban los pezones. Renata caminaba en puntillas hacia el rincón del baño turco, dejando huellas mojadas que el caucho se tragaba enseguida.

—¿Y Adelina capturó a alguien?

—A nadie. Tres disparos al aire. Cuando le tocó a Octavio el turno, él se tapaba el pene con una mano y con la otra apretaba el obturador. Fotografió a Renata, que era su mujer, y dos veces a Adelina. Adelina fue la primera castigada y se metió al baño turco a esperar.

Un silencio breve se instaló en la cocina. Ezequiel se incorporó para servirse otro trago. Mateo Esteban guardó el acetato de Madonna que sonaba bajo en el equipo y eligió, en su lugar, The Grand Illusion de Styx. Puso la aguja en el cuarto tema y volvió al fregadero como si no hubiera interrumpido el relato.

—Renata desató el nudo de la bata —siguió— y se la entregó a su marido como una mariposa devolviendo la crisálida. Tenía debajo un bikini estampado de flores turquesas. Cuando se sintió mirada, cruzó los brazos sobre los pechos.

—Pues claro, hombre —intervino Ezequiel—. Una bata en ese vapor era una tortura. Y de paso le ahorraba a su marido seguir jugando desnudo.

—Exacto. Octavio se envolvió aliviado en esa bata. Le tocó el antifaz a Brigitte. Dio dos pasos al frente y el vapor se abrió para dejarla pasar, eso me pareció. La cámara disparó casi enseguida. Brigitte se quedó quieta un segundo, calibrando el ruido del mecanismo, giró a la izquierda y se movió con una sensualidad lenta, como si bailara Fly Robin Fly aunque en la grabadora ya sonara otra cosa. Al agacharse pasó cerca de Octavio, que retiró la esquina de la bata. Ella no lo vio, pero algo en la textura del aire le hizo apretar el botón. Otro clic. Una rodilla, un hombro, no se sabía.

—¿Y la tercera foto?

—La tercera fue para Renata. Se había escondido detrás de la cortina de bambú, tapándose la boca para no reírse, y Brigitte giró de golpe hacia allá. No por sonido, te juro. Por intuición. Sacó la última foto y se quitó el antifaz con una lentitud teatral. Lorena recogió las tres polaroids y las puso sobre la mesa a revelarse.

—¿Y a usted cuándo le llegó el turno, hombre? —Ezequiel se inclinó hacia delante, con esa sonrisa fina que ya conocía—. Porque hasta acá lo veo entretenido, pero le falta ajícito. ¿Cómo se sintió quitarse la ropa sin su mujer al lado?

—Para qué le voy a decir que no, si sí —admitió Mateo Esteban. Se secó las manos en el trapo y se quedó un instante apoyado en el mesón—. Lorena me deslizó la seda negra del antifaz desde la frente. Sentí una parte húmeda, pero la seda estaba aromatizada con algo dulce. De golpe perdí los colores y las formas. Solo me quedó la sinfonía del agua, la grabadora, alguna risa cómplice a mi derecha. Y el eco de mis pies descalzos sobre el caucho mojado. La Polaroid me colgaba del cuello como un ojo mecánico inútil.

—¿Y caminó?

—Caminé despacio, guiándome por el vapor. El aire vibraba con la presencia de los otros. Cada respiración era una pista. Escuché un chapoteo a mi izquierda, el deslizar de un cuerpo, y avancé hacia allá con la cámara lista. Rocé una tela mojada y supe quién era por el perfume.

—¿Quién? —preguntó Ezequiel, sin levantar la voz.

—Lorena. Soltó una risa baja, ronca, que me erizó la piel. Sentí mi propia camiseta pegada al brazo de ella, fucsia debajo, anudada en la cintura. Disparé hacia abajo. El flash se filtró débilmente por el antifaz, dejó una estela morada detrás de mis párpados. Esa fue mi primera captura.

—Y siguió.

—Seguí. Con el corazón hecho un latido constante. La oscuridad era una página en blanco para los otros sentidos. Me moví hacia las cortinas, extendí una mano y toqué una tira fina, después una piel tibia debajo. Era Brigitte. El aire alrededor de ella tenía otra picardía. Disparé el segundo flash sin saber qué encuadraba. La capturé.

—Ah, ya veo —lo interrumpió Ezequiel, divertido—. Su estrategia era de adivino, no de exhibicionista. Y después se le cruzó una presencia más esquiva.

—Sí. El roce de una tela mínima. Mis dedos encontraron una piel desnuda y, enseguida, los brazos cruzándose para cubrirse. Renata trataba de escapar. Pequeña, asustada, su pudor era una barrera frágil. Ella tampoco se había rendido del todo a la desinhibición, y eso la volvía más interesante. La capturé de espaldas, en una intrusión consentida. La tercera y la vencida. O eso creí.

—Así que la recatada Renata prefirió un poco de exposición controlada antes que la humillación completa —rio Ezequiel, recostándose otra vez en el sofá—. Sigue, hombre. ¿Qué le salió en las fotos?

—Me quité el antifaz. La luz tenue del spa me alivió los ojos. Lorena ya levantaba las tres polaroids en el aire. En la primera, Lorena devolviéndole la cámara al fotógrafo, con esa tela fucsia anudada en la cintura y las tetas firmes para que uno las siguiera mirando. En la segunda, Brigitte con media sonrisa y el hombro mojado. En la tercera...

Mateo Esteban paró. Bajó la copa con cuidado y el cristal hizo un golpecito seco contra el mesón. Ezequiel no dijo nada. Esperó.

—En la tercera fotografía sentí un golpe en el estómago. Una mujer de piel oscura, descalza, parada bajo el umbral del spa entre dos hombres más altos que ella. Los tres ajenos al juego, los tres metidos en la imagen sin haberlo planeado. Era mi mujer.

—¡No me diga! —Ezequiel se enderezó en el sofá, riéndose—. ¿Catalina? ¿En medio de su jueguecito? Pero si la había dejado durmiendo en la cabaña, hombre.

—Eso pensé yo. Todos giramos a la vez. La silueta era la suya, sin duda. A su derecha, Fabien, con el aire de galán despreocupado de siempre. A la izquierda, Iván, macizo y cargado de toallas blancas bajo el brazo. Detrás, casi como un guardaespaldas silencioso, Néstor, con una bandeja plástica llena de cócteles. Una nueva pregunta se me clavó en la cabeza: ¿qué hacían los cuatro juntos? ¿Dónde se habían encontrado? Y, sobre todo, ¿qué había pasado a mis espaldas mientras yo jugaba a la gallinita ciega?

—¿Y a usted le entraron los celos de golpe?

—Para nada. Fue intriga. Catalina estaba radiante, reinando entre esos tres hombres, y de paso me había encontrado a mí en bolas y con una Polaroid colgándome del cuello. Para colmo, en ese mismo instante se abrió la puerta del baño turco y salieron sudados pero risueños Camilo y Federico, y detrás Adelina.

—La vida tiene un sentido del humor peculiar, ¿no le parece? —comentó Ezequiel, levantándose para acercarle a Mateo Esteban la botella vacía y el vaso—. Usted era el maestro de ceremonias de su propio juego de «liberación» y la pieza más valiosa hizo su entrada triunfal. Justo cuando lo pilla al natural. ¿Qué opinó ella del cuadro?

—¿Qué haces aquí? —le pregunté, ridículamente sorprendido. El susto fue tal que ni siquiera me tapé. Catalina caminó hasta mí, me dio un pellizco en la punta de la nariz y me dijo: «Mirá, vos. ¿Acaso no te alegrás de verme, monito mío? Porque a mí sí me encanta encontrarte así». Y, sin dejar de sonreír, me ofreció un sorbo de su daiquiri.

—¡Ja, ja, ja! Pero claro, hombre. Eso era exactamente lo que ella buscaba. Lo dejó solo a propósito y le dio resultado.

Mateo Esteban no respondió enseguida. La única señal de que el comentario le había pegado por debajo de la línea de flotación fue un parpadeo lento. Se sirvió un dedo del Beluga que quedaba y lo bajó de un trago.

—Usted y yo sabemos que el destino nos marea con tantos giros inesperados —dijo, dejando la copa sobre el mesón—. Algunos, como dice usted, encuentran la forma más expresiva de recordárnoslo. Catalina es de esas. No me lo esperaba, pero entendí el punto y le di su espacio. Yo no había hecho nada malo, así que dudar de ella no tenía sentido. Habíamos ido a eso. Ella con ganas y yo a regañadientes, pero acepté, y eso me hacía copartícipe de lo que pudiera pasar.

—Muy comprensivo, usted —Ezequiel no disimuló la ironía—. ¿Y después? ¿Cada uno por su lado?

—Camilo cortó la tensión enseguida. Anunció la nueva dinámica: duchas mixtas, reagrupamiento y una parrillada al aire libre. Cada uno tenía una tarea. Las duchas fueron territorio de encuentros, no de descubrimientos. Lo que había para ver ya se había visto. Hubo jabón floral, agua, comentarios jocosos sobre el juego y, por supuesto, en la cabeza de cada uno una colección de imágenes y un par de sospechas.

—Me bajó usted de las nubes, hombre. Yo imaginé una orgía nocturna y no esta repartición de tareas. ¿De verdad no pasó nada más esa tarde?

Mateo Esteban se quedó callado, secando un vaso que ya estaba seco. En su cabeza, sin embargo, todo el espacio se lo ocupaba la siesta de Catalina y lo que había pasado mientras él jugaba a buscar cuerpos en la oscuridad.

—Cuando ella se despertó —siguió, eligiendo cada palabra—, estiró un brazo buscándome y los dedos solo arañaron la sábana vacía. Se acordó del juego y se rio sola. Se puso un vestido playero de malla semitransparente, dorado, con dos aberturas en los costados que casi le llegaban a la cadera, y un bralette de encaje debajo. Sandalias planas, también doradas. Salió a buscarme.

—Por supuesto.

—No me encontró. La casa estaba en un silencio raro. Se asomó al comedor, fisgoneó en la cocina. Nada. Cuando se volvía a la cabaña, Fabien apareció por el pasillo lateral con una cerveza en la mano. Le ofreció asiento en el patio central y empezaron a hablar de tonterías. En algún momento empezaron a escucharse ruidos arriba, en el segundo piso. Gemidos contenidos, risas, un ritmo constante. La curiosidad fue mutua.

—Subieron.

—Subieron de la mano, tan pegados que la madera del pasillo crujía bajo los dos al mismo tiempo. Había una puerta entreabierta. Detrás se oía una voz pausada, frases largas, una cadencia que no era de música. Catalina apretó la mano de Fabien por gusto, no por miedo, y Fabien la invitó a mirar sin hablar.

—¿Y qué vieron?

—Una habitación con cadenas que tintineaban a la luz baja. Iván y Néstor, en pleno acto. Iván mandaba, Néstor acataba. La piel sudada, el potro de madera, todo el cuadro armado para que nadie pudiera fingir que estaba ahí por casualidad. Catalina sintió un sofoco; le subió un calor por las ingles que la dejó respirando con dificultad. Fabien intentó pasarle una mano por dentro de la malla. Ella lo paró en seco, sin enojarse, pero sin dejarse.

—¿No le interesó el francés?

—Le interesó el cuadro. Lo que estaba imaginando para sí misma era otra cosa, y por eso lo paró. En esas, Iván los vio en la puerta y, lejos de incomodarse, la llamó a ella. Le pidió que se acercara a la mesa y eligiera un tapón metálico, el más grande, y le untara lubricante. Catalina obedeció, con esa mezcla de elegancia y descaro que la caracteriza, lo embadurnó, se acercó al cuerpo de Néstor y empujó hasta que la resistencia cedió. Néstor soltó una vocal larga que se fue apagando.

—¡Ja, ja, ja! No me diga.

—Cuando Iván le pidió que siguiera, ella le contestó: «Mirá, ve. Ya te colaboré bastante. Para meterle lo que querés, vos no necesitás de mi ayuda». Y se fue del cuarto sin esperar a Fabien.

—Una salida con clase.

—En el pasillo respiró un aire menos denso. Se bebió dos tragos largos de la cerveza. Cuando levantó la cabeza, Fabien ya estaba ahí, sin decir nada, con una mano apoyada en su hombro. Le dijo: «Voy a bajar. Quiero seguir buscando a mi marido». Y bajó.

—¿Y todo eso usted lo supo en el momento o se lo contó ella después?

—En el momento, ni media palabra. Después, esa misma noche, lo fui armando como un rompecabezas. Cada gesto suyo, cada sonrisa de Fabien o de Iván cuando llegaron a la parrillada, eran una pieza. Catalina apareció tarde, con el cabello húmedo y un cóctel nuevo en la mano. Se sentó cerca de mí, me dio un piquito y me sobó el antebrazo. No me consultó nada. Yo tampoco le pregunté.

—¡La llegada de los impíos! —Ezequiel se rio con una risa carrasposa—. Una procesión de santos y santas, ¿no le pareció? Saludando como si vinieran de una partida de ajedrez. Pero dígame, Mateo, ¿el piquito venía con garantía de exclusividad, o ya comprendió que era la bienvenida a la nueva versión de su matrimonio?

—Usted siempre mira más allá de las apariencias, Ezequiel. Será porque las hace y se las imagina. Digamos que lo que vi y lo que la mirada de Catalina me dio a entender formaba parte del paisaje. Y en cuanto a mi matrimonio, las normas siempre estuvieron claras. Jamás darle la espalda al otro. O los dos en la cama o los dos en el suelo. La confianza y el respeto eran la base. Y ese no era el momento para dudar.

Pero Mateo Esteban le mintió. Dudó. Del otro lado del kiosco sentía como si su propia carne fuera la que se estaba cocinando sobre la parrilla. Los carbones crepitaban con un ritmo que parecía sacar a la luz una profecía que terminaría de cumplirse esa noche, en las habitaciones del segundo piso, cuando los pasillos de madera volvieran a crujir y el alcohol terminara de soltar a las bestias.

—¿Dudar? —Ezequiel chocó la copa vacía contra el mesón—. ¡Pero, hombre! Es lo más humano que pudo hacer usted desde que dejó la camiseta tirada en una silla. Y lo más honesto, también. Lástima que se me terminó el Beluga. Justo es el momento para brindar por la duda, que es madre de todas las certezas.

Mateo Esteban se quitó los guantes amarillos y secó las copas con un trapo limpio. Cuando habló, lo hizo sin levantar la mirada del fregadero.

—Brindar por la duda tiene gracia, sí. Pero hay dudas que no se celebran. Hay algunas que se incrustan como astillas finas, y no importa cuánto se las quiera sacar con las uñas, ni cuánto alcohol se tome después para olvidarlas. Esas siguen ahí, escondidas debajo de la piel, esperando el momento justo para volver a doler.

—¡Uf, qué poético! —Ezequiel se rio, pero esta vez sin tanta burla—. Eso suena más a confesión que a queja. Se nota que tiene astillas clavadas, pero ninguna de ella, hasta acá. ¿O me equivoco? Bueno, dejémonos de melancolías y dígame qué pasó después de la parrillada. No me venga con que se fueron a dormir como angelitos, hombre, cuando los cuerpos pedían otra cosa.

—Continuará —contestó Mateo Esteban, apagando la luz del fregadero—. Esa parte la cuento con la próxima botella.

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Comentarios (3)

Nico_BA99

genial!!! me quede con ganas de leer mas

Diegote_BA

Por favor seguí con esto, quede re enganchado desde la primera linea. Esperando la segunda parte

SandraCba_22

Lo de la Polaroid le da un toque muy especial. Muy bien narrado, se siente real y cercano

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