Buscamos refugio en un motel y no salimos hasta el amanecer
Lo conocí en el bar de la estación de servicio, tres horas antes de que el cielo se rompiera sobre nosotros. Yo esperaba un colectivo que en el fondo no pensaba tomar, y él hojeaba un diario viejo en la barra de enfrente. Cuando levantó la vista por encima del titular y me sostuvo la mirada un segundo de más, supe que el viaje iba a quedar postergado por mucho tiempo.
Se llamaba Esteban. O al menos eso me dijo, y a mí me bastó. Tenía las manos grandes, los antebrazos morenos por el sol de los últimos días y una camisa de lino arrugada que dejaba entrever el principio del vello del pecho. Cruzamos cuatro frases vacías sobre el calor, el partido del domingo y el precio del café antes de que él soltara, con una calma que me erizó la piel.
—Hay un motel a tres kilómetros, sobre la ruta vieja. ¿Vamos?
No le contesté con palabras. Apuré el resto del café, dejé un billete sobre la barra y caminé hacia su camioneta sin mirar atrás. El cielo ya estaba color plomo y se sentía el olor a tierra mojada antes de que cayera la primera gota.
***
Apenas habíamos cargado las primeras gotas en el parabrisas cuando estacionamos frente a un edificio bajo de paredes celestes y un cartel de neón apagado que prometía cabañas con «todo confort». Una campanilla chillona anunció nuestra llegada en cuanto empujamos la puerta de la recepción. Un viejo con anteojos al borde de la nariz nos atendió detrás de un vidrio amarillento, sin levantar la cara del crucigrama.
—Por veinticuatro horas se paga adelantado —dijo con voz somnolienta—. Es la cabaña veinticuatro, al fondo, donde está la luz verde encendida.
Pagamos. Nos entregó una llave atada a una tablita pintada, lo bastante grande como para que ningún cliente se la llevara por descuido. Esteban manejó la cuadra de cabañas con la prisa que le permitían los pozos del camino. La lluvia se largó de golpe, justo cuando bajamos a abrir la puerta labrada. Entramos empapados de los hombros para arriba y, por dentro, una vieja película porno que nadie miraba sonaba bajito en un televisor enorme y de panza, con la imagen a punto de irse.
Cerré la puerta de un golpe y, antes de que terminara de girar la traba, él ya estaba encima de mí.
Nos besamos como si lo hubiéramos estado postergando durante años. Su boca sabía a tabaco y a cerveza, y en algún momento también a sangre, por un mordisco que ninguno de los dos supo quién dio. Su lengua entró sin pedir permiso y la mía la recibió con la misma desesperación. Me besó la cara, el cuello, la línea de la mandíbula, mientras sus manos buscaban la tela de mi camisa por la cintura.
—Esperá —murmuré sin convicción.
—No —contestó, y siguió.
Las camisas fueron lo primero en caer. La suya, sobre la mesita del televisor; la mía, en algún rincón que nunca llegué a ubicar. Sus manos eran ásperas y cálidas, y bajaron por mi espalda hasta meterse adentro del pantalón, agarrándome las nalgas con la firmeza de quien ya sabe lo que vino a buscar. Yo respondí en espejo. Le solté el cinturón, le bajé el cierre y palpé, por encima del calzoncillo, una erección dura y caliente que latía como un animal pequeño.
Se le escapó un gruñido cuando lo apreté. A mí, un gemido cuando él metió la mano en el mío.
—Vení —dijo, tirándome de la muñeca hacia la cama.
***
Caímos sobre el colchón con la torpeza del apuro. La luz baja del velador volvía todo amarillento. Terminamos de desvestirnos a manotazos: pantalones, calzoncillos, medias, todo voló sin ceremonia. Cuando quedamos completamente desnudos, me detuve un segundo a mirarlo. Tenía el cuerpo macizo, sin gimnasio, marcado por el trabajo manual. Y entre las piernas, la verga gruesa, larga, brillante en la punta de líquido seminal.
Me acomodé al revés, la cabeza contra sus pies, y le ofrecí la mía a la altura de su boca. No hizo falta hablarlo. Él tomó la iniciativa: me envolvió el glande con los labios, despacio, y después se la tragó entera, hasta la raíz, sin avisar. Solté un gemido tan fuerte que me asusté de mí mismo.
Lo seguí. Le besé el glande primero, sentí en la lengua la sal del líquido anticipado y abrí la boca todo lo que pude. La punta entró cómoda, pero a los pocos centímetros tuve que forzar la mandíbula. Llegué con él hasta la úvula y todavía sobraba para tragar. Empujé un poco más y una arcada me obligó a frenar. Volví. Empecé a moverme de adelante hacia atrás, con un ritmo que parecía gustarle, porque a los pocos segundos lo escuché tirar un suspiro largo.
—Pará, pará —jadeó—. Lo hacés demasiado bien. Me vas a hacer acabar.
Me detuve. Nos giramos hasta quedar uno al lado del otro, frente a frente, y volvimos a besarnos. Esta vez con menos hambre y más demora. Las manos seguían en movimiento, recorriéndonos sin urgencia. Me pellizcó las tetillas con la fuerza justa para que doliera un poco y me arqueé contra su mano sin querer.
Que no pare. Que esta noche no termine nunca.
***
Su boca empezó un descenso lento por mi pecho. Mordió suave debajo del ombligo, tironeó con los dientes el vello púbico y, cuando llegó otra vez a mi pene, lo tragó entero de un solo movimiento. Empezó a masturbarme con la garganta. Le hundí los dedos en el pelo y dejé caer la cabeza contra la almohada, con los ojos apretados.
Mientras me chupaba, sentí un dedo curioso bajar por el perineo. Iba y venía, dibujando círculos pequeños, y siguió camino hacia atrás. Encontró mi entrada y se quedó ahí, apoyado, sin presionar. Solo el roce. Como una pregunta hecha en voz baja.
—Seguí —pedí, casi sin voz.
El dedo presionó un poco. La carne se resistió por instinto y después cedió. Entró hasta la primera falange y se quedó quieto, esperando a que me acostumbrara. Apreté los ojos. El placer me subió desde la base de la espalda hasta el cuero cabelludo en una ola que no esperaba.
Esteban se incorporó, me agarró de las caderas con las dos manos y me dio vuelta bocabajo de un solo movimiento. Se acostó a mi lado, me besó la nuca y volvió a hundir la mano entre mis nalgas. El dedo encontró otra vez el lugar y entró, esta vez sin resistencia.
—Vos te dejás —murmuró contra mi oído.
—Yo me dejo —admití.
Empezó a besarme la espalda. La nuca, los hombros, las paletas, los riñones. Me lengueteó la cintura, me mordió las caderas, me apretó las nalgas y me las abrió. Cada beso erizaba un milímetro distinto de piel. Me movía contra el colchón sin poder evitarlo, con el pene atrapado debajo del cuerpo y latiendo a destiempo del corazón.
***
Se acomodó de rodillas entre mis piernas. Me besó cada nalga, despacio, con la lengua. Bajó hasta los testículos y me los lamió hasta hacerme suplicar. Después subió, abrió con los pulgares lo que tenía que abrir y, sin más preámbulo, apoyó la lengua en mi ano.
Fue como un beso obsceno. Cálido, húmedo, pegajoso, persistente. Lengüeteó sin descanso, presionando para entrar, mientras con las manos me separaba la carne casi hasta el dolor. Yo apretaba la sábana entre los puños y mordía la almohada para no gritar demasiado fuerte.
Escupió encima. Extendió la saliva con la yema del dedo y volvió a entrar, esta vez con más decisión. Un dedo entero. Después dos. Mi cuerpo se abría a su ritmo, sin pelearle nada.
—¿Te gusta? —preguntó, y la voz le tembló un poco.
—Me enloquece —contesté—. Metelos más.
Lo hizo. Y de la punta de mi pene escurrió un hilo de semen que no llegó a ser orgasmo, pero estuvo cerca.
***
Sacó los dedos. Me tomó de las caderas con un poco más de brusquedad y me obligó a apoyarme en las cuatro extremidades. Volvió a abrirme las nalgas y se inclinó otra vez a lamerme, con más fuerza ahora, mojándome todo lo que después iba a necesitar mojado.
—Te voy a coger —dijo, grave, y la frase sonó más a aviso que a pregunta.
—Sí. Cogeme.
—Abrite vos —ordenó.
Le obedecí. Llevé las manos atrás y me separé las nalgas con los dedos, ofreciéndoselo todo. Sentí la punta de su verga apoyarse en mi entrada y empujar despacio. Mi cuerpo se dilató lo que pudo. La cabeza entró, gruesa y caliente, y dolió. Solté un quejido contra la almohada.
—Quieto —pidió—. Respirá.
Respiré. Esperé. Él esperó conmigo. Cuando sintió que el dolor cedía, empezó a empujar de a poco. Un milímetro, otro, otro. Cada avance me arrancaba un sonido distinto. Cuando finalmente lo tuvo todo adentro, los dos nos quedamos quietos un instante, escuchando la lluvia que ahora golpeaba contra el techo de chapa con furia.
Y empezó a moverse.
***
Despacio al principio. Sacándola casi entera y volviéndola a meter con paciencia. Después más rápido. Sus manos en mis caderas, los muslos golpeando contra los míos, su respiración rota arriba de mi nuca. Yo gemía con cada embestida, en un canturreo que se iba haciendo más agudo a medida que el placer me ganaba.
Me agarró del pelo. No fuerte, lo justo para tirarme la cabeza hacia atrás y obligarme a arquear la espalda. El cambio de ángulo me hizo aullar. Algo dentro de mí, en algún lugar al que nunca había llegado nadie, se encendió como un foco encegueciéndome.
—Ahí —chillé—. Justo ahí.
Insistió en ese punto, una y otra vez, con embates cortos y rítmicos, sin salirse. La cabeza me daba vueltas. Tenía el pene durísimo, sin que nadie lo tocara, golpeándose contra mi abdomen con cada empujón.
El orgasmo me agarró por sorpresa. No avisé. Sentí un hormigueo subir desde los pies y, sin más, mi semen empezó a saltar contra la sábana en sacudidas largas. Aullé, creo. No me acuerdo bien. Esteban sintió cómo me apretaba alrededor y soltó una puteada larga.
—Ahora yo —jadeó.
Tres, cuatro embestidas más, profundas, brutales, y se hundió entero en mí con un gruñido que pareció venirle del estómago. Lo sentí estallar adentro, en oleadas calientes. Después se quedó quieto, apoyado contra mi espalda, respirando contra mi nuca, sin querer salir todavía.
***
No me acuerdo de habernos limpiado. Apagamos el televisor, que seguía exhibiendo a una pareja triste en una mala película, y nos metimos abajo de las sábanas. Afuera la tormenta golpeaba con todo. Ya no había prisa. Me acomodé contra su pecho y él me pasó el brazo por la cintura.
En algún momento de la noche, todavía dormido, lo busqué a tientas y le agarré la verga otra vez. No para nada en particular. Solo para sentirla en la mano, blanda y tibia, mientras la lluvia seguía bajando sobre el techo.
A la mañana siguiente, cuando entró el sol entre las cortinas, ninguno de los dos preguntó nombres verdaderos ni teléfonos. Devolvimos la llave, pagamos el café que pidió el viejo de la recepción y cada uno tomó su camino. La ruta estaba mojada y olía a tierra removida.
No volví a verlo nunca más. Y, sin embargo, todavía hoy, cuando llueve fuerte sobre el techo de mi casa, me acuerdo del motel de la luz verde y de la única noche en que me dejé caer entero en manos de un desconocido.