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Relatos Ardientes

Doce horas con él en el ascensor del apagón

El ascensor se detuvo en la planta 22 y las puertas se abrieron sin prisa. Dentro ya había alguien. Lo saludé con una inclinación de cabeza y me giré de cara a la puerta, fingiendo interés en los números rojos que marcaban el descenso. No quería que se notara que lo había mirado de más en ese primer segundo.

Por el reflejo en la pared espejada lo evalué con disimulo. Cabello castaño claro, espeso y un poco revuelto. Ojos azul oscuro. Nariz aguileña y una boca de labios finos con una sonrisa cansada que parecía no irse nunca del todo. Pómulos altos, mentón cuadrado, un hoyuelo discreto que se le marcaba al apretar la mandíbula. Rozaba el metro noventa y llevaba un traje gris de corte impecable que dibujaba un cuerpo trabajado, ni demasiado grande ni demasiado fino. Estaba para detener el tráfico.

Dios, qué hombre.

Y para colmo de males, yo había salido de la facultad sin arreglarme. Llevaba unos vaqueros gastados, las botas de la moto y una camiseta básica blanca que ya empezaba a pegárseme a la espalda por el calor. Había bajado a entregar unos papeles que no me ocuparían cinco minutos. Por qué nunca me cruzaba con tipos así cuando salía decente.

Sentí su mirada. No me hacía falta girarme para saberlo. Apoyó el hombro contra la pared espejada y se cruzó de brazos, en una postura indolente, como si me estuviera dando permiso para mirarlo y al mismo tiempo aprovechara para mirarme él. Me ardió la nuca.

El ascensor descendió tres pisos. Y se paró.

Las luces parpadearon dos veces y se quedaron en la penumbra amarilla del modo de emergencia. Un zumbido suave, casi musical, y después nada.

—Buenos días —dijo él, sin moverse—. Parece que vamos a hacernos compañía un rato.

Tenía acento italiano. Suave, redondeado, pero claro.

Apreté el botón de emergencia. Tardaron un minuto largo en contestarme. Una voz amable y apurada me explicó que había habido un apagón a nivel nacional, que no sabían cuánto duraría, que había emergencias más serias que la nuestra y que aguantáramos tranquilos.

—Algunas horas —repetí cuando colgué—. Eso ha dicho.

Él se encogió de hombros con esa misma calma irritante.

—Hay sitios peores donde quedarse atrapado.

—¿Sí?

—Sí —dijo, y por primera vez sonrió de verdad. Se le movió el hoyuelo—. Soy Leonardo. Leo, para los amigos.

—Mateo.

Nos dimos la mano. La suya era grande, tibia, seca. Me la sostuvo dos segundos más de lo necesario.

***

El calor empezó a apretar a la media hora. El aire del ascensor se hizo denso, metálico, con ese olor leve a polvo y a cable que tienen las cabinas modernas cuando se les apaga la ventilación. Leo se quitó la chaqueta con movimientos despaciosos y la dobló sobre el barandal. Después se aflojó la corbata. Después se desabrochó los dos primeros botones de la camisa.

Yo me quedé mirando el triángulo de piel que aparecía debajo. Bronceada. Lampiña. Brillante de un sudor incipiente.

—¿Te molesta? —preguntó.

—No.

—Entonces no me mires con esa cara de culpable.

Me reí, por nervios más que por gracia, y me senté en el suelo, con la espalda contra la pared. Él se sentó frente a mí, en diagonal, con las piernas largas estiradas hasta casi rozar las mías. Sacó una botella de agua del maletín, le dio un trago y me la pasó sin preguntar.

—Bebe poco —dijo—. No sabemos cuánto vamos a estar.

Bebí poco. Le devolví la botella. Cuando bebió después de mí me quedó claro que estaba apoyando los labios en el mismo sitio en el que los había apoyado yo, y que lo hacía a propósito.

—¿Eres de aquí, Mateo?

—Madrileño. Estudio en la facultad de aquí al lado. Estoy haciendo unas prácticas en el bufete del piso 22.

—Becario —murmuró con cariño, como si la palabra le hiciera gracia.

—Y tú no eres de aquí.

—De Turín. Vengo cada mes por trabajo. Llevo viniendo a este edificio dos años y nunca me había quedado atrapado en este maldito ascensor.

—Lo siento por ti.

—Yo no lo siento tanto —dijo, y me sostuvo la mirada hasta que tuve que apartarla.

***

Hablamos de todo durante la hora siguiente. De la facultad. Del piso compartido en Lavapiés en el que llevaba cuatro años escondiéndome de mis padres. De su matrimonio terminado tres años atrás en Italia, que él contó sin pena ni rencor, como quien resume una película vista hace mucho. De por qué los hombres como yo no me arreglaba cuando salía y de por qué los hombres como él sí lo hacían siempre.

—Porque nunca sabes con quién te vas a quedar encerrado en un ascensor —dijo, muy serio.

Me reí y se me escapó el aire de golpe. El calor seguía subiendo. Yo tenía la camiseta pegada al pecho. Me la separé de la piel con dos dedos y soplé hacia abajo para aliviarme. Cuando levanté la vista lo encontré mirando ese gesto con una intensidad que no podía pasar por casual.

—Si te molesta el calor, quítatela —dijo, en voz más baja.

Lo miré sin contestar.

—No te voy a comer —añadió—. Salvo que tú quieras.

Me quité la camiseta sin pensarlo. La dejé hecha un ovillo en el suelo, a mi lado. Él me recorrió despacio, sin disimulo, desde la clavícula hasta el ombligo. No dijo nada. Se desabrochó otros dos botones.

—Acércate —pidió.

—¿Para qué?

—Para verte mejor.

Me arrastré por el suelo hasta quedar a un palmo de él. Tenía los ojos puestos en mi boca. La cabina olía a sudor limpio y a su colonia, alguna cosa amaderada con un fondo cítrico que me estaba volviendo loco.

—¿Has hecho esto antes? —preguntó.

—¿El qué?

—Acabar en el suelo de un ascensor con un desconocido.

—No.

—Yo tampoco.

Y me besó.

***

El primer beso fue cauto, una pregunta más que una respuesta. El segundo ya no. Me sujetó la nuca con la mano grande, abrió mi boca con la suya y me besó con una lentitud calculada, como si tuviera horas. Y las tenía. Las teníamos.

Le desabroché el resto de la camisa con los dedos torpes. Tenía el pecho duro, marcado sin exageraciones, con una línea fina de vello castaño que bajaba hasta la cinturilla del pantalón. Le pasé la lengua por una clavícula y le oí soltar el aire por la nariz. Eso me dio coraje.

—Despacio —dijo, riéndose en voz baja—. Tenemos toda la tarde.

Me bajó al suelo con una mano en el pecho. Quedé tumbado de espaldas, sobre el mármol frío, con él de rodillas entre mis piernas. Me desabrochó el botón del vaquero con una sola mano, sin dejar de mirarme la cara.

—Si quieres que pare, dilo ahora.

—No quiero que pares.

Me bajó los vaqueros hasta los tobillos. Me dejó las botas puestas, como si le diera pereza quitármelas o como si le gustara esa imagen, no sé. Me besó la cadera, el hueso, el surco que separa la pelvis del muslo. Después bajó.

Lo tomó en la boca sin avisar y yo me arqueé contra el suelo de un mismo golpe. Tenía una boca caliente y paciente. No iba a tener prisa. Lo entendí enseguida. Me sostuvo las caderas para que no le marcara el ritmo y me la chupó largo, profundo, mirándome desde abajo cada cierto rato para asegurarse de que no me corría.

—Espera —jadeé—. Para, para o…

—No te vayas a correr —dijo, soltándome con un beso en el muslo—. Todavía no.

Me senté como pude. Le aparté el pelo de la frente y le devolví el beso, con su propio sabor en la boca, y le bajé el cinturón. Estaba duro, tenso, palpitando contra el algodón del bóxer. Cuando lo liberé, sentí cómo me ardía la cara entera. Era grande, más de lo que esperaba. Me agaché y se la metí en la boca con un descaro que no me sabía.

—Mateo… —susurró, con la cabeza echada hacia atrás—. Cazzo…

El italiano se le escapaba cuando perdía el control. Lo guardé como un dato útil.

***

Tenía preservativos en el maletín. Eso me hizo reír cuando los sacó, y él se rió conmigo, sin vergüenza.

—No te creas. Hace tres meses que no los abro.

—Te creo lo que tú quieras.

Me apoyé contra la pared del ascensor, con las palmas en el cristal espejado y la frente pegada al frío. Él se colocó detrás de mí. Me besó la nuca, los hombros, los omóplatos. Me untó con saliva primero, con un sobre de gel que también sacó del maletín después, con una paciencia que no me esperaba de un hombre de su edad y de su pinta.

—Avísame si te hago daño.

—Avisa tú si paras.

Se rió contra mi hombro y empezó a empujar. Despacio, en grados, parando cada vez que se me cortaba la respiración. Cuando entró del todo me sostuvo así un minuto largo, sin moverse, con la frente pegada a mi nuca y la mano abierta en mi vientre, esperando a que me soltara. Cuando me solté empezó a moverse.

No fue rápido. No fue brusco. Fue eso otro, lo que pasa cuando un hombre sabe lo que hace y sabe que la otra persona no tiene ninguna prisa por que termine. Me lo hizo así, contra el espejo, durante un rato que no sabría medir. Me veía la cara reflejada en la pared, la boca abierta, los ojos casi cerrados, y veía la suya detrás, concentrada, hermosa, mirándome.

—Mírame —pidió.

Lo miré por el reflejo. Eso fue lo que me hundió. No la postura, no el ritmo, no la mano que tenía cerrada alrededor de mí trabajándome al mismo tiempo. Fue mirarlo a los ojos y entender que él también estaba a punto.

—Ahora —dije, y me corrí contra el espejo con un quejido que no me reconocí.

Él me siguió enseguida, con un gruñido sordo y mi nombre dicho en italiano. Se quedó dentro un rato, respirando contra mi pelo, hasta que las piernas dejaron de temblarme.

***

La luz volvió tres horas después.

Para entonces ya nos habíamos vestido a medias, habíamos hablado de las películas que nos gustaban y de los hermanos que teníamos, y yo había aprendido cómo se decían en italiano media docena de palabras que no se aprenden en los manuales. Cuando el ascensor empezó a bajar con un tirón seco y se abrieron las puertas en el vestíbulo, salimos al sol de la tarde como si saliéramos de otro planeta.

Leo me sujetó del codo en cuanto pisamos la acera.

—Tengo una habitación reservada en un hotel a diez minutos —dijo—. Lo que pasó arriba no me basta. Quiero seguir.

—No te conozco de nada.

—Me conoces más que la mayoría de la gente con la que has dormido.

Era verdad, y le hizo gracia que no se lo discutiera.

Esa noche, en la cama del hotel, hicimos despacio lo que el ascensor no nos había dejado hacer despacio. Me contó cosas de su vida que no le había contado a nadie en años. Yo le conté el miedo que me daba terminar la carrera y volver al pueblo. Nos dormimos abrazados sin haber apagado la luz del baño.

***

Leo voló a Turín al día siguiente por la tarde. Antes de irse me dio una tarjeta con un número personal y me pidió que le escribiera esa misma noche. Le escribí.

Volvió a Madrid tres semanas después. Y otra vez tres semanas después de aquella. Y otra. Cada vez que vuelve me pide la misma habitación del mismo hotel y me hace prometerle que no me arreglo demasiado para verlo, porque le gusta encontrarme con las botas de la moto y la camiseta blanca con la que aquel día entré en su ascensor.

Todavía me sonrojo cuando bajo en ese edificio. Y todavía rezo, cada vez que entro en una cabina, para que las luces se apaguen.

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Comentarios (2)

JoakoRo

Increible relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo, se hace corto

ElTaita77

Muy bien narrado, se siente que esto podria pasar de verdad. Segui publicando!

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