El cubano que conocí volviendo del gimnasio
Salía del gimnasio con la mochila al hombro cuando alguien me detuvo en la esquina. Eran las siete y media de la tarde y el barrio empezaba a oscurecerse de esa manera lenta que tiene mayo, cuando el sol no termina de irse pero las luces de los comercios ya están encendidas. Caminaba hacia casa todavía con el pelo húmedo de la ducha, pensando en lo que iba a cenar.
—Disculpa, hermano —me dijo con un acento que reconocí enseguida—. ¿Tú sabe qué guagua puedo coger pa' mi hospedaje? No me acuerdo del número.
Era cubano, sin duda. Un metro ochenta, delgado pero con esa elasticidad de quien ha cargado peso toda la vida. La piel muy oscura, los brazos larguísimos, y cuando sonrió mostró una hilera de dientes blanquísimos que parecían iluminarle la cara entera. Me preguntó por una dirección cerca de la universidad. Le dije que podía ir caminando, que estaba a cinco o seis cuadras.
—Si querés te acompaño —ofrecí.
—Coño, me harías un favor enorme.
Se presentó como Brayan. Era su primera vez en el país, había venido por dos semanas a hacer turismo y todavía no se ubicaba en el barrio. Caminamos esas seis cuadras y resultó ser uno de los tipos más entretenidos con los que había hablado en mucho tiempo. Tenía una colección infinita de modismos cubanos que se ofreció a explicarme uno por uno, y entre risas me invitó a visitar La Habana cuando quisiera, que él me alojaba en casa de su madre y me llevaba a los lugares que ningún turista conoce.
Llegamos a la puerta del hostal cuando ya era casi de noche. Era una casona de dos pisos con un letrero pintado a mano sobre la entrada.
—No sé cómo agradecerte, hermano.
—No es nada, fue un placer.
—¿De verdad no quieres nada? Acá adentro venden cerveza, en la esquina hay un bar tranquilo… algo te debo.
—No, en serio, estoy bien. Aunque… ya que insistís, ¿no tendrás un poco de agua? Me terminé la botella en el gimnasio.
—Tengo arriba, en la habitación. Sube conmigo.
Dudé un segundo, no por nada en particular, sino por esa costumbre tonta de querer parecer educado. Le dije que no quería molestar. Brayan se rio.
—Deja de hablar mierda y sube, anda.
La habitación quedaba en el segundo piso, al final de un pasillo con luz amarilla y olor a madera vieja. Era un cuarto pequeño con una cama matrimonial, una mesa con un galón de agua y unos vasos plásticos, y una silla con su mochila abierta encima. Una ventana daba a un patio interior y se oían los sonidos de gente cenando en los pisos de abajo.
—Sentate —me dijo mientras agarraba un vaso.
Me senté en el borde de la cama y vi cómo me lo servía. El agua estaba fría y me la tomé de un tirón. Me lo volvió a llenar sin preguntar y la segunda vez la tomé despacio, mirándolo. Brayan se había soltado los cordones y se quitaba la camiseta sin pensarlo mucho, como si yo no estuviera ahí, o como si no le importara que estuviera.
El cuerpo se le veía mejor que con ropa. Pecho cubierto de un vello rizado y prieto, hombros marcados, pezones grandes y oscuros, ese tipo de torso magro de quien hace fuerza sin obsesionarse con verse inflado. Se pasó la mano por la nuca y se sentó frente a mí en la silla.
—Está caliente la noche —dijo.
Le dije que sí. Era verdad y no era verdad al mismo tiempo. Le devolví el vaso vacío y me levanté para irme, más por inercia que por ganas.
—No te vayas todavía si no quieres.
Lo dijo bajo, sin moverse de la silla. Me quedé de pie un par de segundos midiendo cuánto era invitación y cuánto era cortesía cubana. No era cortesía.
—Tenés unas manos enormes —le dije.
Las levantó frente a la cara y se las miró como si nunca se las hubiera mirado.
—No es lo único que tengo enorme.
—¿Qué más tenés enorme?
—Averigualo tú.
***
Me acerqué dos pasos. Le desabotoné el jean con dedos torpes y se lo bajé hasta los muslos. El bóxer negro estaba tirante, levantado por algo que no se molestaba en disimular. Me agarró de la nuca y me dio el primer beso ahí mismo, de pie, con la boca abierta y la lengua entrando lenta. Me sacó la camiseta tirando hacia arriba y me apretó los pectorales con esas manos que ocupaban media espalda mía.
Me bajé el short y quedé en bóxer también. Cuando juntó su bulto con el mío entendí que no había exagerado nada. Lo que tenía adentro del calzoncillo no era proporcional al resto del cuerpo, era otra cosa, un órgano que parecía pertenecer a otra persona.
Me alzó los brazos por encima de la cabeza y me lamió las axilas. Una lengua ancha, paciente, que no dejaba nada por probar. Pasaba la lengua por una axila, me la metía en la boca, volvía a la otra, me la metía de nuevo. Cada vez que la sentía entrar mezclada con sudor mío y saliva suya se me aflojaba algo por dentro. Tuve que sostenerme en sus hombros para no perder pie.
Le devolví el gesto en los pezones, que tenía gruesos y casi morados, y bajé por las costillas hasta sus propias axilas. Tenía el vello recortado pero el olor era denso, masculino, sin perfume. Me quedé ahí un rato largo, hasta que él me puso las dos manos en los hombros y me empujó hacia abajo sin decir nada.
Quedé de rodillas frente a él. Le bajé el bóxer con cuidado, como quien retira la tela de algo que sabe que va a impresionar, y aun así me impresionó. Salió curva, oscura, con la cabeza más clara que el resto, y un peso que se notaba de solo verla balancearse. El pubis era una mata cerrada de vello rizado.
Empecé despacio, lamiendo primero, midiendo. Apenas podía tragar la mitad. Brayan flexionó las rodillas, me agarró la cabeza con una sola mano y la empujó adelante. Me llené hasta atrás. Tuve una arcada que me sacudió pero él no aflojó la presión, me sostuvo ahí unos segundos hasta que la garganta se acomodó a la forma. Cuando me dejó retirarme estaba con los ojos llorosos y la boca llena de saliva.
—Coño, mi'jo, qué boquita —me dijo riendo.
Volvió a empujar, esta vez con ritmo, sacando y metiendo sin prisa, mirándome desde arriba con esa misma sonrisa de cuando me había encontrado en la calle. Me dejó terminar la mamada a mi modo después de un rato, pero yo ya sabía que eso era el preámbulo de otra cosa.
***
Me hizo subir a la cama y ponerme en cuatro. Me abrió las nalgas con las dos manos y se lanzó a comerme con la lengua de una manera que no tenía nombre. Entraba, salía, subía al perineo, bajaba a los testículos, los chupaba con la boca entera y volvía arriba. Le llevó largo rato y, para cuando paró, yo tenía el cuerpo temblando, los brazos hundidos en el colchón y la pija goteando sobre la sábana.
—Qué culote tú tiene —dijo, hablándole más a mi cuerpo que a mí.
No me pidió permiso. Lo agradecí. Se ensalivó la mano, se ensalivó la pija, me puso una mano en la cintura y entró de un empuje único pero controlado. Por más dilatado que estuviera, igual sentí el cuerpo abrirse de una manera que no estoy seguro de poder describir. Como si me partieran en dos a velocidad media.
—Sacala, es demasiado.
—Está toda dentro, mi'jo. Aguanta.
Me toqué con la mano hacia atrás y comprobé que no mentía. Estaba toda. Brayan empezó a moverse despacio, casi con cuidado, esperando a que mi cuerpo terminara de ceder. Cuando lo hizo, subió el ritmo. La curva de su pija me empujaba la próstata en cada embestida y, a los pocos minutos, yo ya estaba diciendo cosas que ni siquiera estaba pensando, frases sueltas pidiéndole que no parara, que me la diera entera, que rompiera lo que tuviera que romper.
—Pásame el celular —le pedí.
Estiró el brazo a la mesita y me lo alcanzó sin perder ritmo. Abrí la cámara, le puse video y se lo devolví.
—Filmame el culo. Quiero verlo después.
—Después, después. Ahora aguanta.
Sacó la pija entera y la volvió a meter de un golpe seco. Mis rodillas se vencieron. Lo hizo dos veces más antes de pasar al video y, cuando finalmente me mostró la pantalla, yo estaba tirado boca arriba en la cama viendo en cámara lenta cómo entraba y salía esa cosa enorme y cómo mi cuerpo, contra toda lógica, la dejaba pasar.
—Me gusta abrir culo —dijo, sentado a mi lado con la pija mojada apuntando al techo—. ¿Te gusta la pinga?
—Metémela otra vez.
—Espera.
Me dio vuelta, me agarró la mía con la boca y se la tragó de un tirón. La mía tampoco es chica, pero al lado de la suya parecía una broma. Después se subió encima, me la apoyó en la entrada y se sentó. No le hizo falta nada, ningún ajuste, ningún paréntesis. Se sentó hasta abajo y empezó a montar como si lo hubiera hecho toda la vida.
Subía y bajaba con los muslos largos, manteniendo el equilibrio sobre las palmas apoyadas en mi pecho. Cada vez que descendía, la curva de su propia pija le golpeaba el abdomen y dejaba una marca brillante de líquido. Yo le agarraba la cintura y trataba de seguirle el ritmo, pero era él quien marcaba todo.
Después de unos minutos así me hizo salir y me empujó otra vez de espaldas a la cama. Volvió a meterse él. Esta vez no había nada de medido. Eran embestidas duras, profundas, con la pelvis golpeándome los glúteos cada vez. Me agarró de los tobillos y me levantó las piernas hasta dejarme casi doblado en dos y siguió cogiendo desde arriba, mirándome a los ojos como si me estuviera preguntando algo.
No aguanté más. Me corrí ahí, sin tocarme, con los chorros saliéndome a la altura del pecho. Brayan no paró. Recogió el semen con la mano libre, se lo untó por la pija ya brillante y siguió. Hizo falta otro par de minutos hasta que se le tensó la cara, se le abrieron los ojos y se vino adentro con un gruñido que se debe haber oído en el pasillo.
***
Quedé tirado boca arriba mirando el techo. Tenía el cuerpo cubierto de sudor, los muslos temblando, una sed peor que la del gimnasio y la sensación absurda de que el cuerpo no me cabía bien adentro de la piel. Brayan se dejó caer al lado y se rio bajito.
—Quédate a dormir, hermano.
—Ni de coña. Tengo que llegar a casa.
Era cierto, pero, más allá de eso, me hacía falta salir de ese cuarto antes de que él se entusiasmara con la idea de repetir. Sabía que si me quedaba a dormir, a la madrugada estaríamos otra vez en lo mismo y yo ya no tenía ni cuerpo ni columna vertebral para sostenerlo.
Me vestí como pude. Las piernas se me doblaban por sí solas y tuve que sentarme dos veces para terminar de subirme el short. Brayan me miraba desde la cama, todavía desnudo, con la pija reposada sobre el muslo, sonriendo con esa misma sonrisa de la calle.
—Vente a Cuba —me dijo cuando ya estaba en la puerta.
Le di un beso largo y bajé las escaleras agarrado del pasamanos. Pedí un Uber desde la esquina. No estaba en condiciones de caminar ni dos cuadras. Cuando el carro llegó, el chofer me miró por el espejo retrovisor.
—¿Todo bien, amigo? Está pálido.
—Todo bien. Gimnasio pesado.
Asintió y arrancó. Apoyé la cabeza contra el vidrio frío y dejé que las luces de las cuadras se me fueran pasando por la cara. Tenía el cuerpo destruido de una manera nueva y, al mismo tiempo, una calma rara, como si algo que llevaba meses molestándome se hubiera resuelto sin avisar. El chofer puso una bachata baja en la radio. Cerré los ojos.
Cuando entré a casa miré el reloj. No habían pasado ni dos horas desde que había salido del gimnasio.