Lo que pasó con mi jefe en la cafetería vacía
Me llamo Matías. Tengo treinta y un años, mido un metro ochenta y entreno cuatro veces por semana porque me obsesiona el cuerpo. Siempre me consideré heterosexual, aunque desde la adolescencia cargaba una curiosidad que nunca terminé de cerrar. La canalizaba mirando videos en la madrugada, fantaseando con pollas gruesas entrando en bocas ajenas, sin pasar de ahí. Hasta que apareció Andrés.
Trabajo en una consultora financiera de las grandes, en el piso doce de una torre del centro. Hace seis meses promovieron a Andrés como director del área. Tiene cuarenta y cuatro años, dos hijos chicos, una esposa que casi nunca menciona y un físico que cualquiera envidiaría a su edad. Espalda ancha, canas tempranas en las sienes, manos cuidadas. Desde el primer día tuvimos buena onda. Su oficina quedaba pegada a la mía y compartíamos el ritual del café de las once.
Las conversaciones empezaron por lo laboral y se fueron volviendo personales. Andrés tenía la costumbre de cerrar la puerta cuando hablábamos, como si quisiera marcar que no era una charla cualquiera. Me hablaba de su matrimonio, de cómo Ana —su mujer— se acostaba siempre antes que él, agotada del consultorio y los chicos. De cómo hacía meses que no lo tocaba. De que se había acostumbrado a masturbarse en el baño los domingos a la mañana porque era el único momento del día sin testigos.
—Le pedí una pavada el otro día, una mamada cortita antes de dormir —me dijo una tarde, revolviendo el café—. Me miró como si la hubiera ofendido. Me contestó que ya estaba grande para esas cosas.
—Eso no es estar grande —le contesté—. Eso es estar floja.
Se rio. Tenía una risa grave que le movía los hombros enteros.
Empezamos a quedarnos hasta más tarde. La consultora tenía cierres trimestrales que nos obligaban a estirar el turno hasta las nueve o diez de la noche dos veces al mes. En esos días, después de las siete, el piso quedaba casi vacío. Sólo nuestras dos lámparas encendidas y el zumbido lejano de la heladera del office.
La noche que cambió todo era un martes de mayo. Habíamos terminado de revisar un informe a las ocho y media. Andrés me hizo una seña para que lo siguiera a la pequeña cafetería del piso, una salita con tres sillones bajos, una máquina de café y un ventanal que daba al estacionamiento.
—Necesito un descanso de la pantalla —dijo, dejándose caer en uno de los sillones. Tenía la corbata floja y el primer botón de la camisa abierto.
Le serví un café y me senté en el sillón de enfrente. Hablamos de tonterías durante diez minutos: de un colega que se iba a Madrid, de un cliente nuevo, de la lluvia que se venía. Después de un silencio largo, suspiró.
—Hoy estoy de la cabeza, Matías. Vengo cargado desde anoche. Ana se durmió de nuevo antes que yo bajara del baño. Pensaba hacerme una manual esta noche, pero ya no doy más.
Lo dijo medio en broma, medio buscando otra cosa. Lo miré a los ojos un segundo más de la cuenta. Pensé en lo que estaba por decir y, antes de pensarlo dos veces, lo dije.
—Lechita y a dormir, eso es lo que necesitás.
Andrés se quedó callado. Me di cuenta de que se había puesto duro porque, con el pantalón de vestir, no había manera de disimular. El bulto le crecía sobre el muslo, marcando la tela con una curva gruesa que se estiraba hacia la cadera. Hizo el gesto de girar el cuerpo hacia el ventanal, como queriendo esconderse, pero ya era tarde.
—No te rías —murmuró, riéndose con incomodidad.
—No me río. Es la única cura. Probada y comprobada.
Suspiró. Pasaron unos segundos largos en los que sólo se escuchaba la heladera. Andrés respiraba por la nariz, lento, midiendo qué decir. Cuando finalmente habló, no me miró.
—¿Y si te dijera que ahora mismo no estoy bromeando, qué me dirías?
Yo tampoco lo miré. Tomé un sorbo de café que ya estaba tibio.
—Te diría que la puerta de la cafetería no tiene seguro.
Andrés se levantó sin decir una palabra. Caminó hasta la puerta, giró el pestillo y volvió. Pero no se sentó. Se quedó parado frente a mí, con las manos en los bolsillos del pantalón, esperando.
Levanté la mano y la apoyé en el cinturón. No subí los ojos, no le pregunté nada. Solté la hebilla con calma, como si lo hubiera hecho mil veces, y bajé el cierre del pantalón con la otra mano. Sentí debajo de la tela cómo todo estaba duro y palpitante, la verga presionando contra el bóxer como si buscara salir sola.
Andrés contuvo la respiración. Le bajé el pantalón hasta la mitad del muslo y vi el bóxer negro estirado al máximo, con una mancha oscura en la punta donde el pre ya había mojado la tela. Tenía la zona depilada, eso lo noté apenas saqué la verga por la cintura elástica. Se le desplomó pesada contra el vientre y me golpeó la mano: gruesa, con las venas marcadas recorriéndole el tronco, la cabeza morada e hinchada, brillante de humedad. Debía tener sus buenos veinte centímetros y un grosor que me hizo pensar de entrada que no me iba a entrar entera. Los huevos, grandes, pesados, colgaban tirantes contra la base, con la piel tensa de la excitación acumulada.
Pasé el pulgar por la punta, junté una gota espesa de pre y me la llevé yo mismo a la boca para probarlo. Salada, tibia, con ese fondo apenas amargo. Se me hizo agua la boca.
—Carajo —dijo bajito, más para sí mismo que para mí.
Me incliné y le pasé la lengua por todo el largo, despacio, desde la base hasta arriba, apretando el plano de la lengua contra la vena gruesa que le corría por abajo. Le di vueltas alrededor del glande, lo chupé sin metérmela todavía, sólo besándole la cabeza con los labios cerrados hasta que se le escapó un temblor en las piernas. Después la metí entera, o hasta donde me dio la garganta. Me costó. Hacía años que no chupaba a un hombre, y nunca había sido tan gruesa. Sentí cómo me abría la boca de par en par, cómo me raspaba el paladar, cómo la punta me tocaba el fondo y me hacía lagrimear. Tuve que separarme dos veces para tomar aire, con hilos de saliva colgándome del mentón. Andrés no se movía. Tenía las dos manos apoyadas en el respaldo del sillón detrás de mí, los nudillos blancos.
Empecé a tomar el ritmo. Subía hasta la punta, la dejaba un segundo dentro de la boca, le hacía vacío con los cachetes y volvía a bajar, esta vez más profundo, forzando la garganta a abrirse. Le mojaba todo con la lengua, le agarraba la base con la mano y me ayudaba a marcar la velocidad, haciendo puño y boca en la misma dirección, para que sintiera un solo túnel apretado subiendo y bajando por su verga. Cada tanto la sacaba entera, escupía un hilo de saliva en la cabeza, la usaba de lubricante y volvía a metérmela hasta ahogarme. Le llenaba el tronco de baba, se la bajaba a los huevos con la mano libre.
Andrés empezó a respirar más fuerte, con la boca abierta. Una de sus manos se soltó del respaldo y me agarró el pelo. No me tiró, sólo me sostuvo, como si necesitara saber que yo seguía ahí.
—Hace mucho que no me tocaban así —dijo entre dientes.
No le contesté. Tenía la boca llena y no quería parar. Subí una mano y le abrí dos botones más de la camisa. Le pasé las yemas por el pecho, le encontré el pezón, se lo pellizqué con suavidad. Andrés tiró la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco, largo.
—No te frenes. No te frenes, por favor.
Le solté la verga un segundo, sólo para mirarlo desde abajo. Tenía los ojos entrecerrados, la boca floja, la camisa abierta hasta el ombligo. Me la puse contra la mejilla, se la restregué caliente y húmeda contra la cara, y volví a metérmela de golpe hasta el fondo. Andrés puteó bajito. Le tomé el pelo el ritmo, subiendo y bajando la cabeza cada vez más rápido, dejando que la garganta hiciera ruidos que en cualquier otro contexto me hubieran dado vergüenza. Acá me calentaban. Cada vez que él escuchaba el gluc de la punta pegando contra el fondo, se le tensaban los huevos en la mano.
La saliva me chorreaba por el mentón, caía en gruesos hilos sobre mi camisa, empapaba la base y le mojaba los huevos. Le sentí el sabor metálico del líquido que se le escapaba antes del final, más denso, más abundante. Le agarré los testículos con la otra mano, los amasé, se los rodé despacio entre los dedos, y él dejó escapar un gemido que se le mezcló con una puteada.
—Me la estás mamando como la puta más puta —murmuró, con la voz quebrada—. Dios mío, así, así.
Le contesté clavándole las uñas suaves en la parte de atrás de los huevos y bajando la boca hasta que la nariz me tocó la piel depilada del pubis. Me quedé ahí, ahogándome, con la garganta apretándole la cabeza como un anillo. Andrés se dobló hacia adelante y me apretó la nuca.
—Me voy a venir —avisó—. Matías, me voy a venir. ¿Adónde? Decime adónde.
Le clavé los ojos en los de él y no saqué la boca. Le hice un sí con la cabeza, con la verga adentro, para que entendiera. Le saqué la verga sólo un segundo, apenas lo justo para hablar.
—En la boca. Toda. Quiero tragarme hasta la última gota.
Volví a metérmela y aceleré, chupando con vacío, moviéndole el puño en la base al mismo ritmo. Andrés cerró los ojos, abrió la boca y se le aflojaron las rodillas un segundo. Sentí cómo se le hinchaba la verga todavía más contra mi lengua, cómo le empezaba a latir la vena de abajo, y después los primeros chorros directo al fondo de la garganta. Espesos, calientes, uno detrás del otro. Cuatro, cinco tandas seguidas, tantas que tuve que tragar en el medio para no ahogarme. Le retuve la última en la boca un instante, se la mostré con la lengua antes de tragarla, y volví a chuparlo hasta que no quedó una sola gota, despacio, mientras él se reía nervioso y temblaba con espasmos que le sacudían todo el abdomen.
Cuando finalmente se separó, se dejó caer en el sillón a mi lado, todavía con el pantalón en el muslo y la camisa abierta. Tenía la frente brillante de sudor y la verga, todavía dura a medias, apoyada contra el vientre, brillando con mi saliva. Yo tomé una servilleta de la mesa baja, me limpié los labios y el mentón, y di un sorbo de café frío como si fuera lo más normal del mundo. Todavía tenía el sabor a semen adentro; el café no lo tapó, sólo lo mezcló.
—La puta madre —murmuró—. ¿Vos hiciste esto antes?
—Hace mucho. Y nunca con alguien más grande que yo. Ni tan gruesa.
—¿Y por qué yo?
Lo pensé un segundo.
—Porque hace seis meses que te miro cerrar la puerta cuando entrás a mi oficina y no podía sacarme la pregunta de la cabeza.
Se rio. Era una risa cansada, satisfecha, casi tierna. Estiró el brazo y me pasó la mano por la nuca. Con el pulgar me limpió una gota que se me había escapado por la comisura y se la llevó a la boca sin dejar de mirarme.
—Ana nunca traga. Nunca. Es algo que me imaginé toda la vida y nunca me animé a pedirle dos veces.
—Bueno. Acá no hay que pedirlo dos veces.
Se quedó callado un rato largo, mirando el techo de la cafetería. Después se acomodó el bóxer, se subió el pantalón y se abrochó la camisa. Yo terminé el café.
—Mañana acá no pasó nada —dije, antes que él tuviera que decirlo.
—Acá no pasó nada —repitió—. Pero la semana que viene tenemos otro cierre.
Lo miré. Tenía esa cara de hombre grande que ya había tomado una decisión.
—La semana que viene —contesté.
***
Andrés salió primero, cinco minutos antes que yo, para que en el ascensor no nos viéramos juntos. Yo me quedé en la cafetería, lavé las dos tazas, apagué la luz. Bajé al estacionamiento por la escalera porque me hacía falta el aire frío de los rellanos.
En el auto, antes de arrancar, me quedé sentado con las manos en el volante. Tenía la boca todavía con el gusto de él, esa mezcla salada y espesa que se me había pegado al paladar. Sentía algo nuevo, algo que no sabía cómo nombrar. No era culpa. No era arrepentimiento. Era una claridad incómoda, como si una pregunta que llevaba veinte años dándome vueltas hubiera encontrado por fin una respuesta provisoria.
Así que esto era. Toda la vida pensando que era curiosidad y resultaba que era apetito.
Manejé hasta casa con la radio apagada. Llegué, me bañé largo, me acosté. Antes de cerrar los ojos abrí el chat con Andrés en el celular. Tenía un mensaje suyo de hacía cinco minutos. Una sola línea.
«La semana que viene me toca a mí.»
Sonreí en la oscuridad, apoyé el celular boca abajo sobre la mesita de luz y apagué la lámpara. Tardé en dormirme. La cabeza me iba a mil. Repasaba la escena cuadro por cuadro, el pestillo cerrándose, el cinturón cediendo, la forma exacta en que él había suspirado cuando le pasé la lengua por primera vez, el peso de sus huevos en mi mano, el chorro caliente rompiéndose contra el fondo de mi garganta. Me imaginé la semana siguiente, a él arrodillado enfrente mío devolviéndome la mamada con esa boca de macho grande, la barba raspándome los muslos. Me imaginé el jueves después de esa semana. Me imaginé un hotel, una cama, y a él dándome vuelta para hacerme suyo por primera vez.
Se me paró de nuevo, sólo de pensarlo. Metí la mano bajo las sábanas, me la agarré, me hice una lenta pensando en su verga contra mi lengua, y me vine callado en un par de minutos, con la respiración corta contra la almohada.
Y en el medio del repaso me di cuenta de algo que no había querido pensar en voz alta: no era una sola vez. No iba a ser nunca una sola vez. Andrés me había abierto una puerta y, peor todavía, yo me había anotado para volver a cruzarla todas las veces que hicieran falta.
Esa fue la primera vez. Lo que vino después —el primer encuentro completo, en un hotel del centro, una tarde de jueves que ninguno de los dos pidió libre pero que nos tomamos igual— lo cuento en el próximo relato.