El capataz de la finca y aquel roce bajo la mesa
Mateo hacía poco que había cumplido los veinte años cuando sus padres le anunciaron que harían un viaje al llano para visitar a sus abuelos paternos. Llevaban cinco años sin ir, en parte por las complicaciones laborales de su padre, en parte porque las dos familias vivían en extremos opuestos del país. Aun así, la idea no le molestaba en absoluto.
Al contrario, le gustaba la promesa de ese viaje largo, los paisajes abiertos, el calor seco del campo. Y, sobre todo, en su mente de universitario con las hormonas alborotadas, ya se imaginaba a los hombres del lugar: morenos por el sol, fornidos por el trabajo duro, quitándose la camisa empapada en mitad de la jornada. Definitivamente, pensó, sería un buen viaje.
Tras dos días extenuantes en la carretera, por fin llegaron a la finca familiar, plantada en pleno corazón del llano. Desde la entrada, lo primero que se distinguía era la casa principal: de un azul intenso, un solo piso, pero con un porche que la hacía parecer elegante. Mateo la miró sorprendido. No era la vivienda vieja y polvorienta que recordaba de niño.
Según le había contado su padre durante el camino, el abuelo le había hecho un favor enorme a un terrateniente de la zona, y este se lo había pagado vendiéndole una de sus fincas a precio de amigo. Eso explicaba la casa nueva y las hectáreas de pasto que se perdían en el horizonte.
En la puerta los esperaban los abuelos. Rondaban ya los ochenta, pero se mantenían erguidos, con esa firmeza que da una vida entera al aire libre. Hubo besos, bendiciones y abrazos apretados, la alegría espesa de quienes vuelven a encontrarse después de demasiado tiempo.
Después de abrazarlos a los dos y soportar los comentarios de rigor sobre lo alto y lo flaco que estaba, Mateo se fijó en dos personas que los observaban un poco más atrás, bajo el marco de la puerta.
—Bueno, quiero presentarles a dos buenos trabajadores del lugar —dijo el abuelo—. Ella es Dolores, la encargada de la casa, y este es Ramón, el capataz de la finca.
Ambos se acercaron a saludar a los recién llegados. Dolores llevaba un vestido celeste sencillo que le cubría hasta media pantorrilla, como suelen vestir las mujeres de la región. Se la veía amable, bien entrada en los cuarenta, todavía atractiva, aunque las arrugas alrededor de sus ojos delataban un cansancio antiguo.
Pero quien se llevó todas las miradas, y muy en especial la atención de Mateo, fue el capataz. Ramón era el estereotipo del hombre de campo: rondaba también los cuarenta, sombrero de paja, un rostro de facciones duras y curtidas por el sol, bigote y barba arreglados, y una sonrisa franca. No era guapo en el sentido convencional, pero imponía un aire de masculinidad rotunda, un atractivo innegable, justo de esos que a él le quitaban el sueño.
—Un placer conocerte, muchacho. Ramón —dijo, tendiéndole la mano.
Mateo salió de su ensoñación al ver el gesto. Al corresponderlo, sintió el apretón firme de aquella mano de dedos gruesos, áspera por años de faena bajo el sol. Y en su mente, siempre más morbosa de lo que convenía, ya se relamía imaginando cómo sería ser sujetado por esas manos enormes, sentir esos dedos ásperos recorriéndole la piel.
—El placer es mío, señor Ramón. Mateo —respondió.
Al levantar la vista para sostener el saludo, se topó con aquel rostro duro pero amable, y con unos ojos castaños que parecían brillar ligeramente bajo la sombra del sombrero. Seguramente la sonrisa de bobo enamorado se le escapó más de la cuenta, porque notó cómo la cara de Ramón cambiaba a un gesto divertido.
Entonces, muy discretamente, sintió que el capataz le acariciaba los dedos antes de romper el apretón para saludar a los demás. Mateo se quedó plantado allí unos segundos, intentando entender si ese roce había sido real o una invención de su deseo. Y, si era real, qué demonios significaba.
—Acompáñenme a la cocina, por favor —dijo Dolores con voz suave—. Les preparé algo, que de seguro vienen agotados del viaje.
Todos entraron en la casa para descansar un rato de la pequeña odisea de la carretera. Se sentaron alrededor de la mesa de madera a disfrutar de un jugo de caña dulce y unas arepas rellenas de queso que la encargada fue sirviendo. Mientras los padres y los abuelos se ponían al día con los chismes de la familia, el joven comía en silencio, la mirada baja pero fija en quien tenía sentado enfrente.
Se dedicó a estudiar al capataz con disimulo. Sus brazos se adivinaban fuertes bajo la camisa, y su pecho era ancho, pesado, menos parecido a unos pectorales de gimnasio que a esa carne firme que tienen ciertos hombres grandes. A Mateo aquello le venía perfecto. Le encantaba morder y lamer el pecho de los hombres que se lo cogían.
En un momento dado, Ramón levantó apenas la vista del plato y clavó sus ojos en los de su acechador. Su semblante era serio, su mirada fría, tanto que Mateo dio un respingo de susto al verse descubierto. Temió haberlo incomodado, haberse pasado de la raya. Pero, aun así, no apartó los ojos.
Cuando se interesaba por alguien, prefería ser firme y tantear el terreno para saber si tenía alguna oportunidad. Y al parecer la jugada funcionó, porque aquella mirada fría no tardó en volver a transformarse en la sonrisa amable de la entrada.
La confirmación llegó cuando sintió el pie de Ramón, bajo la mesa cubierta por un amplio mantel, frotándose con descaro contra su pierna. Subía y bajaba despacio por toda su pantorrilla, sin que el capataz rompiera el contacto visual ni borrara su gesto de hombre tranquilo.
Al diablo. Te lo está gritando en la cara. Todo o nada.
Mateo se armó de valor. Con cuidado, sin hacer movimientos bruscos que alertaran a su padre, sentado justo a su lado, se quitó el zapato derecho con la ayuda del otro pie. Se acomodó bien en la silla y, conteniendo la respiración, llevó el pie en calcetín directo a la entrepierna del capataz. Lo posó allí, suave, esperando una reacción.
Por un instante, los ojos del llanero se abrieron de par en par con una sorpresa evidente. Mateo empezó a sudar. ¿Se había excedido? ¿La había arruinado? Vigilaba tenso cualquier nuevo gesto del hombre, alguna señal que le dijera qué estaba sintiendo.
Pero, en lugar de una mirada furiosa o un insulto que lo dejara en evidencia frente a todos, lo que recibió fue la mano de Ramón cerrándose sobre su pie por debajo del mantel. El capataz lo guió, obligándolo a frotarse más fuerte contra aquel bulto que ya empezaba a palpitar bajo la tela de los jeans.
Ahora era Mateo el sorprendido. Que le devolvieran el gesto con una osadía igual de impúdica que la suya lo dejó sin aliento. Vio cómo el rostro de Ramón reflejaba una malicia divertida, un morbo que no se molestaba en disimular del todo.
Era todo lo que necesitaba. Le devolvió la misma mirada de deseo mientras su pie trabajaba contra el bulto del hombre de manos ásperas: subiendo y bajando, apretando y soltando, sintiendo cómo la tela se tensaba cada vez más por la presión de lo que se escondía debajo. La mano del capataz seguía animándolo, acariciándole los dedos por encima del calcetín, llevándolo justo a donde quería ser atendido.
La intención está. Solo falta la oportunidad.
—Patrón —dijo Ramón de pronto, recostándose en la silla como si nada—, dicen que el muchacho un día va a heredar este lugar. ¿Por qué no me lo llevo en el caballo a dar una vuelta, para que conozca la finca?
—¿Ya me andas matando, que hablas de herencia? —replicó el abuelo.
—Usted de aquí va directo al entierro, patrón.
—Déjate de tonterías, Ramoncito. Pero no estaría mal que el muchacho conozca el terreno mientras los grandes conversamos.
El abuelo soltó una carcajada sonora. Se notaba que entre patrón y empleado había la confianza suficiente para hablarse así, sin ceremonias, casi como dos viejos amigos.
—¿Quieres ir? —fue lo único que le preguntó su madre.
Su padre asintió de inmediato, encantado con la idea. Mateo se volvió hacia Ramón, que mantenía aquella misma sonrisa inocente que ya empezaba a conocer y que, sin embargo, no escondía ninguna intención inocente.
Sintió un cosquilleo subirle por las piernas, el mismo que le había recorrido el cuerpo entero un minuto antes, debajo de la mesa. El sol de la tarde entraba por la ventana de la cocina y le calentaba la nuca, pero el calor que sentía no venía del clima del llano. Venía de la promesa que había en esos ojos castaños.
Se imaginó la finca extendida hasta el horizonte, los dos solos a lomos del mismo caballo, lejos de oídos y miradas. Imaginó la excusa perfecta que el propio capataz acababa de tejer delante de toda la familia, con la naturalidad de quien lleva años acostumbrado a salirse con la suya.
—Me encantaría —respondió.
Y, mientras lo decía, supo que aquel viaje al llano no se parecería en nada a las visitas de su infancia.