El nadador que me dominó en las duchas del club
Aquel jueves de verano llovía con ganas sobre Valencia, y la lluvia tiene una cosa buena: vacía las piscinas. Llegué al polideportivo de la Malva-rosa pasadas las siete, con el vestuario para mí solo y el agua de la pileta lisa como un espejo. Tenía treinta y ocho años recién cumplidos y el cuerpo todavía respondía: nadador de toda la vida, hombros anchos, la piel curtida por el sol y el cloro. Llevaba el pelo rapado a los lados y unas trenzas largas que se me pegaban a la espalda cuando salía del agua.
Hice tres mil metros a muerte. Series de cien libre, cincuenta braza, las piernas ardiendo en los últimos largos. Terminé reventado y con esa adrenalina rara que te deja el esfuerzo, una mezcla de cansancio y de querer más. Me arranqué el bañador en la taquilla y entré a las duchas colectivas con la toalla al hombro, pensando solo en el agua caliente.
No estaba solo.
Al fondo de la fila de azulejos blancos, bajo el vapor, había otro hombre. Joven, mucho más alto que yo, la espalda oscura brillando bajo el chorro. Se llamaba Idriss, aunque eso lo supe después. Senegalés, veinticuatro años, nadaba para la universidad. Tenía el cuerpo que uno imagina cuando piensa en la palabra «atleta»: pectorales marcados, el abdomen plano y duro, las piernas largas de quien se pasa la vida empujando agua.
Abrí la ducha de al lado y dejé que el agua me cayera sobre la nuca. Lo miraba de reojo, sin disimular del todo. Él tampoco disimulaba. Cuando se giró para alcanzar el jabón, bajé la vista un segundo de más y se dio cuenta. Sonrió. Una sonrisa lenta, sin prisa, de quien sabe exactamente el efecto que provoca.
—Te he visto nadar —dijo, con un acento francés suave que arrastraba las erres—. Nadas bien. Y ahora veo que también te pones duro rápido.
No tenía sentido negar lo evidente.
Mi cuerpo había contestado antes que yo. Me acerqué un paso, todavía bajo mi chorro, y él dio otro hacia mí. El vapor lo envolvía todo, el ruido del agua tapaba cualquier otro sonido. Cuando levanté la mano y la apoyé en su pecho mojado, sentí el corazón latiéndole rápido bajo la palma.
Me arrodillé en el suelo de azulejos, el agua cayéndome por la espalda. Lo tomé con las dos manos y empecé despacio, con la lengua, saboreando el cloro y el sabor salado de su piel. Él echó la cabeza atrás y soltó el aire por la boca. Me agarró las trenzas, no con violencia, sino guiándome, marcándome el ritmo que quería, hondo y pausado.
Fue entonces cuando noté que ya no estábamos los dos solos.
En la fila de duchas de enfrente se habían quedado varios hombres. Dos chicos de veintipocos, un tipo mayor de barba canosa, el socorrista de turno todavía con el silbato colgado al cuello. Ninguno decía nada. Estaban quietos bajo sus chorros, mirando, y algunos se tocaban despacio. El agua corría, el vapor subía hasta el techo, y nadie hacía amago de moverse ni de irse.
Saber que nos miraban me encendió de una forma que no esperaba. Yo no soy de los que buscan público, pero ahí, arrodillado en el suelo mojado, con sus ojos clavados en nosotros, sentí algo eléctrico recorriéndome la espalda.
Idriss me levantó tirándome suave de las muñecas. Me giró contra la pared de azulejos fríos, me separó las piernas con la rodilla y se tomó su tiempo. Sus dedos, primero uno, después dos, mojados y pacientes, fueron abriéndome mientras me hablaba al oído en su francés a media voz.
—Mira cómo te miran —murmuró—. Les encanta verte así.
No le contesté. Apoyé las dos manos en la pared, arqueé la espalda y empujé hacia atrás buscándolo. Cuando entró, lo hizo despacio, centímetro a centímetro, dándome tiempo a acostumbrarme a él. Quemaba y dolía y era exactamente lo que quería. Me quedé un instante sin aire, la frente apoyada en los azulejos, hasta que el cuerpo cedió y lo recibí entero.
Empezó a moverse con embestidas largas y firmes. El agua salpicaba en todas direcciones, mis trenzas mojadas se me pegaban a la cara, y yo gemía mirando de reojo a los que nos observaban. Uno de los chicos se había acercado un par de pasos, sin atreverse a más, la mirada fija. El de la barba canosa respiraba fuerte. El placer de saberme observado se mezclaba con el de Idriss empujando contra mí, y los dos se alimentaban el uno al otro.
—Así —le pedí, y él entendió.
Me sujetó por las caderas con las dos manos y aceleró. Cada empellón me apretaba el vientre contra la pared, su aliento caliente en mi nuca, sus muslos golpeando los míos. No me toqué. No hizo falta. El cuerpo se me tensó de golpe, los dedos clavados en la junta de los azulejos, y me corrí solo, con un temblor que me subió desde las piernas. Oí a alguien de enfrente gemir al verlo.
Idriss salió un momento, jadeando, y me hizo una seña hacia el banco de madera del centro de las duchas. Se sentó con las piernas abiertas y tiró de mí. Me coloqué sobre él, de espaldas, y bajé despacio hasta sentirlo de nuevo dentro. Desde ahí controlaba yo el ritmo. Subía y bajaba mirando al techo, sus manos abiertas sobre mi pecho, sus labios buscándome el hombro y la nuca.
Uno de los chicos se acercó por fin. No dijo nada; se quedó de pie frente a nosotros, y yo, sin pensarlo, me incliné hacia él. La escena entera se volvió otra cosa: el calor del vapor, el agua que seguía cayendo de las duchas abiertas, los gemidos sueltos de los que miraban, el cuerpo de Idriss empujándome desde abajo. Por un instante dejé de saber dónde terminaba yo y dónde empezaba lo demás.
***
Cambiamos de postura sin hablar, leyéndonos con las manos. Me tumbó en el suelo mojado, me abrió las piernas y volvió a entrar mirándome a los ojos. Esa fue la parte que más recuerdo: no la fuerza, sino la manera en que me sostenía la mirada mientras se movía, despacio primero, hondo después, como si no hubiera nadie más en toda la sala. Me apartó un mechón de la cara con un cuidado que no encajaba con todo lo demás, y siguió.
El círculo de hombres se había cerrado un poco más a nuestro alrededor. Algunos ya no podían contenerse. El socorrista, todavía con el silbato al cuello, fue el primero; después el de la barba. El sonido de todos a la vez, el agua, el vapor, fue demasiado para mí. Me corrí por segunda vez, esta vez sobre mi propio vientre, con un grito que se me escapó sin permiso.
Idriss me levantó del suelo como si no pesara. Me sostuvo contra la pared, mis piernas alrededor de su cintura, mis brazos cruzados tras su cuello, y terminó así, abrazado a mí, con la frente pegada a la mía. Cuando ya no aguantaba más, me bajó, me puso de rodillas frente a él y se acabó sobre mi cara y mi pecho, jadeando, con los ojos cerrados. Tragué lo que pude; el resto se mezcló con el agua que seguía cayéndome encima.
Poco a poco, los demás se fueron retirando a sus duchas. Nadie hizo comentarios, nadie buscó nada más. Solo miradas de reojo, alguna sonrisa, el ruido del agua volviendo a ser el único sonido del vestuario. Idriss y yo nos quedamos un rato largo bajo el chorro caliente, él detrás de mí, los brazos rodeándome el pecho, sin decir nada. No hacía falta.
Salimos de las duchas pasadas las diez, con el vestuario ya vacío. Antes de irse, me agarró el antebrazo y me escribió su número con un rotulador que sacó de la mochila, la tinta resistiendo al agua.
—Cuando quieras otra sesión —dijo, y sonrió otra vez, aquella sonrisa lenta—. Ya sabes dónde encontrarme.
Salí a la calle bajo la lluvia, con el pelo mojado y el cuerpo todavía vibrando. Hacía meses que no me sentía tan despierto. Me quedé un momento bajo la marquesina del autobús, mirando los números escritos en mi brazo, y me reí solo, sin poder evitarlo.
Todavía huelo el cloro y el vapor cuando cierro los ojos.
Fue, de lejos, la mejor tarde de lluvia de mi vida.