Los gemelos nos reclamaron para ellos solos esa noche
El mensaje de Marco me llegó un martes por la tarde, cuando todavía tenía el cuerpo dolorido de la última fiesta. Llevaba días con marcas tenues en las muñecas, el culo aún resentido y esa sensación rara de echar de menos algo que ni siquiera entendía del todo.
—Los gemelos están en la costa este fin de semana —escribió—. Nos quieren solo a nosotros dos. Toda la noche, para ellos. ¿Te animas?
Tardé en contestar lo justo para fingir que lo pensaba. Luego le mandé una sola línea.
—Que vengan con ganas, que esta vez no pienso pedir clemencia.
Marco respondió con un audio de tres segundos en el que solo se le oía reír. Él sabía, como yo, que esa frase era mentira. Siempre acabábamos pidiendo clemencia, y siempre nos encantaba que no nos la dieran.
***
El viernes el ático olía a vela de madera y a la cerveza fría que habíamos dejado en el cubo del balcón. Las luces de la bahía temblaban abajo, naranjas sobre el agua negra, y el aire entraba tibio por las puertas abiertas de la terraza.
Marco y yo nos habíamos arreglado a nuestra manera: arnés de cuero, botas altas, nada más. Estábamos nerviosos como dos críos, dándonos vueltas por el salón, comprobando que el lubricante estuviera a mano, riéndonos de lo poco que íbamos a durar de pie.
—¿Crees que se acordarán de cómo me llamo? —pregunté.
—No te llamarán por tu nombre —dijo Marco—. Y lo sabes.
El timbre sonó a las once y media en punto.
***
Iván y Nico entraron como si vinieran a cobrar una deuda. Idénticos hasta lo absurdo: altos, anchos, el pelo rapado al uno, los ojos de un azul tan claro que parecía pintado. Veintiséis años cada uno y esa forma de mirar de quien nunca ha tenido que pedir nada dos veces.
Iván traía una mochila colgada del hombro. Nico, una pequeña cámara y una sonrisa que no auguraba descanso.
—Vaya —dijo Iván, recorriéndonos de arriba abajo sin tocarnos todavía—. Os habéis preparado para nosotros. Buenas putas.
No hubo más saludos. Nos empujaron contra la pared del salón, uno a cada uno, y nos besaron como si quisieran tragarnos. Iván me sujetó la mandíbula con una mano y me clavó la lengua hasta arrancarme un gemido que no esperaba soltar tan pronto. Con la otra mano me estrujaba una tetilla, la pellizcaba entre los dedos hasta que se me escapó un jadeo contra su boca. Bajó la mano por el vientre, la coló bajo el arnés y me agarró la polla de golpe, sin ceremonia, apretándomela con la palma abierta hasta que se me puso dura en su mano.
—Ya estás cachondo —murmuró contra mis labios—. Y todavía no hemos empezado.
A mi lado oía a Marco respirar entrecortado, a Nico murmurarle al oído que iba a follárselo hasta dejarlo sin voz. En cuestión de segundos los cuatro estábamos enredados en el suelo, las botas chirriando contra el parqué, ocho manos buscando todo a la vez: polla, culo, cuello, boca.
***
Nos pusieron de rodillas en el centro del salón, hombro con hombro, como si quisieran compararnos. Iván y Nico se desabrocharon los pantalones despacio, disfrutando del modo en que los mirábamos. Cuando se bajaron los calzoncillos, a Marco y a mí se nos escapó el mismo suspiro a la vez. Las tenían idénticas: dos vergas gruesas, largas, con las venas marcadas y los huevos pesados colgándoles debajo. Ya duras, apuntando al techo.
—Abre —me ordenó Iván, agarrándose la polla por la base y golpeándome despacio con ella en la mejilla, en los labios, dejándome un rastro pegajoso en la cara.
Abrí la boca todo lo que pude. Me la metió de una sola embestida, hasta que el glande me golpeó el fondo de la garganta y me hizo lagrimear. La sacó, me la volvió a meter, agarrándome del pelo con las dos manos, y empezó a follarme la boca a un ritmo que no me daba tiempo ni a respirar. Yo tragaba saliva mezclada con el sabor a sudor y a semen anticipado que le rezumaba del glande, tragaba también las arcadas que se me subían cada vez que llegaba demasiado hondo.
A mi lado Marco tenía la boca llena de Nico, los mofletes hundidos, chupando con una desesperación que se me contagiaba. De vez en cuando los gemelos se cruzaban sin avisar y yo me encontraba de golpe con la polla de Nico atragantándome, más gruesa por la punta, o con la de Iván empujando entre los labios de Marco. Nos pasaban de boca en boca como si fuéramos un mismo agujero para los dos.
—Chúpame los huevos —me ordenó Nico, levantándose la verga contra el vientre.
Le hundí la cara entre las piernas y le mamé los cojones uno por uno, los ensalivé, los tragué enteros en la boca mientras él se meneaba la polla encima de mi frente. Marco hacía lo mismo con Iván, los dos de rodillas, las manos atadas a la espalda por el propio arnés, obedeciendo cada gruñido que nos caía desde arriba.
—Mírate —dijo Nico, levantándome la cara con un dedo bajo la barbilla—. Si esto es lo que querías. Puta cerda.
Era exactamente lo que quería. Me ardían los ojos, tenía la barbilla mojada de baba y de líquido preseminal, y no habría parado por nada del mundo. Volví a abrir la boca y él me la llenó otra vez, hasta las cachas.
***
Nos llevaron al sofá grande, el que mira a la terraza. A mí me sentaron sobre el respaldo, las piernas abiertas de par en par, la espalda contra el frío del ventanal. Iván me untó dos dedos con lubricante y me los metió del tirón, hasta los nudillos, buscándome el punto con la yema hasta que se me escapó un grito.
—Está abierto, ya —le dijo a Nico por encima del hombro—. Le follaron bien la última vez.
Se colocó delante, me miró un segundo a los ojos como si me preguntara algo, y cuando asentí me clavó la polla de una sola embestida, hasta el fondo, hasta que noté los huevos golpeándome contra el culo.
Solté el aire de golpe y solté también un gemido largo, ronco, que se me escapó del pecho sin permiso. Me agarré a sus hombros mientras empezaba a moverse, firme y profundo, sin prisa pero sin pausa, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter con un golpe seco de cadera que hacía chocar mis huevos contra los suyos. Su frente pegada a la mía, su aliento a cerveza en mi boca. A un metro de distancia Marco estaba igual, abierto sobre el otro brazo del sofá, con las piernas trepándole por el pecho a Nico, que le estaba dando por el culo con el mismo ritmo brutal.
Nos buscamos con la mirada. Nos besamos por encima del hueco que nos separaba, compartiendo los gemidos, las respiraciones rotas, ese vértigo de saber que los gemelos se movían casi al unísono, como si una sola voluntad los gobernara a los dos. Sentía la polla de Iván ensanchándome por dentro, rozándome la próstata en cada embestida hasta que la mía empezó a chorrear preseminal sobre mi propio vientre sin que nadie la tocara.
—Aguantad —dijo Iván sin dejar de embestir—. No os corráis todavía. Vais a aguantar mucho más que esto.
***
Nos bajaron al suelo y nos colocaron a cuatro patas, los costados pegados, las cabezas casi rozándose, los culos levantados y ofrecidos. Entonces empezaron a turnarse de verdad.
Iván me montaba una decena de embestidas duras, agarrándome de las caderas con las dos manos, clavándome los dedos en la piel, y sin sacarla del todo se apartaba y le pasaba el testigo a Nico, que me montaba encima al segundo siguiente. Yo sentía el cambio en el tamaño, en el ángulo, en la forma de golpearme el fondo. Nico me la hundía más de lado, buscándome, y me hacía apretar la boca contra el parqué para no gritar tan alto.
Mientras uno me follaba, el otro se ponía delante de Marco y le metía la polla en la boca hasta el fondo, y viceversa. Estábamos en cadena, empalados por los dos lados a la vez, pasando de una polla a la otra sin descanso. Las palmadas resonaban en todo el ático, secas, cada nalgada dejándome la piel del culo ardiendo, y entre una y otra me tiraban del pelo para obligarme a levantar la cabeza.
—Dilo —me exigió Nico, inclinándose sobre mi espalda, susurrándomelo al oído mientras me la metía hasta las cachas—. Di lo que eres.
—Más —jadeé, sin reconocer mi propia voz—. Más, por favor. Fóllame más fuerte.
—¿Qué eres?
—Tu puta —solté, con la cara aplastada contra el suelo—. Vuestra puta. Los dos, joder, más.
Marco repitió las palabras a mi lado, gimiendo con la boca llena de la verga de Iván, y los gemelos se rieron por lo bajo, satisfechos. Nico me embistió tres veces seguidas con toda la fuerza de sus caderas y me hizo aullar.
***
De la mochila de Iván salieron las cuerdas. Negras, suaves, y unas manos que sabían exactamente lo que hacían. Nos ataron a las dos columnas del salón: los brazos en alto, las piernas separadas, el cuerpo expuesto y a su merced, las pollas duras balanceándose entre las piernas sin poder tocarnos nosotros mismos.
Allí nos tuvieron lo que se me antojó una hora entera. Uno por delante, otro por detrás, rotando cada pocos minutos con una coordinación que daba escalofríos. Iván se puso a mi espalda y me la metió otra vez, esta vez de pie, agarrándome de las caderas para levantarme un palmo del suelo con cada embestida. Nico se colocó delante y me obligó a abrir la boca. Los dos me follaron a la vez, uno por cada extremo, encontrándose en el medio con un ritmo que me hacía delirar. Cuando cambiaban, era Iván el que se me plantaba delante con la verga brillante de mi propio culo y me la metía en la boca sin darme tiempo a limpiarla, obligándome a saborearme entero.
Yo colgaba de las cuerdas, las muñecas tirantes, incapaz de hacer otra cosa que recibir y gemir, la polla goteando sin parar sobre el parqué. Cada vez que creía que iban a parar, cambiaban de posición y empezaban de nuevo. En un momento dado Iván se agachó, me metió tres dedos en el culo y me buscó la próstata con la yema mientras Nico me follaba la boca. Estuve a punto de correrme sin que nadie me tocara la polla.
—Ni se te ocurra —me advirtió Iván, sacándome los dedos de golpe—. Todavía no.
Marco, atado a la columna de enfrente, me miraba con los ojos vidriosos, la boca abierta, la barbilla brillante de saliva y semen ajeno. No hacía falta hablar. Los dos sabíamos que no queríamos que aquello terminara nunca.
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Nos desataron solo para llevarnos a la cama, una enorme que ocupaba media habitación. Nos tumbaron boca arriba, uno junto al otro, las piernas en alto hasta los hombros, los culos expuestos y ya bien abiertos de todo lo que llevaban dentro esa noche.
Iván se acomodó entre mis muslos y me dobló casi por completo, doblándome las rodillas contra mi propio pecho. Nico hizo lo mismo con Marco. Volvieron a entrar a la vez, hasta el fondo, con un empujón largo y hondo que nos sacó el mismo gemido al mismo tiempo. Se quedaron quietos un segundo, mirándonos a los ojos, disfrutando de la cara que ponemos cuando nos rellenan. Después empezaron a mecerse despacio, muy hondo, taladrándonos con embestidas lentas que llegaban hasta el estómago.
Iván me mordía el cuello, me lamía la oreja, me susurraba al oído lo bien que le apretaba el culo, lo mucho que me iba a llenar de leche cuando le diera la gana. Cada palabra me hacía apretarle la polla por dentro sin querer, y él respondía con un empellón más fuerte que me sacaba un grito. De tanto en tanto se intercambiaban de cama sin previo aviso: en un segundo tenía a Iván encima y al siguiente era Nico el que se me acoplaba entre las piernas, sin dejar el hueco vacío, encajándomela con la misma facilidad.
Perdí la cuenta de quién me estaba follando. Daba igual. Eran la misma cara, el mismo cuerpo, la misma polla dura, la misma fuerza, y yo estaba demasiado ido como para distinguirlos. Alargué la mano a la izquierda y encontré la de Marco. Nos agarramos con fuerza mientras nos taladraban a la vez, los dedos entrelazados, gimiendo al unísono cada vez que ellos empujaban hasta el fondo.
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En algún momento se pusieron de pie sobre el colchón y nos alzaron en peso, cada uno al suyo. Yo en brazos de Iván, las piernas alrededor de su cintura, empalado en su verga, colgando del todo mientras él me subía y me bajaba sobre su cuerpo con una facilidad que me dejó sin palabras. La gravedad me hacía tragármela entera en cada bajada, hasta la raíz, hasta que sentía sus huevos golpeándome el culo.
—Pesas menos de lo que crees —me dijo, riéndose contra mi cuello, embistiéndome hacia arriba mientras me sostenía por las nalgas con las dos manos abiertas.
Nos pasaron de uno a otro en el aire, riéndose de nuestros gemidos: Iván me soltó en los brazos de Nico sin sacarme la polla del culo hasta el último segundo, y Nico me clavó la suya con la misma facilidad, sin dejarme ni un instante vacío. Notaba el cambio de textura, la manera distinta de agarrarme, pero la polla se sentía igual de gruesa, igual de profunda. Hicieron lo mismo con Marco al lado, pasándonoslos como muñecas rotas, hasta que el cansancio empezó a temblarles en los brazos y nos dejaron caer sobre las sábanas revueltas.
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Cerca de las cuatro de la mañana llegó el final. Nos pusieron otra vez de rodillas en el centro del salón, las luces de la bahía aún encendidas allá abajo, los cuatro cuerpos brillando de sudor, las pollas de los gemelos rojas e hinchadas después de horas sin correrse.
Iván y Nico se colocaron delante, meneándosela con la mano a un palmo de nuestras caras, jugando con nosotros, rozándonos los labios con el glande, dejándonos lamer solo la punta antes de apartarla. Marco y yo sacábamos la lengua, buscándolas, mendigándolas, con las bocas abiertas y las cabezas juntas. Alargaron el momento todo lo que pudieron.
—Abridla bien —gruñó Iván—. Que no se pierda una gota.
Cuando por fin se dejaron ir, lo hicieron casi al mismo tiempo, y los chorros salieron a presión, gruesos, calientes. Nos llenaron la cara, la boca, la barbilla, el cuello. Iván me disparó el primero directamente en la lengua y las siguientes descargas me las repartió por los labios y los párpados. Nico hizo lo mismo con Marco al lado, y los últimos hilos nos los frotaron por la cara con el glande, embadurnándonos de semen espeso. Después nos obligaron a besarnos, a compartirnos su leche de una boca a la otra, a buscarnos la lengua el uno al otro mientras ellos miraban en silencio, respirando fuerte, con las pollas aún goteando entre las piernas.
—Sois los mejores que hemos tenido —dijo Nico, recuperando el aliento.
Marco me miró con una sonrisa exhausta y satisfecha, los labios brillantes, un hilo de semen colgándole todavía de la barbilla. Yo le devolví la mirada, demasiado agotado para hablar, demasiado feliz para que me importara.
***
Pero los gemelos todavía no habían terminado. Nos levantaron del suelo con una suavidad inesperada y nos llevaron al baño, donde abrieron el agua caliente hasta que el espejo se cubrió de vaho.
Bajo la ducha cambió todo el tono. Iván me apoyó contra los azulejos templados, me levantó una pierna sobre su cadera, el agua corriéndonos por la espalda y por el pecho, y volvió a metérmela despacio, esta vez sin prisa ninguna, casi con ternura. Me la fue hundiendo centímetro a centímetro, dejándome sentir cada vena, cada palpitación, mientras me besaba en la boca con una calma que no le había visto en toda la noche. Nico hacía lo mismo con Marco a un palmo de distancia, los cuatro apretados en aquel espacio pequeño y resbaladizo, las pollas volviendo a endurecerse dentro de nosotros como si tuvieran cuerda para tres noches más.
Nos enjabonamos los unos a los otros entre risas y besos lentos, las manos recorriendo cada centímetro de piel dolorida, los dedos hundiéndose otra vez en los culos abiertos para lavarnos por dentro y por fuera. Iván terminó descargándome dentro con un gemido largo contra mi cuello, y sentí el calor de su semen mezclándose con el agua entre mis muslos. Nico se corrió al mismo tiempo dentro de Marco, apretándolo contra los azulejos. Por primera vez en toda la noche el silencio no era de tensión, sino de algo parecido a la calma.
—No tenéis remedio —murmuró Marco, con la cabeza apoyada en el hombro de Nico.
—Tú tampoco —le respondió él, y lo besó en la sien.
***
Acabamos los cuatro en la cama poco antes del amanecer, deshechos, temblando, riéndonos de nada, los culos ardiendo y chorreando de semen ajeno. Por las puertas de la terraza entraba ya la primera luz gris sobre el mar, y un par de gaviotas chillaban a lo lejos.
Iván me pasó un brazo por encima sin decir palabra. Nico apagó la cámara, que llevaba un buen rato olvidada en la mesilla. Por un instante, los cuatro nos quedamos quietos, escuchando nuestras propias respiraciones.
—¿Repetimos? —preguntó Marco, con la voz ronca, cuando los gemelos ya se vestían en la puerta.
Iván se volvió, esa media sonrisa otra vez en la cara.
—La próxima vez —dijo— no vais a poder caminar en una semana.
Marco y yo nos miramos. Y los dos supimos, sin decirlo, que íbamos a contar los días.





