Lo que hacemos cuando por fin nos dejan solos
Los que se quedaron a dormir se marchan pasadas las nueve, y nos dejan tirados en mitad de la cama enorme, deshechos, temblando, con la piel todavía pegajosa y las sábanas hechas un nudo a nuestros pies. Leo tiene las mejillas marcadas, el pelo revuelto, los labios hinchados. Yo no estoy mejor: me cuesta cerrar las piernas y siento cada músculo como si hubiera corrido una maratón.
La puerta del ático se cierra abajo con un golpe seco. Después, silencio. Solo nuestras respiraciones agitadas y el zumbido lejano del tráfico que sube desde la calle.
Me incorporo apenas sobre los codos. La luz de la mañana entra por el ventanal y le dibuja la silueta a Leo, todavía tendido a mi lado, el pecho subiendo y bajando despacio. Tiene una marca roja en el cuello que mañana será un moretón, y la sola idea de habérsela dejado yo me calienta otra vez.
Nos miramos un segundo, los dos con esa sonrisa idiota de quien sabe que la noche no ha terminado. Leo se arrastra encima de mí, despacio, y me besa con la lengua lenta y profunda, sin prisa, saboreándome entero. Su peso sobre mi cuerpo es lo único que necesito para que se me despierte todo de nuevo.
—Ahora nos toca a nosotros —murmura contra mi boca—. Quiero esto otra vez, solo tú y yo.
Le muerdo el labio inferior y se lo retengo un instante antes de soltarlo.
—Y yo quiero dejarte sin poder caminar —le contesto.
***
Empezamos despacio, recuperando el aliento. Leo se tumba boca arriba en el centro de la cama, las piernas abiertas, y yo me coloco de rodillas entre ellas. Le recorro el cuerpo entero con la boca: el cuello, la clavícula, los pezones que se le ponen duros en cuanto los rozo con los dientes. Bajo por el abdomen, lamiendo cada sombra de músculo, hasta llegar a su polla, otra vez dura, tensa contra su vientre.
Me la trago entera, lento, sintiendo cómo late en mi garganta. Giro la lengua alrededor del tronco, chupo fuerte la punta, vuelvo a bajar. Él gime y me agarra el pelo con las dos manos, marcándome el ritmo, empujando un poco las caderas hacia arriba para hundirse más.
Le levanto las piernas hasta apoyarlas en mis hombros y le abro las nalgas con las manos. Hundo la cara entre ellas. Lo lamo despacio primero, la lengua plana, de abajo hacia arriba, y noto cómo se estremece. Después acelero, la lengua en punta, entrando y saliendo, mientras él empuja hacia atrás buscando más. Cuando meto dos dedos, arquea la espalda y suelta mi nombre como un jadeo.
—Ya —me pide—. No aguanto más.
Me incorporo de rodillas, me unto bien, y lo penetro de una sola embestida hasta el fondo. Leo grita, se agarra a las sábanas, echa la cabeza hacia atrás. Me quedo quieto un segundo, dejándolo que se acostumbre, sintiendo cómo me aprieta.
Luego empiezo a moverme. Lento al principio, sacándola casi entera y volviendo a clavarla despacio, rozándole por dentro ese punto que lo vuelve loco. Cada vez que doy con él, Leo se muerde la mano para no gritar demasiado fuerte.
—Más —dice—. Más fuerte.
Acelero. Fuerte, profundo, sin tregua. La cama golpea contra la pared, mis caderas chocan contra las suyas, y él gime cada vez más alto, sin importarle ya nada.
***
Lo pongo a cuatro patas, el culo en alto, la cara hundida en la almohada. Me coloco detrás y vuelvo a entrar de golpe, agarrándole las caderas, taladrándolo sin piedad. Le doy una palmada en una nalga, y otra, y el sonido seco se mezcla con sus gemidos.
Me tumbo encima de su espalda, el pecho pegado a su piel sudada, la boca en su oreja.
—¿Te gusta así? —le susurro—. ¿Te gusta cuando soy solo tuyo?
—Sí —jadea—. No pares, por favor.
Cambio de postura. Me tumbo yo boca arriba y tiro de él hacia mí.
—Ven aquí. Quiero verte.
Leo se sienta encima, mirándome a los ojos, y se empala él solo, despacio, hasta el fondo. Luego empieza a subir y bajar, las manos apoyadas en mi pecho tatuado, las piernas temblándole. Sus ojos verdes clavados en los míos, la boca entreabierta, su polla rebotando contra mi abdomen con cada bajada.
Le clavo los dedos en las caderas y lo guío, arriba y abajo, cada vez más rápido. Verlo así, abierto, entregado, montándome como si no existiera nada más en el mundo, me lleva al borde una y otra vez. Tengo que respirar hondo para no acabar antes de tiempo.
—Date la vuelta —le digo.
Se gira sin salirse, ahora de espaldas a mí, las manos apoyadas en mis rodillas, y bota todavía más fuerte. Le sujeto la cintura, lo ayudo a moverse, y le miro la espalda arquearse con cada embestida. Es lo más bonito que he visto en mi vida.
***
Lo bajo y lo coloco de lado. Me pego a su espalda, le levanto una pierna y vuelvo a entrar desde atrás, lento y largo al principio, después rápido y hondo. Con la mano libre se la acaricio al mismo ritmo, sintiéndola dura, mojada en la punta.
Giramos la cabeza para besarnos por encima del hombro, la lengua buscando la lengua, mordiéndonos mientras me muevo dentro de él. Es íntimo y salvaje a la vez, las dos cosas que somos cuando nos quedamos solos.
Le rodeo el pecho con el brazo y lo aprieto contra mí, sin dejar de moverme. Noto su corazón latiendo bajo mi mano, acelerado, y el modo en que se le escapa el aire cada vez que entro hasta el fondo. No hay ninguna prisa ahora, solo el roce lento de su cuerpo contra el mío y el calor compartido bajo las sábanas revueltas.
—Ahora me toca a mí —dice Leo de pronto, con esa sonrisa torcida que conozco demasiado bien.
Me deja boca abajo, me separa las piernas y me devuelve cada cosa que le he hecho. Primero la boca, la lengua hundida, los dedos, hasta que tiemblo igual que temblaba él. Después se coloca detrás, me agarra el pelo recogido como si fueran riendas y me penetra de una embestida que me corta la respiración.
Empieza a follarme fuerte, profundo, las caderas golpeando contra mis nalgas. Yo me agarro a la almohada y le pido más, y él me lo da, cada vez más rápido, mordiéndome la nuca, susurrándome al oído lo mucho que le gusto.
—Date la vuelta —me ordena ahora él.
Me pone boca arriba, me levanta las piernas hasta los hombros y me taladra en esa postura mirándome a los ojos. Me acaricia la polla al mismo ritmo que me embiste, y no sé ya dónde termina un placer y empieza el otro. Le clavo los talones en la espalda para que entre más hondo.
***
Cuando ya casi no nos quedan fuerzas, nos colocamos los dos de rodillas en el centro de la cama, frente a frente, abrazados, las pollas rozándose entre los dos vientres. Nos masturbamos el uno al otro, despacio, mirándonos, con las frentes pegadas y la respiración entrecortada.
—Quiero verte acabar —le digo.
—Tú primero —responde.
Leo se arrodilla delante de mí, levanta la cara y me mira desde abajo con esos ojos verdes que me desarman. Me acaricio rápido, le sujeto la nuca, y cuando llego ya no puedo aguantarlo más. Me corro con un gemido largo, temblando entero, agarrado a sus hombros.
Él me sostiene mientras me deshago, sin dejar de mirarme, y solo cuando termino se levanta y me besa, despacio, como si quisiera grabarse el momento.
—Te toca —le digo con la voz rota.
Ahora me arrodillo yo. Leo se acaricia furioso, con la mandíbula apretada y los músculos del abdomen tensos. Le pongo una mano en el muslo y lo miro hacia arriba, esperando. Cuando se corre, echa la cabeza hacia atrás y suelta un gemido ronco que me eriza la piel entera.
Nos quedamos así un instante, de rodillas, jadeando, las manos todavía sobre el cuerpo del otro. Después nos dejamos caer sobre la cama deshecha, abrazados, riéndonos bajito como dos locos.
***
Leo me muerde el hombro y susurra contra mi piel:
—Diga lo que diga la gente, esto es solo nuestro. Tú y yo, cuando todos se van.
Le acaricio la espalda con la punta de los dedos, dibujando círculos perezosos.
—Y siempre será lo mejor de todo —le contesto.
Nos metemos juntos en la ducha. El agua caliente nos cae encima y seguimos besándonos bajo el chorro, sin ninguna prisa, las manos recorriéndonos despacio. Ya no nos quedan fuerzas para nada más, y no nos hace falta. Nos lavamos el uno al otro, le aparto el pelo mojado de la frente, él me pasa la esponja por la espalda tatuada.
Terminamos en la cama otra vez, con las sábanas todavía revueltas, los cuerpos pesados de cansancio. Leo apoya la cabeza en mi pecho y yo le rodeo los hombros con el brazo.
Esto es lo que nadie ve, pienso mientras se le cierran los ojos. La parte que es solo mía.
Nos quedamos dormidos abrazados hasta bien entrada la tarde, con el sabor del otro todavía en la boca y la certeza tranquila de que, pase lo que pase ahí fuera, cuando él y yo nos quedamos solos siempre terminamos así: deshechos, saciados y más unidos que nunca.