Lo que pasó en el sauna con mi amante de Berlín
Era una noche de viernes de pleno verano y el Sauna Vulcano, en pleno casco viejo de Cartagena, hervía. Es el local más grande de toda la costa, el que todos conocen aunque pocos lo admitan a la luz del día. Yo llevaba justo un mes sin pisar un sitio así, desde aquella semana en Berlín que me dejó marcado más de lo que quería reconocer.
Llegué pasadas las once y media. Acababa de cumplir treinta y nueve y nunca me había sentido tan en forma: el cuerpo seco, la piel todavía morena del mar, las trenzas largas recogidas en la nuca y los tatuajes trepándome por el cuello hasta la mandíbula. Pedí la taquilla, me desnudé sin prisa y me anudé una toalla blanca corta a la cintura.
Lo de Berlín había sido un accidente. Nos cruzamos en un club a las cuatro de la mañana, sin presentaciones, sin apellidos, y lo que tenía que ser una sola noche se convirtió en cuatro días sin salir apenas del hotel. Me marché de allí convencido de que no volvería a verlo, y desde entonces no había logrado quitármelo del todo de la cabeza. Por eso, en realidad, había vuelto a un sitio como este: buscando algo que se le pareciera, aunque sabía que nada iba a parecérsele.
El sitio estaba a reventar. El calor de fuera se mezclaba con el vapor de dentro, la música latía baja y constante, y en el aire flotaba ese olor inconfundible a cloro, sudor y ganas. Pasé por las duchas, dejé que el agua tibia me corriera por la espalda y crucé hacia la zona de cabinas con el pulso ya acelerado.
Y entonces lo vi.
Estaba apoyado en la barra del bar, de espaldas a la pared, observándolo todo como quien ya ha decidido a qué ha venido. Una toalla negra atada bajo el ombligo, un arnés de cuero rojo cruzándole el pecho, el cuerpo más definido que la última vez. Cuando giró la cabeza y me reconoció, su boca dibujó esa sonrisa torcida que yo recordaba demasiado bien. Mateo.
No hizo falta hablar. Caminé directo hacia él y nos buscamos la boca sin preámbulos, delante de toda la gente de la barra, como si el mes de distancia no hubiera existido. Su lengua, sus dientes en mi labio, sus manos abiertas en mi espalda. El murmullo de alrededor desapareció.
—¿Otra vez tú? —me dijo separándose apenas un centímetro, todavía con mi labio entre los dientes.
—Parece que da igual el país —le contesté, deslizándole la mano por debajo de la toalla negra—. Siempre acabamos en el mismo sitio.
Y siempre acabamos igual de mal, pensé, sin que me importara lo más mínimo.
Lo arrastré hacia la primera cabina libre que encontré. Cerré la puerta de un golpe y el ruido del local quedó al otro lado, amortiguado. La luz roja entraba por la rendija de arriba y le pintaba la mitad de la cara.
Me empujó contra la pared con las dos manos, me arrancó la toalla de un tirón y se arrodilló sin dejar de mirarme. Lo que vino después fue lento al principio, casi una provocación: la lengua recorriéndome despacio, los ojos verdes clavados en los míos, midiendo cuánto aguantaba. Le agarré las trenzas cortas con las dos manos y marqué el ritmo yo. Él se dejó, gimiendo bajo, las manos apretadas en mis muslos.
Luego lo levanté y le di la vuelta. Lo abrí contra la pared, pegué mi pecho a su espalda y sentí cómo se le erizaba la piel. Recorrí cada centímetro con la boca, mordiéndole la nuca, bajando por la columna, hasta que él empujaba hacia atrás buscándome, impaciente, soltando palabrotas en voz baja.
—No aquí —le dije al oído—. Quiero que nos vean.
Se rió contra la pared. Era exactamente lo que él quería oír.
***
Salimos de la cabina y fuimos directos al jacuzzi grande, el del fondo, rodeado de luces azules y lleno hasta los bordes de hombres. El agua estaba caliente, casi demasiado. Mateo se sentó en el borde de mármol con las piernas abiertas y yo me metí dentro, de rodillas, el agua cubriéndome hasta el pecho.
Bajé la cabeza entre sus piernas mientras las burbujas estallaban a mi alrededor. Él me hundía los dedos en el pelo mojado y echaba la cabeza hacia atrás, sin esconderse de nadie. A nuestro lado empezó a formarse un corro, hombres acercándose despacio, las miradas fijas, alguno tocándose ya en silencio.
Luego cambiamos el turno. Me senté yo en el borde, el mármol frío contra la piel ardiendo, y él me devolvió cada cosa con la misma calma cruel, deteniéndose justo cuando yo más lo necesitaba, obligándome a aguantar. Sentía el agua caliente en las piernas y su boca arriba, y la diferencia de temperaturas me ponía la cabeza del revés.
—Eres un cabrón —le solté entre dientes.
—Lo sé —respondió, sin parar.
Cuando salimos del jacuzzi, chorreando, la mitad de los que miraban nos siguieron con los ojos. Algunos no aguantaron y se quedaron allí mismo, terminando lo que el espectáculo les había empezado.
***
La sauna finlandesa estaba a casi noventa grados. El aire quemaba al respirar y la madera de los bancos ardía bajo las manos. Subimos al banco más alto, donde el calor era insoportable, y allí me tumbó boca abajo.
Se echó sobre mí con todo su peso. Sentí su pecho pegado a mi espalda, el cuero del arnés marcándome la piel, su respiración en mi cuello. Empezó despacio, midiendo, dejándome sentir cada movimiento antes de subir el ritmo. El sudor nos resbalaba por todas partes, mezclándose, y el banco crujía bajo nosotros.
Abajo, en los bancos inferiores, dos o tres hombres se habían quedado quietos, observándonos a través del vapor, las siluetas borrosas en la penumbra húmeda. El calor lo amplificaba todo: cada jadeo, cada golpe de cadera, el olor a madera caliente y a piel. Cerré los ojos y me dejé llevar por completo, agarrado al borde del banco, mientras él me marcaba el compás sin piedad.
Cuando ya no podíamos más con aquel horno, salimos a la zona fresca temblando, riéndonos como dos críos que han hecho una travesura enorme.
***
Había una cabina especial al final del pasillo, una con un columpio de cuero colgado de cadenas del techo. La conocía de otras noches. Mateo abrió la puerta y me hizo un gesto con la cabeza.
—Adentro.
Me dejé atar las muñecas a las cadenas, las piernas suspendidas, el cuerpo abierto y a su merced. Él se colocó detrás. Me agarró las trenzas como si fueran riendas y tiró de ellas justo lo necesario para que arqueara la espalda. Cada azote retumbaba contra las paredes de la cabina, y el balanceo del columpio convertía cada movimiento en algo nuevo.
—¿Te acuerdas de Berlín? —me preguntó al oído, sin aflojar.
—No me he acordado de otra cosa en un mes —admití, con la voz rota.
Esa confesión pareció encenderlo todavía más. Me bajó del columpio, me puso de rodillas sobre el asiento de cuero y siguió hasta que se me saltaron las lágrimas, no de dolor, sino de pura intensidad. Yo no quería que parara. Él lo sabía.
***
La dark room grande era casi pura oscuridad, apenas una bombilla roja en una esquina que no llegaba a iluminar nada. Tardé unos segundos en acostumbrarme y, cuando lo hice, distinguí siluetas pegadas a las paredes, respiraciones contenidas, el brillo ocasional de unos ojos. En el centro había un colchón enorme y nos tumbamos en él, uno sobre el otro, encajados, devolviéndonos todo a la vez. En la penumbra, manos anónimas empezaron a recorrernos: dedos que no sabíamos de quién eran, bocas que aparecían y desaparecían, cuerpos rozándonos en la negrura. No nos importaba. Mientras pudiera sentir a Mateo encima de mí, el resto era decorado.
En algún momento, Mateo se puso a cuatro patas y yo me coloqué detrás. Mientras lo tenía así, un hombre enorme, de acento extranjero, se plantó delante de él y Mateo lo recibió sin dudar. Luego rotamos: me pusieron a mí en el centro, él detrás de mí y el mismo desconocido delante, los tres encajados en una coreografía que nadie había ensayado y que funcionó a la perfección.
Después nos separamos hacia los glory holes. Yo en una cabina, él en la otra, reconociéndonos a través del agujero por el tacto, por la forma, y entre medias atendiendo a desconocidos que pasaban sin saber a quién tenían al otro lado. Durante media hora largo el sauna entero fue nuestro patio de juegos.
***
Volvimos al jacuzzi para el final. Nos sentamos enfrente, cada uno en un banco sumergido, las piernas abiertas bajo el agua, mirándonos fijamente entre el vapor azul. Alargué la mano hacia él y él hacia mí, y nos buscamos despacio bajo la superficie mientras nos besábamos con la lengua, sin prisa esta vez, como si quisiéramos estirar el momento.
Alrededor se cerró un círculo perfecto de hombres. Nadie hablaba. Solo respiraciones, el burbujeo del agua y el chapoteo.
—Acaba conmigo, Bruno —me susurró, pegando su frente a la mía—. Como en Berlín.
Y así fue. Llegamos los dos a la vez, mirándonos a los ojos, y después nos besamos largo, compartiéndolo todo, lamiéndonos las caras entre risas mientras el círculo a nuestro alrededor terminaba también, una lluvia caliente cayendo sobre nosotros desde todas las direcciones.
***
Salimos del Sauna Vulcano cuando ya clareaba, sobre las siete de la mañana. Destrozados, temblando, con las piernas flojas y la garganta áspera. Ninguno de los dos quería despedirse todavía.
Nos metimos en mi coche y conduje hasta mi apartamento, frente a la playa, con las ventanas abiertas y el aire fresco del amanecer entrando a bocanadas. No dormimos. Seguimos hasta bien entrada la tarde del domingo: en la cama, en el sofá, en la ducha, en la terraza con vistas al mar, en el suelo de la cocina. Nos grabamos, nos reímos, nos quedamos sin fuerzas y volvimos a encontrarlas.
Aquella noche en el sauna con Mateo fue la más larga, la más sucia y la más intensa que recuerdo. Dos hombres que se encuentran por casualidad en cualquier rincón del mundo y convierten ese rincón en algo suyo durante horas. La próxima vez será en otra ciudad, pensé mientras lo veía dormir por fin, pero siempre acabaremos en el mismo sitio.