Mateo me arrastró al cuarto oscuro del club
Habíamos terminado destrozados en el pasillo, contra los azulejos fríos, con la gente entrando y saliendo del baño como si nosotros fuéramos parte del decorado. Mateo me había vaciado en la boca delante de todos, sin pudor, agarrándome de la nuca para que no me apartara. Y aun así, cuando me limpió la cara con su propia toalla, supe que ninguno de los dos había terminado.
Estábamos sudados, temblando, cubiertos de saliva y de lo que el otro había dejado. Pero nos cruzamos una mirada y esa mirada lo dijo todo. Queríamos más. Más oscuridad, más anonimato, más de esa suciedad que solo se permite cuando nadie puede ponerte nombre.
Mateo me agarró de la muñeca con fuerza. Acercó la boca a mi oreja y susurró:
—Ven. Ahora te follo donde nadie sabe quiénes somos.
No contesté. No hacía falta. Dejé que tirara de mí entre los cuerpos del local hasta una puerta sin cartel, al fondo, junto a una cortina negra que olía distinto al resto del sitio.
***
El cuarto oscuro del Lumina es un laberinto absoluto. Suelo de goma que se pega a las plantas de los pies, paredes acolchadas que se tragan el sonido, apenas dos puntos de luz roja diminutos en las esquinas más lejanas. El aire es espeso: lubricante, sudor, el olor agrio del sexo de los que ya habían pasado por ahí antes que nosotros.
Entramos y la puerta se cerró a nuestra espalda, devorando la última claridad del pasillo. Por un segundo no fui capaz de ver ni mi propia mano. Solo se oían respiraciones, gemidos contenidos, cuerpos chocando contra otros cuerpos y ese ruido húmedo, inconfundible, de la carne entrando y saliendo de la carne.
Mateo me empujó contra una de las paredes acolchadas. Me subió los brazos por encima de la cabeza y me los inmovilizó con una sola mano, grande y caliente. Con la otra empezó a pellizcarme los pezones, despacio primero, después con saña, hasta arrancarme un gruñido que ni yo sabía que tenía dentro.
—Quieto —dijo—. Aquí mando yo.
Y yo quería que mandara él.
Sentí bocas que no eran la suya rozándome los muslos. Manos anónimas subiendo por mis caderas, tanteando en la negrura, buscando dónde agarrarse. Una de esas manos me envolvió y Mateo la apartó de un manotazo seco.
—Es mío esta noche —dijo a la oscuridad, sin levantar la voz, y sonó como una orden que nadie se atrevió a discutir.
***
Me giró de cara a la pared. Me abrió con las dos manos y volví a sentir su lengua, igual que antes en el pasillo, pero ahora en la negrura total era otra cosa. Lametones largos, lentos, casi crueles de tan despacio. Después la lengua entrando, empujando, chupando con fuerza mientras yo apoyaba la frente contra el acolchado y me mordía el brazo para no gritar.
Alguien se arrodilló delante de mí en la oscuridad y me tomó en la boca. Apenas duró un instante. Mateo le dio una palmada en el hombro al desconocido y lo apartó sin contemplaciones.
—Solo yo toco esto hoy —dijo.
Me bajó al suelo, sobre un colchón fino que crujió bajo nuestro peso. Me puso boca abajo, a cuatro patas, y se deslizó debajo de mí en sentido contrario. Su boca encontró la mía, la mía encontró la suya, los dos a la vez, ahogándonos el uno en el otro. En aquel pozo negro no quedaba nada más que bocas, lenguas, el peso de su cuerpo y el sabor a sal. Babeábamos, nos faltaba el aire, gemíamos contra el otro y el gemido se quedaba atrapado entre los dos.
Noté dedos extraños tanteándome por detrás mientras Mateo me devoraba desde abajo. Él levantó una mano sin dejar de chuparme y los espantó, como quien aparta moscas de su plato.
***
De pronto me levantó, me puso de pie y me apoyó de espaldas contra una columna forrada de cuero. Se colocó detrás de mí, me subió una pierna casi hasta el hombro y me penetró de una sola embestida, sin avisar, sin tregua.
No veía absolutamente nada. Solo sentía. Sentía cómo entraba y salía cada vez más rápido, cómo mis propios gemidos rebotaban en las paredes acolchadas y volvían deformados. Manos anónimas me recorrían el pecho en la negrura, alguien me lamía por debajo, y por encima de todo estaba Mateo, taladrándome contra el cuero, respirándome en la nuca.
—¿Lo sientes? —jadeó—. Nadie sabe que eres tú. Nadie sabe que soy yo.
—No pares —fue lo único que conseguí decir.
Y no paró. Me sujetó por la cadera con una mano y con la otra me tapó la boca, no para callarme, sino para que respirara contra su palma, para que el aire que me faltaba se lo debiera a él. Yo arañaba el cuero de la columna buscando algo a lo que agarrarme y solo encontraba la oscuridad y su cuerpo detrás del mío, marcando el ritmo. En algún momento dejé de saber dónde terminaba yo y dónde empezaba él.
Me llevó después a un rincón donde había un banco con agujeros para la cabeza y las manos, una especie de cepo de madera y correas. Me metió dentro, me cerró encima la barra. Mi cuello y mis muñecas quedaron atrapados, el cuerpo doblado, completamente expuesto a la oscuridad y a quien quisiera mirar, aunque allí nadie veía nada.
Se puso detrás y empezó a follarme sin piedad. Me agarró del pelo, que asomaba por el agujero, y tiró hacia atrás usándome como si yo fuera un muñeco al que tenía derecho. Cada golpe de sus caderas contra mí resonaba como un tambor en el silencio del cuarto. Notaba dedos desconocidos buscándome la boca, otros cuerpos rozándome la cara, pero él lo controlaba todo, lo decidía todo.
—Solo yo termino dentro de aquí —avisó a la nada, y nadie le llevó la contraria.
***
Me sacó del cepo cuando ya tenía las muñecas marcadas. Me tumbó boca arriba sobre un colchón más grande, donde alrededor se adivinaban otros cuerpos moviéndose, otros gemidos, otras respiraciones entrecortadas que no eran las nuestras. Y entonces, en un giro que no esperaba, fue él quien se subió encima de mí.
Se sentó despacio, se empaló él solo, de espaldas, apoyando las manos en mis rodillas. Empezó a moverse como un poseído, subiendo y bajando, la espalda arqueada, todo su peso descargando sobre mí una y otra vez. Yo solo distinguía sombras, contornos rojizos bajo la única luz lejana, pero sentía cada centímetro, sentía su cuerpo tragándome entero, sentía sus gemidos mezclarse con los del resto de la sala.
En algún momento nos rodearon. Cuatro, cinco siluetas de pie alrededor del colchón, masturbándose sobre nosotros en la penumbra. Alguno terminó sobre mis piernas, otro sobre mi pecho, calor anónimo cayéndome encima desde todas partes. Mateo se levantó entonces, se giró y se acercó a mi oído.
—Ahora fóllame tú —susurró—. Que miren todos.
***
Lo puse a cuatro patas. Lo abrí en la oscuridad y entré hasta el fondo de una sola vez, arrancándole un grito ronco que se perdió entre los demás. Empecé a moverme como un animal, agarrándolo primero de las caderas, después del pelo, después de la nuca, doblándolo a mi voluntad como él me había doblado a mí.
Los cuerpos alrededor gemían más alto, contagiados. Alguien terminó sobre la espalda de Mateo mientras yo lo embestía, otro sobre mi hombro. El aire era denso, casi irrespirable, cargado de calor y de olor a sexo. Y cuanto más nos miraban —o más adivinábamos que nos miraban en aquella negrura— más fuerte lo follaba yo, más se abría él para mí.
—Más —pedía—. No pares, no pares.
Le hice caso. Lo agarré de los hombros, lo levanté un poco del colchón y seguí embistiéndolo de pie, mientras él se sujetaba a mis muñecas para no perder el equilibrio. Las siluetas se acercaron todavía más, un círculo cerrado de respiraciones aceleradas y manos que iban y venían sobre nuestra piel. No sabíamos cuántos eran ni nos importaba. En aquella negrura solo contaba el peso de su cuerpo contra el mío y el modo en que se abría cada vez que yo empujaba.
Se giró de nuevo, rápido, y me empujó otra vez de espaldas contra el colchón. Volvió a sentarse encima de mí, esta vez de frente, aunque ninguno de los dos veía al otro. Empezó a botar salvajemente, sus manos clavadas en mi pecho, mis manos hundidas en sus caderas, guiándolo arriba y abajo en un ritmo que ya no controlábamos ninguno.
—Termina dentro —me suplicó, con la voz quebrada—. Lléname, Bruno.
***
Y exploté. Largo, caliente, vaciándome dentro de él mientras lo sujetaba contra mí con todas mis fuerzas. Él terminó casi al mismo tiempo, sin tocarse siquiera, sobre mi abdomen, su calor mezclándose con el sudor, con lo que los desconocidos nos habían dejado encima, con todo aquel caos compartido.
Nos quedamos así un buen rato. Él encima de mí, yo todavía dentro, los dos temblando, jadeando, rodeados de cuerpos anónimos que seguían tocándonos, lamiéndonos, terminando cerca de nosotros como si fuéramos un altar. Mateo se inclinó y me besó con lengua en la oscuridad absoluta, compartiendo el sabor de todo lo que había pasado, sudor y deseo y la sal de los dos.
Salimos del cuarto oscuro unos cuarenta minutos después, cubiertos de fluidos que no sabíamos de quién eran, con las piernas temblando, apenas capaces de sostenernos el uno en el otro. La luz del pasillo nos cegó de golpe. Parpadeamos, nos miramos las caras descompuestas, el pelo pegado a la frente, y nos echamos a reír como dos locos que acababan de vivir la noche más sucia y más intensa de sus vidas.
Esa noche con Mateo en el Lumina fue puro descontrol. Oscuridad total, manos y bocas sin nombre, decenas de hombres a nuestro alrededor y nosotros dos en el centro de todo, follándonos como si el mundo se fuera a acabar al encender las luces. Todavía hoy, cuando lo recuerdo, vuelvo a sentir el calor de aquella negrura y la voz de Mateo diciéndome al oído que esa noche, fuera quien fuera el resto, yo solo era suyo.