Sudor y deseo gay bajo las duchas del gimnasio vacío
Aquel viernes salí del trabajo con una sola idea: destrozarme las piernas. Llegué al Olympus pasadas las nueve y media, cuando el gimnasio empieza a vaciarse y solo quedan los que entrenan en serio. Tengo treinta y nueve años y me he pasado media vida levantando hierro y nadando, así que el cuerpo me responde como una herramienta afilada. Esa noche lo necesitaba más que nunca.
Hice sentadillas pesadas, peso muerto rumano, prensa, empujes de cadera hasta que las venas de los cuádriceps me saltaban bajo la piel. Terminé tumbado en el banco, jadeando, con la camiseta empapada pegada al pecho y el sudor cayéndome por el tatuaje del brazo. Me miré en el espejo de enfrente: las trenzas mojadas pegadas a la espalda, las piernas temblando, el pantalón corto marcando algo que la adrenalina ya había empezado a despertar.
Entonces lo vi llegar.
Se llamaba Adrián, aunque eso lo supe después. Más joven que yo, quizá treinta y uno, alto, con esa espalda en uve que solo se construye con años de natación. Llevaba una camiseta de tirantes blanca tan sudada que se le marcaban los pezones, y un pantalón corto negro que no dejaba nada a la imaginación. Se colocó en el banco de al lado, cargó la barra con casi el doble de lo que yo había usado y empezó a tirar de ella como si el peso fuera de cartón.
Cada vez que bajaba, la tela se le ajustaba al culo. Cada vez que subía, los músculos de la espalda se le abrían como alas. Lo observé por el espejo más tiempo del que debía, y él me pilló. No apartó la mirada. Sonrió apenas, dejó la barra y dijo:
—Llevo semanas viéndote romper este gimnasio. Pero hoy vienes con algo distinto.
—Mala semana —respondí—. Necesitaba sacarlo de alguna parte.
Me levanté, como si fuera lo más natural del mundo, y me puse detrás de él con la excusa de corregirle la postura. Le apoyé las manos en las caderas. Sentí el calor de su piel a través de la tela, y sentí también, sin disimulo, cómo su culo se apoyaba contra mí.
—Abre más las rodillas —le dije, y la voz me salió más ronca de lo que pretendía.
Él empujó hacia atrás, despacio, una fracción de centímetro, lo justo para que ninguno de los dos pudiera fingir que había sido un accidente. Se giró, me miró a los ojos un segundo largo y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—Las duchas de abajo están vacías a esta hora.
No hizo falta más.
***
Bajamos al vestuario de la planta inferior con dos minutos de diferencia, por si quedaba alguien. No quedaba nadie. Las luces estaban a media intensidad, el aire cargado de vapor de la sauna, el suelo de las duchas colectivas mojado y brillante bajo los focos. Ocho cabezales, azulejos oscuros, un banco largo de piedra en el centro. Un lugar pensado para otra cosa, que esa noche iba a servir para todo lo contrario.
Nos quitamos la ropa sin ceremonias. Cuando se bajó el pantalón, entendí por qué caminaba con esa seguridad. La tenía gruesa, recta, dura ya, apuntando hacia arriba. La mía respondió al instante, como si llevara toda la noche esperando esa orden.
Abrimos un chorro de agua caliente y nos metimos debajo del mismo. Nos miramos dos segundos más, los últimos de cordura, y después nos lanzamos el uno contra el otro. El primer beso fue una pelea: lenguas, dientes, las barbas raspándose, las manos buscando agarre en la espalda mojada del otro. Sus dedos recorrían mi tatuaje; los míos, sus dorsales perfectos.
Alguien había dejado un bote de gel en una repisa. Lo usamos para enjabonarnos mutuamente, y de pronto eran cuatro manos resbalando por músculos, por caderas, por el cuello. Le agarré la polla con las dos manos y la trabajé despacio, sintiendo cada vena bajo los dedos, mientras él gruñía contra mi oído.
—Joder —dijo—. Sabía que tenías que esconder algo así.
Me arrodillé en el suelo mojado, el agua cayéndome por la espalda, y me la metí en la boca. Primero la lengua girando alrededor de la punta, saboreando el agua y la sal de su sudor. Después más adentro, abriendo la garganta, entrando y saliendo, la saliva mezclándose con el chorro que nos caía encima. Adrián me agarró las trenzas con las dos manos, como si fueran riendas, y marcó el ritmo él mismo, despacio pero profundo, los abdominales chocándome contra la frente.
—Así —murmuraba—. Hasta el fondo. No tengas prisa.
Yo no la tenía. Podía haberme quedado así un buen rato, pero él tenía otros planes.
***
Me levantó del pelo con suavidad y me giró contra la pared. Los azulejos estaban fríos y yo ardía. Me separó las nalgas, me preparó con los dedos sin prisa pero sin clemencia, uno, después dos, abriéndome mientras yo empujaba hacia atrás buscando más. Cuando notó que estaba listo, apoyó la punta contra mí y entró centímetro a centímetro, dándome tiempo a acostumbrarme, hasta que lo sentí entero, pegado, los dos respirando como animales.
Empezó a moverse despacio y fue subiendo el ritmo a su antojo. Me sujetaba por las caderas con una mano y por las trenzas con la otra, tirando hacia atrás para arquearme más, cada embestida larga y completa. El agua caliente nos caía por encima, salpicaba en el suelo, se mezclaba con el sudor. Yo arañaba los azulejos sin encontrar dónde agarrarme, las rodillas temblando, la polla rebotándome contra el abdomen sin que nadie la tocara.
—Mírame —dijo, y me obligó a girar la cabeza para que lo viera por encima del hombro.
Luego me dio la vuelta. Me apoyó la espalda contra la pared, me levantó una pierna hasta apoyarme el tobillo en su hombro y entró de nuevo, esta vez mirándome a la cara. Su pecho chocaba contra el mío, su mano libre me rodeaba el cuello sin apretar de verdad, solo lo justo para que yo supiera quién mandaba. Cada empuje llegaba hasta el fondo. Cuando gemía demasiado alto, me callaba con un beso y me mordía el labio.
***
Nos movimos al banco de piedra del centro. Se sentó con las piernas abiertas, el agua resbalándole por el pecho, y me hizo sentarme encima de espaldas a él. Me bajó despacio, dejándome controlar a mí cada centímetro, hasta que quedé apoyado del todo. Entonces empecé a moverme, arriba y abajo, las manos clavadas en sus muslos duros como la piedra del banco. Él empujaba hacia arriba cada vez que yo bajaba, sincronizados, sus dedos marcándome la cintura, mi propia polla golpeándome el vientre con cada movimiento.
El sonido de nuestras respiraciones y del agua llenaba las duchas vacías. En algún momento dejé de pensar en si alguien podía bajar. No me importaba. Solo existía esa pared de vapor, ese cuerpo debajo del mío y el calor que me subía desde dentro.
Me tumbó después en el suelo, boca arriba, bajo el chorro que nos caía directo sobre la cara. Me abrió las piernas, se colocó entre ellas y entró otra vez, primero lento, saboreando cada centímetro, después cada vez más rápido. Sus abdominales rozaban los míos, sus manos volvían a buscar mis trenzas para arquearme la espalda contra el suelo. El agua le caía por la espalda y me salpicaba la cara, y yo solo veía su silueta recortada contra los focos, moviéndose sobre mí.
—No voy a aguantar mucho más —le dije, y era verdad.
—Yo tampoco —respondió—. Pero esto lo terminamos como quiero yo.
***
Me puso otra vez de rodillas, el agua cayéndome por la espalda. Se quedó de pie delante de mí, trabajándose la polla con la mano, brillante de agua, y se corrió con un gruñido que resonó en los azulejos. Los chorros me alcanzaron la cara, la boca entreabierta, el pecho. Tragué lo que pude; el resto me resbaló por el cuerpo mezclado con el agua caliente.
Apenas me dio tiempo a levantarme. Me agarré yo mismo, todavía duro, y me corrí sobre su torso, salpicándole los abdominales y el pecho que minutos antes me había aplastado contra el suelo. Los dos nos quedamos quietos un segundo, jadeando, mirándonos como si acabáramos de salir de una pelea que habíamos ganado los dos.
Nos quedamos bajo el agua un rato largo, sin hablar. Él me abrazó por detrás, su cuerpo todavía pegado al mío, las respiraciones bajando poco a poco. Cerramos el grifo, nos secamos con las toallas que habíamos dejado en el banco y nos vestimos sin demasiadas palabras, las que sobraban después de algo así.
En el aparcamiento, ya vestido, me tendió el teléfono para que apuntara su número.
—El sábado que viene repetimos —dijo—. Pero en mi casa. Sin gente que pueda bajar.
Salí a la calle con las piernas todavía temblando, aunque ya no era por las sentadillas. El aire frío de la noche me dio en la cara y me arrancó una sonrisa que no podía contener. Guardé su número, me subí el cuello de la chaqueta y caminé hacia el coche pensando que aquello, fuera lo que fuera, apenas acababa de empezar.