La dark room donde Bruno me perdió entre sombras
Salimos de la sauna finlandesa con la piel ardiendo y los nervios todavía revueltos de lo que habíamos hecho en los cuartos de arriba. Bruno me miró con esos ojos suyos, brillantes y sin un gramo de vergüenza, y se acercó hasta que sentí su aliento en la oreja.
—Ahora vamos a la de verdad —me susurró—. Quiero verte perdido ahí abajo.
No hizo falta que dijera más. La dark room principal del Termas Vulcano estaba en la planta de abajo, al final de un pasillo que se iba estrechando como un embudo. Lo había oído nombrar mil veces, pero nunca había bajado del todo.
Cruzamos una cortina negra, pesada como un telón, y el mundo se apagó de golpe. La oscuridad era casi total. Solo dos bombillas rojas, muy tenues, marcaban las esquinas, y unos puntos azules clavados en el suelo dibujaban un sendero hacia el centro. Tardé unos segundos en distinguir las formas: bultos que respiraban, hombros que se movían, siluetas pegadas a las paredes.
El espacio era enorme. Tres salas comunicadas por arcos bajos, las paredes forradas de cuero acolchado, el aire denso de sudor, lubricante y algo más animal que no sabría nombrar. Un techno profundo retumbaba en el suelo y me subía por las plantas de los pies hasta el pecho. Cada golpe de bajo hacía vibrar los colchones.
Entramos los dos desnudos, todavía chorreando agua y sudor del jacuzzi. Cuando pasaba un destello rojo, los cuerpos brillaban un instante y volvían a desaparecer.
Bruno me cogió de la mano y me guió hasta el corazón de la primera sala. Había un colchón redondo, bajo y amplísimo, rodeado de bancos y con cadenas colgando del techo como adornos de un sueño raro. Aquí no se entra y se sale igual, pensé.
Nada más llegar nos rodearon las sombras. Veinte, veinticinco hombres moviéndose despacio, sin prisa, como si tuvieran toda la noche. Respiraciones pesadas por todos lados. Roces. Manos que aún no se atrevían pero ya buscaban.
Bruno me empujó al centro del colchón y me puso boca abajo, con el culo en alto. Se tumbó encima de mí, su pecho pegado a mi espalda, todo su peso aplastándome contra el cuero. Empezó despacio, sin prisa, su boca otra vez en mi oreja diciéndome cosas que prefiero no repetir, mientras entraba y salía rozando cada centímetro.
En la oscuridad lo demás se borraba. Solo existían el calor, el peso de su cuerpo, el olor a hombre y la sensación de él abriéndome lento.
Y entonces empezaron las manos anónimas. Dedos que recorrían mi espalda y mis brazos. Alguien me pellizcó los pezones desde un costado. Otra boca, abajo, en la penumbra, me lamía sin pedir permiso mientras Bruno seguía marcando el ritmo.
Al principio me tensé. Una parte de mí quería girarse a ver quién me tocaba, ponerle cara a cada caricia. Pero Bruno me apretó la nuca contra el colchón, como si me leyera el pensamiento, y entendí que no había nada que ver. Esa era la gracia. Solo había que sentir y dejarse llevar.
Poco a poco el cuerpo se me fue soltando. Dejé de contar manos. Dejé de querer entender de dónde venía cada lengua, cada dedo, cada aliento en la nuca. Me convertí en pura piel, en un punto del colchón donde todo confluía, y por primera vez en mucho tiempo no pensé en nada.
Se levantó un segundo, me giró boca arriba y se sentó sobre mi cara. Me restregó todo encima y yo me entregué con un hambre que no me conocía, perdido en su olor, sin ver nada. Al mismo tiempo sentí una boca desconocida tragándome entero, hasta el fondo, y una lengua más recorriéndome por debajo.
—Así, no pares —oí decir a Bruno, aunque ya no sabía si me lo decía a mí o a las sombras.
Se bajó de mi cara y se colocó a mi lado, los dos del revés, y nos buscamos a la vez. Su boca en mí, la mía en él, casi ahogándonos, babeando, gimiendo el uno dentro del otro mientras los cuerpos seguían cerrándose a nuestro alrededor, tocándonos por todas partes.
***
En algún momento alguien se colocó detrás de Bruno y empezó a follárselo mientras él me la comía. Luego otro se puso detrás de mí e hizo lo mismo. Quedamos los cuatro en cadena, moviéndonos al mismo compás, una sola criatura de muchas manos. La oscuridad lo simplificaba todo: ya no había caras ni nombres, solo sensaciones encadenadas.
Después nos separaron. A mí me dejaron a cuatro patas en mitad del colchón y Bruno desapareció entre las sombras. Por un instante sentí un vacío raro, como si me hubieran soltado en mitad del mar.
No duró nada. Una polla que no era la suya entró en mí de una sola embestida y me arrancó un grito que se perdió en el techno. Luego otra encontró mi boca. Unas manos me agarraron del pelo y tiraron, usándolo como riendas para llevarme adelante y atrás.
Me convertí en el centro de algo que no tenía fin. Uno detrás, otro delante, y cuando uno se cansaba lo reemplazaba el siguiente sin pausa. Perdí la cuenta enseguida. No sé cuántos fueron. Solo gemía y empujaba hacia atrás, pidiendo más sin palabras, sabiendo que en aquella oscuridad nadie iba a juzgarme.
El sudor me caía por la frente y se mezclaba con todo lo demás. Tenía las rodillas marcadas por el cuero del colchón y los brazos temblando de sostenerme, pero no quería que parara. Cada vez que uno se retiraba y tardaba un segundo en llegar el siguiente, empujaba las caderas hacia atrás buscando, impaciente, como si el vacío fuera lo único insoportable de toda la noche.
De pronto reconocí una risa muy cerca. Era Bruno, a mi lado, en la misma postura que yo, paralelo, recibiendo por los dos lados igual que yo. Lo reconocí antes de verlo, por el sonido, por el modo en que respiraba.
Nos buscamos con las manos a tientas. Nos encontramos. Y nos besamos con lengua mientras a los dos nos usaban, compartiendo saliva y jadeos, dos desconocidos para todos menos el uno para el otro.
—Estás disfrutando, cabrón —le dije contra la boca.
—Y tú más —respondió, y se rió otra vez.
***
Nos levantaron en algún momento y nos sentaron espalda contra espalda en el colchón, los culos juntos, sosteniéndonos el uno en el otro. Dos hombres se colocaron enfrente de cada uno y empezaron a follarnos a la vez. Yo sentía las embestidas y notaba, a través de mi propia espalda, cómo la de Bruno se movía al mismo ritmo, como un eco.
Giramos la cabeza como pudimos y seguimos morreándonos de medio lado, riéndonos entre beso y beso de lo absurdo y lo bueno que era todo.
Luego nos tumbaron boca arriba, uno al lado del otro, las piernas abiertas y en alto. Bruno buscó mi mano en la penumbra y la apretó fuerte. Cuatro o cinco hombres se turnaban: uno me daba una tanda de embestidas brutales y pasaba a Bruno, otro hacía lo mismo en sentido contrario, una cadena que parecía no acabar nunca.
Nos mirábamos a los ojos en la oscuridad, o lo que la oscuridad nos dejaba ver, que era casi nada: un brillo, una forma. Nos besábamos cuando podíamos. Nos decíamos guarradas al oído mientras nos usaban sin descanso. Y, sin embargo, en mitad de todo aquel caos anónimo, lo único que sentía de verdad era su mano en la mía.
Esto es lo nuestro, pensé. Perdernos juntos para encontrarnos.
***
El final fue puro desorden. Nos pusieron de rodillas en el centro del colchón, rodeados de un círculo de hombres que se masturbaban en silencio, las siluetas moviéndose todas al mismo compás del techno.
Bruno y yo nos abrazamos. Nos besamos con lengua, despacio esta vez, ajenos al resto. Y empezamos a masturbarnos el uno al otro, frente con frente, las respiraciones mezcladas.
—Mírame —me pidió—. No cierres los ojos.
No los cerré. Nos corrimos casi a la vez, él un segundo antes que yo, los dos manchándonos el pecho y la cara, marcándonos como si quisiéramos dejar una prueba de que aquello había pasado.
En ese mismo instante el círculo entero estalló. Cayeron chorros desde todas las direcciones, sobre la cara, el pelo, la espalda, los hombros. Nos bañaron hasta dejarnos empapados y pegajosos, sin que pudiéramos distinguir de quién venía cada gota.
Nos quedamos abrazados en el colchón, temblando, riéndonos como dos locos. Bruno me lamió una mejilla y yo le devolví el gesto, y nos quedamos un rato así, recuperando el aire, mientras las últimas siluetas se deshacían entre las sombras y volvían a su sitio en las paredes.
Salimos de la dark room casi hora y media después, medio ciegos por la falta de luz, cubiertos de fluidos hasta las cejas, el culo abierto y palpitando, la garganta hecha polvo. Las luces del pasillo me dieron de lleno y tuve que cerrar los ojos.
Bruno me limpió la cara con la mano y me miró con una sonrisa cansada.
—Es lo más bestia que te he visto hacer nunca —dijo—. Y me ha puesto como nunca.
—Mira quién habla —contesté.
Aquella noche en el Termas Vulcano fue lo más sucio, anónimo y brutal que habíamos vivido: oscuridad total, decenas de desconocidos usándonos durante hora y media mientras nosotros, en el fondo, solo queríamos perdernos el uno en el otro. Y lo conseguimos. Por completo.