Nadie nos detuvo en las duchas del sauna
Salimos de la sala oscura tambaleándonos, sin saber muy bien dónde terminaba uno y dónde empezaba el otro. Habíamos pasado casi una hora ahí dentro, en ese cuarto sin luces del club Adriano donde la piel se reconoce a tientas y nadie pregunta nombres. Cuando el pasillo nos recibió con sus bombillas rojas, los dos cerramos los ojos por el deslumbrón y nos echamos a reír como dos críos que acaban de hacer una travesura enorme.
—Estás temblando —me dijo Dorian, pasándome un dedo por el pecho.
—Tú también —contesté.
No hizo falta decir nada más. Nos miramos, pegajosos, agotados, y los dos supimos a la vez hacia dónde íbamos. Caminamos por el pasillo dejando un rastro húmedo en el suelo, directos a las duchas.
Las duchas del Adriano son un espacio enorme, de suelo negro y techo alto, con una docena de alcachofas grandes colgadas como si fueran lámparas. Una de las paredes es de cristal ahumado y da al corredor, así que cualquiera que pase puede detenerse y mirar sin necesidad de entrar. A esa hora, pasadas las cuatro de la madrugada, solo quedaban tres tipos enjabonándose sin prisa, hablando bajito. En cuanto nos vieron aparecer así —desnudos, agotados, con el cuerpo brillante— se fueron apartando hacia los lados sin decir una palabra. Nos dejaron el centro libre, como si supieran que lo que íbamos a hacer ahí merecía espacio.
Dorian abrió la alcachofa más grande, la del medio. El agua caliente cayó sobre nosotros como una lluvia espesa, y por un instante solo existió eso: el ruido del agua y el vapor subiendo entre los dos cuerpos.
Me puso de espaldas a él. Sentí sus manos llenas de gel resbalando por mi pecho, bajando por el abdomen, deteniéndose un segundo de más en cada lugar donde sabía que me hacía temblar. Tengo el cuerpo tatuado y el pelo recogido en trenzas largas que para entonces ya eran un desastre empapado, y él jugaba con todo eso como si fuera la primera vez que me tocaba.
—Quieto —susurró contra mi oreja, y me la mordió despacio—. Ahora te lavo yo.
Sus dedos bajaron hasta agarrarme. Yo ya había terminado varias veces esa noche, pero bastó con que me rodeara con la mano para que volviera a endurecerme contra su palma. Me reí, medio incrédulo de mi propio cuerpo, y él se rio también, todavía mordiéndome el cuello.
Me giró para tenerme de frente. Bajo el chorro nos miramos de cerca: él con esos ojos verdes que brillaban incluso entre el vapor, yo con el agua corriéndome por la cara. No dijimos nada. No hacía falta. Había algo en su mirada que decía con toda claridad que aquello no había terminado, que solo nos estábamos tomando un respiro antes del siguiente asalto.
Se arrodilló despacio, dejando que el agua le cayera de lleno sobre la cabeza, y se metió mi polla en la boca. Lo hizo sin prisa, con una calma que contrastaba con todo lo anterior: la lengua girando, los labios apretando, la garganta abriéndose poco a poco hasta tragarme entero. Me miraba desde abajo todo el tiempo, con el pelo aplastado por el agua. Le puse una mano en la nuca, no para forzarlo, sino para sentir el ritmo, y me moví despacio dentro de su boca disfrutando cada centímetro.
***
Los tres tipos de los lados ya habían dejado de fingir que se lavaban. Se fueron acercando de a poco, en silencio, formando un semicírculo a unos pasos de nosotros. Ninguno se atrevía a tocarnos; se acariciaban a sí mismos, despacio, mirando. El cristal ahumado del pasillo tenía ahora dos siluetas más, gente que pasaba y se quedaba clavada al otro lado del vidrio.
Dorian se levantó. Me dio la vuelta otra vez, me puso las palmas contra la pared y se arrodilló detrás de mí. Sentí su lengua abrirse paso entre mis nalgas mientras el agua caliente seguía cayéndonos encima como una cascada. Empujé hacia atrás, buscándolo, y él respondió chupando más fuerte, metiendo un dedo, después dos, abriéndome con una paciencia que me volvía loco. Yo gemía contra la pared mojada, con la frente apoyada en el cristal frío, sintiendo cómo el placer me subía en oleadas.
—Date la vuelta —dijo de pronto, con la voz ronca.
Apenas tuve tiempo de obedecer. Me levantó en peso, como si no pesara nada, y me apoyó la espalda contra la pared. Le rodeé la cintura con las piernas y sentí cómo se hundía en mí de una sola vez, lento al principio y luego seguro. El agua hacía que todo resbalara, que cada movimiento fuera fácil y profundo. Me follaba de pie, subiéndome y bajándome con los brazos, y yo me agarraba a sus hombros mientras el agua nos salpicaba la cara a los dos.
Uno de los mirones se corrió ahí mismo, en silencio, solo de vernos. Lo oí más que lo vi, un jadeo contenido entre el ruido del agua, y eso me encendió todavía más.
***
Dorian me bajó al suelo con cuidado. Me llevó hacia el banco de mármol que hay en el centro de las duchas, una losa larga y resbaladiza por el vapor. Me tendió boca abajo sobre él, se echó encima con todo su peso y volvió a entrar. Tenía el pecho pegado a mi espalda, la boca en mi nuca, y me embestía sin parar mientras el agua de la alcachofa de arriba nos azotaba como una tormenta. Yo me agarraba a los bordes del banco, resbalando, dejándome llevar por el ritmo.
Luego cambió. Se sentó en el banco y tiró de mí para que me pusiera encima. Esta vez fui yo quien lo penetró a él, despacio, viendo cómo echaba la cabeza hacia atrás cuando entré del todo. Empezó a moverse encima de mí, cabalgándome con las manos apoyadas en mis hombros, el agua resbalándole por el pecho y por el abdomen. Yo le agarraba el culo con las dos manos, abriéndolo, sintiendo cómo me apretaba cada vez que bajaba. Nos mirábamos a los ojos todo el tiempo, sin sonreír ya, demasiado metidos en lo que estábamos haciendo.
El semicírculo de hombres se había cerrado a nuestro alrededor. Estaban más cerca ahora, y uno de ellos terminó sobre el suelo mojado, a pocos centímetros de nuestros pies, sin que nos importara. Al contrario: saber que nos miraban, que no podían apartar la vista, hacía que cada movimiento valiera el doble.
***
Dorian se levantó de golpe. El agua seguía cayendo como una cortina caliente. Me agarró de una de las trenzas empapadas y tiró hacia arriba para ponerme de pie, despacio pero firme, dejando claro quién mandaba en ese momento. Me giró de cara a la pared negra, me levantó una pierna con una mano y, con la otra, se guió hasta volver a entrar en mí.
El agua y todo lo que ya llevábamos hecho hicieron que entrara de una sola embestida, sin resistencia, hasta el fondo. Solté un gemido largo que se mezcló con el ruido de la ducha. Empezó a moverse con una fuerza que no esperaba de un cuerpo tan compacto como el suyo: embestidas rápidas, profundas, sus caderas chocando contra mí con un sonido húmedo que rebotaba en las paredes de cristal. Cada vez que entraba tocaba justo el punto que me hacía arquear la espalda y apretar los dientes.
Yo tenía la mejilla pegada al cristal, una pierna en alto, completamente abierto y expuesto. Mi propia polla rebotaba contra la pared fría sin que nadie la tocara, chorreando, a punto de estallar sola. Dorian me sujetaba las dos trenzas con una mano, como si fueran riendas, y tiraba de ellas para arquearme más mientras con la otra me pellizcaba el pezón. Acercó la boca a mi oído y, con esa voz rota de deseo, me dijo:
—Quiero que te lo lleves dentro hasta el hotel, Nico.
Aceleró todavía más. Sentí su respiración entrecortada en la nuca, el choque de su cuerpo contra el mío, el agua salpicando en todas direcciones. Y entonces noté cómo se tensaba, cómo se hinchaba dentro de mí un segundo antes de terminar. Se vació en oleadas, profundo, agarrándome con las dos manos para que no me moviera ni un centímetro. El placer fue tan brutal que me corrí sin tocarme: largos chorros que golpearon la pared y resbalaron hacia el suelo, mezclándose con el agua y con lo que él ya empezaba a dejarme escurrir por los muslos.
Siguió moviéndose unos segundos más, despacio ahora, exprimiendo hasta el final. Después salió con cuidado y me giró para besarme bajo el agua, con lengua, sin prisa, como si quisiéramos compartir el sabor de todo lo que habíamos hecho esa noche.
Nos quedamos un rato ahí, bajo el chorro, abrazados y temblando, riéndonos otra vez como al principio. El semen caliente me resbalaba por las piernas, tenía la mía propia repartida por el abdomen, y aun así los dos seguíamos medio duros, incapaces de soltarnos. A nuestro alrededor, los últimos hombres que quedaban terminaban en silencio mirándonos, y nadie hizo el menor gesto de marcharse.
—Vámonos al hotel —le dije al oído.
Dorian asintió, sin dejar de sonreír, y cerró por fin el agua. El vapor se quedó flotando sobre el suelo negro mientras salíamos, todavía mojados, con la sensación de que en esas duchas nos habíamos buscado hasta el fondo y, por una vez, nadie había tenido el valor de detenernos.