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Relatos Ardientes

Me desnudé para un desconocido en mi primera videollamada

Empecé a fijarme en ellos sin darme cuenta. Cuarenta, cincuenta, a veces incluso sesenta años. Tipos fornidos, con la espalda ancha y la mandíbula marcada, esos hombres que entran a una habitación y ocupan más espacio del que les corresponde. Yo, en cambio, soy lo contrario: delgado, casi flaco, con un cuerpo trabajado en el gimnasio pero sin volumen. Lo único que tengo de exuberante es el culo, redondo y respingón, herencia familiar que durante años me dio vergüenza y ahora aprovecho.

Hasta los veintidós nunca había mirado a un hombre de verdad. Veía porno como cualquier chico de mi edad y en las escenas heterosexuales siempre se me iba la vista a la chica, jamás al tipo que se la cogía. El chico me parecía un accesorio. Hasta que una noche, sin buscarlo, terminé en un video donde el hombre tenía cuarenta y tantos. No era el joven musculoso de siempre: tenía canas en las sienes, brazos peludos, una panza ligeramente trabajada, y se movía con una autoridad que el otro no tenía. La chica desapareció de mi atención. Solo lo miraba a él.

Esa noche me masturbé tres veces y después me quedé despierto pensando qué carajo me estaba pasando.

A la mañana siguiente busqué porno gay por primera vez. Filtré por «mature», por «daddy», por «older man». Encontré cosas que ni sabía que existían: hombres de cincuenta con la voz grave dándole órdenes a chicos más jóvenes; señores de sesenta, con la piel curtida y la barriga firme, follando despacio, con una calma que me dejó la boca seca. No me bajó la curiosidad en una semana. Al contrario.

Fue entonces cuando descargué la primera app.

Puse una foto donde no se me veía la cara, solo el cuerpo de la cintura para abajo, en bóxer, frente al espejo del baño. Marqué edad de búsqueda entre los cuarenta y los setenta y empecé a deslizar. La cantidad de hombres mayores en mi ciudad —vivo en un pueblo grande del sur de Chile— me sorprendió. Casados, separados, viudos, hombres que decían vivir solos y otros que confesaban tener familia y necesitar «un escape». Hice match con varios. La mayoría querían quedar la misma noche. Algunos mandaban una foto de la verga antes incluso del «hola». A esos los descartaba sin pensarlo.

Quería conversación. Quería que alguien me explicara las cosas con paciencia. Era mi primera vez con un hombre y necesitaba a alguien que no fuera un animal.

Después de tres semanas, apareció Eduardo.

Cincuenta y un años. Empresario de una pequeña constructora. Divorciado, sin hijos viviendo con él. Tenía el pelo entrecano cortado al ras, la mandíbula con barba de tres días y una sonrisa que en la primera foto parecía amable y en la segunda parecía depredadora. Me escribió sin urgencia. «Vi tu perfil. Si tienes tiempo y ganas, hablemos. No prometo nada». Me gustó la frase. Cualquier otro habría dicho «hola guapo, ¿qué tal?» y yo habría cerrado la app.

Hablamos durante dos días dentro de la aplicación. Me preguntó qué estudiaba, qué hacía, por qué un chico de mi edad buscaba a alguien como él. Le respondí con la verdad, o con una parte: que no me atraían los chicos jóvenes, que me gustaba la idea de un hombre con experiencia, que era mi primera vez y no quería que fuera con alguien que me tratara como a un objeto. Le pareció bien.

—Pasemos a WhatsApp —escribió al tercer día—. Es más cómodo.

***

Le di mi número. Su foto de perfil era un primer plano de su cara en blanco y negro: la mirada seria, los labios entreabiertos. Una imagen que probablemente le había sacado un fotógrafo profesional. Era guapo. Más guapo de lo que me había mostrado en la app.

La conversación cambió de tono esa misma noche. Era tarde, había bajado a once grados en la calle, yo estaba bajo la frazada con el celular pegado a la cara. Me preguntó qué estaba haciendo.

—Acostado, con frío —respondí, y agregué un emoji que no sé por qué me pareció una invitación.

—Yo también —me escribió—. Mira.

Llegó una foto. Estaba en la cama, sin camisa, con un pantalón de pijama gris que se le ajustaba en la entrepierna. La forma se veía clara: gruesa, larga, descansando contra el muslo. No era una foto sucia. No se veía nada explícito. Pero sí lo suficiente para que se me secara la garganta.

—¿Eso es para mí? —escribí, más atrevido de lo que había sido hasta entonces.

—Si quieres que lo sea —contestó.

Le mandé una foto mía. La saqué con el espejo del armario: yo sentado en el borde de la cama, sin camiseta, con un bóxer gris claro que se me marcaba demasiado. Tenía la verga dura desde hacía rato y no quise disimularlo.

—Mmm —fue todo lo que me escribió. Y después—: ¿Videollamada?

***

Acepté antes de pensarlo.

Cuando atendí estaba acostado contra el respaldo de la cama, con la lámpara de noche encendida y el celular apoyado en una pila de almohadones. Eduardo apareció sin camisa, recostado de lado. La barba descuidada le quedaba mejor en movimiento que en foto. Tenía el pecho ancho y velloso, con pelo cano en el medio que bajaba en una línea hasta el ombligo. Me habló como si nos conociéramos.

—¿Estás solo?

—Sí.

—¿Cómodo?

—Sí.

—Bien.

Bajó el teléfono. Lo movió lento, dándome tiempo. Cuando llegó al pantalón del pijama vi el bulto en detalle. Más definido que en la foto. Una sombra gruesa contra la tela.

—¿Te gusta? —me preguntó, sin mostrar la cara.

—Sí.

—Muéstrame.

No le pregunté qué quería que le mostrara. Bajé el celular hasta la altura del bóxer y dejé que viera lo que él había visto en mis fotos, pero en directo. El bulto. La forma de la verga apretada contra el algodón. La mancha húmeda que había crecido sin que me diera cuenta.

—Date la vuelta —me dijo.

Me arrodillé sobre la cama, le di la espalda y bajé el celular hasta que apunté al espejo. Lo que él vio entonces fue mi culo, todavía en bóxer, en el reflejo. Lo escuché soltar el aire por la nariz.

—Tengo una idea —le dije, ya sin pensar—. Quédate ahí.

—¿A dónde vas?

—Es una sorpresa.

***

Tenía un cajón que mi madre nunca abría y que yo solo usaba cuando estaba seguro de que no había nadie en la casa. Lo abrí. Tenía tres prendas: un hilo negro de encaje que me había regalado a mí mismo en un impulso vergonzoso, un cachetero rojo que me apretaba demasiado, y uno azul marino con bordados que me quedaba como si me lo hubieran hecho a medida.

Elegí el azul.

Me lo puse en el baño, con el celular en silencio sobre el lavabo. La tela se ajustaba a las nalgas con una precisión que cada vez que me lo ponía me sorprendía. Por delante apenas alcanzaba a contener la verga; por detrás dejaba media nalga al aire. Me miré en el espejo. Me había puesto eso una decena de veces en privado, sin que nadie lo supiera nunca. Esa noche iba a ser distinto. Por primera vez alguien lo iba a ver.

Volví a la habitación.

—Bájate los pantalones —le dije a Eduardo, antes de mostrarle nada. La voz me salió más firme de lo que esperaba.

Lo hizo. Vi cómo se sacaba el pijama y el bóxer al mismo tiempo, en un movimiento rápido. Apareció la verga. Era más gruesa de lo que la foto había prometido. La tenía en la mano y se la movía despacio, con la palma plana, sin apuro. Era la primera verga real que veía fuera de un video porno.

—Ahora tú —dijo.

***

Apoyé el celular en el escritorio, en un ángulo que tomaba la cama entera. Me alejé hacia el centro de la habitación y empecé a sacarme la camiseta. Despacio, no porque me sintiera sexy, sino porque tenía miedo de hacer algo brusco que rompiera el momento. Tiré la camiseta al suelo. Eduardo seguía moviéndose la verga. No decía nada. La cámara me apuntaba al pecho.

Bajé las manos al cinturón del pantalón. Lo desabroché. Solté el botón. Bajé el cierre con dos dedos. El pantalón cayó hasta los tobillos en un movimiento limpio.

Me di la vuelta antes de que él viera nada.

Caminé hacia la cama dándole la espalda a la cámara, con el cachetero azul al descubierto. Lo escuché —juro que lo escuché, aunque el audio del celular fuera malo— soltar un «mierda» bajo. Llegué a la cama y me arrodillé sobre el colchón, dándole el culo a la pantalla.

—Quédate ahí —me dijo—. Quédate exactamente ahí.

Me quedé. Le di tiempo a mirar. Bajé la espalda un poco más, arqueé las caderas. La tela del cachetero se me hundía entre las nalgas dejándolo todo a la vista. Oía respirar a Eduardo del otro lado, ese aire entrecortado de un hombre que está cerca.

Me di la vuelta lentamente.

Saqué la verga por el costado del cachetero, sin bajármelo. Estaba dura, brillante en la punta. Me la empecé a tocar mirando la pantalla, mirando a Eduardo masturbarse. Su ritmo había cambiado: era más rápido, más corto. Decía cosas que no se entendían bien, palabras sueltas, un «así» repetido tres veces.

Volví a ponerme de espaldas. Esta vez me corrí el cachetero hacia un costado, dejando una nalga al aire y la entrada al descubierto. Me toqué con dos dedos, despacio, dándole a mirar lo que probablemente ningún hombre había visto en mi cuerpo todavía. Me abría y me cerraba sin pensar, con una destreza que no sabía que tenía.

—Mierda —repitió Eduardo, más fuerte esta vez.

Lo oí gemir un segundo después. Un gruñido grave, como si lo hubieran golpeado. Giré la cabeza para mirar la pantalla y lo vi: la leche le saltó al estómago y a la mano que se la sostenía. Era más de lo que esperaba. Mucho más. Siguió moviéndose unos segundos, despacio, exprimiéndose hasta la última gota.

Yo no me corrí. No me daba la gana de correrme. Quería guardar algo para la próxima vez.

***

La videollamada duró cinco minutos más. Hablamos como dos personas normales mientras él se limpiaba con una toalla. Me dijo que había sido la mejor videollamada de su vida, que tenía que conocerme en persona, que pensáramos en una fecha. Me preguntó si yo había estado bien. Le dije que sí, que estaba más que bien. Quedamos en hablar al día siguiente.

Hablamos al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

Al cuarto día sus mensajes se espaciaron. Al quinto tardó cuatro horas en responder. Al sexto no respondió.

Le escribí una semana después. Nada. Le escribí otra vez a las dos semanas. Nada. Su foto de perfil de WhatsApp seguía ahí, esa imagen profesional en blanco y negro, pero entre nosotros se había instalado un silencio que ya no se iba a romper.

No sé qué le pasó. No sé si se asustó, si volvió con una mujer, si encontró a otro chico que no le diera tantas vueltas, si simplemente perdió el interés. A veces pienso que esa noche fue todo lo que él quería de mí y que cualquier cosa después habría sido un problema. Otras veces, las menos, pienso que lo pude haber asustado yo: ese chico de bóxer azul que apareció en pantalla con una seguridad que no debería haber tenido.

***

Han pasado casi cuatro meses. Sigo en las apps. He hablado con otros, he tenido una segunda videollamada con un hombre de sesenta y dos años que fue interesante pero no fue Eduardo. Aún no he tenido mi primera vez. Aún espero al maduro indicado: uno que no se asuste, uno que tenga la paciencia y la curiosidad que tuvo él esa noche.

A veces, antes de dormir, abro el chat con Eduardo. Releo lo que me escribió en la última conversación. Miro la foto que me mandó del pijama gris. Saco el cachetero azul del cajón y me lo pongo, y vuelvo a sentir, durante un instante, lo que sentí esa noche frente a la cámara: que por primera vez había alguien del otro lado mirándome de verdad.

Después lo guardo. Cierro la app. Apago la luz.

Y mañana sigo buscando.

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Comentarios (3)

ClaudioR

tremendo!!! sigue subiendo relatos asi

DiegoBA78

increible como lo contaste, se siente autentico sin ser burdo. Uno de los mejores de esta categoria que lei ultimamente

Tomas_1989

Me recordo a algo que vivi hace años, esa mezcla de nervios y adrenalina de atreverte a algo que siempre tuviste guardado... muy bien capturado

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