Mi mejor amigo me esperaba desnudo en la sauna
Con Diego nos teníamos ganas, para qué negarlo.
Pasaba siempre. Cuando salíamos a bailar, cuando bebíamos de más, cuando alguien en la mesa empezaba a hablar de sexo. Su mirada se cruzaba con la mía y se me revolvía algo en el estómago. Él sonreía. Yo le devolvía la sonrisa. Y nada más. Yo tenía pareja, y Diego respetaba eso aunque ni mis amigos ni yo soportáramos a Andrés.
A los veinte años me había dejado arrastrar por la rutina. Vivía con un novio que me aburría en la cama y me sacaba de quicio en la mesa, pero la idea de quedarme solo me daba más vértigo que la idea de seguir con él.
Diego no me gustaba en el sentido romántico. Era cariñoso, sencillo, le encantaban los videojuegos, viajar y cuidar de sus dos gatos. Buen tipo, pero algo plano.
Lo que me pasaba con él era otra cosa.
Quizá su olor, ese fondo dulzón a sudor que se acentuaba con las camisetas de tirantes del verano. Quizá su tamaño: casi dos metros, hombros enormes, manos como palas. O los muslos gruesos, las piernas cubiertas de vello rubio, el bulto que se le marcaba en el pantalón de chándal. Su último novio, que le duró tres meses, uno más que el anterior, se había ocupado de hacer correr el rumor de la polla que escondía y de lo bien que comía culo.
O quizá era su actitud. Diego era un cerdo y no se molestaba en disimular. En su cuarto siempre había calzoncillos tirados por los rincones, subía fotos marcando paquete a Twitter y se jactaba de correrse en la boca de cualquier desconocido en los baños de cualquier discoteca. No era especialmente guapo, pero ligaba más que nadie. No había noche en que no desapareciera diez minutos para follarse a alguien donde pudiera: el baño, entre dos coches, detrás de unos contenedores.
Lo que más me ponía era que sabía cómo era yo en realidad. Sabía que yo también podía ser así, aunque desde que estaba con Andrés me había impuesto el papel del novio perfecto. Sonreía cuando yo intentaba que no se me notara el empalme mientras me contaba su último polvo. Hacía como que no me veía cuando le miraba el paquete de reojo.
Lo evitaba en los abrazos porque al menor contacto se me ponía dura. Si nos abrazábamos al saludarnos, Diego siempre se las arreglaba para juntar su rabo con el mío, o para rozarme el culo «sin querer». A mí se me iban las manos a su espalda baja y tenía que repetirme mentalmente que tenía pareja para no buscarle la boca. Llevaba bigote tupido, suave, y unos ojos pequeños que te miraban con una calidez tramposa.
Me volvía loco, pero estaba convencido de que entre nosotros no iba a pasar nunca nada. Éramos demasiado amigos.
Hasta una tarde de junio.
***
Acababan de empezar las vacaciones de la facultad y era uno de esos días pegajosos que se alargan hasta las once de la noche. Diego propuso que fuéramos a su casa: los padres estaban de viaje, podíamos bajar a la piscina de la comunidad. El resto del grupo se sumaría más tarde. Yo estaba harto de mi cuarto y le dije que llegaría un rato antes.
Al salir a la calle, el calor era un golpe. Cuando llegué a su portal ya iba encharcado en sudor. Diego me abrió en bañador y camiseta de tirantes. La casa olía a calcetín, a tabaco, a tío encerrado. Olía a polla, en realidad. Olía a un fin de semana entero de pajas con las persianas bajadas.
Al verlo me di cuenta de que había cometido una estupidez.
—Tío, me he olvidado el bañador.
—Ven, te dejo uno mío.
Lo seguí por el pasillo. El bañador tipo bermuda se le pegaba al culo y yo no podía dejar de mirarle. Hacía demasiado calor y, con los exámenes, llevaba casi un mes sin follar.
Cuando abrió la puerta de su cuarto, el olor me dio una bofetada. Allí dentro estaba concentrado todo lo que había percibido al entrar: semen, calcetines húmedos, sábanas que llevaban días sin cambio. Se me puso dura como una estaca antes de ver lo demás.
El cuarto estaba sembrado de papeles, latas de cerveza, calzoncillos hechos un ovillo, mandos de consola, libros abiertos. Y en medio de la cama deshecha, asomando entre las sábanas arrugadas, un consolador enorme. Negro, tan grueso que no se abarcaba con una mano sola. Me eché a reír de puros nervios. Diego, que estaba de espaldas buscando algo en el armario, se giró rojo hasta las orejas.
—Joder, qué vergüenza. Tío, déjalo, no lo toques.
Pero yo ya me había tirado sobre el dildo, divertido, para vacilarlo. Estaba pringoso de lubricante. La sospecha me golpeó: mi amigo se había estado divirtiendo justo antes de que yo llegara. La idea me puso a cien. Diego intentó quitármelo y empezamos a forcejear riéndonos, pegados, sus brazos rodeándome la cintura.
—¿Te entra entero? —pregunté, fingiendo indiferencia.
—Entero —contestó, entre orgulloso y pícaro.
—Joder.
Lo tenía pegado a mí. Era imposible que no notara la erección que me bombeaba contra el muslo.
—¿Te pone cachondo imaginarlo o qué? —preguntó.
Dudé un segundo, pero estaba tan cerca, mirándome desde esos ojos pequeños, que no me dio tiempo a inventar una mentira. Esa fue la primera línea roja que crucé esa tarde.
—Mucho. Se te tendría que quedar abierto. ¿Te lo estabas follando antes de que llegara?
Diego se pegó más. Su polla era una piedra contra la mía. La tienda de campaña que se le formaba en el bañador era enorme. La mía tampoco era pequeña. Nos reímos como dos críos sorprendidos por su propia travesura.
—Tócalo y lo averiguas —susurró, mientras cogía mi mano y se la llevaba al culo.
Mis dedos rozaron la goma del bañador, bajaron unos milímetros, encontraron los pelos del coxis. Diego acercó la cara a la mía como si fuera a besarme, pero se quedó a un suspiro. La invitación era clara: que metiera la mano un poco más, que le tocara el agujero.
Tenía ganas de arrancarle la ropa. Quería arrodillarme y comerle la polla allí mismo, darle la vuelta, comerle el culo hasta que me suplicara que se la metiera. Bajé la mirada. Su polla y la mía se apuntaban a través de la tela, ambas a punto de estallar. Los rumores de los ex no mentían: Diego tenía un rabo gordo, grueso, vivo.
Y entonces aparté la mano.
—Póntelo —dijo él, dando un paso atrás como si nada.
—¿El qué?
—El bañador. A ver cómo te queda —se rio, haciéndose el tonto—. Para saber si te dejo ese u otro.
Era demasiado. Uno de los tipos que más cerdo me ponía me estaba pidiendo que me desnudara delante de él. No sé de dónde saqué los huevos para autoengañarme y decirme que era una tontería de colegas, pero me quité el cinturón mirándolo, me bajé los pantalones. Los calzoncillos grises tenían una mancha de líquido preseminal del tamaño de una moneda. Mi polla apuntaba directamente a Diego.
—Joder —dijo él ahora.
Mis dedos llegaron a la goma de los calzoncillos. No. Si bajaba esa última prenda, no había vuelta atrás. Cogí su bañador y me lo puse encima de los gayumbos, algo que detestaba pero que esa tarde me salvó de cruzar el último umbral.
—Vamos a la piscina —dije, rompiendo el momento.
Diego asintió, pensativo. Bajamos al portal en silencio.
***
Fue una tarde extraña. Fingimos los dos que no había pasado nada. Hablamos, nos bañamos, nos reímos, mientras por debajo seguía latiendo algo que ninguno se atrevía a nombrar. Llegaron los amigos. Pusimos las sonrisas más falsas del repertorio. Jugamos a las cartas, nos bebimos un par de cervezas. Uno a uno se fueron yendo hasta que volvió a oscurecer y nos quedamos solos.
—¿Me dejas que me duche en tu casa? —dije cuando volvíamos hacia el portal—. Así me cambio.
—Sí, pero antes vamos un rato a la sauna.
—¿Cómo?
—La sauna del gimnasio de abajo. Venga, nunca hay nadie y después de la piscina sienta de puta madre.
Lo seguí al ascensor sin pensarlo. Parecía una proposición clara, aunque Diego había estado más distante toda la tarde. Quizá le había ofendido lo del consolador, pensé. Hoy, tantos años después, puedo confesar que me hice el ingenuo. No era idiota. Sabía perfectamente lo que iba a hacer. Quería hacerlo.
La puerta del ascensor se abrió en el gimnasio, ocupado por un par de personas. Lo cruzamos hasta la sauna húmeda, una caja de madera para cinco o seis personas. Estaba vacía.
Me senté en uno de los bancos. Diego cerró la puerta y se sentó frente a mí. Nos miramos. Cerré los ojos e intenté concentrarme en el vapor, en el calor sobre los hombros, en algo que no fuera el cuerpo que tenía a un metro de distancia. Imposible. Los abrí. Él me miraba.
Su altura, sus manazas, el pecho cubierto de vello rubio. Los muslos. El paquete morcillón. Qué ganas tenía de vérsela.
Como si me leyera el pensamiento, se llevó la mano al bulto.
—¿Nos hacemos una paja?
—¿Qué dices, tío?
—Venga. Llevo toda la tarde empalmado por lo de antes. Si te rallas por Andrés, tranquilo, yo no voy a decir nada.
—No, Diego. No está bien.
—¿Por qué? Si te mueres de ganas.
Su mano ya se movía sobre la tela.
—Eres un puto cerdo.
—¿Y tú no? —contestó mientras metía la mano dentro del bañador.
No podía más. Mi polla iba a hacer un agujero en la tela. No pasa nada si no la toco. Esto es como ver porno, me mentí.
Metí la mano en mi bañador. Ardía. Llevaba meses sin tenerla tan dura.
Nos miramos a los ojos. ¿Quién la sacaría primero?
—A veces me hago pajas pensando en ti —dijo Diego, acelerando el ritmo—. Llevo años fantaseando con cómo te olerían los sobacos, las pelotas.
—¿Qué es lo que más te pone de mí? —pregunté. Pocas cosas me ponían más cachondo que sentirme deseado.
—Tu olor. Y tu culo.
—A mí el tuyo.
El vapor nos chorreaba por los hombros. Ninguno se atrevía a quitarse el bañador, pero por debajo de la tela no parábamos de masturbarnos.
Él estaba soltero. Podía sacarla de una vez. Yo quería ver esa polla, abrirle de piernas, mirarlo mientras se pajeaba. Me repetía como un mantra que si no lo tocaba, si no daba el paso, no estaba siéndole infiel a Andrés.
Diego cerró los ojos y subió lentamente los brazos hasta apoyarlos detrás de la cabeza. Las axilas eran un nido de vello rubio, pegado al sudor. Las ganas de meter la nariz ahí se me dispararon. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo el cabrón, ofreciéndome sobacos, pecho, esa sonrisa torcida. Mi polla empezó a chorrear. Las pelotas se me habían hinchado con el calor. Me dolía seguir tocándomela. Me daba miedo correrme allí mismo. Abrió los ojos.
—¿Me la saco?
Asentí. Si no le toco, no cuenta. Si no le toco…
Se puso de pie, recortando la distancia. Si me arrodillaba, su rabo me quedaba a centímetros de los labios. Se desabrochó el bañador y lo dejó caer.
Allí estaba.
Circuncidada. Tan gruesa que mi mano no la abarcaba del todo. Recta como un consolador, con el glande rosado y brillante de saliva. Las pelotas grandes, peludas, le colgaban contra los muslos. Una de las pollas más obscenamente bonitas que he visto en mi vida. El olor a rabo sudado me llegó dos segundos después y tuve que apretar los puños para no acercarme a chupársela.
Lo supe al verla. Había perdido. Iba a caer.
—¿Te gusta?
—Mucho.
—Sácatela tú.
Lo hice despacio. Me bajé el bañador hasta los tobillos, me quedé en unos calzoncillos donde ya no se distinguía qué era sudor y qué era líquido preseminal.
—Quiero vértela.
Me levanté y me los quité de un tirón. Mi polla saltó hacia arriba, dura como una barra de hierro. La mía no es circuncidada; un prepucio elástico se retira y deja a la vista un glande gordo, lubricado. El tronco se abarca con dos manos. Las pelotas, esa tarde, las tenía colgonas e hinchadas.
—Joder, qué ganas tenía de verla.
Verle decir aquello, con los ojos clavados en mi polla y la mano lenta sobre la suya, fue demasiado. Di un paso. Él estiró la mano para tocarme y negué con la cabeza. Me quedé de pie, a centímetros de su cuerpo, sin rozarlo.
Allí estuvimos unos minutos eternos, masturbándonos cara a cara, mirándonos el cuerpo entero, sin permitirnos un solo roce. Diego se llevó la mano a las pelotas, las olió, sonrió. Yo hice lo mismo. Nos reímos.
—Hazme una paja —pidió.
Aparté la mirada.
—Sabes que no puedo, tío.
—¿Y yo? —preguntó, acercando su manaza a mi polla hasta dejarla a un milímetro del glande, que no paraba de soltar líquido.
—No me hagas esto.
—Yo no estoy haciendo nada.
Bajó la mano y, con la punta del índice, tocó mi glande. Recogió una gota y se la llevó a la boca. No me quitaba los ojos de encima. Sus labios envolvieron el dedo, la lengua salió a recorrerlo entero.
Lo siguiente pasó sin pensarlo. Mis dedos se estiraron hasta su boca y metí el índice y el pulgar entre sus labios. La lengua caliente lamió las puntas. Los dientes se cerraron sobre la falange. La sonrisa torcida no cambió.
—¿Esto sí puedes hacerlo?
No quería hacerlo. Quería hacerlo.
—Tócame —susurré.
Diego agarró mi polla. El primer contacto me atravesó el cuerpo como una descarga eléctrica. Hacía años que nadie aparte de Andrés tocaba mi polla. Diego la agarraba con una mano firme, casi brusca, y empezó a pajearme despacio.
—Tócame tú también.
—No sé…
—Tío, ¿por qué no te dejas de gilipolleces? Me muero por comerte el rabo, por que me folles contra la madera. ¿Qué más quieres que haga? Si te pone que te suplique, suplico. Pero deja de marearme la perdiz.
—Diego…
—Dilo, joder —su voz se volvió más áspera. Apretó más fuerte, aceleró la mano.
Su aliento estaba contra mi nariz. El olor de mi propia polla en su mano lo inundaba todo. El calor de la sauna pesaba sobre los hombros.
Y mandé todo a la mierda.
El primer beso fue casi un cabezazo. Le solté la cabeza con una mano y le agarré la nuca con la otra. Sus dientes chocaron con los míos. Besaba con ganas, mucha lengua, mucha saliva. Quería devorarlo.
Nos separamos un segundo para coger aire. Las miradas se quedaron fijas, hambrientas. Su bigote raspaba el mío. Le escupí en la boca y él en la mía. Volvimos a besarnos mezclando salivas.
—Joder, qué ganas tenía de esto, tío —susurró mientras se ponía de rodillas y acercaba la nariz a mi polla.
Le agarré del pelo y le eché la cabeza atrás. Mi polla estaba a punto de reventar. Con la excitación acumulada no iba a tardar en correrme. Sin dejar de mirarlo, le guié los labios hasta mi glande y se la fui metiendo despacio.
—Te entra entera, joder.
Diego sonrió con la polla en la boca y arrancó la mejor mamada que me habían hecho hasta esa fecha. Comía como si fuera su vocación: tragaba, escupía, lamía, volvía a tragar. Sus manos recorrían mi cuerpo, apretaban los pezones, agarraban el culo. Cuando un dedo empezó a juguetear con mi ano, le saqué la polla de la boca. No quería correrme todavía.
—¿Me la vas a chupar?
Por toda respuesta, tiré de sus hombros hacia arriba y le devoré la boca.
—Siéntate ahí.
Lo empujé contra el banco. El bañador le había quedado enredado en los tobillos.
Estaba ido. Me daba lo mismo Andrés, los años de amistad, que alguien abriera la puerta de la sauna. Solo quería verlo así: despatarrado, con la polla contra el abdomen y esa mirada cómplice.
Me arrodillé frente a él, miré ese cuerpo enorme, dorado por las horas al sol.
—Hazme lo que te dé la gana, Mateo.
La frase, sacada de cualquier película, le salió mientras echaba los brazos atrás y me ofrecía las axilas.
Le tiré del bañador hasta los pies y empecé a lamerlo entero. Desde la punta de los dedos hasta el interior de los muslos. De vez en cuando le mordía. A juzgar por los gemidos, le estaba pasando lo mismo que a mí.
—Chúpamela.
Me acerqué. La polla estaba roja, hinchada, escupiendo líquido sin parar. Olía mejor de lo que había imaginado: a sudor, a semen, un poco a orina. Me la metí entera y empecé a mamarla, primero lento. Cuando sus caderas empezaron a buscar mi boca, aceleré. Se la estaba follando él a mi boca. Las babas le cubrían el pubis. Yo me tocaba con la otra mano, frenético. Levanté la mirada. Sus ojos estaban afilados, salvajes.
Me sacó la polla de la boca y se giró, dejándome el culo peludo a la altura de la nariz.
—Hostia, huele que flipas.
—No me he duchado. Y me estaba follando el dildo justo antes de que llegaras, pensando en cómo sería que me la chuparas.
Enterré la nariz en él sin dejar de tocarme. Siempre me ha vuelto loco el olor a culo sudado. Le escupí entre las nalgas, separé con los pulgares, le metí la lengua. Mordí. Escupí de nuevo. Me puse a comerle el culo como si fuera lo único que me quedara por hacer en la vida.
—Fóllame —gimió.
—¿Cómo? —contesté para picarle, metiéndole dos dedos.
—Que me folles, joder, métemela ya.
—No tengo condones.
—Me da igual. Métemela.
Aunque la escena todavía me pone cachondo cada vez que la recuerdo, hoy tengo que admitir que fui un imbécil. Diego follaba con medio Madrid, y aquella tarde a mí me dio exactamente igual.
Me levanté y le pegué el pecho contra la espalda. Buscó mi boca y empezamos a devorarnos otra vez mientras la punta de mi polla buscaba su agujero. Él me ayudó con la mano. Empujé despacio.
—Sí que estabas abierto, cabrón.
Empujé un poco más, pasé el esfínter. Me pidió que parara para acostumbrarse. Esperé.
—Ahora, entera.
Apreté hasta el fondo. Diego soltó un jadeo, me cogió la mano y me la llevó a su polla, que estaba ardiendo. Empecé a follarle despacio, masturbándole al mismo ritmo. Aceleré poco a poco mientras nos comíamos la boca. El culo de Diego era fácil de follar y al mismo tiempo apretaba en los momentos justos. Acompañaba mis embestidas con el esfínter.
—Me voy a correr —susurré. La otra mano se me había ido a su cuello sin pensarlo.
—Préñame.
No lo dudé un segundo. Me corrí dentro mientras seguía empujando. Le seguí pajeando hasta que se corrió él también, dejando un buen charco sobre el banco de madera.
No fue un polvo largo. Estábamos demasiado cachondos. Pero fue el desquite de demasiados años fingiendo.
Nos dejamos caer, agotados, sobre el banco.
***
La culpa llegó como una ola al vernos así: desnudos, sudados, follados. No supe qué decirle. Diego se acercó para besarme y me aparté. Recogí el bañador y salí de la sauna en dirección a las duchas.
No me siguió. Sabía que necesitaba estar solo.
Bajo el chorro de agua fría no podía dejar de pensar. No solo en la infidelidad. También en otra cosa que llevaba años evitando: yo no quería estar con Andrés. Yo quería en una pareja lo que había tenido con Diego esa tarde.
Tardé semanas en dejar a Andrés. Nunca le conté lo de la sauna. Pero aquella tarde me cambió. No solo mi vínculo con Diego, que pasó a ser algo bastante más turbio y excitante. También mi relación conmigo mismo. Decidí dejar de autoengañarme. Si una relación no me gustaba, lo diría, sin destruirla por la puerta de atrás.
Después de la ducha volví a la sauna. Diego ya se había vestido.
—Por favor, hagamos como que no ha pasado —le pedí.
—Lo que tú quieras —contestó, dolido.
Lo abracé, recogí mis cosas y me fui. Estaba demasiado avergonzado. Sobre todo cuando, al revisar el móvil, vi varios mensajes de Andrés preguntándome qué tal la tarde. No le contesté.
Tampoco contesté a Diego esa noche, cuando ya en la cama me vibró el teléfono.
¿Cómo estás?, escribió.
Me quedé mirando la pantalla esperando algo más. Cuando ya iba a darme la vuelta para dormir, llegó.
La próxima vez te quiero comer el culo yo a ti.
Y un vídeo.
Lo abrí al instante, claro.
Era él, haciéndose una paja, con mis calzoncillos sudados —que me había olvidado en la sauna— pegados a la cara.
Hijo de puta, pensé. Y mi polla, contra todo pronóstico, volvió a reaccionar.
Qué ganas tenía de volver a follarle.