Me vestí de mujer mientras la casa estaba vacía
Me llamo Mateo y aquel viernes de marzo, por primera vez en mucho tiempo, iba a tener la casa entera para mí. Mi madre y mi hermana se habían ido a pasar el fin de semana a la costa, y yo inventé la primera excusa tonta que se me ocurrió para quedarme. Las acompañé hasta la terminal, las vi subir al micro y volví caminando despacio, con un cosquilleo en el estómago que no tenía nada que ver con el frío.
Tenía veinte años y un secreto que arrastraba desde la adolescencia. Estaba enamorado de Damián, mi mejor amigo, que era todo lo heterosexual que un hombre puede ser y que jamás sabría lo que yo sentía cuando me hablaba de cerca. Eso me dolía, pero esa tarde el dolor pesaba menos que las ganas.
Cerré la puerta con llave. Me desnudé en mi habitación y me tiré en la cama. Empecé a acariciarme sin prisa, y entonces, mientras la mano subía y bajaba, volvió esa idea que llevaba años intentando reprimir.
Ahora o nunca. No hay nadie. Nadie va a saberlo.
Me levanté antes de arrepentirme.
***
El cuarto de mi hermana olía a su perfume. Abrí el placard y, después, el cajón de la ropa interior. Las manos me temblaban un poco. Saqué un corpiño negro de encaje y lo apoyé contra mi pecho frente al espejo. Ella usaba una copa pequeña, y a mí me quedaba sorprendentemente bien.
Me lo abroché con torpeza, después de un par de intentos. Luego elegí una bombacha negra a juego, también de encaje, y me la subí muy despacio por las piernas, sintiendo la tela deslizarse. Acomodé mi miembro hacia arriba, escondido, hasta que en el espejo no quedó casi nada que delatara lo que había debajo.
Me di vuelta para mirarme de costado, después de frente otra vez. La figura que devolvía el reflejo me hizo sentir algo que no había sentido nunca: una mezcla de vergüenza y de poder, de extrañeza y de reconocimiento. Di unas vueltas sobre los pies descalzos. Me sentía sexy. Me sentía, por primera vez, femenina.
No me alcanzaba con eso.
Me senté frente a su escritorio y abrí los cajones hasta encontrar el neceser de maquillaje. Empecé por los ojos, delineándolos con un pulso que fui ganando a medida que avanzaba, prolongando apenas la línea más allá del párpado. Pasé el rímel por las pestañas, una capa y después otra, y las sombras rojas encima, difuminadas con la yema del dedo.
Me ruboricé las mejillas y la nariz con un toque liviano, un truco que sin querer le había aprendido a mi madre. Por último tomé el delineador de labios y dibujé el contorno de la boca antes de rellenarla con un labial mate del mismo rojo profundo.
Cuando levanté la vista hacia el espejo, me quedé quieto.
Me veo hermosa.
No "guapo", no "raro". Hermosa. La palabra apareció sola en mi cabeza y no quise corregirla.
***
Volví a mi habitación caminando distinto, con los hombros echados hacia atrás, jugando a ser otra. Saqué del fondo de un cajón un consolador de silicona que había comprado hacía meses y que no me había animado a usar. Lo sostuve en la mano izquierda y me senté en el borde de la cama.
Empecé a chuparlo, primero solo la punta, después un poco más, hasta que le encontré el ritmo y lo dejé entrar más profundo. Cerré los ojos. No me costó nada imaginar que era Damián el que estaba parado frente a mí, su mano en mi nuca, su voz diciendo mi nombre.
Mi miembro se endureció contra el encaje y una gota tibia empezó a humedecer la tela. Con la otra mano me solté y empecé a masturbarme, usando ese líquido como lubricante para que la palma se deslizara sola. Lo sentía latir, a punto, y me obligué a parar. No quería terminar todavía.
Saqué el consolador de la boca y respiré hondo. Me bajé la bombacha hasta los muslos y me puse boca abajo sobre la cama. Alcancé el aceite que tenía en la mesa de luz y dejé caer un chorro entre las nalgas.
Empecé a masajearme, abriéndome despacio con los dedos hasta que la yema del índice rozó la entrada. Insistí ahí, en círculos, hasta que el cuerpo cedió y el dedo entró. Dolía apenas, un ardor que se confundía con el placer.
Cuando me sentí lista —porque así me pensaba en ese momento, en femenino— acerqué el consolador. La cabeza presionó, dilató, y entró. Fue un golpe de ardor en el esfínter que me hizo morderme el labio recién pintado.
Despacio. Más despacio.
Fui empujando de a poco, milímetro a milímetro, dejando que el cuerpo se acostumbrara. Estuve así un largo rato, abriéndome con paciencia, hasta que el ardor se transformó del todo en algo cálido y profundo. Me di vuelta, quedé boca arriba con las piernas abiertas y la bombacha colgando de un tobillo, y empecé a moverlo con un ritmo cada vez más firme.
No había dejado de pensar en Damián ni un segundo.
***
Estaba tan perdida en eso que no escuché la llave en la cerradura.
Lo que sí escuché fue su voz desde el living, demasiado cerca.
—¿Mateo? Te dejaste el celu en mi auto, te lo vine a… —y la frase se cortó en seco.
Damián estaba parado en el umbral de mi habitación con mi teléfono en la mano y la boca entreabierta. Yo me quedé congelada, el consolador todavía dentro, el corpiño de encaje subiendo y bajando con mi respiración, el labial corrido en una comisura.
El mundo se detuvo. Sentí que el calor de toda la sangre se me iba a la cara.
—Damián, yo… —empecé, y no supe cómo seguir.
Él no se reía. No se iba. No ponía esa cara de asco que yo había imaginado mil veces en mis peores noches. Me miraba de arriba abajo, despacio, y tragó saliva.
—No sabía que… —dijo en voz baja, y dejó el celular sobre la cómoda sin mirarlo—. ¿Hace cuánto?
—¿Qué cosa?
—Esto. —Hizo un gesto que nos abarcaba a los dos—. Que me mirás así. Lo de recién, decías mi nombre.
Quise negarlo. No me salió. Bajé la vista y asentí apenas, esperando el portazo.
En cambio escuché sus pasos acercándose.
***
Se sentó en el borde de la cama, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo. Levantó una mano y, con un cuidado que no le conocía, me apartó un mechón de la cara.
—Siempre me pareciste lindo —dijo—. Nunca supe cómo decírtelo. Pensé que el raro era yo.
—¿En serio? —La voz me salió fina, temblorosa.
—En serio. —Su pulgar recorrió mi labio, llevándose un poco de rojo—. Y así… así sos otra cosa.
Me besó. Fue lento al principio, como si los dos tuviéramos miedo de romper el momento, y después dejó de serlo. Me besó con ganas, con la mano enredada en mi nuca, exactamente como yo había fantaseado un minuto antes con la silicona en la boca. Solo que ahora era real, era tibio, era él.
Me ayudó a sacar el consolador con una delicadeza que me hizo gemir contra su boca. Después se desvistió sin apuro, sin dejar de mirarme, y yo lo miré a él como había querido mirarlo durante años sin permitírmelo.
—¿Estás seguro? —pregunté, porque tenía que preguntarlo.
—Decime que pare y paro —contestó—. Pero no quiero parar.
—No pares.
***
Me hizo darme vuelta con suavidad y se acomodó detrás de mí. Yo seguía abierta, lista, y aun así esperó. Sentí su mano en mi cadera, su aliento en mi nuca, y cuando empujó lo hizo de a poco, atento a cada sonido que yo hacía.
El primer empuje me arrancó un quejido. Al ardor lo seguía conociendo, pero esta vez había un cuerpo entero detrás, un peso, una respiración entrecortada contra mi oreja. Damián entró del todo y se quedó quieto, dándome tiempo.
—¿Bien? —murmuró.
—Bien —dije, y empujé las caderas hacia atrás para que entendiera.
Empezó a moverse en embestidas cortas, cada vez un poco más hondo. Yo gemía sin reconocer mi propia voz, aguda, sin vergüenza ya. Llevé una mano entre mis piernas y me masturbé al ritmo que él me marcaba, perdida en la sensación de estar lleno, de ser deseada por la única persona que siempre había querido.
—Decí mi nombre otra vez —pidió contra mi cuello.
—Damián —jadeé—. Damián.
Aceleró. La cama crujía y yo ya no pensaba en nada, solo en el calor que crecía y se me concentraba en el centro del cuerpo. Cuando terminé fue largo, intenso, un temblor que me recorrió de la nuca a los pies y me hizo apretarme contra él. Lo escuché gemir mi nombre justo después, sus dedos clavándose en mi cadera, y sentí cómo se vaciaba dentro de mí.
Nos quedamos así, encastrados, recuperando el aire. Él apoyó la frente entre mis hombros y se rió bajito, una risa de incredulidad y de alivio.
—Tendría que haber venido a traerte el celular hace años —dijo.
Me di vuelta para mirarlo. Tenía el labial de él manchado en la boca, el pelo revuelto, y una sonrisa que no había visto nunca en todos los años de amistad.
—Todavía tenés todo el fin de semana —le dije.
Y por la cara que puso, supe que no se iba a ir a ninguna parte.