Mi primera vez en el auto de un hombre maduro
Esa tarde de junio salí de la facultad con la cabeza pesada y el cuerpo todavía más. Habíamos tenido seis horas seguidas de clase y, mientras los demás se iban en grupo a tomar algo, yo bajaba las escaleras solo, con la mochila colgando de un hombro y los auriculares puestos. No estaba escuchando nada, en realidad. Solo necesitaba un muro entre el mundo y yo.
Me llamo Tomás, tengo veintidós años y todavía me cuesta decir en voz alta lo que voy a contar. No es la primera vez que escribo acá, pero sí es la primera vez que me animo a relatar algo así. Acepté hace meses que me gustan los hombres, aunque mis amigos no lo saben y mi familia tampoco. Vivo esa parte mía en silencio, casi como un secreto que se desliza entre las clases, los apuntes y los chats que abro de madrugada cuando no puedo dormir.
Y aquel viernes, mientras caminaba hacia la parada del colectivo, sentí ese mismo silencio empujándome hacia algo. Era invierno y a las siete de la tarde ya era de noche cerrada. Las luces amarillas de los faroles dibujaban círculos en la vereda mojada y el aire olía a humo y a pavimento húmedo. Saqué el teléfono casi sin pensarlo y abrí la aplicación.
Había hablado antes con varios. Algunos quedaban en nada, otros se desinflaban en la conversación. Pero esa noche estaba caliente de una manera distinta, como si el cansancio me hubiera bajado la guardia y todo lo que reprimía estuviera buscando una salida.
—Hola —escribí—. ¿Andás cerca?
El mensaje llegó casi al instante. Se llamaba Ricardo. Cuarenta y cinco años, un metro ochenta de altura, contundente. Me mandó una foto sin cara: el torso ancho, la barba canosa cortada al ras, una camisa abierta hasta el segundo botón. Estaba sentado en su auto, a unas seis cuadras de donde yo iba.
—Estoy estacionado acá nomás —escribió—. Si querés, subimos y damos una vuelta.
Una vuelta.
Sonreí solo, en plena calle, mientras el corazón se me empezaba a acelerar. Le respondí que era la primera vez que iba a hacer algo así con un hombre, que nunca había probado, que solo había estado con chicas. Esperaba que se cortara ahí, que me dijera que prefería a alguien con más experiencia. Pasó al revés.
—Mejor —contestó—. Te voy a enseñar despacio.
Aquella frase me pegó en alguna parte que no sabía que tenía. Apreté el teléfono contra el muslo y caminé las cuadras que faltaban con la garganta seca. Por un momento pensé en darme vuelta, llegar a casa, encerrarme en el baño y terminar lo que ya tenía empezado dentro de la cabeza. Pero los pies me llevaban hacia adelante.
Cuando lo vi, lo reconocí de inmediato. Estaba bajo un farol que titilaba, con el codo apoyado en la ventanilla bajada. Era grandote, de esos que ocupan el asiento entero, con la panza tensa contra el cinturón y los antebrazos cubiertos de vello oscuro. Me hizo una seña corta con la cabeza.
—Subí, Tomás.
El interior del auto olía a perfume de cuero y a tabaco viejo. Me senté en el asiento del acompañante con la mochila entre las piernas, como si fuera un escudo. Él me sonrió de costado, encendió el motor y empezó a manejar sin preguntar adónde.
—Tranquilo —dijo—. Vamos a un lugar más calmo. No te apuro nada.
Asentí sin poder hablar. Por dentro me hervía todo: las manos heladas, la nuca caliente, una excitación rara que no se parecía a nada de lo que había sentido antes. Era miedo y deseo mezclados en partes iguales.
—¿De qué facultad venís?
Le contesté con frases cortas. Estudio Ingeniería. Voy por el tercer año. Vivo con mi vieja. Mientras hablaba, él me miraba de reojo cada tanto, y esa mirada tenía algo. No era impaciencia, era paciencia. Como si supiera exactamente cuánto tenía que esperar antes de tocarme.
—¿Estás nervioso?
—Un poco.
—Eso es bueno —dijo, y se rió bajo, casi para sí mismo.
Manejamos diez o doce minutos. Cruzamos avenidas vacías, doblamos a la derecha varias veces, hasta que entramos en una calle interna de un barrio que no conocía. Era una zona de talleres cerrados y depósitos. No había gente. Los faroles estaban tan separados que entre uno y otro el auto quedaba a oscuras durante varios segundos.
Estacionó al lado de una pared larga de ladrillo. Apagó el motor. El silencio cayó adentro como una manta.
—Bueno —dijo, y me miró por primera vez de frente—. Acá nadie nos ve.
Tragué saliva. Tenía la boca seca, pero algo me empujaba a hacer algo, a no quedarme paralizado como un nene. Estiré la mano y la apoyé sobre su muslo. El jean era grueso, pero abajo sentí enseguida lo que estaba buscando: una forma firme, gruesa, que reaccionó al toque. La acaricié por encima de la tela y él dejó escapar un suspiro corto, controlado.
—Despacio —dijo—. No tenemos apuro.
Pero en mí ya no había despacio. Le abrí el botón, le bajé el cierre y metí la mano. No traía nada debajo. La piel estaba caliente, casi ardiendo, y el grosor me sorprendió. La saqué con cuidado, como si fuera un objeto que se podía romper, y por primera vez en mi vida tuve la pija de otro hombre en la palma.
Era distinta de la mía. Más gruesa, más oscura, con una vena marcada que la recorría entera. La punta estaba mojada de un líquido transparente que se le acumulaba en el surco. Le quedaban unos quince centímetros, no era enorme, pero parecía pesada, llena.
Esto es real. Está pasando.
Bajé la cabeza sin pensarlo. Lo primero que hice fue olerla. Era un olor limpio, a jabón fresco, pero con esa nota animal que tiene el sexo y que no se puede confundir con nada. Cerré los ojos, le di un beso en la punta y la metí en la boca.
***
El sabor me golpeó primero: salado, suave, con algo metálico que se mezclaba con mi propia saliva. La textura fue lo más raro. Caliente, viva, distinta de cualquier cosa que hubiera tenido en la boca antes. Avancé unos centímetros, retrocedí, volví a avanzar. No sabía bien qué hacer, así que me dejé llevar por una imitación torpe de lo que había visto en pantallas.
Ricardo me puso una mano en la nuca. No me empujó al fondo, solo me marcó el ritmo con una presión suave, paciente. Cuando yo me apuraba, él me frenaba con los dedos. Cuando me detenía demasiado, me invitaba a seguir con un movimiento mínimo.
—Así, Tomás —murmuró—. Tomate tu tiempo. Sentilo.
No sé cuánto duré. Tres minutos, cinco, diez. El reloj del tablero brillaba en verde, pero no lo miraba. Cada tanto me atragantaba y tenía que sacarla, toser, sonreír de costado, volver a empezar. Él no se reía de mí, no me apuraba. Me esperaba. Me dejaba aprender.
Cuando me cansé la cara, le besé la base de la pija, le lamí los huevos con la torpeza del que descubre algo nuevo, y volví a subir. La saliva me chorreaba por la barbilla. Él tenía la cabeza apoyada en el respaldo y la respiración cada vez más entrecortada.
—Estoy cerca —dijo al fin, con la voz ronca—. ¿Querés que…?
—Sí —contesté antes de que terminara la pregunta.
No sabía bien a qué estaba diciendo que sí. A todo, probablemente. Volví a la pija con una urgencia que no me reconocía, lamiéndola, chupándola, mojándola más, y entonces sentí cómo se hinchaba todavía un poco más y un gemido bajo le escapaba desde el pecho. Me llenó la boca de un golpe. Mucho más de lo que esperaba. Se me escapó por las comisuras, me cayó en el mentón, me bajó tibio por la garganta.
No supe qué hacer. Me lo tragué casi sin pensarlo. Era espeso, salado, fuerte, con un dejo amargo al final. Me quedé un rato más con la pija adentro, sintiendo cómo perdía firmeza, y después me incorporé despacio. Él me miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa cansada.
—Buen alumno —dijo.
Me limpié la barbilla con el dorso de la mano. Pensé que ahí terminaba todo, que iba a arrancar el auto, dejarme cerca de mi casa y nunca más volver a verme. Pero estiró un brazo, me tocó la entrepierna por encima del jean y me apretó.
—Ahora vos.
***
Me costó acomodarme. Bajé el respaldo del asiento, me desabroché el pantalón, me bajé los boxers. Mi pija estaba tan dura que me dolía. Catorce centímetros, nada del otro mundo, mojada de mi propio líquido. Él se inclinó por encima de la palanca de cambios y, sin preguntarme nada más, se la tragó entera.
Casi grito.
Había estado con dos novias antes. Las dos me habían chupado, las dos lo habían hecho bien. Pero esto era otra cosa. Era una garganta hambrienta, una barba que rozaba la piel del pubis con una aspereza placentera, una mano grande que me agarraba la base con firmeza y la otra que se hundía debajo, acariciándome los huevos como si fueran piezas frágiles.
—Mirame —me dijo, levantando los ojos sin sacármela.
Lo miré. Y eso fue el final. Ver a ese hombre maduro, de barba canosa, con mi pija en la boca y los ojos fijos en los míos, fue más de lo que mi cuerpo podía aguantar. Sentí cómo se me apretaba todo desde la cintura, le quise avisar, abrí la boca, pero solo me salió un gemido roto.
Me terminé adentro suyo.
No paró. Siguió chupándome despacio, ordeñándome hasta la última gota, mientras yo me hundía en el asiento con la cabeza echada para atrás y las piernas temblando. Cuando por fin me soltó, se relamió los labios con calma, se enderezó y se inclinó sobre mí. Me besó. Un beso largo, con lengua, con todo el sabor mezclado de los dos en el medio.
Fue el beso más íntimo que me dieron en la vida.
Después se acomodó la ropa, se peinó la barba con los dedos y arrancó el motor. Manejó de vuelta hacia mi barrio sin hablar mucho. Solo me miraba de reojo y sonreía cada tanto, como si compartiéramos un chiste que nadie más podría entender. Me dejó a una cuadra de casa, en una esquina con sombra, donde nadie me iba a ver bajar.
—Cuidate, Tomás —dijo—. Y escribime cuando quieras seguir aprendiendo.
Cerré la puerta y me quedé parado en la vereda viendo cómo se alejaban las luces traseras del auto. Tenía las piernas blandas, la boca todavía con su gusto y el cuerpo lleno de una calma extraña, como si me hubieran sacado un peso que ni siquiera sabía que cargaba.
Esa noche caminé las últimas cuadras despacio, mirándome los pies. En casa saludé a mi vieja, me metí en mi pieza, me tiré en la cama y me quedé mirando el techo con una sonrisa boba durante un rato largo.
No me arrepentí ni un segundo. Sabía que iba a haber una próxima vez.