El pijo de Pedralbes terminó suplicándome más
Pedralbes es la última zona de Barcelona donde habría pisado por gusto propio. Su estética choca de frente con la mía. Me gusta el rock, vestir de negro, las prendas con remaches y los logotipos de bandas que casi nadie escucha. Llevo el pelo largo, una cadena fina al cuello y un piercing en el labio que mi madre tardó un año en aceptar. La gente de allí, en cambio, vive en otro planeta: jerséis de hilo atados a los hombros, mocasines sin calcetines y la nariz tan alta que parecen respirar un aire distinto al del resto. Por eso me hirvió la sangre cuando la academia para la que trabajo a media jornada dando clases de inglés me asignó a una familia de aquel barrio. Pero el alquiler no se paga con principios, así que tragué saliva y subí al bus.
La experiencia no mejoró mi opinión. La madre me abrió la puerta y me clavó una mirada que habría partido un cristal en dos. Los niños se portaron mejor, aunque me asaeteaban con preguntas sobre por qué me vestía así y por qué tenía dos aros en la oreja izquierda. Por la forma de hablar, ya intuí que iban a salir clavados a sus padres. Cuando terminé la clase, salí del piso casi corriendo, con un alivio que solo se ensombrecía al pensar que en dos días tendría que repetir la escena. Eso, si la madre no llamaba a la academia para quejarse de mi aspecto.
Mientras bajaba las escaleras, el móvil me vibró en el bolsillo. Notificación de la app. Alguien estaba intentando hablar conmigo, y la ubicación lo situaba a menos de cien metros. Antes de que pudiera reaccionar, me había mandado seis fotos de su cuerpo: planos cortos y muy estudiados de su torso pálido, de la curva del hombro, del bajo del abdomen. La cara casi no aparecía. Era un chico delgado, fino, de piel casi traslúcida. Estuvo a punto de funcionarme. Luego me acordé de dónde estaba. En Pedralbes, los míos no suelen ser muy bien recibidos. Aunque, tan cerca, la curiosidad pudo más que la sensatez. Le respondí que sí, que podíamos vernos en una marquesina dos calles más abajo.
Llegué con cero expectativas, y acerté de pleno. Lo encontré exactamente como me lo había imaginado: polo rosa, pantalón de pinzas a media pierna, jersey azul cielo anudado al cuello y mocasines con borla. El uniforme entero. De cara no era guapo ni feo, solo previsible: nariz larga, mandíbula estrecha y esa expresión vagamente desdeñosa que parecen llevar de fábrica en aquellas calles. Me midió de arriba abajo con un parpadeo demasiado evidente.
—Vaya camiseta —fue lo primero que soltó.
—¿Eres tú el que me ha escrito? —corté, sin ganas de juegos.
—Sí. Aunque esperaba a alguien más…
—¿Más cómo?
—Más de aquí, ya sabes.
Mal arranque. Me empezaba a caer fatal.
—Soy de Barcelona de toda la vida, si te refieres a eso.
—No, solo… pensaba que serías de la zona. ¿Qué haces tú por aquí?
—Eso es asunto mío. ¿Y tú qué buscas? ¿A alguien igual de pijo? ¿No te gusta la estética de otros barrios?
La boca se le encogió como si hubiera mordido un limón. No hizo falta que dijera nada más. Le había leído el pensamiento.
—Vale. Pues que tengas suerte.
Le di la espalda y me largué sin esperar respuesta. La forma en que gesticulaba, la entonación con la que arrastraba las vocales… todo en él me sacaba de quicio. Odio a la gente que se cree por encima de los demás solo porque tiene un apellido compuesto y una casa con portero. Tampoco es que él tuviera tanto de qué presumir. Le sacaba media cabeza, era el doble de ancho y, si la cosa hubiera ido por las malas, lo habría puesto contra la pared en dos segundos.
Para cuando subí al bus ya casi se me había olvidado. Tanto, que ni siquiera lo bloqueé en la aplicación. No me acordé hasta que me escribió de noche.
«Perdóname si he hecho algo mal. Solo quería pasar un buen rato contigo.»
Podía haberlo bloqueado entonces. En su lugar le contesté:
«¿No tienes a nadie a quien tirarte por ahí?»
Lo escribí con mala leche. No creo que él lo leyera así.
«No. Por aquí no hay nadie. Por eso quería conocerte.»
Me quedé pensando. Tal vez lo había despachado demasiado rápido. Al fin y al cabo, yo tampoco esperaba que alguien como él existiera en aquellas calles. Tardó un minuto en escribir otro mensaje.
«¿Podríamos vernos otro día? Quisiera pedirte perdón en persona.»
Me dio un poco de pena. Y, sobre todo, me dio curiosidad. Así que cedí.
«Vale. Puedo pasarme otro día.»
Quizá saliera una buena follada del asunto, pensé mientras volvía a abrir sus fotos. Intuía algo retorcido escondido bajo aquella fachada de mocasín y jersey de hilo. Y eso me ponía.
***
Quedamos para el siguiente día que tenía clase, así aprovechaba el viaje. Resulta que vivía en el edificio de al lado del de mis alumnos, a un portal de distancia, así que al salir solo tuve que cruzar el rellano. Me abrió la puerta y me invitó a pasar a un piso que se podía describir con tres palabras: techos altos, cuadros antiguos y silencio caro.
—Siento mucho cómo me comporté el otro día. Sé que lo que dije está mal.
—No pasa nada —respondí, todavía frío—. Yo también te juzgué demasiado pronto.
—¿En serio?
—Sí. Siempre he pensado que la gente de este barrio es demasiado…
—¿Retrógrada? —completó él.
No era exactamente esa la palabra que tenía en la cabeza. Habría dicho algo más fuerte, pero entonces el malo de la película habría sido yo. Me limité a asentir.
—Te entiendo perfectamente. Yo siento lo mismo. Nadie aquí me comprende. Y si mis padres llegaran a enterarse de que me gustan los hombres, sería el fin.
Lo miré. Yo no había pasado por eso. Mi familia me apoyó desde la primera conversación, pese a los nervios de mi adolescencia. A él, por lo que se intuía, le había tocado tragarse todo a solas.
Me daba rabia reconocerlo, pero algo se me estaba ablandando por dentro. Se estaba abriendo a mí, probablemente a la única persona con la que se había abierto en su vida. Habrá excepciones a la regla, supongo, incluso en Pedralbes.
—Me llamo Iván —dije, tendiéndole la mano a modo de tregua.
—Cayetano.
Por supuesto que se llamaba Cayetano. En ese barrio hay un menú reducido de nombres y él, naturalmente, tenía uno del estante alto.
—Me gustaron las fotos que me mandaste. Son muy… provocadoras.
—¿En serio?
—Sí.
—Yo también he estado mirando tu perfil. Me gustas mucho. ¿Podría… ya sabes…?
Me estaba poniendo, lo admito. Así que le di lo que quería. Dejé la mochila en el suelo, me agarré el bajo de la camiseta y tiré hacia arriba. No tengo cuerpo de gimnasio, pero sí algo bastante decente, gracias a una vida sin demasiados caprichos. Me quedé con el torso desnudo bajo la luz amarillenta de su lámpara de pie.
—Toca si quieres. Sin miedo.
Tenía las manos heladas. Apoyó las palmas en mi pecho y las deslizó hacia abajo, deteniéndose en cada estría del abdomen. Los ojos le brillaban de un modo que ya conocía: deseo sin filtro, sin disimulo.
—Me encanta este piercing del pezón —murmuró—. ¿Te dolió?
—Al principio. Te acostumbras.
—Te queda muy sexy.
—¿Nunca has pensado en hacerte uno?
—Mis padres me echarían de casa si lo vieran.
—Tus padres te echarían de casa si supieran que estoy aquí. ¿Nunca has metido a nadie en este piso?
—Nunca. Hasta ahora me apañaba en saunas, sin que ellos lo supieran.
Le dejé seguir sobándome. Mi opinión sobre Cayetano iba en sentido contrario a toda velocidad. No sé si llegó a fijarse en el bulto que me empezaba a apretar los vaqueros.
—¿Quieres pasar a mi cuarto?
—Espero que no aparezca nadie mientras esté aquí —musité.
—Tranquilo. Tenemos toda la tarde a solas.
Cogí mis cosas y le seguí por un pasillo larguísimo, de los que solo existen en los pisos antiguos del Eixample alto, hasta el fondo a la derecha.
***
En cuanto cerró la puerta, la ropa empezó a caer. Cayetano se sentó al borde de la cama mientras se desabrochaba la camisa. Las fotos no mentían. Tenía poco vello en el pecho, pero no parecía haberse depilado: era todo cuestión de genética. Yo tengo bastante más, y suelo recortármelo para que no crezca a su aire.
Tardé menos en quedarme en calzoncillos. Mi polla erecta se enganchó un segundo en la goma y, al liberarse, rebotó hacia arriba en toda su extensión. A él se le escapó un suspiro. Se quitó los bóxer mientras la miraba como si fuera la primera vez que veía una, y se llevó la mano al pubis sin pensarlo. Avancé los dos pasos que nos separaban hasta dejarme a su altura. Una invitación bastante clara. En lugar de acercarse despacio, abrió la boca todo lo que pudo.
—Así que eres de esos… —comenté—. Perfecto.
Lo intuía: bajo aquel polvo de azúcar había un punto bastante guarro.
Le metí la polla entera y sus labios se cerraron alrededor. Le follé la boca, despacio al principio, sin saber dónde estaban sus límites, sujetándole la nuca para que la inercia no lo apartara. Mientras lo tenía ahí, alzaba unos ojos rendidos, suplicantes, deslumbrados. Me sentía un dios con aquel niño rico de barrio caro adorando mi cuerpo desnudo con la mano libre, como si tocarme fuera un privilegio.
—¿Te gusta? —pregunté.
Dos gruñidos guturales formaron un sí.
—Voy a ir más rápido.
Subí el ritmo. Trataba de controlar, pero a veces no lo conseguía y le golpeaba el fondo de la garganta. Se le escapaban arcadas pequeñas, pero no me apartaba. La cara se le fue tiñendo de un rojo que le bajó por el cuello mientras su cuerpo se calentaba.
Entonces se me ocurrió. Le saqué la polla de la boca de golpe y él me miró desconcertado.
—¿Qué pasa?
Sin contestar, lo empujé del hombro y cayó de espaldas sobre la cama. Le abrí las piernas y me arrodillé entre ellas. Le ataqué por dos flancos: la boca trabajando su miembro y el dedo medio buscándole el culo. La cara que puso parecía sacada de una caricatura. Le tiró un segundo, luego se le relajó la mandíbula y los ojos se le fueron al techo, como si necesitase encomendarse a alguien para confirmar que aquello estaba pasando de verdad. Aproveché para meter un segundo dedo y empezar a abrirle despacio.
—¿Cómo se te da tan bien? —alcanzó a preguntar.
—Práctica —respondí, lacónico.
—Si haces eso con los dedos… con esa polla vas a destrozarme.
—¿Quieres comprobarlo? ¿O no vas a aguantar?
—Sí.
—Bien.
Lo dejé en posición mientras yo sacaba un preservativo y el bote de lubricante del compartimento interno de la mochila, ese mismo en el que mis alumnos nunca van a mirar. Tuve que apretarle un poco las rodillas contra el pecho para acomodar la entrada, pero soportó bien la flexión. Estaba abierto, pero seguía estrecho. Me lo metí sin prisa, sintiendo cómo se cerraba en torno a mí. Empecé con embestidas lentas, casi cuidadosas.
—¿Eso es todo?
—¿Qué pasa?
—Puedes darme más.
—¿Tan necesitado vas? Como quieras.
Si lo pedía, lo tendría. Tiré de él hasta colocarle el culo en el mismo borde de la cama. Con los pies firmes en el suelo me impulsaba mucho mejor, y dejé de contenerme. No sé qué tal aislarán las paredes de aquellos pisos antiguos, pero los vecinos tuvieron una tarde animada. Sus gemidos se rompían en cada embestida, cortados en sílabas. Yo le aguantaba los tobillos contra mis hombros y chocaba con sus nalgas huesudas, sin un atisbo de piedad. Y le gustaba. La boca abierta, la mueca de risa floja, los ojos cerrados con fuerza, esa sonrisa que se le escapaba sin permiso.
Le di así hasta que se me cansaron los brazos. Entonces lo coloqué de costado y seguí destrozándolo desde ese ángulo, que es uno de mis favoritos. El rubor de la cara se le había extendido por todo el cuerpo, y la piel se le había cubierto de una capa fina de sudor que brillaba bajo la lámpara de la mesilla. No se quejaba. Jadeaba, aguantaba, se mordía los nudillos cuando creía que iba a soltar un gemido demasiado fuerte. Hasta yo terminé sin aire. Cuando supe que ya no iba a poder mucho más, lo puse boca abajo y acabé sobre su espalda. Me corrí en silencio, solo con el ruido seco de mi respiración. Me dio risa pensar que no se movía, como si temiera que cualquier movimiento manchara aquella colcha de cuatrocientos euros.
—¿Vas a por papel? —le pedí.
—Claro. ¿Dónde está el baño?
Me lo indicó. Hasta el baño de aquella casa era pijo: doble lavabo, mármol verde, espejo con marco dorado. Lo limpié con calma y luego él se metió en la ducha. Supuse que querría borrar todas las pruebas. No esperé. Me vestí solo, me ajusté la cadena al cuello y me asomé a la mampara.
—Me voy ya.
—¡Espera! —exclamó, con el agua corriéndole por la cara—. ¿Podríamos quedar otro día?
Le miré: el pelo aplastado, los ojos suplicantes, exactamente los mismos que cuando se había arrodillado frente a mí.
—No veo por qué no. La próxima vez que tenga clase por aquí, te aviso.
Lo decía en serio. Para ser alguien de Pedralbes, no me caía mal.
—Gracias.
Me despedí y salí del piso después de mirar el rellano para asegurarme de que no había nadie. Mientras esperaba el ascensor, me crucé la mirada otra vez en el espejo del descansillo. Y sonreí.
Estos pijos necesitan que alguien les meta caña a base de bien.