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Relatos Ardientes

El precio de amar a Mateo fue dejar de ser mujer

La marca negra latía como un segundo corazón en mi pecho y en mi cuello, y ese amanecer en la villa de Cádiz el cielo se tiñó de un rojo que parecía sacado de un sueño enfermo. Néstor Vázquez apareció en la terraza por última vez, vestido de lino blanco, descalzo, con esa sonrisa que llevaba meses prometiendo el final.

—Es tu última oportunidad, Lucía —dijo, sin levantar la voz—. Pierdes tu cuerpo de mujer para siempre y te quedas como Damián, o te mueres aquí, en esta terraza, antes de que Mateo despierte. Elige.

Yo, todavía con el pulso acelerado del deseo permanente que la marca me había instalado en el cuerpo, miré hacia la habitación entreabierta donde Mateo dormía con un brazo sobre los ojos. Llevábamos meses huyendo de aquel hombre, escondidos en hoteles, en casas prestadas, follando con desesperación cada noche como si fuera la última. Y siempre lo era.

—Elijo quedarme —susurré—. Como Damián. Para siempre. Si eso significa poder quererle de verdad.

Néstor sonrió por última vez y desapareció. No vi cómo se fue. Simplemente dejó de estar ahí.

El dolor llegó después.

Fue peor que cualquier cosa que hubiera imaginado. Mi cuerpo se convulsionó sobre las baldosas frías de la terraza durante minutos que se alargaron como horas. Sentí cómo los pechos se me hundían con un crujido sordo, cómo las caderas se me estrechaban, cómo la piel se me endurecía sobre los hombros y la espalda. Entre las piernas, lo que había sido durante toda mi vida una mujer se cerró sobre sí mismo y se transformó en algo nuevo, denso, caliente, pesado contra mi muslo. Me mordí el brazo para no gritar.

Cuando todo cesó, me arrastré hasta el espejo del baño y me apoyé en el lavabo. El rostro era el mío y no lo era. Pómulos más marcados. La mandíbula cuadrada. El pelo corto y oscuro pegado a la frente por el sudor. Lucía Albarrán había desaparecido. En su lugar había un hombre joven, moreno, con una cicatriz fina y plateada cruzándole el pecho donde antes había latido la marca.

Me miré la polla durante un largo rato. Estaba dura, todavía, como si el deseo hubiera sobrevivido a la transformación intacto. Sonreí. Lloré. Las dos cosas a la vez.

***

Mateo entró en el baño en ese momento, descalzo, con la camiseta puesta al revés. Se quedó parado en el umbral.

Lo vi entender lo que veía. Lo vi entender que la mujer con la que había estado durante años ya no existía. Vi cómo se le rompía algo por dentro, igual que se le había roto la primera vez que le confesé lo que yo era en realidad.

—Lucía… —dijo, y la voz se le quebró antes de terminar el nombre—. Ya no estás.

Se dio la vuelta y salió de la casa. Lo escuché bajar las escaleras y cerrar la puerta de la cocina. Lo escuché caminar por la grava del jardín hasta la verja del acantilado.

No lo seguí enseguida. Me puse una camisa suya, demasiado estrecha por los hombros, y bajé a la cocina. Hice café. Lo serví en dos tazas. Me senté en el suelo del salón a esperarle.

Tardó toda la mañana en volver.

Cuando entró, traía los ojos rojos y la cara hinchada de tanto llorar al aire libre. Se sentó frente a mí sin tocar el café. Estuvimos en silencio mucho rato. La luz iba cambiando en el suelo de mosaico.

—No me he muerto —le dije al fin—. Sigo aquí.

—No eres ella.

—No. Pero soy yo. La parte de mí que te quería era esta. Siempre fue esta.

Negó con la cabeza, muy despacio, sin mirarme. Y luego, sin avisar, levantó los ojos y me miró durante un minuto entero, como si me estuviera estudiando por primera vez.

—¿Damián? —preguntó. Como si probara el nombre en la boca.

—Damián.

***

Aquella tarde dimos la vuelta al jardín dos veces, sin hablar mucho. Le conté cosas que no le había contado nunca: cómo me sentía a los catorce, frente al espejo del baño de mis padres, cómo me obligaba a aceptar un cuerpo que no entendía, cómo se me iba la cabeza imaginándome distinto cada vez que él se acercaba demasiado.

Mateo me escuchaba sin interrumpir. A veces se le saltaban las lágrimas y se las limpiaba con el dorso de la mano.

Cuando volvimos a la villa ya era de noche. Se paró en mitad del pasillo y me agarró del brazo. Tenía la mandíbula tensa y los ojos brillantes.

—No puedo vivir sin ti —dijo—. Da igual que ahora seas esto. Da exactamente igual. Te quise como Lucía, te quiero como Damián, te querría aunque te hubieras quedado convertido en piedra. Soy un puto desastre y solo sé estar al lado de tu cuerpo, sea cual sea.

Me agarró por la nuca y me besó. Fuerte. Sin permiso. Sin miedo. Le mordí el labio sin querer y noté el sabor de la sangre. Él me empujó contra la pared y me arrancó la camisa de un tirón.

***

Lo llevé a la habitación a tirones. Me senté en el borde de la cama y lo desnudé yo mismo, sin prisa, mirándole a los ojos. Tenía el pelo enredado y respiraba como si llevara horas corriendo.

—Túmbate boca abajo —le dije.

Lo hizo sin discutir. Le besé la espalda desde la nuca hasta la base, mordiéndole de vez en cuando la piel hasta dejarle marca. Le abrí las piernas con la rodilla y le comí el culo durante mucho rato, sin prisa, con la lengua, con los dedos, escupiendo cuando hacía falta. Mateo agarraba la almohada con las dos manos y se mordía el antebrazo para no gritar. Sentí cómo se abría poco a poco, cómo dejaba de tener miedo, cómo empezaba a empujar la cadera contra mi cara pidiendo más.

—Métemela —murmuró—. Por favor. Métemela de una vez.

Me la metí despacio, hasta el fondo, agarrándole de las caderas, mirándole la nuca empapada de sudor. Solté el aire que había estado conteniendo desde que había despertado en aquel cuerpo nuevo. Era mío. Por fin era enteramente mío.

Empecé despacio, hundiéndome entero y saliendo entero, sintiendo cómo me apretaba con cada embestida. Luego más rápido. Mateo gemía bajo, en la almohada, y de vez en cuando soltaba mi nombre nuevo como si lo estuviera aprendiendo. Damián. Damián. Damián.

Lo giré boca arriba sin sacársela. Le puse las piernas sobre mis hombros y se las separé. Me incliné y le besé en la boca mientras seguía moviéndome dentro de él. Me agarraba la cara con las dos manos. Le caían lágrimas por los lados de la cara y se le metían en las orejas.

—No pares —decía—. No pares nunca.

No paré. Me corrí dentro con un gruñido largo, mordiéndole el cuello, y él se corrió un segundo después sobre su propio vientre sin necesidad de tocársela. Nos quedamos así, pegados, sudados, mucho rato. Yo le besaba la sien y le repetía en voz baja que estaba aquí, que no me iba a ir nunca.

***

Los días siguientes fueron un largo reaprenderse. Le enseñé qué me gustaba ahora, qué me dolía, dónde tenía la piel más sensible. Él me enseñó cómo se folla a un hombre cuando se le quiere de verdad, sin prisa, con la boca, con las manos, con la frente apoyada en la frente del otro mientras se entra y se sale.

Follamos en la ducha, contra los azulejos verdes que sus padres habían elegido hacía años. Follamos en la cocina, una madrugada, con él sentado en la encimera y yo de pie entre sus piernas. Follamos en la terraza al atardecer, con el mar rugiendo abajo y los acantilados teñidos de naranja, sin importarnos que alguien pudiera vernos desde algún barco. Follamos en la piscina infinita, en silencio, con la cara muy cerca, casi sin movernos, mirándonos como si fuera la primera vez.

Una mañana, mientras desayunábamos en el porche, me agarró la mano por encima de la mesa.

—Quédate conmigo —dijo.

—Estoy contigo.

—Quédate siempre. Aquí. Como esto. No te quiero de otra manera.

Le besé los dedos uno por uno. La cicatriz plateada del pecho me ardió un momento y luego se quedó quieta, callada, como si por fin entendiera que ya no tenía nada que recordarme.

Néstor Vázquez no volvió nunca. El precio se pagó esa primera mañana en la terraza, y desde entonces solo quedó la vida: el café por las mañanas, la sal del mar pegada a la piel, su voz diciendo mi nombre nuevo en la oscuridad.

Lucía había muerto al amanecer. Damián despertó al lado del único hombre al que de verdad había querido. Y eso, después de todo, fue suficiente para llamarlo amor.

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Comentarios (4)

ElioNight

Increible relato, me atrapó desde el principio

Tomas_QR

me encanto!!! seguilo porfavor

NovioDeNadie

El titulo ya te atrapa y el relato cumple. Muy bien contado

KarenMdq

Tremendo como describe los sentimientos, no lo esperaba tan emotivo

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