Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Empezó en el depósito y terminó en su cama

Aquella tarde terminó mucho mejor de lo que la había imaginado. Llevaba varios días metido en una conversación de chat que me había dejado en un estado permanente de calentura, y no soy de los que se conforman con la mano cuando hay alternativas a mano. Hacía meses que no tenía nada estable, así que abrí WhatsApp, busqué entre los contactos viejos y mandé tres mensajes en menos de cinco minutos.

Solo me contestó uno. Andrés, un conocido de un conocido, vivía a quince minutos en metro. No era el polvo de mi vida —la tenía más bien corta, era introvertido y tenía la conversación de un mueble—, pero era lo que había, y a esa hora de la tarde no estaba para hacer ascos.

Lo nuestro venía de años atrás. Una noche de fiesta, con varias cervezas de más, acabamos en el depósito del edificio donde él guardaba bicicletas y trastos viejos. Su novia lo esperaba en casa, así que la idea inicial fue una paja rápida y a dormir. Pero acabé arrodillado, con su verga en la boca, y desde entonces repetimos un par de veces al año. Siempre sexo oral. Siempre con preservativo. Siempre rápido.

Quedamos en la puerta del garaje, como otras veces. Andrés bajó la persiana del depósito a medias para que entrara algo de luz del pasillo y cerró por dentro. Olía a aceite de bicicleta y a cemento húmedo. Antes me habría parecido sórdido. Esa tarde me pareció perfecto.

Lo arrinconé contra la estantería sin saludar. Le pasé la palma por encima del pantalón y, como siempre, se puso duro en cuestión de segundos. Eso lo agradecí: al menos no había que trabajar la erección. Otras veces le habría dado una pajita primero, lento, jugando. Esa vez no. Me arrodillé en el suelo de cemento, le desabroché el cinturón de un tirón y le saqué la verga del calzoncillo.

—Joder, Lucas, ¿qué haces? —murmuró cuando me la metí en la boca sin preservativo.

Normalmente discutíamos eso antes. Esa tarde no había nada que discutir. Le pasé la lengua por el prepucio, di un par de vueltas y me la tragué hasta la base. Lo escuché soltar el aire entre los dientes y agarrarse a la estantería con las dos manos. Subí los ojos para mirarlo. Tenía la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta. Estaba disfrutándolo de un modo que nunca le había visto.

Le solté la verga el tiempo justo para hablar.

—Tócame —le dije, y le cogí la mano derecha y me la puse en la nuca. La dejó ahí, sin presión, sin saber muy bien qué hacer con ella. Volví a tragármela. A los pocos segundos, la otra mano de Andrés vino sola. Las dos manos a mi cabeza y, por primera vez en todos los años que llevábamos haciendo esto, empujó.

—Así —le dije sin sacármela del todo—. Como te dé la gana.

Lo hizo. Me la clavó hasta el fondo cinco o seis veces seguidas, sujetándome la cabeza entre las palmas. Yo notaba el cemento clavándoseme en las rodillas a través del vaquero y no me importaba lo más mínimo. Andrés resoplaba cada vez más fuerte. El hombre callado de siempre estaba gimiendo entre dientes, descompuesto.

—Lucas, así no aguanto —dijo con la voz rota.

Le saqué la verga de la boca, despacio, y lo miré desde abajo.

—Antes de correrte, quiero pedirte algo.

—¿Qué?

—Que me folles. Llevo años chupándotela en este puto depósito y nunca lo hemos hecho.

Me preparé para una negativa. Andrés nunca había mostrado el menor interés. Siempre se había dejado hacer lo justo, había acabado en mi boca y me había echado del depósito con una palmada en el hombro. Pero esa tarde asintió antes de que terminara la frase.

—Date la vuelta.

Me puse en pie, me bajé el vaquero y el calzoncillo hasta los tobillos y me apoyé en la estantería metálica. Saqué del bolsillo trasero un sobre de lubricante y lo abrí con los dientes. Me eché la mitad en el culo, con dos dedos, y le pasé el resto. Le hice un gesto hacia el bolsillo de mi pantalón: tenía un preservativo de los que llevo siempre. Andrés no dijo nada. Lo abrió, se lo puso y se untó el resto del lubricante por encima del látex.

—Me habría gustado a pelo —dije, mirándolo por encima del hombro—. Pero no aguantas un asalto sin condón y lo sabes.

Soltó una media risa, lo único parecido a un gesto de complicidad que recuerdo haberle visto en años. Después me agarró las caderas con una firmeza que no me esperaba, me apoyó la punta y me la metió de una sola embestida.

Solté un grito. La tiene corta, pero no se anduvo con cuidado. Por un segundo creí que iba a parar. No paró. Me sujetó las caderas con las dos manos y empezó a bombear, tirando de mi cuerpo hacia él en cada golpe. El dolor duró menos de un minuto. Después ya era otra cosa. Yo me agarraba a la estantería para no irme hacia adelante y gemía bajito, casi para mí, porque las paredes del depósito eran de tabique fino.

Noté que no le quedaba mucho. Andrés era de los que avisan tarde.

—La boca —le dije sin volver la cabeza—. Habíamos quedado en mi boca.

La sacó de golpe, se quitó el preservativo de un tirón y me empujó hacia abajo. Me dio el tiempo justo de girarme y abrir. El primer chorro me cayó en la frente y el pómulo. El segundo, mitad en la lengua, mitad en los labios. Para el tercero ya había conseguido tenerla dentro y se la apreté con la boca mientras él se la sacudía con la mano libre. Me tragué lo que entró y me limpié la cara con el dorso del antebrazo. Sabía bien. Algunos saben raro. Andrés sabía bien.

Quedó apoyado en la estantería con los ojos entornados, repitiendo joder, joder, joder, como un muñeco de trapo. Yo me subí el vaquero con una empalmada que apenas cabía dentro y me di cuenta de que aquello no había sido suficiente. Necesitaba más.

Mucho más.

***

Salí del depósito primero, como siempre, para no coincidir en la puerta del garaje. Me despedí con un gesto y, ya en la acera, saqué el móvil. Tenía una respuesta de hacía media hora de otro de los contactos a los que había escrito.

Rubén. Taxista. Uno de esos tíos que se pasan la noche diciendo que son cien por cien heteros pero que, si se les cruza un maricón con buen culo, se lo follan sin pestañear. Me cae mal. Me ha caído mal desde el primer mensaje, hace dos años. Pero la tiene grande y aguanta. A esa hora de la tarde, con la cara todavía oliendo al corrido de Andrés, esas dos cosas pesaban más que el resto.

—¿Dónde estás? —le escribí.

—Acabando turno cerca de la estación. ¿Qué pasa?

—Estoy a diez minutos. Me apetece subir a un taxi.

Tardó dos segundos en mandarme una ubicación. «Cinco minutos. No me hagas esperar.»

Fui andando hasta allí. El culo todavía resbalaba un poco por el lubricante y notaba un escozor agradable en cada paso. La calle olía a final de tarde y a frituras del bar de la esquina. Yo iba con la mente en blanco y los vaqueros tirantes por delante.

Su taxi estaba aparcado junto a una farola, con el cartel de fuera de servicio. Me metí en el asiento del copiloto y cerré la puerta. Rubén me miró de arriba abajo sin sonreír.

—Estás bueno —dijo, como si fuera un dato técnico.

—Tú también.

—¿A dónde vamos?

—A tu casa.

Levantó una ceja.

—¿Estás seguro?

—Totalmente.

Arrancó. Mientras subía la avenida me cogió la mano y se la puso en el muslo. Yo la dejé subir sola, despacio, hasta el bulto. Estaba a media asta y crecía rápido. Me dio un par de apretones por encima de la tela y se rió por la nariz.

—Cuidado, que no llegamos.

—No te preocupes. Esta noche te corres tres veces, mínimo.

Aparcó en el patio de un bloque sin gracia, en una calle sin gracia, y subimos a un cuarto sin ascensor. Olía a tabaco frío y a comida del día anterior. No me importó. Me quité las zapatillas en la entrada y me dejé caer en el sofá del salón. Él se sentó al lado, me pasó la mano por la nuca y me apartó el pelo de la frente con una delicadeza que no esperaba.

—¿Qué quieres hacer?

—Lo que tú quieras.

—¿De verdad?

—Lo que te dé la gana. Hoy estoy para eso.

Me cogió de la mano y me llevó al dormitorio. Cama deshecha, persiana medio bajada, una lámpara con la pantalla torcida. Me empujó suave por los hombros hasta tumbarme boca abajo. Me bajó el vaquero y el calzoncillo a la vez, los tiró al suelo, y se quedó un rato mirándome el culo sin tocarlo. Después me abrió las nalgas con las dos manos.

Si yo había ido a su casa por su verga, me quedé por lo que vino antes. Me comió el culo como nadie me lo había comido en años. Despacio, paciente, con una lengua que parecía entrenada para eso. Yo agarraba la sábana entre los puños y movía las caderas contra su cara, sin pudor. Notaba la lengua entrando, dando vueltas, saliendo. Me preparaba a fuego lento.

Cuando se cansó, se levantó, se quitó la ropa y se subió a la cama detrás de mí. Sin preservativo, sin lubricante, sin avisar.

—Espera —empecé a decir, pero ya me la había metido.

El depósito de Andrés me había dejado abierto y húmedo, así que apenas dolió. Se notaba que él lo sabía: la metió hasta el fondo y se quedó ahí un par de segundos, respirando en mi nuca, antes de empezar.

Y empezó. Lo hizo a su ritmo, sin acelerar, sin frenar, con una cadencia de tío que había hecho aquello cien veces y que no necesitaba demostrarle nada a nadie. Yo le hablé en bajo, le pedí que me usara, le dije cosas que me daban vergüenza mientras las decía y que sin embargo no podía parar de decir.

—¿Te gusta? —me preguntó al oído.

—Muchísimo. Úsame como te dé la gana.

Aguantó mucho más que Andrés. Cuando empezó a respirarme más fuerte en la nuca, se hundió hasta el fondo y se quedó ahí.

—Voy a correrme dentro.

—Hazlo.

Lo hizo. Lo noté caliente, en oleadas, y a él vaciándose sobre mí mientras me sujetaba las caderas para que no me moviera. Se quedó dentro hasta el último temblor. Después salió despacio y se dejó caer a mi lado, jadeando.

Nos quedamos un rato así, boca arriba en su cama deshecha, sin decir nada. Yo seguía con la corrida resbalándome por dentro, y aquella sensación de tener algo de él ahí me ponía a mil otra vez.

—¿Quieres más? —dijo al cabo de un rato.

—Sí. Lo que sea.

Se levantó, se puso de pie junto al borde de la cama y me cogió la cabeza con las dos manos. La tenía a media asta. Empecé a chupársela sin necesidad de que dijera nada. Notaba cómo se ponía dura otra vez, cómo crecía en mi boca. Cuando estuvo a tope, me la clavó hasta la garganta y me sujetó ahí unos segundos. Yo aguanté. Empezó a moverla, despacio al principio, después con ganas, hasta que estuve gimiendo con la boca llena y los ojos llorosos.

Diez minutos así.

—Trágatela.

—¿Toda?

—Toda.

Se corrió en mi boca con un gemido largo, agarrándome del pelo. Tragué hasta la última gota y le lamí la punta cuando ya no quedaba nada. Él me empujó suavemente sobre la cama y se rió por lo bajo.

—Lucas, joder. Eres un puto vicio.

Me vestí en silencio. Él me siguió hasta la puerta sin ponerse nada encima. Me dio dos palmadas en el culo a modo de despedida y me dijo que la próxima vez avisara con más tiempo. Le contesté con un gruñido y bajé las escaleras.

***

En casa me metí en la ducha con el agua casi hirviendo. Me lavé despacio, sintiendo cada zona, sin querer borrar del todo lo que me había pasado encima. Después me tumbé en la cama, saqué el dildo del cajón de la mesita y me lo puse entre las piernas. Cerré los ojos y volví al depósito, al taxi, a la cama de Rubén, a la mano de Andrés en mi nuca.

Me corrí con fuerza, solo, en mi cama, con la sonrisa de quien sabe que ha tenido un buen día.

Valora este relato

Comentarios (4)

Marito_lector

Buenisimo, me dejo sin palabras. Sigan subiendo relatos asi!

NachoBaires

Que arranque de relato, engancha desde la primera linea. Muy bueno.

PabloRosario22

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber cómo siguió todo.

LucianoC

Lo leí dos veces y la segunda fue mejor. Hay algo en como está contado que te mete en la historia sin que te des cuenta. Muy buen trabajo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.