Esa noche con el novio de mi hija lo cambió todo
Siempre fui el tipo que se cuida. A los cuarenta y siete años hacía deporte cinco días a la semana, comía sin excesos y me vestía con cuidado. Moreno, con barba recortada y alguna cana que ya no intentaba disimular. Mi mujer Miriam decía que era vanidoso, que me miraba demasiado en los espejos, y tenía razón. Me gustaba verme bien. Me gustaba también que las mujeres se fijaran cuando entraba en un sitio. Era un defecto que conocía y asumía.
Tenía dos hijos: Tomás, de quince años, tranquilo y sin dramas, y Claudia, de dieciocho recién cumplidos. Con Tomás todo fluía. Con Claudia era otra historia. Demasiado parecida a mí en el carácter, demasiado segura de sus propias decisiones para un padre que prefería que le consultaran antes de actuar. Desde los dieciséis tenía ideas propias sobre todo, y la mayoría eran ideas que yo habría tenido también a su edad, lo cual me ponía más nervioso todavía.
Soy conservador. No en el sentido político, sino en la vida cotidiana. Las cosas tienen un orden. Que si llegues a una hora razonable, que si esa ropa es demasiado llamativa, que si ese chico no me inspira confianza. Miriam se encargaba de suavizarlo todo. Decía que el problema era yo, no los chicos. Probablemente llevara razón.
El problema verdadero llegó cuando Claudia empezó a salir con Marcos.
Marcos tenía veintidós años y un físico que costaba ignorar. Alto, de tez morena, pelo negro muy corto y unos ojos verdes claros que no pegaban con el resto pero que llamaban la atención. Se notaba que entrenaba en serio. Hombros anchos, cintura estrecha, y esa manera de moverse que tienen los que no necesitan demostrar nada. Me cayó mal desde el principio. No por algo concreto que hubiera hecho, sino por lo que representaba: el tipo que iba a llevarse a mi hija.
Los intentos de Marcos por ganarse mi simpatía eran frecuentes y sistemáticos. Preguntas sobre el deporte, comentarios sobre el coche, observaciones amables sobre la casa. Yo respondía con educación mínima. Cuatro palabras y punto. Miriam me daba codazos por debajo de la mesa cuando lo hacía.
Los meses pasaron. Su relación con Claudia se afianzó. Marcos empezó a aparecer con más frecuencia y yo fui aprendiendo a tolerarlo sin que me costara demasiado esfuerzo visible.
***
El punto de inflexión llegó con el cumpleaños de Miriam. Cincuenta años. Lo celebramos en la casa de campo que tenemos a las afueras de la ciudad, con familia de los dos lados y una paella para más de veinte personas. Hacía calor para finales de mayo y la piscina fue el plan de la tarde.
Claudia me buscó con esa cara suya de cuando va a pedir algo.
—Papá, Marcos no trajo bañador. ¿Tienes alguno para dejarle?
—Ahora miro —dije.
Subí al cuarto. Abrí el cajón de la cómoda y busqué entre lo que había. Solo tenía slips de natación, negros, del tipo ajustado que uso para hacer largos. Saqué uno y me quedé sentado en el borde de la cama.
Golpearon la puerta.
—¿Se puede, Rodrigo?
—Pasa.
Marcos entró descalzo y sin camiseta. Llevaba unos pantalones cortos de deporte y nada más. Su torso era exactamente lo que me imaginaba: liso, sin vello, con una definición muscular que venía de años de entrenamiento constante. Le tendí el bañador sin decir nada.
—Gracias. Me lo pruebo a ver qué tal.
Se bajó los pantalones y los calzoncillos de un solo gesto, sin pudor ninguno. Yo tenía la vista hacia el cajón abierto, pero no pude no darme cuenta. Había algo en la forma en que Marcos se movía, en la naturalidad con que se quedó completamente desnudo delante de mí, que me dejó sin respuesta por un momento.
El bañador le quedaba bien. Mejor que a mí, la verdad.
—¿Está bien así?
—Está bien —dije—. Baja cuando quieras.
El resto de la tarde lo observé sin proponérmelo. Era un reconocimiento involuntario: aquel chico tenía algo que yo había tenido a su edad. Lo veía salir de la piscina con el agua resbalándole por los hombros y sentía algo difuso que no supe nombrar en ese momento.
Bebí un poco más de vino y lo aparté de mi cabeza.
***
La noche terminó tarde. Mi cuñado Rafael se había excedido con la cerveza y no era cuestión de que cogiera el coche, así que él, su mujer y su hijo se quedaron a dormir. El problema fue la distribución de camas.
—Les damos nuestra habitación —propuso Miriam—. Nosotros dormimos en el cuarto pequeño con Tomás en el otro lado.
—¿Y Marcos? —pregunté.
—Claudia dice que puede dormir con ella.
—No.
—Rodrigo...
—Que no. En mi casa eso no pasa.
Miriam suspiró.
—Entonces tú duermes con él en nuestra cama y yo con Claudia.
No me gustó. Pero era lo que había. Marcos aceptó sin hacer ningún comentario. Claudia puso los ojos en blanco y se fue sin decir nada.
Me puse un pantalón corto de pijama. Marcos se quedó en calzoncillos. Apagué la luz y nos colocamos cada uno en su lado de la cama, con espacio entre medias.
—Rodrigo —dijo él al cabo de un rato—. ¿Por qué no te caigo bien?
La pregunta llegó directa, sin hostilidad. Me quedé callado un momento.
—No es que no me caigas bien —dije al final—. Sería igual con cualquiera que estuviera con Claudia. Ya lo entenderás si algún día tienes hijos.
—O sea que el problema no soy yo, es que eres su padre.
—Algo así.
—Pero ella te quiere a ti más que a nadie —dijo—. Eso no cambia porque me quiera a mí también.
No supe qué contestarle. Era una observación inteligente para las once de la noche con vino de por medio. Le dije que me llamara Rodrigo, que me tuteara. Él lo agradeció con un silencio tranquilo. Poco después los dos nos quedamos callados y me dormí sin darme cuenta.
Me desperté en la oscuridad con calor. Intenté moverme y noté que algo me lo impedía. Marcos me había rodeado con el brazo en algún momento de la noche, su cuerpo caliente pegado a mi espalda, y lo que notaba presionando contra mí no dejaba lugar a interpretaciones.
Me quedé quieto.
Debería haberme dado la vuelta. Haberle apartado el brazo. Haberme levantado y dormido en el sofá. No hice ninguna de esas cosas. Me quedé inmóvil, notando ese calor contra mi espalda, y en algún momento me di cuenta de que yo también estaba en el mismo estado que él.
No lo entendí. Solo lo dejé estar.
Marcos se despertó. Soltó el aire de golpe y retiró el brazo.
—Dios mío, lo siento —murmuró—. Durmiendo no controlo nada.
—No pasa nada —dije—. Baja la voz.
—Qué vergüenza.
—No hace falta. A cualquiera le ocurre con sueños.
Un silencio.
—¿A ti te ocurre todavía, Rodrigo?
—Sí.
—¿Ahora también?
—Sí.
Otro silencio. Y entonces su mano se movió despacio en la oscuridad. Llegó hasta mí con una lentitud deliberada, como si me estuviera dando tiempo para detenerlo. Mis dedos encontraron su muñeca. No la aparté.
Me giré hacia él. Lo miré en la penumbra. Él también me miró. Ninguno de los dos dijo nada.
Lo que siguió fue lento y silencioso. Los dos sabíamos que había gente durmiendo al otro lado de la pared. Nos movíamos con cuidado, atentos a cualquier sonido del pasillo. La respiración de los dos se fue haciendo más irregular. Sentía su mano en mí y ponía la mía en él, y no pensaba en nada más que en lo que estaba ocurriendo entre los dos en esa oscuridad.
Cuando terminamos, los dos nos quedamos boca arriba sin hablar durante un buen rato.
—¿Eres gay? —pregunté al final.
—No —dijo—. ¿Tú?
—Tampoco creo.
—Entonces no hace falta ponerle nombre —dijo—. Ni contárselo a nadie.
Me levanté, busqué algo con qué limpiarme, y volví a la cama. Nos dormimos sin cruzar otra palabra.
***
Durante los meses siguientes no volvió a ocurrir nada entre nosotros. Marcos seguía viniendo a casa, yo seguía siendo educado con él, y el trato fue volviéndose más natural. Más fluido. Él hacía algún comentario que solo yo entendía y yo lo dejaba pasar, aunque por dentro algo se removía.
Fui notando que lo miraba de forma diferente. No con la hostilidad del principio, sino con algo más parecido a la curiosidad. Me sorprendí un día observando cómo cruzaba el salón y tuve que apartar la vista.
Un sábado de octubre, Miriam y Claudia se fueron de compras al centro. Tomás estaba en casa de un amigo. Me quedé solo con Marcos, que había pasado la noche anterior y dormía todavía cuando las mujeres se marcharon.
Yo estaba arreglando un grifo del baño principal, uno que llevaba semanas perdiendo agua. Tenía las herramientas en el suelo y estaba de rodillas debajo del lavabo cuando oí pasos en el pasillo.
Marcos apareció en la puerta, recién levantado, despeinado y sin camiseta.
—¿Dónde están?
—De compras. Han dicho que vuelven para cenar.
—Uf —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.
Se quedó ahí mirándome trabajar. En un movimiento brusco, la tuerca que intentaba apretar cedió de golpe y un chorro de agua salió disparado. Nos empapó a los dos en segundos. Los dos nos tiramos al suelo buscando la llave de paso entre los chorros involuntarios.
—¡A la derecha! —grité.
—¡Ya la tengo!
El chorro se cortó. Los dos nos quedamos en el suelo del baño, empapados de arriba abajo, mirando el desastre.
—Buena faena —dijo Marcos.
—No me digas nada.
Soltó una carcajada. Yo también me reí. Era la primera vez que nos reíamos juntos de verdad, sin que mediara nadie. Cuando me levanté del suelo y lo miré, el pantalón de deporte mojado se le pegaba al cuerpo de una manera que no dejaba nada a la imaginación.
Él lo notó. No apartó los ojos cuando vio que yo lo miraba.
—¿Qué? —dijo, con una media sonrisa.
—Nada —dije.
—¿Seguro?
Se bajó el pantalón sin más. Se quedó delante de mí con toda la naturalidad del mundo. Yo seguía de rodillas en el suelo del baño. La distancia entre su cuerpo y mi cara era mínima.
—Solo tienes que querer —dijo.
Y lo quise.
Lo tomé con las manos, lo acerqué, y lo que nunca había hecho en mi vida lo hice con una naturalidad que me sorprendió a mí mismo. Marcos apoyó la mano en la pared, inclinó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un sonido largo y profundo. Sus dedos se enredaron despacio en mi pelo.
Lo tomé sin prisa. Notaba cómo crecía entre mis labios, cómo su respiración se iba acelerando, cómo apretaba los dedos cada vez con más fuerza. Le oía decir mi nombre en voz baja, casi para sí mismo, con una urgencia que no intentaba disimular. Me moví despacio, después más rápido, siguiendo el ritmo de su respiración, hasta que noté que le temblaban las piernas y soltó un gemido bajo que intentó contener demasiado tarde.
Después fue su turno. Se puso de rodillas en el suelo del baño sin que yo se lo pidiera. Cerré los ojos. Sus labios eran más suaves de lo que habría esperado, y sabía exactamente lo que hacía. Me tomó con calma al principio, y después con una intensidad que hizo que me apoyara en la pared para no perder el equilibrio. Durante varios minutos no pensé en nada que no fuera aquella sensación.
Cuando los dos terminamos, nos miramos en el espejo empañado del baño.
—Hay que arreglar ese grifo —dijo.
—Ya lo sé —dije.
***
Hubo más veces después de esa. Pocas, pero las hubo. Siempre sin planificación, siempre cuando la oportunidad se presentaba sola. Un sábado por la mañana en que Miriam fue al médico. Una tarde que Claudia llamó para decir que llegaba tarde. Cada vez era lo mismo: uno hacía un gesto y el otro no lo detenía.
Nunca hablamos de lo que aquello era. No lo nombramos, no lo analizamos ni tomamos ninguna decisión al respecto. Marcos quería a mi hija, eso era evidente en cómo la trataba, en cómo hablaba de ella. Yo quería a Miriam. Lo que había entre nosotros dos no encajaba en ninguna categoría que yo conociera, así que dejé de intentar encajarlo.
Lo que sí cambió fue la forma en que yo lo veía a él. Dejé de mirarlo como una amenaza. Empecé a entender por qué Claudia lo había elegido. Era inteligente, tranquilo, sabía escuchar. Tenía una seguridad en sí mismo que no dependía de nadie, y eso, ahora lo reconocía, era algo que yo respetaba.
Un domingo por la tarde, Claudia me preguntó si me caía bien Marcos.
—Sí —dije.
Me miró con los ojos entrecerrados.
—¿En serio?
—En serio. Es buen chico.
Sonrió. Era la primera vez en mucho tiempo que le daba una respuesta que la sorprendía para bien.
Marcos, desde el otro lado del salón, levantó la vista del teléfono y me miró un segundo. Solo un segundo. Después volvió a lo suyo.
No sé qué diría Claudia si supiera la verdad. Prefiero no pensarlo demasiado.